Archive for the 'Historia' Category

Daniel Kahneman y el método histórico

En su reciente Thinking, Fast and Slow, Daniel Kahneman pasa revista a los atajos heurísticos de los que el ser humano se vale para dar respuestas fáciles a preguntas difíciles. Uno de los principios clave que recorre la obra es lo que Kahneman llama WYSIATI, acrónimo de la frase what you see is all there is. La idea, en síntesis, es que tendemos a dar respuestas basadas única y exclusivamente en la información que tenemos a mano, sin tener en cuenta que los datos de los que no tenemos constancia podrían modificar sustancialmente nuestro análisis. Lo que ves es todo lo que hay, o no hay más que lo que ves.

La trampa es tanto más perniciosa cuanto que nuestro cerebro tiende a privilegiar y a considerar más válidas las explicaciones que percibe como coherentes y sin matices. Así, cuando nos encontramos con datos aislados, construimos casi automáticamente una narrativa en la que encajamos la información de la que disponemos, lo que será más fácil de hacer cuanta menor sea nuestra información. De este modo, de una información fragmentaria e incompleta nace un discurso explicativo que rápidamente damos por bueno. Y lo que es más: como juzgamos la solidez de una explicación por su coherencia, nuestro nivel de confianza será mayor en la medida en que nuestros datos sean incompletos. Dicho de otra forma, resulta que, cuanta menos información tengamos para sustentar nuestro análisis, más convencidos estaremos de estar en lo cierto:

It is the consistency of the information that matters for a good story, not its completeness. Indeed, you will often find that knowing little makes it easier to fit everything you know into a coherent pattern.

Las implicaciones son bastante evidentes cuando uno piensa en la facilidad con la que ciertos todólogos dan opiniones tajantes sobre asuntos de los que no tienen más que un conocimiento muy superficial (y ello en el mejor de los casos); cuando repara en la convicción con la que muchos se hacen eco de memes desinformados y demagógicos que inundan las redes sociales día sí y día también; o cuando observa la facilidad con la que se arregla el mundo desde la barra de un bar con soluciones fáciles a problemas extraordinariamente complejos. No hará falta señalar, por cierto, que la tendencia a proporcionar una información limitada y seleccionada está muy presente en aquellos medios de comunicación cuya línea editorial tiene poco de análisis y mucho de ideología, ya que no es casualidad que la fe de quienes se adscriben a determinadas posturas ideológicas sea más inamovible cuanto mayor parezca la coherencia interna de su concepción del mundo.

Para quien, además, se dedica de manera profesional a las ciencias sociales, estas cuestiones no dejan de suscitar cierto desasosiego. Cuando uno pasa la vida enterrado entre documentos, intentando reconstruir los hechos a partir de la información que proporcionan los papeles de un archivo e insertarlos en una narrativa de conjunto coherente y convincente, es imposible que lo que plantea Kahneman no lleve a una conciencia reforzada de los riesgos que implica la metodología que emplean los historiadores. Al fin y al cabo, estamos ante una actividad en la que la información es forzosamente fragmentaria y en la que, además, es imprescindible hacer una selección.

Los riesgos que esto entraña, desde luego, no resultan novedosos para cualquiera que se haya dedicado alguna vez a la investigación histórica, puesto que incluso quien no ha teorizado o pensado en ello de forma consciente procederá con algún grado de cautela cuando se enfrenta al desquiciante –y maravilloso– mundo de los archivos, a poco que se trate de alguien con una cierta formación, honradez intelectual y sentido común. Con todo, no deja de resultar inquietante comprobar que no sólo estamos construyendo narraciones a partir de datos incompletos, sino que estaremos más seguros de nuestras hipótesis en la medida en que hayamos analizado un número menor de datos; más preocupante aún es comprender que esto no es necesariamente fruto de una voluntad de ofrecer explicaciones torticeras. Sencillamente, es así como funciona nuestro cerebro: cuanto menos sabemos, menos dudamos. Sobreponerse a la tentación de las explicaciones sencillas y las soluciones fáciles exige, por tanto, algo más que buena voluntad: es necesaria una disciplina férrea y la voluntad y capacidad para preguntarse constante e incansablemente qué y cuánto puede ser que no sepamos.

Justicia incompleta y transiciones

En las últimas semanas, una serie de acontecimientos han vuelto a sacar a la palestra pública la cuestión de la memoria histórica y, en paralelo, la de la transición a la democracia que se produjo a la muerte del dictador Francisco Franco. La muerte de Manuel Fraga, primero, hizo arder las redes sociales con reproches a su actividad política durante el régimen. Poco después, ha sido la celebración de los juicios al juez Baltasar Garzón la que ha ahondado en la resurrección de un debate que, desde hace ya un tiempo, había quedado en buena parte sepultado bajo la evidencia de que España tenía cuestiones más urgentes a las que atender: la centralidad del debate en torno a cuestiones económicas, la sangrante realidad de un contingente de más de cinco millones de parados (y los que vienen) y la apabullante sucesión de derrotas electorales del Partido Socialista dan fe de que, en tiempos de crisis, la gente está poco dispuesta a perderse en disquisiciones sobre el pasado que poco aportan al futuro.

Ahora, el debate ha vuelto a abrirse. Le auguro, en realidad, una corta vida como asunto de discusión pública (pese a los esfuerzos sistemáticos de El País y de ciertos sectores políticos por convertir la supuesta “persecución” del juez Garzón en gran prioridad informativa), pero no dejan de constituir motivo de reflexión algunas de las cosas que se leen estos días. El tema es amplio y daría mucho de sí, pero no es mi intención abordarlo en profundidad. Para quien quiera una información ponderada desde el punto de vista jurídico sobre el asunto de Garzón, dejo un par de enlaces sobre el juicio por declararse competente para investigar los crímenes del franquismo y sobre el de las escuchas ilegales: ambos se alejan tanto del linchamiento de la figura como de su exaltación como héroe, ateniéndose a los aspectos de derecho que deberían en puridad constituir el núcleo de cualquier análisis serio de la cuestión. Sobre la figura de Fraga, hay en Voddler un documental bastante interesante (junto con otro sobre Carrillo) y, de lo aparecido en la prensa, el artículo de Santos Juliá me llamó especialmente la atención por su capacidad de análisis de un personaje político de indudable relevancia en nuestra historia reciente.

Por lo que a este apunte respecta, es evidente que estos acontecimientos recientes han provocado una resurrección de ese mecanismo por el que ciertos sectores políticos y de opinión vinculan la reivindicación de la llamada memoria histórica a una deslegitimación de la transición a la democracia: el penúltimo ejemplo de este discurso lo tenemos en este artículo firmado por Gaspar Llamazares (en el que, por lo demás, se mezclan churras con merinas con una soltura abracadabrante). El discurso asumido por estos sectores en lo tocante a la transición es que durante el proceso se llegó a un vergonzoso pacto de silencio a través del cual los españoles olvidaron -impulsados tan sólo por el miedo- la guerra civil y los cuarenta años de dictadura y decidieron dejar en la estacada a sus víctimas.

En realidad, desmentir esta acusación es tan sencillo como recordar que desde que se inició el proceso se tomaron medidas de resarcimiento de las víctimas y de anulación de la realidad legal de la dictadura; del mismo modo, cualquier búsqueda de bibliografía sobre la guerra civil publicada en España entre, por ejemplo, 1970 y 1985 da fe de que ni mucho menos se sepultó bajo capas de silencio la historia reciente del país. Y nada de esto prejuzga, por lo demás, la pertinencia o no de las medidas de la famosa Ley de Memoria Histórica: algunas de ellas, de hecho, presentan pocas objeciones pese a su vinculación a un discurso no siempre propicio al tratamiento desapasionado del tema y a pesar de que, a la vuelta de los años, ha resultado evidente que la ley no preveía una dotación suficiente de recursos económicos para hacer efectivas buena parte de las medidas que se proponían. En última instancia, queda claro que hay discursos que venden y que el papel lo aguanta todo: otra cosa, me temo, es la realidad.

En cualquier caso, es evidente que desde un punto de vista maximalista y de aspiración a una justicia completa (aquello de fiat iustitia et pereat mundus, por recordar un libro que ya les referí aquí hace un tiempo), quienes esgrimen este discurso tienen razón en que no se hizo una justicia completa. Los crímenes del franquismo quedaron impunes, reza el argumento, y esto nos convierte en un país con un terrible déficit democrático. Lo primero es cierto; lo segundo, en cambio, resulta más bien dudoso. De hecho, no es nada descabellado sospechar que el carácter conciliatorio de la transición está precisamente en la base del relativo éxito (con todas las pegas que se le pueden poner) del proceso. En relación con esto, se hacen a veces comparaciones que difícilmente se sostienen, como la que contrapone la situación española a los juicios y la desnazificación que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial en Alemania; o la que equipara la situación argentina a la española buscando la condena de esta última por no haber juzgado a los asesinos. En el primer caso, parece que se olvida con una facilidad desconcertante que en el proceso medió una guerra entre Estados (no un conflicto civil) y que fueron precisamente las potencias ocupantes las que llevaron a cabo los juicios de Nuremberg que, por lo demás, tuvieron un carácter más ejemplarizante que global; la desnazificación nunca fue completa ni, de hecho, habría sido viable que lo fuera. Respecto al caso argentino, hay una diferencia elemental entre una dictadura de siete años cuyos agentes ejecutores estaban aún muy vivos a su término y un régimen cuya duración se extendió durante cuatro décadas y en el que la temporalización de la intensidad de la violencia represiva es fundamental para comprender su evolución. Equiparar los años de la posguerra con la década de los sesenta sólo puede ser fruto de la ignorancia o de un discurso voluntariamente torticero. Tampoco es lo mismo, por lo demás, un golpe de estado exitoso que llevó inmediatamente a la instauración de la dictadura que uno fracasado que llevó a tres años de guerra civil en los que unos y otros cometieron crímenes (añado que, sobre la violencia del bando republicano, ha aparecido una novedad bibliográfica que parece interesante).

En última instancia, el asunto –como casi todo en política– es cuestión de prioridades. La literatura sobre el tema es muy amplia, pero en líneas generales se han señalado algunos puntos comunes a procesos de transición y pacificación exitosos tras un periodo de conflicto civil, así como los ingredientes del éxito para el establecimiento de un régimen democrático partiendo de uno autoritario. Obviaré aquí, aunque son de una importancia fundamental, los condicionantes económicos y de estructuras sociales, pero hay que apuntar al menos que la existencia de una amplia clase media fue un factor decisivo en la democratización del país. En cuanto al ámbito de la reconciliación, es oportuno recordar algunos de los ingredientes recurrentes en procesos exitosos. Aparte de la discusión pública del pasado –y la hubo, se diga lo que se diga–, suele acompañar a estos procesos una reescritura de ciertas identidades (una oposición clandestina, perseguida e ilegal que pasa a gobernar el país; ministros de la dictadura que pasan a convertirse en demócratas, de corazón y de toda la vida; o un ejército salvapatrias que se convierte simplemente en garante del orden constitucional sometido al poder civil) y toda una serie de gestos y proclamas simbólicos de esos que la transición tuvo a raudales; pero, sobre todo, el que parece ser el ingrediente más importante es precisamente una justicia incompleta y simbólica que tantos le reprochan ahora a nuestra transición. Sigo aquí a Long y Brecke:

(…) justice was meted out, but never in full measure. This fact may be lamentable, even tragic, from certain legal or moral perspectives, yet it is consistent with the requisites of restoring social order (…) Full judicial accountability was inhibited by the possibility of a back-lash by a still powerful military or other group involved in civil violence that could endanger the larger process of restoration of peace. (…) Instead, the decision was often made to draw a line under past human rights violations in the name of national reconciliation. (…) Disturbing as it may be, people appear to be able to tolerate a substantial amount of injustice wrought by amnesty in the name of social peace. One commentator acknowledged that in choosing between them, “people will take a high degree of peace and some imperfect realization of justice”.

En el caso del franquismo, cabe añadir que la longevidad de la dictadura hacía muy difícil incluso una justicia meramente simbólica o ejemplarizante, por el motivo obvio de que el dictador murió en la cama y sus principales colaboradores o bien habían desaparecido o estaban a punto de hacerlo; me refiero, claro, a quienes tomaron parte en su construcción durante las etapas iniciales, que son aquellas en las que realmente cabe hablar de crímenes de guerra o de lesa humanidad. Todo ello por no hablar de que, habiéndose producido una guerra civil tan plagada de escenas espantosas, habría sido difícil caminar en esa dirección sin acabar juzgando a personajes como Carrillo por sus responsabilidades en las sacas de Paracuellos. Ni una cosa ni la otra creo que hubieran aportado mucho: más bien, todo lo contrario. Al final, volvemos a lo que algunos sectores parecen olvidar con extraordinaria facilidad, que es que en política todo son trade-offs: comparar los procesos políticos reales con cuadraturas del círculo que sólo existen en nuestra mentes denota, ante todo, el infantilismo de ciertas concepciones.

La persistencia del antiguo Régimen

Lleva una un tiempo rumiando, y lo comentaba ayer con J, la sospecha de que la observación de la realidad tiende a reafirmarnos en ese descubrimiento un tanto melancólico que los años van poniéndonos por delante: el de que hay cosas, verdaderamente, que nunca cambian. Nunca es triste la verdad: lo que no tiene es remedio. Cierto que, en un país en el que la [re]construcción un tanto aviesa de la genealogía política del adversario forma parte del arsenal dialéctico diario, resultaría difícil salir a la calle –no digamos abrir el periódico– sin darse de bruces con esta realidad. De sobra conocemos la batería completa desplegada en artículos, en conversaciones de cafetería e incluso, si hace falta, en sede parlamentaria: el indudable ascendente estalinista de Zapatero y sus adláteres, con toda su vocación totalitaria; la sed de sangre de rojos que anida en el fondo de Aznar y de sus herederos, esos que probablemente lleven el yugo y las flechas tatuados en alguna parte pudenda de su anatomía.

No hace falta insistir en que es un recurso fácil y hueco, aunque sólo fuera porque culpar a los nietos de los crímenes de sus abuelos es tan absurdo como atribuirles sus méritos. Y querer a estas alturas ganar guerras que otros perdieron hace décadas no es más que una forma de ganar adeptos entre quienes no entienden que estas herencias atribuidas o apropiadas no tienen otra finalidad que la propagandística. Pero es absurdo, sobre todo, porque hasta el momento todas las familias políticas las han formado seres humanos y, si la memoria no engaña, no es fácil encontrar una que no tenga entre sus viejas glorias grandes miserias que esconder bajo la alfombra. La humanidad es lo que tiene: no hace falta buscar muy lejos para encontrar cadáveres que arrojarnos a la cara. Luego ya empiezan los censos y recuentos: tú mataste más, yo maté menos, tus muertos ya tuvieron su homenaje, los míos luchaban por la libertad.

Qué les voy a contar que no sepan: nos conocemos el cuento, con toda su función legitimadora o denigratoria, que vienen a ser las dos caras de una misma moneda mirándose de reojo. Pero sucede que la genética es a veces más divertida que todo eso, que hasta en las mejores familias hay líos de faldas y que al final las noches prohibidas, la promiscuidad y los arrebatos ilícitos dan lugar a hijos bastardos, y a poco que un observador con algo de mala leche se pare a estudiar a la criaturita puede descubrir cosas insospechadas, ese rasgo delatador que la naturaleza ha colocado ahí, un fenotipo que no encaja con la paternidad atribuida, un tic, una forma característica de hablar o alguna mancha más o menos definida en el carácter que siembra la intuición de que las cosas no son como nos cuentan.

Porque he aquí el problema: cuando jugamos a vivir de la construcción simbólica de una identidad que emerge por pura oposición binaria a aquella otra presuntamente culpable de los muertos que les arrojamos a la cabeza a los de enfrente, hay que tener cuidado. Procurar no dar un paso en falso. Cuidar las formas. Lo que no se puede, desde luego, porque el chiringuito se tambalea con demasiada facilidad, es hacer y decir cosas que a un espíritu atento, e incluso a uno que no lo sea tanto, puedan traerle recuerdos que desdibujen nuestro autorretrato. Lo que no conviene hacer, en definitiva, es andar proclamando el rechazo a las injerencias del extranjero, encontrando contubernios agazapados detrás de cada esquina, acusando a quienes se nos oponen de antipatriotas, reproduciendo los mecanismos presuntamente autónomos de una política de amistad con los pueblos árabes en detrimento del malvado Estado de Israel, demostrar luego a cada paso que se sigue estando en las garras del águila por más que uno se quede sentado en los desfiles, reproducir las políticas de aquello que llamaban Hispanidad, mantener los apoyos sociales a base de la redistribución de la pobreza y querer seguir siendo el paternal protector de todos los españoles.

O igual sí que se puede. Nosotros, al fin y al cabo, también somos a veces lo que fuimos. Aunque las cosas (nos) cambiaran tanto.

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De mitos y tumbas

La investigación histórica tiene estos problemas: al final, ni Lorca ni las otras víctimas estaban donde se esperaba. Por una parte, esto viene a confirmar lo que cualquier historiador que se precie sabe desde hace mucho tiempo: que, pese a discursos en el sentido contrario que tienden a sembrar la confusión al respecto, la memoria y la historia son cosas bien distintas. La primera, aparte de tratarse de una construcción mental que, a nivel individual o colectivo, intenta dotar de sentido al pasado (con omisiones, matices y olvidos), puede ser desde luego una fuente de enorme interés para el historiador. Pero ha utilizarse siempre con la debida cautela y, en la medida de lo posible, con el concurso de otras muchas fuentes de diversa índole. De lo contrario, ocurren estas cosas: un testimonio falla y, a la hora de los resultados, lo mismo da que se trate de un engaño deliberado o de una trampa de la memoria. El caso es que el cuerpo no está ahí.

Todo esto es de sentido común, claro, aunque últimamente tiene una la impresión de que las cosas más evidentes son las que más hay que repetir. En cualquier caso, está lejos de mi intención la de aprovechar este pequeño o gran desastre para echar por tierra (pun unintended) o menospreciar el trabajo de Ian Gibson. Al margen de las cuestiones en las que se pueda estar en desacuerdo con él, Arcadi tiene razón en lo fundamental: esto no invalida, al menos en principio, un trabajo que en líneas generales ha sido siempre muy sólido. Sencillamente ocurre que la labor del historiador tiene sus limitaciones: reconocerlas está entre las primeras y más significativas obligaciones de cualquier profesional que se precie. Y, por maravillosas que sean las grandes síntesis interpretativas, lo cierto es que el conocimiento sólo aumenta milímetro a milímetro, y que siempre puede venir alguien a refutar lo que parecía incuestionable: no digamos ya lo que ni siquiera lo parecía. Donde no hay más fuentes que las que hay, no queda otra que conformarse: es frustrante, pero es así. Pero un día muere alguien y salen a la luz unas memorias, o se revelan datos previamente desconocidos, o se abren archivos que habían sido inaccesibles. O se excava donde se creía que había una tumba y resulta que allí no hay nada. Y en ocasiones no queda otra que aceptar el error y volver a empezar, aunque tal vez cabría preguntarse por qué parece que nadie ha dado importancia hasta ahora a otras hipótesis. Si creemos a Gibson, ni siquiera lo habrían tomado en serio a él: ¿qué se ha estado haciendo aquí, aparte del espectáculo mediático?

Y sin embargo, todo esto son divagaciones de aspirante a historiadora; tal vez la trascendencia pública del asunto sea otra, y otras las preguntas que cabría hacerse. ¿Tiene sentido haber invertido 60.000 euros en una excavación que, analizados los datos con detenimiento, no ofrecía realmente garantías de éxito? Esto se ha hecho, además, en contra de la opinión de la familia de Lorca, y sin embargo es su nombre el que sigue lanzándose de un lado a otro de las trincheras ideológicas para reclamar que se continúe la búsqueda: ¿importa más el parecer de Gibson y las asociaciones de ese oxímoron que es la “memoria histórica”? Da la impresión de que responder que sí contravendría el espíritu de resarcimiento a los familiares que teóricamente alimenta todo ese movimiento. Sin duda, no cabe olvidar (aunque muchos parezcan hacerlo) que habría otros cuerpos. La pregunta más dura es la que a ellos se refiere: ¿se habría invertido ese dinero en buscarlos, sin garantías, de no encontrarse por medio el nombre del poeta?

Y ahora qué. ¿Se continúa la búsqueda? Mientras no haya datos que ofrezcan realmente seguridad, ¿dónde está el límite? ¿Llenamos Andalucía de agujeros? Como la persona fría, calculadora y desprovista de humanidad que soy, me permito añadir una consideración bastante elemental: esto es dinero de todos (aunque algunos traduzcan eso por “de nadie”) y los recursos, como nos recuerdan los malvados economistas y pragmáticos de toda laya, no son ilimitados. Igual ha llegado el momento –igual llegó hace tiempo– de definir qué es razonable y qué no lo es. De decidir, en fin –si es que aún consideramos que la política tiene que ver esencialmente con eso–, qué es lo que consideramos prioritario.

Lo mejor, sin duda, el corolario: la Junta ya tiene su propia respuesta. Que la inversión no sea en vano: a falta de tumbas, “asociemos el lugar con el arte y la vanguardia”. Dinero público mediante.

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El ejército, nuestra oenegé preferida

Los ejércitos nacionales son uno de los elementos más característicos del desarrollo de los modernos Estados-nación. En el caso español –un caso de construcción cuando menos imperfecta del Estado liberal–, el ejército ha tenido a lo largo de la contemporaneidad una evolución tan interesante como plagada de altibajos. Habiendo adquirido un enorme prestigio desde la victoria ante las tropas napoleónicas a principios del siglo XIX, los generales españoles se convertirían durante buena parte de la centuria en actores políticos fundamentales, portavoces de diversas versiones del liberalismo y causantes de numerosos cambios de gobierno: no en vano, el golpe de Estado español decimonónico ha pasado a la historiografía con un nombre propio, el de pronunciamiento. Biografías como las de Espartero o Narváez, grandes protagonistas de las luchas políticas de la época isabelina y líderes, respectivamente, del liberalismo progresista y moderado, dan fe de ello. Enzarzado como estaba en la lucha política, al ejército del XIX le faltó en cambio el convertirse en elemento de unidad nacional, en referente simbólico de la idea de España, a diferencia de lo ocurrido en otros países. Lo cierto es que sólo O’Donnell y la Unión Liberal harían algún intento de utilizar al Ejército como elemento de prestigio y con una finalidad creadora de conciencia nacional, aunque lo hicieran a través de expediciones de escasa fortuna y a veces un tanto rocambolescas.

En cualquier caso, este ejército, metido a actor político pero de mentalidad fundamentalmente liberal (valga la contradicción), protagonista clave incluso de revoluciones como la Gloriosa de 1868, experimentaría en el último tercio del siglo un cambio de mentalidad en el que influyeron diversos factores, pero en el que sin duda jugó un papel significativo la experiencia del desorden y la inestabilidad constantes del Sexenio, etapa demasiado breve como para que España pasara en esos años de un gobierno provisional a una monarquía democrática con rey extranjero a una república federal –cuyos gobiernos no duraban más de unos meses y con insurrección cantonal incluida– a una especie de indefinida y vaga república unitaria a la que finalmente pondría fin la restauración alfonsina. La penetración de la I Internacional en España, favorecida por el amplio marco de libertades de aquellos años, no fue en absoluto ajena a esto; como no lo fue, desde luego, el efecto de caja de resonancia que jugó la Comuna de París a la hora de decantar a buena parte de la clase política hacia posturas cada vez más convencidas de la necesidad de asegurar el orden, poner freno a una creciente conflictividad social cuya presencia en las calles era cada vez mayor, desconfiar de la participación política de las clases populares, y preservar y proteger la propiedad privada.

La Restauración vino a ofrecer una plasmación de todo ello. Con un diseño teórico inspirado en el ejemplo británico y un funcionamiento real que garantizaba la estabilidad a través del fraude electoral y las redes clientelares, el proyecto civilista y pragmático de Cánovas conseguiría durante el último cuarto del siglo XIX mantener alejados de la política a los militares. Sin embargo, el sistema entraría en crisis desde finales del siglo por motivos diversos. No es un factor menor, en este sentido, la aprobación del sufragio universal en 1890, que hacía más difícil el control electoral (no es lo mismo controlar a 800.000 electores que a cinco millones) y entre cuyas consecuencias cabe contar la necesidad de emplear para el sostenimiento del sistema dosis de violencia (en algunos casos más simbólica que física) que hasta entonces no habían hecho falta. En lo que respecta al ejército, la entrada en el siglo XX vino acompañada de cambios considerables y de un regreso a la política. Simbólicamente, el desastre del 98, del que los militares culparon a la irresponsabilidad de los políticos (idea que se mantendría durante largo tiempo: véase a título de ejemplo Raza), marcaba el inicio de unos largos años de crisis del sistema en los que el ejército iría cobrando un protagonismo creciente. El papel jugado por Alfonso XIII, los recelos militares ante los nacionalismos periféricos, el empleo creciente del ejército como fuerza de orden público ante la creciente conflictividad social y las campañas africanistas, unidos a incidentes como el del Cu Cut, eran una manifestación palpable del paulatino retorno de los militares a la arena política. El resultado final de todo aquello no puede ser más elocuente: poco hay que añadir, respecto al papel de los militares, sobre la dictadura de Primo de Rivera.

Para cuando se proclamó la II República, el ejército era ya un cuerpo de ideario profundamente conservador y que se veía a sí mismo como garante de la unidad de España. No resultan sorprendentes, por lo tanto, los constantes enfrentamientos entre los militares y las izquierdas –republicanas o no– durante esta etapa; tampoco la reforma militar de Azaña ayudó a la concordia. Respecto a las derechas, se retomaba la utilización del ejército como garante del orden público: ahí está la durísima represión lanzada contra los protagonistas de la llamada revolución de octubre del año 34. Y de nuevo sería el ejército o, para ser exactos, una facción del mismo, el que en 1936 pusiera fin a aquella experiencia. Respecto al franquismo, resulta evidente el papel fundamental jugado por las fuerzas armadas: aunque el régimen fuera más la dictadura de un militar que una dictadura militar propiamente, el ejército fue no sólo uno de sus mayores soportes, sino el pilar principal sobre el que se sostuvo durante sus cuatro décadas de duración. No fueron tan constantes las otras familias: Falange, convertida en partido único al tiempo que se la descabezaba y se la unificaba con el carlismo, quedó muy pronto relegada a un papel más simbólico que real al tiempo que los planteamientos falangistas se diluían en el indefinido magma que fue el Movimiento; la Iglesia, por su parte, dejó de prestar un apoyo monolítico, como mínimo, desde el Concilio Vaticano II, como lo prueban los enfrentamientos en su propio seno o el fenómeno de los curas obreros. Pero en 1975 el ejército seguía siendo, con muy escasas excepciones (léase la muy minoritaria Unión Militar Democrática), lo que había sido durante cuarenta años de régimen: garante del franquismo (sin Franco), de la unidad nacional, de los principios tradicionales y de la exclusión de los rojos de la vida política nacional.

No es extraño, por lo tanto, que las fuerzas armadas se convirtieran en uno de los principales problemas con los que se tuvo que lidiar durante la transición a la democracia. Dan buena cuenta de ello la actitud de la inmensa mayoría de los militares hacia Suárez y las diversas conspiraciones que hubo durante aquellos años, de las que el golpe del 23-F fue sin duda la de mayor trascendencia pública. Los esfuerzos por democratizar el ejército, a los que no fue ajena la integración en la OTAN –uno de cuyos propósitos era que las fuerzas armadas entrasen en contacto con sus homólogas de países de tradición democrática–, fueron una de las luchas más complejas en los años de la transición, con su continuación durante la etapa de consolidación democrática.

Los tiempos recientes han visto aparecer novedades en el horizonte, una de las cuales es una tendencia no exclusivamente española, pero tal vez particularmente arraigada aquí, a considerar que la guerra es, por definición, un instrumento ilegítimo. La necesidad de los gobiernos democráticos de adaptarse a esta postura simplista ampliamente asumida por la opinión pública occidental ha llevado a un uso cada vez más acentuado de eufemismos que hacen que ya no haya guerras, sino misiones de paz, y a la pretensión de convertir a los ejércitos en algo así como unas ONG cuyas principales funciones son la cooperación al desarrollo, las misiones de salvamento cuando suceden catástrofes naturales, y el reparto de agua y comida que tanto figura en los telediarios. El que los países occidentales, que, sin constituir el mejor de los mundos posibles, ofrecen sin duda a sus ciudadanos el mejor de los que ahora mismo existentes (en términos de libertades y de bienestar –¿hay otros?–), sean precisamente aquellos cuyos ciudanos menos dispuestos están a defender el sistema, no deja de ser una contradicción a la que un Occidente acomplejado y biempensante tendrá que hacer frente tarde o temprano.

Respecto al caso español, como de costumbre, nosotros ponemos la guinda: los políticos españoles han tenido, a lo largo de los dos últimos siglos, actitudes muy diversas hacia el ejército. Y España ha tenido ejércitos muy diferentes. Lo que nunca habíamos tenido, hasta ahora, es un Ministerio de Defensa pacifista. Un Ministerio cuyo ámbito de actuación no es otro que el de las accciones de guerra no puede no creer en la guerra. Y un gobierno dispuesto a pagar lo que se le pida por liberar a unos rehenes españoles debería, al menos, tener la decencia de enviar a continuación una operación militar bien diseñada, y con órdenes de actuar con toda la fuerza necesaria, a perseguir a los secuestradores hasta sus madrigueras.

Ahora me llamarán belicista.

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Franco y el muro de Berlín

En marzo de 1976, Alexander Solzhenitsyn visitó España y protagonizó en TVE una entrevista que lo convertiría en blanco de muchas críticas, particularmente entre el antifranquismo prosoviético (que, afortunadamente, ni era todo el antifranquismo ni era toda la izquierda). En aquella entrevista, el novelista y disidente ruso realizó sus ya célebres declaraciones en las que comparaba el franquismo con el régimen soviético:

¿Saben ustedes lo que es una dictadura? (…) Los españoles son absolutamente libres para residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier lugar de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo en nuestro país. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska. Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme a tal o cual población (…)

Los españoles pueden salir libremente de su país para ir al extranjero (…) En nuestro país estamos como encarcelados. Paseando por Madrid y otras ciudades (…) más de una docena, he podido ver en los kioskos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros se verían inmediatamente docenas y docenas de manos tendidas luchando por procurárselos (…)

También he observado que en España uno puede utilizar libremente las fotocopiadoras (…) Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así en nuestro país.
En su país (dentro de ciertos límites, es cierto) se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años del poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladora (…)

Si nosotros gozásemos de la libertad que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos.

Más de veinte años después –hoy mismo–, el inefable líder político y gran intelectual español José Luis Rodríguez Zapatero, digno representante de la tendencia patria al Yo Yo Yo, ha realizado su propia comparación. Explica ZP que, cuando cayó el muro de Berlín, él

(…) tenía 29 años y España llevaba desde el año 1975 en un periodo de libertad y de democracia. Nosotros también habíamos tenido una caída reciente del muro, del muro propio, que durante 40 años tuvimos en España (…)

Fue un muro pesado, una losa muy dura para nuestra historia y por tanto sabíamos lo que significaba la libertad, lo teníamos muy vivo en la carne, en nuestra experiencia (…)

Dejando a un lado la ironía, lo cierto es que la frivolidad y el ombliguismo del presidente se vuelven en ocasiones insufribles. Precisamente por muchas de esas diferencias que ya puso de relieve Solzhenitsyn hace más de dos décadas –las mismas que algunos nunca le perdonaron–, la comparación es insostenible. Y si a las declaraciones del represaliado ruso tal vez cabría introducirles algún matiz, en cualquier caso podría alegar a su favor, y comprensiblemente, una experiencia personal terrible. No creo que quepa decir lo mismo de Zapatero, a quien precisamente lo que le tocó de vivir del franquismo, y muy de refilón, fue la etapa más suave: aquella que describía Solzhenitsyn. Basta, en fin, con saber un poco de historia, ser un poco prudente y tener la capacidad de entender que el mundo no gira en torno a uno. Pero me da a mí la impresión de que estos comentarios de Zapatero despertarán bastante menos atención entre la izquierda que aquella entrevista, de la que Juan Benet sacó su ignominiosa conclusión:

Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexander Solzhenitsyn, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexander Solzhenitsin no puedan salir de ellos.

Al final, parece que algunas cosas nunca cambian, y que las obsesiones de cada una de nuestras sectas son constantes e inamovibles. Tal vez esto sea en el fondo lo más preocupante (porque los presidentes pasan, pero otras cosas quedan): resulta sintomático del grado de atrincheramiento ideológico de este país el que una búsqueda en Google sobre aquel incidente dé fundamentalmente como resultado el hallazgo de un número considerable de páginas que citan a Pío Moa y se hacen eco de la interpretación según la cual este incidente sirve para retratar a toda la oposición al franquismo. Tan sintomático como el hecho de que, por el otro lado, lo que se encuentren sean comentarios tachando a Solzhenitsyn poco menos que del diablo en persona. Así, tal cual: de lo anecdótico a lo general, de un plumazo y sin mayores matices.

Afortunadamente, y conviene insistir sobre ello aunque sea para consolarnos, no todo el país era (ni es) así, como nos recuerda Jon Juaristi:

Solzhenitsyn, que era él mismo un resistente, no negó que el régimen de Franco fuera una dictadura. Simplemente, lo comparó con el soviético y puso de relieve las diferencias entre el franquismo y el régimen totalitario más largo que los tiempos han visto hasta la fecha. Ya entonces, a muchos que nos teníamos por antifranquistas, la distinción nos pareció razonable y oportuna. No estaba muy claro lo que esperábamos del posfranquismo, pero no queríamos una democracia popular.

País.

Anatomía de un instante

No es es el libro de un historiador, pero es un libro de historia, aunque no lo sea de historia académica. No es una investigación primaria, ni aporta datos nuevos ni consulta fuentes inéditas. Pero es una obra de historia, no obstante (aunque igual los eruditos me critican por decir esto), y no sólo por su temática, sino tal vez porque es, en lo esencial, un ejercicio de rigor. A pesar de lo mucho que parece prestarse a ello el asunto, no cae en rocambolescas teorías de la conspiración, trata los datos con seriedad y cautela y, aunque presenta hipótesis, las explica y aclara y no se aferra a ninguna de las más dudosas –aunque sean las suyas– ni las sostiene como si fueran grandes verdades irrebatibles. Como haría cualquier historiador honrado, plantea preguntas sin pretender engañarnos cuando no tiene las respuestas.

No es una novela, pero es el libro de un novelista, aunque lo sea de un novelista que ha hecho equilibrios muchas veces sobre esa fina línea que separa la ficción de la realidad. No es una ficción, no introduce narradores imaginarios ni personajes inventados ni datos irreales. Pero es la obra de un novelista, y no sólo porque sea trepidante –que lo es– ni porque la estructura del relato sea, en muchos sentidos, claramente literaria, sino tal vez porque es, en lo esencial, un ejercicio de imaginación. Dice Cercas que su libro no es un libro sobre el 23-F, sino un libro sobre un gesto, sobre el gesto de un Adolfo Suárez que se queda sentado mientras los golpistas disparan sus balas en el Congreso de los Diputados. Y es cierto que buena parte de la obra se dedica a analizar ese gesto, a ofrecer una interpretación (o varias) del mismo, erigiéndolo en símbolo o clave de los acontecimientos de aquel día y de los meses que vinieron antes y de lo que vino después. Esto es, evidentemente, un recurso literario. Y, dado que nadie puede estar dentro de la mente de otro, es también pura especulación y en absoluto verificable, aunque tampoco el autor pretende vendernos lo contrario.

Tal vez porque es las dos cosas a la vez y porque, sin embargo, Cercas no parece jugar a confundir una faceta con otra, tal vez por ello el resultado es un libro que engancha de inmediato y que induce a devorarlo de una sentada; es también una obra que provoca melancolía, probablemente porque huye de la frialdad absoluta del dato puro e intenta meterse en la mente y el alma de unos hombres a los que a menudo resulta difícil comprender. La sensibilidad literaria y la sensibilidad histórica se entrecruzan y a Cercas le han salido unas páginas que invitan un poco a la tristeza y un poco a la esperanza, porque nos sitúan ante el espejo (o ante uno de los muchos espejos) de lo que fuimos y de lo que, en gran medida, seguimos siendo.

Igual también por ser obra de un novelista que no olvida del todo su oficio (el oficio de contar, y de contar entreteniendo) aunque se ponga a escribir una crónica, el libro escapa por completo a esos dos males tan ampliamente difundidos en la historiografía española: de un lado, la tendencia a escribir tan sólo para un público de especialistas enfrascados en debates muchas veces estériles, que se nutre de un endiosado desprecio por todo lo que suene a divulgación (pero que luego no evita que nos lamentemos sin pudor de que nadie echa cuenta a los historiadores); de otro, esa especie de terror absoluto a escribir algo ameno, comprensible y –por qué no– que atrape al lector. Cercas es español y ha escrito un libro de historia, pero no es un historiador español y eso sin duda le ayuda a escapar a esos vicios en los que tan a menudo (aunque quiero pensar que cada vez menos) cae la historiografía patria.

He dicho que Anatomía de un instante es un ejercicio de rigor y a la vez un ejercicio de imaginación. Creo también que es, en muchos aspectos, un ejercicio de sentido común. Porque tiene la capacidad de huir de maniqueísmos, y me parece que eso no es nada fácil; desde luego, no es nada habitual. Porque, en la parte de la obra que corresponde al ejercicio de imaginación, Cercas parece saber como buen novelista y como simple ser humano que un personaje jamás se puede construir tan sólo a base de blanco o de negro, e intenta penetrar en las complejidades de esas personas que también son personajes (porque son historia) o de esos personajes históricos que a pesar de ello son personas. Pero también porque, tratándose de un libro que tiene uno de sus ejes fundamentales en el acercamiento a esa cosa tan extraña y tan fascinante y tan ajena muchas veces a nosotros que es el poder, Cercas plantea la política como el arte de lo posible, sin maximalismos absurdos y sin perder de vista que los ideales hay que hacerlos convivir con la realidad. Como él mismo dice, lo contrario es el Fiat iustitia et pereat mundus, idea-fuerza que muchos parecen haber hecho suya sin darse cuenta de que es un rasgo de soberbia tanto como lo es de egoísmo. Que se haga justicia aunque perezca el mundo, dicen, como si toda justicia no fuera a perecer con él.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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