Hay palabras, y no son pocas, que a fuerza de pronunciarse adquieren una resonancia casi mítica. En sí mismo esto no sería problemático si no fuera porque las palabras, como se ha observado reiteradamente, casi nunca son inocentes. Cualquier palabra esconde un concepto, independientemente de que los contornos del mismo sean más o menos nítidos. En ocasiones la nitidez es prácticamente inexistente y los significados varían en función de quién use el significante, pero en cualquier caso, y frente a lo que se suele decir, ninguna palabra es hueca. Aunque puedan estarlo, sin duda, quienes las usan.
De ahí que montar palabras en pedestales suponga tallar conceptos en piedra, sobredimensionarlos y colocarlos a una altura tal que el individuo tenga que desviar la mirada hacia arriba para poder admirarlos. El problema es que ninguna estatua se derriba con ideas; y que lanzar argumentos racionales contra un concepto sagrado es, al fin y al cabo, sacrilegio.
Lo que resulta extraño es que esta sacralidad no es la de los símbolos religiosos, la de los nombres de dioses y reyes que no han de tomarse en vano; antes al contrario, esta sacralidad es laica, y se quiere del pueblo, de los pueblos. Son los Santos Conceptos de una izquierda que desde hace tiempo no sabe bien hacia dónde camina. Tampoco han sido demasiados los esfuerzos serios por despejar la senda de matorrales, y los que ha habido han quedado olvidados o silenciados en virtud de la solución, mucho más fácil, de adornar un bosque ya casi intransitable con carteles de neón desde los que nos guían y deslumbran palabras bonitas y en los que brillan, por su ausencia, las ideas claras y firmes. Lo que queda son los fuegos artificiales del pensamiento débil.
Afortunadamente aún queda esperanza, y sigue habiendo personas –más quizá de lo que en momentos de exasperación llega una a creer– que no han sido del todo hipnotizadas por el buenrollismo imperante. No es menos cierto, sin embargo, que en determinados círculos autodenominados progresistas, en ciertos ambientes de izquierdas y en los escenarios más visibles de la llamada vida política española, posicionarse en contra de alguno de aquellos conceptos-monumento se ha convertido en prueba irrebatible de fascismo.
La Tolerancia y el Diálogo son dos de los mejores ejemplos de esta tendencia a la mitificación y a la mistificación (que sin ser lo mismo van de la mano; tal vez los caminos de la etimología sean inescrutables pero sabios y ocurra aquí igual que con cansado y casado). Sin duda, la tolerancia suena bien; el diálogo incluso mejor. Como en todo, la valoración de una palabra y de las ideas que lleva detrás puede variar, en función tanto del campo a que pretendan aplicarse como del grado de fanaticismo que se les asocie. Sin duda, tolerar a quienes no piensan ni viven como uno es un punto de partida necesario para cualquier sociedad que se diga democrática. Igual ocurre con el diálogo, instrumento en ocasiones incluso válido para pasar de la mera tolerancia a la auténtica comprensión, aun desde el desacuerdo.
Quizá el problema sea una cuestión de distancias, que aunque se dice que dan lucidez también tienden a difuminar los contornos de la realidad. Así, sorprende que haya una progresía y una intelectualidad afín más dispuestas a tolerar y a dialogar con civilaciones lejanas que con el vecino. Que la herencia de la Ilustración, que es al fin y al cabo la que nos permite hablar de cosas como tolerar y dialogar, debatir ideas y sacar conclusiones, derribar mitos, esté siendo pisoteada por quienes –a juzgar por los valores que dicen defender– más deberían respetarla. Los ilustrados, con cuya aportación a la cultura occidental ya quisieron dar al traste todas las corrientes irracionales de siglos posteriores (incluidas las que dieron lugar a las ideologías en las que se sustentarían los peores totalitarismos), bien sabían que, si contrastar ideas es justo y necesario, es precisamente porque algunas valen y otras no y porque el fin mismo del debate no es otro que el de desterrar unas propuestas y aceptar otras.
La tolerancia es, si acaso, tolerancia hacia las personas, pero nunca hacia cualquier idea que se les pueda ocurrir defender. No por nada, sino porque las ideas suelen tener el pequeño defecto de querer aplicarse a la realidad, y de sobra conocidas son algunas aplicaciones recientes o lejanas. El diálogo, por otra parte, no es un diálogo de sordos, porque en ese caso se trata tan sólo de un espectáculo bochornoso del que no puede salir nada de provecho. Si se dialoga es para convencer al otro, estando al tiempo abiertos a la idea de poder ser convencidos también nosotros. Quien no habla de dialogar más que por oír el sonido de su propia voz no merece ser escuchado.
El problema es que tanto la tolerancia como el diálogo exigen un punto de partida común, un acuerdo de mínimos que ineludiblemente tienen que compartir ambas partes antes de sentarse a hablar. Si yo digo que el coche es rojo y tú que no hay coche, es obvio que no podremos debatir sobre la cilindrada del motor.
Los mínimos, por supuesto, no consisten en ver o no ver coches y colores. Los mínimos los fija cualquier sociedad que se constituye como tal; no en todas son los mismos. Pero me atrevería a afirmar que entre los mínimos (al menos en la teoría, que incluso los escépticos saben que es al menos un comienzo) que comparte Occidente se encuentran el Estado de Derecho, el respeto a la vida, la libertad individual que termina donde empieza la del otro, la necesidad de discutir con argumentos en lugar de con amenazas, el convencimiento de que desde la racionalidad todo puede cuestionarse. Sólo a partir de ahí cabe empezar a hablar de tolerancia y de diálogo. ¿Se puede, entonces, tolerar a quien no tolera? ¿Es factible dialogar con quien no acepta ser rebatido?
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Tolerancia, diálogo y buenrollismo
Publicado 9 septiembre 2007 Sin categoría 7 ComentariosEtiquetas: democracia, diálogo, multiculturalismo, relativismo, tolerancia

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