En medio de una crisis –perdón: desaceleración– económica (*). En un momento en que el gobierno y el heroico juez Garzón han tenido a bien darse cuenta de lo que todos los demás ya sabíamos, y ANV ya no es “izquierda abertzale” sino sencillamente ETA. Cuando aquello que el general gallego llamaba “la pertinaz sequía” está lanzando a las diversas autonomías de España –perdón, del Estado Español– unas a la yugular de otras. Con Ibarretxe aún amenazando con un referéndum ilegal y el gobierno paralizado ante las amenazas y apostando, cómo no, por eso que ellos llaman diálogo. Con la justicia gravemente atascada, el paro creciendo, los precios en aumento, y el nada menor perrito piloto de la financiación autonómica aún pendiente.
En mitad de todas las circunstancias descritas y recién iniciada una legislatura que promete ser difícil, parece ser que el gobierno ya ha decidido cuál va a ser el gran asunto de los próximos años: lo que ellos llaman avance en la laicidad del Estado.
El esquema se repite: tener entretenida a la oposición, que sin lugar a dudas entrará al trapo (en cuanto dejen de pelearse entre sí); situarse –mediáticamente hablando– frente a lo más retrógrado de una Iglesia católica a la que ya se había amenazado con tomar represalias por “pedir el voto para el PP” (una cuestión de firmes e inapelables principios, como se ve); sacar partido del anticlericalismo emocional que en este país tanto se confunde con el laicismo y que tiene casi tantos adeptos como el sentimiento antiamericano; y aparecer como los grandes defensores de la separación entre Iglesia y Estado.
Claro que para ello habrá que obviar que Zapatero aumentó la financiación que recibe la Iglesia por parte del Estado y, lo que es más grave, que este nuevo avance laico es más que probable que no consista en retirarle privilegios a la Iglesia, sino en hacer concesiones similares a otras confesiones.
Por ejemplo, a las que –y esto ya no está feo, lo malo es lo de los obispos– piden el voto para “partidos progresistas”.
Viva pues el Progreso. O su reinterpretación progre, aunque nada tengan que ver una cosa y otra. Y si no, alguien tendrá que explicar qué definición se le ha acabado dando a la palabra progresista para que una entidad como la Junta Islámica la haga suya.
Que empiece el espectáculo. Y en cuanto a los verdaderos problemas, que inventen ellos, ¿no? Aquí, a lo nuestro, que es hacer la Revolución.
(*) – La imagen del primer enlace, vía La Buena Prensa

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