De mitos y tumbas

La investigación histórica tiene estos problemas: al final, ni Lorca ni las otras víctimas estaban donde se esperaba. Por una parte, esto viene a confirmar lo que cualquier historiador que se precie sabe desde hace mucho tiempo: que, pese a discursos en el sentido contrario que tienden a sembrar la confusión al respecto, la memoria y la historia son cosas bien distintas. La primera, aparte de tratarse de una construcción mental que, a nivel individual o colectivo, intenta dotar de sentido al pasado (con omisiones, matices y olvidos), puede ser desde luego una fuente de enorme interés para el historiador. Pero ha utilizarse siempre con la debida cautela y, en la medida de lo posible, con el concurso de otras muchas fuentes de diversa índole. De lo contrario, ocurren estas cosas: un testimonio falla y, a la hora de los resultados, lo mismo da que se trate de un engaño deliberado o de una trampa de la memoria. El caso es que el cuerpo no está ahí.

Todo esto es de sentido común, claro, aunque últimamente tiene una la impresión de que las cosas más evidentes son las que más hay que repetir. En cualquier caso, está lejos de mi intención la de aprovechar este pequeño o gran desastre para echar por tierra (pun unintended) o menospreciar el trabajo de Ian Gibson. Al margen de las cuestiones en las que se pueda estar en desacuerdo con él, Arcadi tiene razón en lo fundamental: esto no invalida, al menos en principio, un trabajo que en líneas generales ha sido siempre muy sólido. Sencillamente ocurre que la labor del historiador tiene sus limitaciones: reconocerlas está entre las primeras y más significativas obligaciones de cualquier profesional que se precie. Y, por maravillosas que sean las grandes síntesis interpretativas, lo cierto es que el conocimiento sólo aumenta milímetro a milímetro, y que siempre puede venir alguien a refutar lo que parecía incuestionable: no digamos ya lo que ni siquiera lo parecía. Donde no hay más fuentes que las que hay, no queda otra que conformarse: es frustrante, pero es así. Pero un día muere alguien y salen a la luz unas memorias, o se revelan datos previamente desconocidos, o se abren archivos que habían sido inaccesibles. O se excava donde se creía que había una tumba y resulta que allí no hay nada. Y en ocasiones no queda otra que aceptar el error y volver a empezar, aunque tal vez cabría preguntarse por qué parece que nadie ha dado importancia hasta ahora a otras hipótesis. Si creemos a Gibson, ni siquiera lo habrían tomado en serio a él: ¿qué se ha estado haciendo aquí, aparte del espectáculo mediático?

Y sin embargo, todo esto son divagaciones de aspirante a historiadora; tal vez la trascendencia pública del asunto sea otra, y otras las preguntas que cabría hacerse. ¿Tiene sentido haber invertido 60.000 euros en una excavación que, analizados los datos con detenimiento, no ofrecía realmente garantías de éxito? Esto se ha hecho, además, en contra de la opinión de la familia de Lorca, y sin embargo es su nombre el que sigue lanzándose de un lado a otro de las trincheras ideológicas para reclamar que se continúe la búsqueda: ¿importa más el parecer de Gibson y las asociaciones de ese oxímoron que es la “memoria histórica”? Da la impresión de que responder que sí contravendría el espíritu de resarcimiento a los familiares que teóricamente alimenta todo ese movimiento. Sin duda, no cabe olvidar (aunque muchos parezcan hacerlo) que habría otros cuerpos. La pregunta más dura es la que a ellos se refiere: ¿se habría invertido ese dinero en buscarlos, sin garantías, de no encontrarse por medio el nombre del poeta?

Y ahora qué. ¿Se continúa la búsqueda? Mientras no haya datos que ofrezcan realmente seguridad, ¿dónde está el límite? ¿Llenamos Andalucía de agujeros? Como la persona fría, calculadora y desprovista de humanidad que soy, me permito añadir una consideración bastante elemental: esto es dinero de todos (aunque algunos traduzcan eso por “de nadie”) y los recursos, como nos recuerdan los malvados economistas y pragmáticos de toda laya, no son ilimitados. Igual ha llegado el momento –igual llegó hace tiempo– de definir qué es razonable y qué no lo es. De decidir, en fin –si es que aún consideramos que la política tiene que ver esencialmente con eso–, qué es lo que consideramos prioritario.

Lo mejor, sin duda, el corolario: la Junta ya tiene su propia respuesta. Que la inversión no sea en vano: a falta de tumbas, “asociemos el lugar con el arte y la vanguardia”. Dinero público mediante.

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2 Responses to “De mitos y tumbas”


  1. 1 citoyen 22 diciembre 2009 a las 15:17

    Me ha venido a la cabeza un dato que citaba Shlomo Ben Ami en una entrevista: Israel es el país del mundo que más gasta en excavaciones arqueológicas. En el libro que te enseñé el otro día lo último que he leído es sobre el debate Castro-SanchezAlbornoz sobre si España existía desde siempre y también sobre la reivención de la catalanidad de principios del siglo XX.


  1. 1 De mitos y tumbas Trackback en 27 diciembre 2009 a las 18:25

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UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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