Impresiones sobre el 15-M

Lo primero que hay que decir es que motivos hay. A patadas. Este país nuestro se enfrenta a una coyuntura económica terrible, particularmente para una sociedad que en las últimas décadas ha vivido alegremente por encima de sus posibilidades, entregada a una ceguera colectiva voluntaria de la que han sido culpables tanto la clase política como –no nos engañemos– una población que se ha dedicado irresponsablemente a endeudarse más allá de todo límite razonable en la creencia absurda, y azuzada desde los puestos de (ir)responsabilidad política y financiera, de que la prosperidad no tenía fin. El espejismo se ha acabado y la crisis internacional se ha encargado de señalarnos que el rey estaba desnudo. Y lo que supone un agravio aún mayor: quienes más duramente están sufriendo –y van a sufrir– sus efectos son los miembros de una generación que poco o nada ha tenido que ver en la gestación del drama y que ahora ve cómo sus expectativas más básicas –las de labrarse un futuro– se le cercenan antes de arrancar. Ser joven en España es, en efecto, una putada. Y no sólo porque la cosa sea difícil a día de hoy, sino porque verdaderamente –o esa es, al menos, la percepción– no se divisa un futuro que no consista en seguir viviendo de papá y mamá, aplazando sine die la posibilidad de forjarse una vida propia. Como apuntó Felipe González, para la juventud española el problema es más de expectativas que de nivel de vida. A todo ello se suma la percepción –más o menos acertada– de que, mientras nosotros pagamos la crisis, el poder político se dedica a rescatar amablemente a las entidades bancarias que no han hecho sus deberes.

No hay duda de que esta coyuntura es la que ha puesto de relieve las grietas y defectos del sistema institucional. No en vano, en tiempos de bonanza eran pocas y aisladas las voces que se quejaban del excesivo peso de los aparatos burocráticos de los partidos; de la falta de una auténtica separación de poderes; del cierre a nuevas opciones políticas que supone la legislación electoral vigente; de la sectaria, estéril y a menudo anecdótica lucha partidista en que se había encerrado el debate público español; de los niveles de extensión y de descaro de la corrupción y el chanchullo; de los gastos inútiles de las administraciones públicas y de otros tantos problemas ante los cuales la indignación es, más que meramente comprensible, inevitable. De un grado de podredumbre, en definitiva, que nos retrata como democracia relativamente sólida pero aún joven, con unas carencias en la cultura política que hasta el más lego en la materia puede detectar aun de manera meramente intuitiva. Todo eso estaba ya ahí, pero han sido los niveles de desempleo, precariedad laboral y parálisis económica sin expectativas de mejora los que han lanzado a la gente a la calle. Lo demás, no nos engañemos, importa poco al grueso de la población mientras viva razonablemente bien.

En estas condiciones, lo raro no es el estallido de ira popular. Lo verdaderamente inconcebible era que no hubiera ocurrido antes. En este sentido, vayan por delante dos cuestiones. La primera de ellas, que el silencio del que hemos estado rodeados hasta ahora obedece entre otras cosas a la inmovilidad manifiesta de los agentes tradicionales de movilización social en este país: los sindicatos mayoritarios que, vendidos al partidismo más lamentable y reacios a enfrentarse a un gobierno que no sea de derechas, se han negado pese a la creciente insostenibilidad de la situación económica y social a promover actos enérgicos y de envergadura en contra de un equipo gubernamental que ha reaccionado a la crisis con una mezcla de miopía, cinismo político e incompetencia verdaderamente indigna de la mejor tradición de la socialdemocracia española. La segunda, íntimamente ligada a la anterior, es que a nadie con un mínimo de conocimiento de cómo funciona la política en este país se le escapa la realidad francamente indecente de que, de haber sucedido todo esto bajo un gobierno del Partido Popular, no estaríamos ante movilizaciones globales “contra los vicios del sistema”, sino ante una ofensiva antigubernamental en toda regla que, además, habría arrancado mucho antes y bajo la iniciativa y liderazgo de los sindicatos y de la oposición de izquierdas. Sencillamente, no habría habido lugar para movilizaciones populares promovidas por un grupo heterogéneo de ciudadanos cabreados, pues el descontento se habría encauzado desde otros lugares. Negar esto es, en el mejor de los casos, un ejercicio de ceguera; en el peor, una mentira sin escrúpulos.

Dicho esto, los acontecimientos del 15-M y días posteriores, y la envergadura que han llegado a cobrar en los momentos –tan efímeros– de mayor éxito han sido acogidos con sorpresa por la práctica totalidad de la sociedad y han generado en muchos una impresión ambivalente. De un lado, suponían un soplo de aire fresco, siquiera fuera porque ha sido la primera vez que hemos presenciado cómo desde la sociedad civil, sin la mediación de partidos ni sindicatos, se organizaba una movilización social de tal calibre. No se trata, desde luego, de magnificar su importancia; pero minimizar la novedad del hecho sería igualmente absurdo. La segunda sorpresa, grata para la mayor parte de la opinión pública, ha sido el grado de civismo que han mostrado las acampadas –dentro, al menos, de lo cuestionablemente cívico que resulta para muchos la ocupación de la vía pública porque sí–. Tengo la impresión de que ambas cosas han contribuido a que en los momentos iniciales del fenómeno este se atrajera un apoyo amplio y variopinto de buena parte de la sociedad española, aunque por motivos diversos y guiados por interpretaciones divergentes de lo que estaba sucediendo. Y creo que a esta captación de apoyos contribuyeron un factor externo y otro interno. El primero, los errores tácticos de las instituciones y fuerzas de seguridad, que procedieron en primer lugar al empleo de la fuerza para desalojar a quienes –o así se ha percibido– estaban actuando de manera pacífica; y, posteriormente, a la declaración de ilegalidad de las concentraciones con el argumento, francamente irrisorio en plena campaña electoral, de que “la petición del voto responsable” podría influir en los resultados de las elecciones. El segundo factor, de orden interno, ha sido precisamente la indefinición de las reclamaciones: durante varios días, ha estado extendida la impresión de que las movilizaciones eran una manifestación de la indignación popular ante una situación insostenible, sin que los medios acertasen a desvelar cuáles eran exactamente las propuestas o reivindicaciones planteadas por los llamados “indignados”. La incapacidad para definir unas propuestas concretas ha estado, sin duda, en el punto de mira de muchas de las críticas más ponderadas, pero a pesar de ello creo que en un principio hicieron más bien que mal al movimiento, al que muchos concedieron el beneficio de la duda hasta ver en qué quedaba, al tiempo que muchos otros, empatizando con el cabreo generalizado, apoyaban activa o pasivamente a esas concentraciones que, dado lo etéreo del mensaje, permitían y aun fomentaban interpretaciones de lo más variopintas. Así, se han oído todo tipo de definiciones sobre lo que era aquello: los antisistema de siempre, una movilización de izquierdas que buscaba el fin de los recortes, o un simple movimiento de regeneración democrática. Todas las interpretaciones eran válidas, precisamente, porque ninguna era oficial.

¿Pero quiénes eran/son realmente los “indignados”? Aparte las causas profundas, en el origen inmediato de todo esto ha estado la convocatoria de una manifestación para el día 15 de mayo, promovida por la plataforma Democracia Real Ya. Convocatoria realizada mediante un manifiesto de contenidos vagos e indefinidos, aunque de cariz claramente anticapitalista a pesar de su aseveración de que entre las adhesiones había unos más progresistas, otros más conservadores; unos creyentes, otros no; unos [con] ideologías bien definidas, otros […] apolíticos. Contribuían a evidenciar la adscripción ideológica de los convocantes el listado de adhesiones, por un lado; y, por otro, las propuestas que presentaban a modo de medidas para solucionar la situación. Pero no era ya la filiación ideológica el problema, sino otras dos cuestiones verdaderamente graves para quienes, al recibir la convocatoria, la examinaran con cierto espíritu crítico: en primer lugar, lo extenso de las reivindicaciones, que contienen más bien un programa político propio de un partido que una reivindicación clara y precisa; en segundo lugar –y lo que es aún más grave–, la evidente falta de formación, conocimiento, datos, estudio y análisis que se traslucía en aquel listado de propuestas. Sin ser economista, basta con un vistazo al apartado económico para comprobar lo disparatado de unas medidas que parecían basarse en lo bonitas que suenan algunas propuestas más que en un análisis de sus probables consecuencias; sin ser abogado ni politólogo, salta a la vista que medidas como la equiparación de los salarios de los políticos al salario medio español o la prohibición de llevar en las listas de los partidos a imputados deben mirarse, como mínimo, con cierta circunspección y escepticismo por cuanto no es del todo descabellado que contribuyesen a una mayor degeneración del sistema político y no, como aseguran sus proponentes, a su limpieza y regeneración. Faltaba, en definitiva, un acercamiento siquiera mínimo y superficial a la abundantísima literatura que los científicos sociales llevan décadas produciendo en torno a las cuestiones que con tanta ligereza se abordan en el texto. Es, en el fondo, ese espíritu tan ibérico de “no somos expertos, pero somos el pueblo y esto lo arreglamos en un momento si nos dejan”. Al igual que ocurre con la Historia y, si me apuran, incluso con la Medicina, todo español de a pie se erige en un momento en economista, abogado y politólogo. Y nos quedamos tan anchos.

Por si tamaño desbarajuste fuera poco, en la ejecución real de la convocatoria, y sobre todo en el movimiento de acampadas y concentraciones que le siguió –sorprendiendo más que a nadie a sus propios organizadores– confluyeron no sólo los miembros y los apoyos (de por sí heterogéneos) de Democracia Real Ya, sino otra serie de iniciativas de diverso cuño que, o bien se le unieron y confundieron desde un principio, o bien se sumaron al carro una vez echado a rodar y visto el inesperado éxito de su andadura. El caso más conocido, y el que más se ha fundido con la convocatoria desde el comienzo, es el de la iniciativa No les votes que, según parecen ignorar muchos, nació directamente vinculada a la protesta que encabezaron determinados gurúes contra la aprobación de la llamada Ley Sinde; una ley, dicho sea de paso, de la que se podrá opinar lo que se quiera, pero que resulta difícil entender que se entremezcle entre los temas fundamentales de la política nacional y de la situación económica. No cabe duda, en este sentido, de que la distorsión de las preocupaciones y necesidades reales del grueso de la población que propicia el realizar cualquier convocatoria primordialmente desde Internet y las redes sociales. No, internautas, no: el grueso de la población española no tiene como preocupación fundamental que cierre o no Seriesyonkis.

Y a este magma de por sí indefinido se fueron sumando otros colectivos. Cualquiera que haya paseado por las acampadas se habrá dado cuenta de la diversidad de quienes se encontraban allí: junto a los grupos ya mencionados, aparecían como era de esperar los clásicos antisistema, embarcados en su lucha por derribar todo un sistema sin tener muy claro con qué sustituirlo; el perroflautismo habitual convencido de que con huertos ecológicos urbanos y biodanzas se pueden solucionar los problemas del país; los adeptos del movimiento okupa, para los que cualquier excusa es buena para adueñarse de espacios que no son suyos; y un nutrido grupo de gente de lo más variopinta.

¿Había/hay gente sensata? Pues sí, y en absoluto son pocos, a pesar de lo que pueda parecer. Son los que entienden y lamentan que esto se les ha ido de las manos. Algunos de ellos, que al menos hacen gala del más elemental sentido común en términos de estrategia, han optado por promover la adhesión a un mínimo común reivindicativo que pueda atraer el mayor número de apoyos posibles entre la sociedad española. Son, a grandes rasgos, los defensores de los tres o los cuatro puntos básicos, que probablemente tengan a su vez más de una variante. Es la estrategia más sensata por cuanto, en efecto, se basa en la búsqueda de unas reformas limitadas y no en la subversión del sistema y, al mismo tiempo, deja de lado el aspecto económico (al menos en líneas generales), lo que podría servir para atraerse a sectores descontentos de la derecha. Hay, con todo y a mi juicio, dos graves limitaciones a las que tendrán que enfrentarse quienes defienden este modo de proceder.

En primer lugar, que pretender hacer creer que el movimiento es y ha sido desde un principio una iniciativa desprovista de un posicionamiento ideológico es falsear la realidad y, muy probablemente, perder apoyos entre las bases iniciales. Esto, de hecho, ya está ocurriendo: basta indagar un poco para darse cuenta de que la fuerza que pudiera dar la unión se está cayendo por su propio peso al salir a la luz las enormes divergencias entre unas concepciones y otras. Quienes quieren cambios limitados y desprovistos de carga ideológica puede que constituyan un grupo bastante amplio dentro del conjunto de la sociedad española, pero son sin lugar a dudas el grupo menos activo –o, como mínimo, el menos visible– dentro del conjunto de los realmente movilizados. Por ello mismo, y porque resulta imposible borrar la impresión que se ha ido transmitiendo, resulta poco probable que la “gente de bien” de la derecha moderada vaya a unirse a un movimiento que en sus momentos iniciales apareció como netamente de izquierdas y que, ahora que decaen las acampadas y sólo quedan los afines a la calle de siempre, aparece directamente como una muestra más de un perroflautismo con el que pocos comulgan.

En segundo lugar, que incluso en estas propuestas, más acertadas a mi juicio desde el punto de vista de la estrategia política y de captación de una base de apoyos lo más amplia posible, adolecen de la misma falta de conocimiento y análisis detallado que se percibía en las propuestas iniciales de Democracia Real Ya. Hablar de “reforma de la ley electoral” sin explicitar qué reforma se busca es casi tanto como no decir nada. Y los términos mismos en los que se redactan las propuestas, repitiendo mantras como “listas abiertas” y “circunscripción única” de la forma tan simplificadora en que se han visto utilizados estos términos en los últimos días genera sinceras dudas acerca del grado de conocimiento de estos problemas que tienen quienes dicen querer solucionarlos.

Me gustaría apuntar, por último, que hay una afirmación que resulta falta por mucho que se repita. No es cierto, en última instancia, que los políticos sean una clase aparte, distinta de los demás, nada que ver con la población de esto que (algunos) llamamos España. La corrupción y el chanchullo, la búsqueda de formas de burlar la legalidad y evadir al fisco, eso que muchos llaman incluso con admiración picaresca, están a la orden del día. Se habla de la evasión fiscal por parte de las grandes fortunas, pero nadie parece recordar que eso es exactamente lo mismo –aunque a otra escala– que practican el fontanero que viene a arreglarnos el lavabo y nos pregunta si queremos la factura con IVA o sin IVA o el padre de familia que no declara todos sus ingresos y consigue así que a sus hijos les den becas que no les corresponderían porque están pensadas para quienes de verdad las necesitan. Se habla del sectarismo y partidismo atroz de los partidos políticos, pero las reacciones tan “democráticas” del personal a los resultados electorales del domingo (idénticas, aunque de signo opuesto, a las de 2004 ó 2008) dan buena fe de que ese sectarismo es ampliamente asumido por la sociedad española. Se habla de muchas lacras que se atribuyen a la clase política y, en términos más amplios, a los poderosos, olvidando con demasiada frecuencia y con sospechosa facilidad que esa clase política es, en buena medida, fruto y reflejo del país que tenemos.

¿Hay futuro? Parece difícil. Hay problemas por resolver y hay, desde luego, un espíritu salvable dentro de todo esto. Hay gente sensata y preocupada de verdad, que honradamente cree en la necesidad de lograr el apoyo popular a unas medidas cuya introducción sólo se podría lograr (y esto en el más optimista de los casos) mediante una presión social fortísima que obligase a los partidos a incluirlas en sus programas. Hay una capacidad para la movilización desde la sociedad civil, favorecida ahora por tecnologías de las que antes no se disponía, que a muchos nos ha devuelto la ligerísima esperanza de que tal vez este país, de vez en cuando, sea capaz de movilizarse sin que medien los partidos y sindicatos de turno con sus respectivos intereses. Pero faltan muchas cosas, y algunas de las que me parecen más evidentes ya las he apuntado aquí. Por todo ello y por otras causas que sin duda se me escaparán, la indignación no es suficiente.

11 Responses to “Impresiones sobre el 15-M”


  1. 1 eliahh 25 mayo 2011 a las 15:53

    Irene, sin ofender, creo que para ti ni esto ni nada sería suficiente.
    Sabes demasiado.

  2. 2 Irene Sánchez 25 mayo 2011 a las 16:10

    No ofendes, no te preocupes. Pero es más bien todo lo contrario: ni sé demasiado ni sé siquiera una milésima parte de lo que habría que saber para empezar a lanzar propuestas mínimamente viables sobre cómo arreglar el país. Precisamente por eso, si decidiera promover o meterme en una iniciativa así, procuraría de antemano que me asesorasen quienes sí saben de estas cosas🙂 Igual que le preguntaría a un ingeniero si mi propósito fuera construir un puente. Es de libro, vamos.

  3. 3 eliahh 25 mayo 2011 a las 16:25

    Hombre, por supuesto, pero ya te digo, a mí de coches no me preguntes😉
    Pero en mi opinión, precisamente por eso las propuestas han sido vagas. Nadie ha dicho cómo cambiar la Ley Electoral, porque está claro que seguramente ninguno de los que esté sentado en la Asamblea sepa cómo mejorarla en particular, pero está claro que un cambio sí necesita.
    A lo que me refiero es que sabes demasiado del curso de las cosas como para poder sentirte parte de este movimiento. Vamos, no es que yo me sienta identificada con los perroflautas que están saliendo como setas al amparo de los bocadillos de Sol, ni mucho menos, pero sí me siento parte de la gente a la que se ha timado con el cuento de estudiar mucho que ya tendrás un buen trabajo, y bueno, pues ya veremos.
    Así que creo que es mejor pedir cosas no concretas, que pecar de sabiondo. Y por cierto, lo de pedir la Tasa Robin, creo que viene de que hay más de uno y más de dos voluntarios de Intermón en la acampada de Sol😉

  4. 4 eliahh 25 mayo 2011 a las 16:32

    Bueno, por si acaso lo dudabas, creo que llevas razón en casi todo.
    Personalmente siempre he pensado que la gente se metía demasiado alegremente donde no podía, y sigo pensando que en cuanto nos dén la oportunidad, volverá a pasar.

  5. 5 Gulliver 27 mayo 2011 a las 18:18

    Excelente análisis.

    Es entendible lo que está pasando, nuestra democracia no tiene tradición de movilización política de la sociedad civil, pero alguna vez había que empezar y los comienzos son siempre torpes y amorfos. La mejor reflexión que se puede hacer no es sobre reforma electoral sí o no, sino acerca de cómo llevar a cabo movilizaciones más maduras, mejor dirigida y enfocadas.

  6. 6 Anchiano 28 mayo 2011 a las 14:57

    Totalmente de acuerdo con tu artículo. Yo me manifesté el dia 15 de Mayo, pero desde entonces mi esperanza ha ido tornándose en decepción y profunda tristeza. Aunque suene duro, digo que teniendo en cuenta que hay mucha gente inteligente en España, se han ido a poner al frente de las protestas los más tontos.

  7. 7 Dans 28 mayo 2011 a las 19:40

    Pero por qué no escribe usted más🙂

  8. 8 Jose 7 junio 2011 a las 17:54

    Irene, hacía siglos que no apsaba por este tu rincón y he leido interesado tu articulo. Quiero hacer un comentario largo, pero ahora mismo mi jefe me mira con cara de … “lo que te he mandado no implica teclear tanto”…. asi que…

    solo te diré que en cuanto a la ley electoral, no es eso lo que se ha pedido cambiar, es decir,e xcepto indocumentados , iletrados e ignorantes tipo Lucía Etxebarría, lo que se pide es el cambio de circunscripción. No se si recordarás (o si leiste) esta entrada de mi blojjjjj : http://corolariodecolores.blogspot.com/2008/03/sobre-el-sistema-electoral_26.html

    En el explicaba ya esto.. y lo que se pedía. Ademas de dejar algunas dudas. Pero de todo del parcialmente bienintencionado movimiento 15M (que he apoyado con mi presencia en varias ocasiones) te contestaré (si quieres, si me dejan, si soy bienvenido) más adelanet.

  9. 9 Jose 7 junio 2011 a las 17:55

    Hecho de menos hablar con alguien de política nacional y de otras cosas.

  10. 10 Anónimo 16 junio 2011 a las 22:10

    Como siempre, Irene, tienes razón en prácticamente todo lo que dices, con la mesura y la sensatez que te caracteriza, pero intuyo que a tí los que te han aguado la fiesta han sido los perroflautas…
    Yo creo que si un equipo de ingenieros hace un puente con el dinero de nuestros impuestos y el puente se derrumba matando a todos los que pilla debajo, lo primero que hay que hacer es salir a la calle a protestar y a manifestar la propia indignación por lo sucedido. No hay por qué saber nada de ingeniería y no es imprescindible proponer un cálculo alternativo de la estructura del puente. Pagamos a los políticos y a los tecnócratas igual que a los fontaneros y a los arquitectos, para que hagan bien su trabajo, el que nosotros no sabemos hacer, y si no lo hacen (y además roban), lo primero que hay que hacer es salir y protestar, que ya era hora.
    Si uno se lo toma como un movimiento de protesta frente a lo que hay, me parece genial. Otra cosa es tomárselo como una especie de movimiento utopista-panacea para todo.
    Las propuestas de los indignados puede que no sean todas estupendas. Pero tampoco su nivel de estupidez me parece claramente mayor que el que estoy acostumbrado a oir a políticos, comentaristas, periodistas y supuestos “científicos sociales”.
    Ya sabes que los de UPyD proponemos cambiar la circunscripción electoral: que sea la comunidad autónoma y no la provincia; y además que la mitad de los diputados del Congreso se elijan como ahora y los otros por circunscripción única. Es una propuesta, discutible como todas. Pero la razón, no ya de que no se adopte, sino de que ni siquiera se discuta, no es que sea un asunto muy complicado, delicado, y que haya que sopesar cuidadosamente los pros y los contras, sino que los dos grandes partidos están cómoda y descaradamente instalados en la injusta y muy dañina ley electoral actual. No es que no lo vea claro, es que como lo que hay ahora me beneficia, pues no lo cambio. Con dos cojones.
    En fin, que aunque hay que aprender y no confundirse en arrebatos, creo firmemente en la máxima “Más vale hacer un poco de bien que mucho daño”, y hay muchas cosas para las que no hay que ser un gran científico, sólo tener un poco de decencia.

    Mi amargura es que no puedo olvidar, como tú, que a los políticos les vota la gente (por eso los políticos son como un reflejo de la población), y que en las plazas hay algunos miles de almas, pero que a los de siempre los han votado millones. El sistema de partidos no me parece fácil de sustituír por algo mejor (no he oído ninguna propuesta razonable al respecto), de manera que, cuando las acampadas acaben, creo que la gente va a tener que acostumbrarse a votar a otros partidos políticos o conformarse con lo que hay. Yo ya llevo cuatro años “ensuciándome las manos” dentro de un partido político. No veo otra vía.

    Yo creo que el problema de fondo (mundial) es que la izquierda mesurada e inteligente (¿de antaño?) en realidad ha muerto. Lo que pulula por ahí son sus zombies, muchos malenteraos y algunos nostálgicos debiluchos.

    Tyrion el Gnomo

  11. 11 san 17 agosto 2011 a las 9:33

    Lo cierto es que no se puede añadir nada más. Totalmente de acuerdo contigo


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