Pasado imperfecto

Ando leyendo estos días diversos textos bastante críticos para con la intelectualidad francesa del último medio siglo. Se trata de cosas que han caído en mis manos como por casualidad, pero que no han tardado mucho en despertarme un fuerte interés por el asunto. La dimensión histórica del mismo, sin duda fascinante, no lo es menos que los paralelismos que vienen a la mente y que pueden invitar a la reflexión acerca de situaciones que ni siquiera son análogas ni comparables, pero que en ocasiones presentan similitudes en algunos aspectos.

“El mito inicial de posguerra sostenía que si bien la resistencia combativa podía tal vez haber sido una minoría, contó con el apoyo y la ayuda de la ‘masa de la nación’, unida en su deseo de lograr la derrota de los alemanes. Sólo Laval, Pétain y sus esbirros tuvieron otros sentimientos y actuaron de otro modo. Ésta era la postura oficial de los comunistas. De ello se hicieron eco en gran medida los gaullistas, quienes insistieron a su vez en que la resistencia había sido un reflejo natural de una nación fiel a sus tradiciones históricas; se resaltó de manera especial la ‘insurrección’ del verano de 1944 como ‘una marejada popular que sobrepasó en sus dimensiones todas las revueltas similares que se dieron en nuestro pasado’. Aunque desde el principio hubo algunos que reconocieron lo pequeña y reducida que había sido la resistencia, su voz quedó ahogada por el coro de la mutua admiración. En un libro publicado en 1945, Louis Parrot escribió acerca del ‘heroísmo puro’ de Aragon y de su mujer, Elsa Triolet, así como del ‘coraje audaz’ de Paul Éluard, y del ‘juego sutil y peligroso’ que desplegó Jean-Paul Sartre al practicar la ‘clandestinidad abierta’ ante las propias narices de las autoridades de la ocupación. Todo esto es morralla, cómo no, pero al menos es morralla de signo ecuménico: todos habían sido buenos.”
Tony Judt, Pasado imperfecto (Taurus. Madrid, 2007)

Pensaba al leer esto en los omnipresentes casos de amnesia colectiva o de tergiversación histórica, y en la tendencia contrapuesta que constituye esa insistencia tal vez excesivamente machacona en hacer culpables de determinadas tragedias o crímenes a generaciones posteriores que ni siquiera estaban vivas cuando aquéllos tuvieron lugar. Cuando se habla de estas cosas, se tiende a pensar en políticas oficiales o gubernamentales de la memoria y muy especialmente en los casos en los que éstas se imponen flagrantemente por encima de cualesquiera otras memorias e incluso de los hechos históricos contrastados. Cabe recordar, a estas alturas del discurso, que equiparar Historia y Memoria es caer en el disparate –amén de suponer, en el caso del historiador, una grave irresponsabilidad–.
Pero el olvido colectivo, o la reivindicación de una memoria parcial, tergiversada o incompleta, no es patrimonio exclusivo de las maquinarias de poder. No lo es la mitificación de la propia historia, como tampoco lo es la insistencia en lo trágico. Y quizá sean los casos en los que no se trata de una política oficial sino de una tendencia psicológica subyacente y “ciudadana” los más preocupantes de todos. De las cosas que interiorizamos es más difícil darse cuenta, y por ende mucho más complejo rebatirlas. Me viene a la mente el complejo de culpa de los jóvenes alemanes, personas de mi generación que a día de hoy no sólo se avergüenzan de la historia reciente de su país (algo bastante comprensible) sino que llegan a sentirse de algún modo responsables de aquello. O tal vez manchados por una carga genética defectuosa. Esto no sólo es injusto y bastante poco saludable, sino que puede resultar a la postre bastante peligroso al constituir previsiblemente un caldo de cultivo de reacciones extremas en sentido opuesto en el momento en que cunda el hartazgo.
En el otro extremo de la balanza está la idealización de la propia historia, ya sea la de un país, un colectivo, un partido o un bando. El texto ya citado acerca de la intelectualidad francesa es un caso bastante obvio, como lo es la tendencia aún generalizada entre muchos franceses a tachar el colaboracionismo de minoritario y anormal y glorificar al resistente y heroico pueblo galo.
Tenemos también buenos ejemplos patrios, a un lado y a otro. La Historia oficial franquista era eso, una Historia oficial, y sería difícil calibrar qué porcentaje de la población llegó a creérsela. Pero está escrita, es desmontable sin grandes esfuerzos y a día de hoy creo que pocas personas sensatas tienen interiorizado ese cuento, por más que Pío Moa y compañía se dediquen a resucitarlo con tan escaso criterio interpretativo como deontológico.
En el otro extremo está lo que nos cuentan de la República, que parte en demasiados casos del error fundamental del que hablábamos antes: la confusión entre Historia y memoria. No pretendo entrar en discusiones sobre leyes de memoria histórica y debates domésticos por el estilo, aunque adelanto que no me cabe la menor duda de que la gente –toda la gente– tiene derecho a saber en qué fosa común está aquel familiar asesinado hace sesenta años. Pero voy a otra cosa: a esa imagen de la Segunda República, reivindicada como el modelo en el cual basar la actual democracia, que tan a menudo olvida que aquel régimen, dotado –eso sí– de toda la legitimidad exigible, fue de todo menos democrático en su espíritu (no necesariamente en sus formas), entre otras cosas porque fue patrimonializada desde sus inicios por un único grupo. Olvidamos también demasiado fácilmente la constante lucha entre fracciones y la absoluta irreponsabilidad política de demasiados dirigentes, como olvidamos lo absurdo que resulta identificar al Partido Comunista –que veía en el régimen burgués un mero paso previo que además había que instrumentalizar para sus fines revolucionarios– con la República. Tan absurdo como identificarla con los movimientos de signo anarquista, que por naturaleza no podían defender una república (ni ninguna otra forma de Estado) más que, en el mejor de los casos, como mal menor. Olvidamos también que personajes como Largo Caballero estaban llamando abiertamente a la guerra civil desde antes de las elecciones de febrero de 1936.
Olvidamos, en suma, demasiadas cosas, quizá porque es reconfortante pensar que alguna vez hubo algo más parecido a lo que hubiésemos querido que aquello que efectivamente tuvimos durante cuarenta años. Y quizá el mayor problema de todos sea que tendemos a confundir las buenas intenciones con la realidad. Y a creérnoslo.

2 Responses to “Pasado imperfecto”


  1. 1 Sursum corda! 24 septiembre 2007 a las 12:32

    Hola.La historia es una cosa que se quedó allí y lo que nosotros hacemos ahora es tratar de conocerla, comprenderla o usarla, depende del caso.Así que no te extrañes de que los relatos sobre la historia tengan diferentes dosis de hechos y de interpretaciones pues tanto la verdad como la mentira o la manipulación tratan de conseguir un cambio en nuestro interlocutor. El el primer caso podría ser un cambio a mejor y que no nos beneficia directamente. En el segundo o tercero, un cambio que nos aproveche.Imagino que si hubo un Homero o una serie de homeros cantando la cólera de Aquiles el Pélida, lo hiceron para complacer a sus señores en las cenas y poco interesados unos y otros en si había existido un Aquiles, un Menelao o una Helena. De hecho, la Ilíada NO HABLA de la Guerra de Troya sino que ésta es un decorado para cantar sobre los héroes y sus hazañas o miserias.Así que muchos relatos históricos actuales son, más que investigaciones científicas o sus resultados, cantos al oído de alguien para halagarle con las hazañas de sus antepasados (vale “antepasados ideológicos”) y sus victorias sobre otros. O para reafirmarle en unas ideas, unos valores o unos intereses, cosa que casi todos saben recompersar. Vamos, como los señores militares de las épocas de Homero podían sentirse identificados con las batallas, los aqueos de buenas grebas y otros detalles y hacer algún regalo al aedo.A veces es difícil saber si el autor de la “historia” ha caído víctima de sus propios prejuicios o si directamente nos toma por tontos y cree que vamos a admitir que las cosas fueron como nos las cuenta. Pero, como los timos más patéticos, el timado lo es por su propia ambición y si los franceses prefirieron creer que la resistencia había contado con una complicidad civil masiva era porque no estaban dispuestos a admitir ni su pasividad ni su colaboracionismo.El caso de los comunistas franceses también sería de nota pues lejos de poder presumir de su protagonismo resistente deberían preguntarse por su seguidismo de las órdenes de Stalin, poco activo contra Hitler hasta que vio invadido su país. Parece ser que fueron los comandos ingleses y una pequeña resistencia -digamos- nacionalista francesa los que actuaron contra los alemanes.Por otra parte, somos muy dados al recuerdo selectivo. Leí algunos artículos en los que su autor se refería a la participación de los EE UU en la SGM en Europa como tardía e interesada más en plantar su pie en el continente para evitar el dominio de la URSS que en la real liberación.Para el autor, los protagonistas en térrminos de guerra y de bajas habían sido los soviéticos. Y, si bien es cierto que los números hablan de millones de muertos rusos, no creo que tal cosa se pueda contar en el Haber de Stalin ni en el Debe de Roosevelt ya que un Pacto germano-soviético o Molotov-Ribbentrop y una ocupación casi simultánea y mitad por mitad de Polonia por nazis y soviéticos nos lo impide.(He dejado una respuesta a la tuya en mi blog. Gracias.)

  2. 2 Sursum corda! 24 septiembre 2007 a las 13:00

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