La persistencia del antiguo Régimen

Lleva una un tiempo rumiando, y lo comentaba ayer con J, la sospecha de que la observación de la realidad tiende a reafirmarnos en ese descubrimiento un tanto melancólico que los años van poniéndonos por delante: el de que hay cosas, verdaderamente, que nunca cambian. Nunca es triste la verdad: lo que no tiene es remedio. Cierto que, en un país en el que la [re]construcción un tanto aviesa de la genealogía política del adversario forma parte del arsenal dialéctico diario, resultaría difícil salir a la calle –no digamos abrir el periódico– sin darse de bruces con esta realidad. De sobra conocemos la batería completa desplegada en artículos, en conversaciones de cafetería e incluso, si hace falta, en sede parlamentaria: el indudable ascendente estalinista de Zapatero y sus adláteres, con toda su vocación totalitaria; la sed de sangre de rojos que anida en el fondo de Aznar y de sus herederos, esos que probablemente lleven el yugo y las flechas tatuados en alguna parte pudenda de su anatomía.

No hace falta insistir en que es un recurso fácil y hueco, aunque sólo fuera porque culpar a los nietos de los crímenes de sus abuelos es tan absurdo como atribuirles sus méritos. Y querer a estas alturas ganar guerras que otros perdieron hace décadas no es más que una forma de ganar adeptos entre quienes no entienden que estas herencias atribuidas o apropiadas no tienen otra finalidad que la propagandística. Pero es absurdo, sobre todo, porque hasta el momento todas las familias políticas las han formado seres humanos y, si la memoria no engaña, no es fácil encontrar una que no tenga entre sus viejas glorias grandes miserias que esconder bajo la alfombra. La humanidad es lo que tiene: no hace falta buscar muy lejos para encontrar cadáveres que arrojarnos a la cara. Luego ya empiezan los censos y recuentos: tú mataste más, yo maté menos, tus muertos ya tuvieron su homenaje, los míos luchaban por la libertad.

Qué les voy a contar que no sepan: nos conocemos el cuento, con toda su función legitimadora o denigratoria, que vienen a ser las dos caras de una misma moneda mirándose de reojo. Pero sucede que la genética es a veces más divertida que todo eso, que hasta en las mejores familias hay líos de faldas y que al final las noches prohibidas, la promiscuidad y los arrebatos ilícitos dan lugar a hijos bastardos, y a poco que un observador con algo de mala leche se pare a estudiar a la criaturita puede descubrir cosas insospechadas, ese rasgo delatador que la naturaleza ha colocado ahí, un fenotipo que no encaja con la paternidad atribuida, un tic, una forma característica de hablar o alguna mancha más o menos definida en el carácter que siembra la intuición de que las cosas no son como nos cuentan.

Porque he aquí el problema: cuando jugamos a vivir de la construcción simbólica de una identidad que emerge por pura oposición binaria a aquella otra presuntamente culpable de los muertos que les arrojamos a la cabeza a los de enfrente, hay que tener cuidado. Procurar no dar un paso en falso. Cuidar las formas. Lo que no se puede, desde luego, porque el chiringuito se tambalea con demasiada facilidad, es hacer y decir cosas que a un espíritu atento, e incluso a uno que no lo sea tanto, puedan traerle recuerdos que desdibujen nuestro autorretrato. Lo que no conviene hacer, en definitiva, es andar proclamando el rechazo a las injerencias del extranjero, encontrando contubernios agazapados detrás de cada esquina, acusando a quienes se nos oponen de antipatriotas, reproduciendo los mecanismos presuntamente autónomos de una política de amistad con los pueblos árabes en detrimento del malvado Estado de Israel, demostrar luego a cada paso que se sigue estando en las garras del águila por más que uno se quede sentado en los desfiles, reproducir las políticas de aquello que llamaban Hispanidad, mantener los apoyos sociales a base de la redistribución de la pobreza y querer seguir siendo el paternal protector de todos los españoles.

O igual sí que se puede. Nosotros, al fin y al cabo, también somos a veces lo que fuimos. Aunque las cosas (nos) cambiaran tanto.

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4 Responses to “La persistencia del antiguo Régimen”


  1. 1 Lamidaeff 9 febrero 2010 a las 11:57

    “Porque he aquí el problema: cuando jugamos a vivir de la construcción simbólica de una identidad que emerge por pura oposición binaria a aquella otra presuntamente culpable de los muertos que les arrojamos a la cabeza a los de enfrente, hay que tener cuidado.”

    Traducido al lenguaje pedestre ¡Cuidadito con lo cas dicho de mi madre! ¿no más fácil ponerlo así?

  2. 2 J 9 febrero 2010 a las 13:16

    No sabía que Jackson chocheaba tanto. ¿De qué año es eso? Compárese con la entrevista a John Elliott hace unos días en El País.

  3. 3 Irene Sánchez 9 febrero 2010 a las 13:32

    J: Lo de Jackson es realmente acojonante, sí. Según parece, la entrevista es de octubre de 2003. No deja de resultarme asombroso cuando incluso personas a las que se les supone la solvencia intelectual y el conocimiento de la historia se apunta a decir estas barbaridades, más aún siendo extranjeros. Aunque tal vez no debería sorprenderme tanto: al fin y al cabo, no hay más que ver las pasiones que ya despertaron en su día, allende las fronteras, la guerra y la “cuestión española”.

    Lamidaeff: Sería más fácil ponerlo así si fuera eso lo que estoy diciendo. Si acaso, “cuidado, a ver de quién me acusas de ser hijo, vaya a ser que tengas tú también algún gen y me pongas en bandeja sacarte los colores”. Insisto: a mí es que los crímenes de los abuelos, madres, primos y tíos del personal me parecen más bien poco relevantes. Igual que los logros. Pero estas incoherencias e hipocresías me divierten mucho.


  1. 1 Club Lorem Ipsum :: La Ley de la Gravedad » Archivo » Los Gnomos de Zurich y la confianza de los mercados: II Trackback en 9 febrero 2010 a las 14:47

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