Archivo para 5 enero 2010

¡Internet nos come! De las relaciones personales a la Universidad

Me interesa el futuro porque es donde voy a pasar el resto de mi vida. (Woody Allen)

Menos internet y más cara a cara. (El País, 5 de enero de 2009)

Es ya moneda común encontrarse en la prensa española con presuntos reportajes que no sólo dejan mucho que desear en términos de solvencia intelectual y de argumentación, sino que adolecen de una notable falta de conocimiento de la realidad a la que se refieren. Esto es especialmente patente cada vez que los medios tradicionales se ponen a hablar de nuevas tecnologías, redes sociales y dospuntocerismo en general. Como muestra, el inenarrable botón que acabo de descubrir precisamente gracias a uno de esos instrumentos del maligno enviados para destruir nuestras relaciones personales en la era de la tan-sólo-aparente comunicación: Twitter.

Se pregunta el autor si Internet amenaza el contacto real. Y para responder a semejante pregunta, recurre a una ingente bibliografía sobre el particular: (1) un libro sobre el cual me resulta imposible opinar (pero que espero que ofrezca más que lo que nuestro periodista parece haber extraído de él) y, atención, (2) su acreditada experiencia en el sector de los social media: “Yo me apunté a Facebook recientemente”, nos asegura. En palabras de @Yoriento, periodismo de investigación si alguna vez lo hubo.

El artículo, que tal vez no merecería siquiera comentario si una no se hubiera dejado llevar por cierto grado de indignación ante la ignorancia demostrada, resulta sin embargo de interés en la medida en que es un buen exponente de un discurso que en absoluto es marginal. Y que tampoco es nuevo: esto es tan antiguo como el miedo a lo desconocido que ha alimentado siempre las actitudes reaccionarias en su sentido más puro. En el caso de España, esto es particularmente lacerante: el que inventen ellos no parece haber dejado nunca de ser nuestro lema. Si el diario más prestigioso de este país es capaz de dar espacio entre sus páginas a blandas diatribas antitecnológicas de este calibre, no sé de qué nos sorprendemos: no es que esta gente no vislumbre el futuro, es que nuestro mejor periódico ni siquiera conoce el presente.

El tema da de sí, y hay gente a diario haciéndose preguntas muchas veces (que no siempre, claro) pertinentes e interesantes acerca de la utilidad de las redes sociales en particular y de Internet en general. Como la hay evaluando sus riesgos y los problemas que plantea, tanto para la sociedad en su conjunto como en determinados sectores en particular. Y sin embargo, El País hace un viaje en el tiempo (desde el pasado, claro) para venir a anunciarnos la mala noticia (sic) de que el consumo de Internet no para de crecer, especialmente entre los jóvenes. Acabáramos. Quién lo iba a decir.

Y lo que es más: cada no sé cuántos minutos que se pasan en Internet suponen no sé cuántos minutos que se pierden de relaciones personales. Porque he aquí el quid de la cuestión: las relaciones con otras personas que se mantienen vía Internet no son relaciones personales (?!). La descripción que sigue de las relaciones que se mantienen vía Messenger (al parecer, una gran novedad) es sencillamente de risa. Por no hablar de Facebook. Por lo visto, los jóvenes “se desnudan” ante sus semejantes (no, no se refiere al cíbersexo) vía Messenger, pero no saben hacerlo cara a cara. Y, pese a ello, estas relaciones no son personales (no dejes que la coherencia te estropee un gran artículo). Por no hablar de que esto es un gran cambio propio de la nueva era: como todos sabemos, nadie ha escrito nunca cartas porque resultara más fácil expresar según qué cosas por escrito. Y el summum: “sólo cara a cara hay certeza de sinceridad en lo que se dice”. Ajá: la mentira, señores, es un invento del siglo XXI.

Lo grave es que nada de esto resulta del todo desconcertante: no hay más que darse un paseo por las –mayoritariamente desastrosas– ediciones digitales de nuestros diarios para comprender que la muerte del periódico en papel no está llevándoles a una apuesta por un cambio de modelo. Y no es extraño, por tanto, el recelo. No lo es, además, porque no se trata tan sólo de un grupo de interés que protege un coto que hasta hace poco había sido suyo: antes al contrario, esta actitud ante Internet es algo muy extendido, particularmente entre quienes menos lo utilizan o menos partido sacan a las posibilidades que ofrece.

El precio, al final, lo pagamos todos: desde la absoluta inadecuación y la escasa facilidad de navegación que presenta cualquier web institucional española, pasando por las infernales aplicaciones con las que tiene que pelearse el ciudadano cada vez que un ministerio decide ser innovador (para a continuación, por norma general, tener que repetir buena parte del proceso en papel, con lo que no se entiende cuál es el propósito de la informatización), hasta las infinitas direcciones de correo electrónico o formularios de envio de preguntas a los que jamás responde nadie; con todo ello estamos ya más que familiarizados.

No queda ahí la cosa: el recelo no es menor entre quienes más afán deberían tener por incorporarse al uso de toda una serie de herramientas que tanto facilitan la difusión del conocimiento y la colaboración para profundizar en el mismo. La presencia en Internet de las universidades españolas –esos templos del saber– es, por lo general, francamente lamentable. La infrautilización o, en muchos casos, el absoluto desconocimiento de las ya-no-tan-nuevas tecnologías y formas de relación afectan no sólo a particulares, sino a empresas y a instituciones. Dialnet, la más importante base de datos de artículos científicos en español, tiene un sistema de búsquedas que se podría calificar de primitivo si somos muy generosos. Con honrosas excepciones, el número de blogs y páginas webs de investigadores españoles es ínfimo, y en la mayor parte de los casos la última actualización es de hace años, por no entrar en lo escueto de la información que ofrecen. La mayor parte de grupos de investigación ni siquiera aparecen en Internet, salvo, tal vez, alguna somera mención. Adentrarse en Academia.edu en busca de investigadores españoles es darse de bruces con un páramo desolador.

Construir redes de colaboración nunca fue tan fácil. Ni tan necesario. Pero nosotros, a lo nuestro: lamentando el trágico ocaso de las relaciones personales.

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