Archivo para 24 febrero 2009

Perlas

Democracia y capitalismo son incompatibles.
Cayo Lara

Esto no debería sorprender a estas alturas a nadie, pero desde luego no deja de ser un objeto de estudio potencialmente fascinante este de la democracia según IU y demás sujetos añorantes del socialismo real y otros inventos.

Mejor aún, sin duda, es su definición de barbarie:

Pero eso vino después de su ataque sin matices a “la barbarie”: la “economía de casino” que rige el mundo y España.

¿Qué esperaban? Algunas cosas no cambian nunca. Estamos ante esa casta capaz de simpatizar con la teocracia iraní porque molestaba a los yanquis; de considerar al Che un amable luchador por la justicia, romántico empedernido; y de ver en Hamás a unos firmes defensores de la libertad.

Todo eso debe ser civilización, y no lo que tenemos aquí.

No estaría de más, por cierto, pedirle su opinión a Santiago Carrillo. Aunque igual ya es un facha.

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Proselitismo ateo

Una de las tendencias más molestas de buena parte de los grupos religiosos ha sido siempre su afán por convertir a los infieles a sus verdades reveladas. Aparte de haber servido de justificación ideológica al poder para emprender acciones no siempre puras y alabables en numerosas ocasiones a lo largo de la historia, el proselitismo religioso suele constituir cuando menos una fastidiosa intromisión en el ámbito de unas convicciones individuales en las que nadie tiene por qué meterse. Independientemente de lo cómico que puede resultar desde una mirada cínica y descreída, lo cierto es que en última instancia es casi indignante la voluntad de algunos de decirles a los demás lo que tienen que creer, máxime cuando se trata de cuestiones para las que no hay prueba empírica alguna.

En los últimos tiempos asistimos a una curiosa vuelta de tuerca en este ámbito, habiéndose producido una especie de “salida del armario” de ateos y/o agnósticos que proclaman un derecho a la visibilidad hipotéticamente reprimido o, si se quiere, autocensurado. Es altamente probable que al decir esto me gane las iras de buena parte de las personas con las que comparto [des]creencia, pero el caso es que no acabo de comprender campañas como las de la A atea de la campaña OUT encabezada por el celebrado Dawkins. De un lado, por un reparo que muchos calificarían de meramente estético: mi habitual alergia a las etiquetas hace que no vea grandes diferencias entre llevar una camiseta con la elegante A estampada y llevar un pin del Ché Guevara. De otro, porque me parece vislumbrar en el fondo de este movimiento una caída en ese gregarismo que constituye una de las caras más negativas de toda religión, así como una presunción de afinidad entre descreídos en la que subyace una especie de unidimensionalidad que no tiene poco de posmoderna.


La última acción en esta línea, como se sabe, ha sido la de los autobuses ateos que ya pueblan las calles de algunas ciudades españolas. Vaya por delante que no sólo no niego, sino que defiendo enérgicamente, la legitimidad y el derecho que asiste a quienes impulsan esta campaña. Lo cierto es que incluso me parece una iniciativa simpática y que probablemente me despertaría una sonrisa el ver pasar un autobús de estos. Y sin embargo no termino de compartirla, quizá porque la teórica racionalidad que en principio debería caracterizar a los ateos (primer error, claramente) no parece encajar demasiado bien con una iniciativa de este tipo. Personalmente, no veo ni la necesidad ni la utilidad de caer en los vicios de los grupos a los que siempre he criticado; ni siquiera veo la necesidad ni la lógica de considerarme parte de un “grupo” social constituido por el conjunto de los descreídos, con quienes a menudo no tendré nada en común más allá de esa falta de creencia en un ser superior. Ni falta que hace, por cierto. Y qué decir de la mentalidad adolescente a la que todo esto recuerda levemente: esa voluntad de épater les bourgeois, pretendidamente rebelde y revolucionaria, que tan bien sienta a determinadas conciencias y tan escaso efecto tiene sobre el mundo real. ¿O acaso alguien cree realmente que esos carteles van a convencer a los creyentes de que deben abandonar su fe, por irracional que sea ésta? En última instancia, reconozcámoslo, esto sirve para poco más que para divertir a los propios escandalizando a los ajenos.

Lo cual, dicho sea de paso, no tiene por qué tener nada de malo. Pero no lo disfracemos de otra cosa.

El principio del fin de la autarquía (1947-1953)

Hace ya algún tiempo hablé aquí del crucial año de 1947, en el que empezaron a cambiar las tornas para el régimen de Franco y su situación en el mundo exterior. Este post debe considerarse una continuación de aquel.

Los acuerdos que permitieron la instalación en España de las célebres bases americanas contra las que todos los años sigue habiendo manifestaciones se firmaron en 1953, pero resulta evidente que aquello no sucedió de la noche a la mañana. En efecto, entre 1947 y 1953 se produciría el viraje de Estados Unidos, cuya política hacia España habría de cambiar sustancialmente en un proceso del que el Pacto de Madrid sólo sería la manifestación más tangible. Al margen de las tan manoseadas consideraciones morales, las consideraciones estratégicas de la Guerra Fría jugarían en estos años en beneficio del régimen de Franco, contribuyendo a su legitimación en la escena internacional. A medio y largo plazo, todo ello habría de tener efectos muy palpables sobre la economía española: a finales de la década de los cincuenta, esta entraba en una nueva etapa merced al Plan de Estabilización, que sentó los cimientos de una importante –aunque relativa– apertura económica. Paradójicamente, los efectos de aquellas medidas contribuirían a consolidar el régimen en el interior, pero sentarían al mismo tiempo las bases de un desarrollo económico que en última instancia terminó por generar unas condiciones sociales que harían poco probable su perduración más allá de la vida de Franco.

En este largo camino, los años de 1947-1953 señalan el principio del fin de la autarquía.

Pero vayamos por partes. En 1946, la Asamblea General había dictado contra el régimen franquista sanciones de carácter económico; apenas un año más tarde, no sería capaz de reunir la mayoría suficiente para reafirmar sus recomendaciones. Entender las razones de tal cambio implica examinar lo sucedido en ese lapso de tiempo en la situación internacional mundial y muy especialmente en lo que respecta a la política exterior de Estados Unidos.

En efecto, habiendo ya dado muestras de un cambio de actitud países europeos como Francia y Gran Bretaña, será a partir de octubre de 1947 cuando los Estados Unidos hagan gala de un viraje más notable aún en su política hacia España. A finales de aquel mes la Oficina de Planificación Política publicaba un amplio informe en el que, entre otras cosas, se afirmaba lo siguiente:

El resultado neto de la política actual ha sido el siguiente:
1. Fortalecer el régimen de Franco
2. Impedir el restablecimiento económico de España
3. Operar contra el mantenimiento de una atmósfera amigable en España, para el posible caso de un conflicto internacional

A partir de esta constatación se perfilaba un plan de acción para normalizar las relaciones con España y relajar la política estadounidense hacia el régimen. Junto con esta actuación bilateral e independiente de las consideraciones de otros países, la política estadounidense se dispondría a partir de este momento a actuar en el mismo sentido normalizador en el propio contexto internacional. Esta actuación sería, en principio, fundamentalmente económica:

La eliminación de las medidas restrictivas oficiales debe hacerse en el menor tiempo posible, mediante la apertura del comercio privado y la posibilidad de una asistencia financiera para la rehabilitación de la economía.

Este cambio sustancial se inserta dentro del diseño general de la política exterior americana en los momentos en los que comenzaba a perfilarse la inevitabilidad de la Guerra Fría. En efecto, si en virtud de la Doctrina Truman los Estados Unidos asumían el liderazgo del free world y la responsabilidad de dirigir sus esfuerzos a la contención del comunismo, su política hacia España tenía que cambiar. Dos consideraciones impulsarían este cambio: de un lado, la posibilidad de que propiciar la caída de Franco abriese las puertas a la inestabilidad dentro del país y por ende a la infiltración comunista; de otro, la situación geoestratégica de España, en virtud de la cual cualquier influencia soviética en la Península Ibérica habría supuesto el control ruso del Estrecho. Fue el estamento militar estadounidense el primero en hacer estas apreciaciones y en asumir la necesidad de acercarse a Franco para hacer frente a la amenaza soviética; frente a esta actitud, el Departamento de Estado seguiría pensando durante un tiempo en el objetivo de derribar el régimen. Sin embargo, como suele ocurrir, las consideraciones de carácter realista se impusieron y terminaron por confirmar en sus principios esenciales la teoría franquista de que en el contexto de la Guerra Fría una espera paciente habría de abocar necesariamente al acercamiento de las potencias occidentales a una España que se autorretrataba como bastión anticomunista.

Con este viraje tocaba a su fin el aislamiento del régimen y se iniciaba una nueva etapa que habría de traducirse en una sucesión de rápidos cambios en la economía y en la posición internacional del régimen. El acercamiento de Estados Unidos, que se vería intensificado por el progresivo empeoramiento de la situación mundial en los últimos años de la década de los cuarenta, se materializó en visitas oficiosas de senadores, militares y financieros estadounidenses entre 1948 y 1949. En mayo de este último año, el National City Bank concedía un crédito de 25 millones de dólares para la compra de productos alimenticios. Ese mismo mes, el Herald Tribune recogía unas declaraciones del Secretario de Estado Dean Acheson:

Sobre la cuestión de las relaciones económicas la política norteamericana está determinada por consideraciones económicas y no políticas. España es libre de apelar al Import-Export Bank sobre las mismas bases que cualquier otro país.

El régimen no se acogió inicialmente a esta oferta, posiblemente porque las condiciones de préstamo resultasen aún inaceptables para un país sumido en plena autarquía. Sin embargo, el 1 de agosto de 1950 el Congreso aprobaba la concesión a España de un crédito de 62,5 millones de dólares destinado a fines específicos:

Para tener derecho al empréstito de los Estados Unidos es necesario demostrar que cada proyecto constituye una contribución considerable a largo plazo para la economía española. Se están concediendo créditos, en la medida de lo posible, y proyecto por proyecto, a las empresas españolas.

Estas “contribuciones considerables a la economía española” habrían de ser fundamentalmente de dos tipos, a saber: producción agrícola para consumo interior y exportación; y producción de minerales según los fines del programa norteamericano de minerales estratégicos. Se aunaban así dos objetivos clave y complementarios: mejorar la situación en la que vivía la población española y hacer frente a las necesidades estratégicas que imponía el contexto internacional.

Los préstamos estadounidenses y, en general, el cambio de actitud de la superpotencia hacia el régimen tuvieron un efecto catalizador sobre la economía española, sumándose en 1951 a las diversas ayudas americanas una serie de acuerdos comerciales con Pakistán, Suecia y Noruega. Precisamente este año marca una divisoria en la evolución de la economía española, observándose a partir de este momento un notable cambio de ritmo en la evolución de la Renta Nacional, que preludiaba una década en la que la producción habría de crecer de manera muy considerable y en la que habrían de darse importantes cambios estructurales.

En efecto, en 1951 se deja atrás la etapa de reconstrucción, dándose así el primer paso en el camino que desembocaría unos años más tarde en el Plan de Estabilización. Así, el crecimiento de los años sesenta no puede comprenderse sin atender a las importantes transformaciones que tuvieron lugar durante la década de los cincuenta, en la que se produjo una primera ola de industrialización basada en la importación de bienes de equipo y en una protección comercial aún intensa, generando una acumulación de capital humano y una ampliación del mercado lo suficientemente amplias como para absorber la tecnología más sofisticada que habría de importarse en el decenio siguiente. La protección comercial obedecía a una política de sustitución de importaciones tendente a fortalecer el mercado interno; estas políticas, paradójicamente, tienden a generar una dependencia aún mayor del sector exterior, en la medida en que es éste el que abastece de nuevos inputs para el aparato de producción. Además, la sustitución de importaciones suele producirse a expensa de altos costes para el sector agrícola y el consecuente deterioro de la capacidad exportadora del país. En estos riesgos pudo caer España fácilmente a principios de los años cincuenta de no haber sido por la continuidad de la ayuda americana y por la aparición de un nuevo equipo ministerial que asumiría la necesidad de dejar atrás el camino de la autosuficiencia; ambos factores evitarían en última instancia el colapso de la capacidad exportadora, demostrándose así de nuevo la importancia de una ayuda estadounidense que atenuó las posibilidades de crisis derivadas de la política sustitutiva de importaciones.

Aunque el apoyo estadounidense supuso, en efecto, un balón de oxígeno para la economía española, el progreso que ayudó a propiciar se veía aún limitado por la persistencia de una política fuertemente intervencionista que mantuvo el desequilibrio presupuestario, la inflación y una disparidad aún notable entre la cotización internacional de la peseta y la fijada oficialmente. Por añadidura, la inflación, unida a la demanda de importaciones de carácter energético y tecnológico, provocó un desequilibrio considerable en la balanza comercial del país.

El acercamiento estadounidense a España dio pie también a los primeros pasos de la inserción de España en un contexto internacional del que había permanecido aislada y al que a partir de estos momentos comenzaría a asomarse tímidamente: entre 1950 y 1952 reanudaron relaciones con España 41 países; en 1951, se conseguía el ingreso en la FAO. Sin embargo, el interés de Estados Unidos en que el país participase de la vida internacional tenía un carácter más netamente estratégico que no se vio inicialmente satisfecho. La intención norteamericana de integrar a España en el sistema de defensa occidental había chocado con la oposición de Gran Bretaña y Francia, que se mostraron reticentes a la entrada del país en la OTAN. Aunque los Estados Unidos desistieron de este empeño específico, la Guerra de Corea supuso una intensificación de los esfuerzos estadounidenses por aprovechar la situación estratégica de la Península Ibérica. Las negociaciones –ya habrá ocasión de hablar de esto en otro momento– no serían ni sencillas ni rápidas.

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Más información en:

GONZÁLEZ, Manuel-Jesús: La economía política del franquismo (1940-1970). Dirigismo, mercado y planificación. Madrid: Tecnos, 1979.
LLEONART ANSÉLEM, Alberto José: “El ingreso de España en la ONU: obstáculos e impulsos”, Cuadernos de Historia Contemporánea, nº 17, 1995.
PEREIRA CASTAÑARES, Juan C. y MARTÍNEZ LILLO, Pedro A.: La ONU. Madrid: Arco, 2001.
PORTERO, Florentino: Franco aislado. La cuestión española (1945-1950). Madrid: Aguilar, 1989.
“La larga autarquía (1940-1959)”, Bolsa: revista mensual de bolsas y mercados españoles, nº 157, 2006.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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