Uno de los columnistas estrella del nuevo diario Público escribía hace unos días un artículo (que ya había leído, pero que dA me ha recordado) en el que apelaba –o eso parecía, pero mejor opinen ustedes– a la rígida firmeza en el error como algo deseable. En realidad el título ya es suficiente para que el artículo se comente por sí mismo, aunque intuyo que pretende ser una sutileza intelectual que por algún motivo se me escapa, dado que, efectivamente, es eso lo que está defendiendo.
Con el debido respeto (que no tengo muy claro cómo cuantificar, pero que no creo que alcanzara cifras absolutas ni relativas demasiado altas), lo único digno del artículo en última instancia es su título. Más que nada porque refleja perfectamente su contenido: una defensa de lo positivo que resulta que cada cual permanezca –con toda la rigidez del mundo, que para eso están las ideologías que nos proporcionan los dogmas necesarios para ello– absolutamente firme en sus posiciones iniciales. Firme en el error.
Siempre me ha parecido que el apostolado de la pureza ideológica tiene mucho de fariseísmo. O, en el mejor de los casos, de absoluta simpleza. Nunca he visto demasiado claro eso de que la pertinacia, sobre todo en determinadas versiones de la misma, sea una virtud política. Por poner un caso: que Zapatero prometiera que el poder “no le cambiaría” me parece mal augurio. No, como a muchos, porque piense que es una promesa imposible de mantener, sino porque espero que lo sea. El poder, como cualquier otra experiencia, nos cambia. Debe hacerlo, de hecho. Lo contrario es pasar por la vida sin ver el paisaje. Sólo las orejeras pueden evitar que cambiemos.
Por lo demás, no sé quién es Ortiz (ni ningún otro) para exigirle a nadie explicaciones sobre la evolución (o involución, según los casos) de sus opiniones. Un intelectual, un articulista, un autor de columnas de opinión, no tiene como obligación a priori el dar explicaciones a nadie sobre por el hecho de que hace veinte años pensaba una cosa y ahora piensa la otra. Al menos no de entrada. En todo caso, podrá dar esas explicaciones –si lo considera oportuno– si alguien se las solicita o si buenamente le apetece; pero si cada uno de nosotros tuviera que aclarar cada vez que defiende una determinada postura cuál era la que defendía hace tres décadas (o tres años o tres días) y por qué se ha producido el cambio de parecer, desplazaríamos el centro de atención del asunto sobre el que se opina a la persona del autor. Y, francamente, creo que son más importantes los asuntos sobre los que se opinan y los argumentos que se aportan.
A no ser, claro, que lo que nos guste sea arremeter contra los autores en lugar de contra sus razonamientos, emplear el consabido argumento ad hominem. Que, por otra parte, es el único argumento que parece contener el artículo de Ortiz (que se cuida muy mucho, por cierto, de opinar sobre el asunto: ¿es más cómodo y más fácil opinar de forma pretendidamente irónica y sutil sobre los que opinan?)
Empiezan a cansarme estos que por todo argumento tienen la teórica hipocresía del adversario. Déjeme usted en paz al adversario y dígame qué piensa y cómo lo respalda y por qué lleva razón usted y no él.
[Bien es cierto, no me resisto a decirlo, que en el caso de Ortiz, y habiendo leído bastantes otros artículos suyos, no me extraña que recurra a esto otro, dada la habitual "fuerza" de sus propios argumentos. Pero quién sabe: no descartamos que algún día evolucione. Aunque tal vez lo haya descartado él mismo de antemano.]
Un último apunte. Alcanzar la madurez requiere un proceso previo, el que la propia palabra indica: el de madurar. O mejor dicho: es un proceso, y seguramente no tenga fin; será más bien algo continuo. Madurar implica cambio, como lo implica cualquier desarrollo. Hablo ya desde un punto de vista meramente léxico; palabras como “madurez”, “evolución”, “desarrollo”, “progreso” y tantas otras tienen algo en común: tienen como condición sine qua non el cambio y la predisposición al mismo.
La firmeza en el error es todo lo contrario: quedarse en la más absoluta puerilidad política e ideológica. O, dicho de otra forma, todo lo contrario a aquella mayoría de edad de la que hablaba Kant. Todo lo contrario a la Ilustración. Todo lo contrario a las luces.

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