El ejército, nuestra oenegé preferida

Los ejércitos nacionales son uno de los elementos más característicos del desarrollo de los modernos Estados-nación. En el caso español –un caso de construcción cuando menos imperfecta del Estado liberal–, el ejército ha tenido a lo largo de la contemporaneidad una evolución tan interesante como plagada de altibajos. Habiendo adquirido un enorme prestigio desde la victoria ante las tropas napoleónicas a principios del siglo XIX, los generales españoles se convertirían durante buena parte de la centuria en actores políticos fundamentales, portavoces de diversas versiones del liberalismo y causantes de numerosos cambios de gobierno: no en vano, el golpe de Estado español decimonónico ha pasado a la historiografía con un nombre propio, el de pronunciamiento. Biografías como las de Espartero o Narváez, grandes protagonistas de las luchas políticas de la época isabelina y líderes, respectivamente, del liberalismo progresista y moderado, dan fe de ello. Enzarzado como estaba en la lucha política, al ejército del XIX le faltó en cambio el convertirse en elemento de unidad nacional, en referente simbólico de la idea de España, a diferencia de lo ocurrido en otros países. Lo cierto es que sólo O’Donnell y la Unión Liberal harían algún intento de utilizar al Ejército como elemento de prestigio y con una finalidad creadora de conciencia nacional, aunque lo hicieran a través de expediciones de escasa fortuna y a veces un tanto rocambolescas.

En cualquier caso, este ejército, metido a actor político pero de mentalidad fundamentalmente liberal (valga la contradicción), protagonista clave incluso de revoluciones como la Gloriosa de 1868, experimentaría en el último tercio del siglo un cambio de mentalidad en el que influyeron diversos factores, pero en el que sin duda jugó un papel significativo la experiencia del desorden y la inestabilidad constantes del Sexenio, etapa demasiado breve como para que España pasara en esos años de un gobierno provisional a una monarquía democrática con rey extranjero a una república federal –cuyos gobiernos no duraban más de unos meses y con insurrección cantonal incluida– a una especie de indefinida y vaga república unitaria a la que finalmente pondría fin la restauración alfonsina. La penetración de la I Internacional en España, favorecida por el amplio marco de libertades de aquellos años, no fue en absoluto ajena a esto; como no lo fue, desde luego, el efecto de caja de resonancia que jugó la Comuna de París a la hora de decantar a buena parte de la clase política hacia posturas cada vez más convencidas de la necesidad de asegurar el orden, poner freno a una creciente conflictividad social cuya presencia en las calles era cada vez mayor, desconfiar de la participación política de las clases populares, y preservar y proteger la propiedad privada.

La Restauración vino a ofrecer una plasmación de todo ello. Con un diseño teórico inspirado en el ejemplo británico y un funcionamiento real que garantizaba la estabilidad a través del fraude electoral y las redes clientelares, el proyecto civilista y pragmático de Cánovas conseguiría durante el último cuarto del siglo XIX mantener alejados de la política a los militares. Sin embargo, el sistema entraría en crisis desde finales del siglo por motivos diversos. No es un factor menor, en este sentido, la aprobación del sufragio universal en 1890, que hacía más difícil el control electoral (no es lo mismo controlar a 800.000 electores que a cinco millones) y entre cuyas consecuencias cabe contar la necesidad de emplear para el sostenimiento del sistema dosis de violencia (en algunos casos más simbólica que física) que hasta entonces no habían hecho falta. En lo que respecta al ejército, la entrada en el siglo XX vino acompañada de cambios considerables y de un regreso a la política. Simbólicamente, el desastre del 98, del que los militares culparon a la irresponsabilidad de los políticos (idea que se mantendría durante largo tiempo: véase a título de ejemplo Raza), marcaba el inicio de unos largos años de crisis del sistema en los que el ejército iría cobrando un protagonismo creciente. El papel jugado por Alfonso XIII, los recelos militares ante los nacionalismos periféricos, el empleo creciente del ejército como fuerza de orden público ante la creciente conflictividad social y las campañas africanistas, unidos a incidentes como el del Cu Cut, eran una manifestación palpable del paulatino retorno de los militares a la arena política. El resultado final de todo aquello no puede ser más elocuente: poco hay que añadir, respecto al papel de los militares, sobre la dictadura de Primo de Rivera.

Para cuando se proclamó la II República, el ejército era ya un cuerpo de ideario profundamente conservador y que se veía a sí mismo como garante de la unidad de España. No resultan sorprendentes, por lo tanto, los constantes enfrentamientos entre los militares y las izquierdas –republicanas o no– durante esta etapa; tampoco la reforma militar de Azaña ayudó a la concordia. Respecto a las derechas, se retomaba la utilización del ejército como garante del orden público: ahí está la durísima represión lanzada contra los protagonistas de la llamada revolución de octubre del año 34. Y de nuevo sería el ejército o, para ser exactos, una facción del mismo, el que en 1936 pusiera fin a aquella experiencia. Respecto al franquismo, resulta evidente el papel fundamental jugado por las fuerzas armadas: aunque el régimen fuera más la dictadura de un militar que una dictadura militar propiamente, el ejército fue no sólo uno de sus mayores soportes, sino el pilar principal sobre el que se sostuvo durante sus cuatro décadas de duración. No fueron tan constantes las otras familias: Falange, convertida en partido único al tiempo que se la descabezaba y se la unificaba con el carlismo, quedó muy pronto relegada a un papel más simbólico que real al tiempo que los planteamientos falangistas se diluían en el indefinido magma que fue el Movimiento; la Iglesia, por su parte, dejó de prestar un apoyo monolítico, como mínimo, desde el Concilio Vaticano II, como lo prueban los enfrentamientos en su propio seno o el fenómeno de los curas obreros. Pero en 1975 el ejército seguía siendo, con muy escasas excepciones (léase la muy minoritaria Unión Militar Democrática), lo que había sido durante cuarenta años de régimen: garante del franquismo (sin Franco), de la unidad nacional, de los principios tradicionales y de la exclusión de los rojos de la vida política nacional.

No es extraño, por lo tanto, que las fuerzas armadas se convirtieran en uno de los principales problemas con los que se tuvo que lidiar durante la transición a la democracia. Dan buena cuenta de ello la actitud de la inmensa mayoría de los militares hacia Suárez y las diversas conspiraciones que hubo durante aquellos años, de las que el golpe del 23-F fue sin duda la de mayor trascendencia pública. Los esfuerzos por democratizar el ejército, a los que no fue ajena la integración en la OTAN –uno de cuyos propósitos era que las fuerzas armadas entrasen en contacto con sus homólogas de países de tradición democrática–, fueron una de las luchas más complejas en los años de la transición, con su continuación durante la etapa de consolidación democrática.

Los tiempos recientes han visto aparecer novedades en el horizonte, una de las cuales es una tendencia no exclusivamente española, pero tal vez particularmente arraigada aquí, a considerar que la guerra es, por definición, un instrumento ilegítimo. La necesidad de los gobiernos democráticos de adaptarse a esta postura simplista ampliamente asumida por la opinión pública occidental ha llevado a un uso cada vez más acentuado de eufemismos que hacen que ya no haya guerras, sino misiones de paz, y a la pretensión de convertir a los ejércitos en algo así como unas ONG cuyas principales funciones son la cooperación al desarrollo, las misiones de salvamento cuando suceden catástrofes naturales, y el reparto de agua y comida que tanto figura en los telediarios. El que los países occidentales, que, sin constituir el mejor de los mundos posibles, ofrecen sin duda a sus ciudadanos el mejor de los que ahora mismo existentes (en términos de libertades y de bienestar –¿hay otros?–), sean precisamente aquellos cuyos ciudanos menos dispuestos están a defender el sistema, no deja de ser una contradicción a la que un Occidente acomplejado y biempensante tendrá que hacer frente tarde o temprano.

Respecto al caso español, como de costumbre, nosotros ponemos la guinda: los políticos españoles han tenido, a lo largo de los dos últimos siglos, actitudes muy diversas hacia el ejército. Y España ha tenido ejércitos muy diferentes. Lo que nunca habíamos tenido, hasta ahora, es un Ministerio de Defensa pacifista. Un Ministerio cuyo ámbito de actuación no es otro que el de las accciones de guerra no puede no creer en la guerra. Y un gobierno dispuesto a pagar lo que se le pida por liberar a unos rehenes españoles debería, al menos, tener la decencia de enviar a continuación una operación militar bien diseñada, y con órdenes de actuar con toda la fuerza necesaria, a perseguir a los secuestradores hasta sus madrigueras.

Ahora me llamarán belicista.

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3 Responses to “El ejército, nuestra oenegé preferida”


  1. 1 Fritz 18 noviembre 2009 a las 23:10

    La verdad es que no, no se entiende. Como tampoco el que todos los partidos (con el PP a la cabeza, ni que decir tiene) criticaran al Gobierno básicamente por poco menos que no bajarse los pantalones desde el minuto 1, para a continuación criticarlo porque se los baja, algo de lo más habitual por otra parte. Qué narices, se entiende perfectamente.Por otro lado, al parecer los expertos desestiman la viabilidad de una operación militar, y menos si de "madrigueras" se trata, aunque el verbo es libre. En fin, qué país.Saludos

  2. 2 Eliahh 19 noviembre 2009 a las 11:57

    Ya me extrañaba que no comentaras el tema.En este caso creo que ha sido todo un despropósito desde el primer minuto (sincluso sin tener en cuenta que fuera de España se ha publicado abiertamente que el barco iba bajo bandera de las Seychelles), pero en cualquier caso te agradezco mucho la visión histórica del tema.

  3. 3 Boris Grushenko 19 noviembre 2009 a las 12:18

    Comprenda que con esta pinta deba retirarme del frente.Nada es perfecto, tampoco el pacifismo, que además es algo heterogéneo, con matices y encima termina en "ismo". Pero me parece evidente que el pacifismo, en general, nos sitúa en la senda correcta, aunque sea tropezando, salvo que consideremos que la paulatina y creciente restricción del uso de la violencia, en todos los ámbitos, no guarda relación con nuestra idea de civilización o progreso. También me parece evidente que la guerra es un veneno espantósamente tóxico (me remito a su composición y a sus efectos, muy documentados clínicamente), así que la prefiero en manos muy poco decididas a emplearla, temblorosas a ser posible. Porque si hay guerras justas, y me temo que sí, pienso que son muchísimas menos que las que son llamadas así por amplios sectores de la sociedad occidental (mi casa).Los pacifistas podemos ser imbéciles de remate, como cualquier otro, desde luego, pero esa imagen que nos representa a todos con túnica y en lo alto de una colina mientras contemplamos impávidos la destrucción de aquello que más amamos, me parece que no es más que una recurrente caricatura promovida por quienes no son suficientemente pacíficos para no ser autodestructivos. Los pacifistas también sabemos resistir, no lo dude.(Omito intencionadamente el tema "pirata", ese asunto en el que todos tenemos una fundada opinión moral, económica, militar, jurídica, geoestratégica y sociológica, y dos o tres soluciones. Bueno, todos menos yo, y creo que es solo por el momento).


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