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¡Internet nos come! De las relaciones personales a la Universidad

Me interesa el futuro porque es donde voy a pasar el resto de mi vida. (Woody Allen)

Menos internet y más cara a cara. (El País, 5 de enero de 2009)

Es ya moneda común encontrarse en la prensa española con presuntos reportajes que no sólo dejan mucho que desear en términos de solvencia intelectual y de argumentación, sino que adolecen de una notable falta de conocimiento de la realidad a la que se refieren. Esto es especialmente patente cada vez que los medios tradicionales se ponen a hablar de nuevas tecnologías, redes sociales y dospuntocerismo en general. Como muestra, el inenarrable botón que acabo de descubrir precisamente gracias a uno de esos instrumentos del maligno enviados para destruir nuestras relaciones personales en la era de la tan-sólo-aparente comunicación: Twitter.

Se pregunta el autor si Internet amenaza el contacto real. Y para responder a semejante pregunta, recurre a una ingente bibliografía sobre el particular: (1) un libro sobre el cual me resulta imposible opinar (pero que espero que ofrezca más que lo que nuestro periodista parece haber extraído de él) y, atención, (2) su acreditada experiencia en el sector de los social media: “Yo me apunté a Facebook recientemente”, nos asegura. En palabras de @Yoriento, periodismo de investigación si alguna vez lo hubo.

El artículo, que tal vez no merecería siquiera comentario si una no se hubiera dejado llevar por cierto grado de indignación ante la ignorancia demostrada, resulta sin embargo de interés en la medida en que es un buen exponente de un discurso que en absoluto es marginal. Y que tampoco es nuevo: esto es tan antiguo como el miedo a lo desconocido que ha alimentado siempre las actitudes reaccionarias en su sentido más puro. En el caso de España, esto es particularmente lacerante: el que inventen ellos no parece haber dejado nunca de ser nuestro lema. Si el diario más prestigioso de este país es capaz de dar espacio entre sus páginas a blandas diatribas antitecnológicas de este calibre, no sé de qué nos sorprendemos: no es que esta gente no vislumbre el futuro, es que nuestro mejor periódico ni siquiera conoce el presente.

El tema da de sí, y hay gente a diario haciéndose preguntas muchas veces (que no siempre, claro) pertinentes e interesantes acerca de la utilidad de las redes sociales en particular y de Internet en general. Como la hay evaluando sus riesgos y los problemas que plantea, tanto para la sociedad en su conjunto como en determinados sectores en particular. Y sin embargo, El País hace un viaje en el tiempo (desde el pasado, claro) para venir a anunciarnos la mala noticia (sic) de que el consumo de Internet no para de crecer, especialmente entre los jóvenes. Acabáramos. Quién lo iba a decir.

Y lo que es más: cada no sé cuántos minutos que se pasan en Internet suponen no sé cuántos minutos que se pierden de relaciones personales. Porque he aquí el quid de la cuestión: las relaciones con otras personas que se mantienen vía Internet no son relaciones personales (?!). La descripción que sigue de las relaciones que se mantienen vía Messenger (al parecer, una gran novedad) es sencillamente de risa. Por no hablar de Facebook. Por lo visto, los jóvenes “se desnudan” ante sus semejantes (no, no se refiere al cíbersexo) vía Messenger, pero no saben hacerlo cara a cara. Y, pese a ello, estas relaciones no son personales (no dejes que la coherencia te estropee un gran artículo). Por no hablar de que esto es un gran cambio propio de la nueva era: como todos sabemos, nadie ha escrito nunca cartas porque resultara más fácil expresar según qué cosas por escrito. Y el summum: “sólo cara a cara hay certeza de sinceridad en lo que se dice”. Ajá: la mentira, señores, es un invento del siglo XXI.

Lo grave es que nada de esto resulta del todo desconcertante: no hay más que darse un paseo por las –mayoritariamente desastrosas– ediciones digitales de nuestros diarios para comprender que la muerte del periódico en papel no está llevándoles a una apuesta por un cambio de modelo. Y no es extraño, por tanto, el recelo. No lo es, además, porque no se trata tan sólo de un grupo de interés que protege un coto que hasta hace poco había sido suyo: antes al contrario, esta actitud ante Internet es algo muy extendido, particularmente entre quienes menos lo utilizan o menos partido sacan a las posibilidades que ofrece.

El precio, al final, lo pagamos todos: desde la absoluta inadecuación y la escasa facilidad de navegación que presenta cualquier web institucional española, pasando por las infernales aplicaciones con las que tiene que pelearse el ciudadano cada vez que un ministerio decide ser innovador (para a continuación, por norma general, tener que repetir buena parte del proceso en papel, con lo que no se entiende cuál es el propósito de la informatización), hasta las infinitas direcciones de correo electrónico o formularios de envio de preguntas a los que jamás responde nadie; con todo ello estamos ya más que familiarizados.

No queda ahí la cosa: el recelo no es menor entre quienes más afán deberían tener por incorporarse al uso de toda una serie de herramientas que tanto facilitan la difusión del conocimiento y la colaboración para profundizar en el mismo. La presencia en Internet de las universidades españolas –esos templos del saber– es, por lo general, francamente lamentable. La infrautilización o, en muchos casos, el absoluto desconocimiento de las ya-no-tan-nuevas tecnologías y formas de relación afectan no sólo a particulares, sino a empresas y a instituciones. Dialnet, la más importante base de datos de artículos científicos en español, tiene un sistema de búsquedas que se podría calificar de primitivo si somos muy generosos. Con honrosas excepciones, el número de blogs y páginas webs de investigadores españoles es ínfimo, y en la mayor parte de los casos la última actualización es de hace años, por no entrar en lo escueto de la información que ofrecen. La mayor parte de grupos de investigación ni siquiera aparecen en Internet, salvo, tal vez, alguna somera mención. Adentrarse en Academia.edu en busca de investigadores españoles es darse de bruces con un páramo desolador.

Construir redes de colaboración nunca fue tan fácil. Ni tan necesario. Pero nosotros, a lo nuestro: lamentando el trágico ocaso de las relaciones personales.

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De mitos y tumbas

La investigación histórica tiene estos problemas: al final, ni Lorca ni las otras víctimas estaban donde se esperaba. Por una parte, esto viene a confirmar lo que cualquier historiador que se precie sabe desde hace mucho tiempo: que, pese a discursos en el sentido contrario que tienden a sembrar la confusión al respecto, la memoria y la historia son cosas bien distintas. La primera, aparte de tratarse de una construcción mental que, a nivel individual o colectivo, intenta dotar de sentido al pasado (con omisiones, matices y olvidos), puede ser desde luego una fuente de enorme interés para el historiador. Pero ha utilizarse siempre con la debida cautela y, en la medida de lo posible, con el concurso de otras muchas fuentes de diversa índole. De lo contrario, ocurren estas cosas: un testimonio falla y, a la hora de los resultados, lo mismo da que se trate de un engaño deliberado o de una trampa de la memoria. El caso es que el cuerpo no está ahí.

Todo esto es de sentido común, claro, aunque últimamente tiene una la impresión de que las cosas más evidentes son las que más hay que repetir. En cualquier caso, está lejos de mi intención la de aprovechar este pequeño o gran desastre para echar por tierra (pun unintended) o menospreciar el trabajo de Ian Gibson. Al margen de las cuestiones en las que se pueda estar en desacuerdo con él, Arcadi tiene razón en lo fundamental: esto no invalida, al menos en principio, un trabajo que en líneas generales ha sido siempre muy sólido. Sencillamente ocurre que la labor del historiador tiene sus limitaciones: reconocerlas está entre las primeras y más significativas obligaciones de cualquier profesional que se precie. Y, por maravillosas que sean las grandes síntesis interpretativas, lo cierto es que el conocimiento sólo aumenta milímetro a milímetro, y que siempre puede venir alguien a refutar lo que parecía incuestionable: no digamos ya lo que ni siquiera lo parecía. Donde no hay más fuentes que las que hay, no queda otra que conformarse: es frustrante, pero es así. Pero un día muere alguien y salen a la luz unas memorias, o se revelan datos previamente desconocidos, o se abren archivos que habían sido inaccesibles. O se excava donde se creía que había una tumba y resulta que allí no hay nada. Y en ocasiones no queda otra que aceptar el error y volver a empezar, aunque tal vez cabría preguntarse por qué parece que nadie ha dado importancia hasta ahora a otras hipótesis. Si creemos a Gibson, ni siquiera lo habrían tomado en serio a él: ¿qué se ha estado haciendo aquí, aparte del espectáculo mediático?

Y sin embargo, todo esto son divagaciones de aspirante a historiadora; tal vez la trascendencia pública del asunto sea otra, y otras las preguntas que cabría hacerse. ¿Tiene sentido haber invertido 60.000 euros en una excavación que, analizados los datos con detenimiento, no ofrecía realmente garantías de éxito? Esto se ha hecho, además, en contra de la opinión de la familia de Lorca, y sin embargo es su nombre el que sigue lanzándose de un lado a otro de las trincheras ideológicas para reclamar que se continúe la búsqueda: ¿importa más el parecer de Gibson y las asociaciones de ese oxímoron que es la “memoria histórica”? Da la impresión de que responder que sí contravendría el espíritu de resarcimiento a los familiares que teóricamente alimenta todo ese movimiento. Sin duda, no cabe olvidar (aunque muchos parezcan hacerlo) que habría otros cuerpos. La pregunta más dura es la que a ellos se refiere: ¿se habría invertido ese dinero en buscarlos, sin garantías, de no encontrarse por medio el nombre del poeta?

Y ahora qué. ¿Se continúa la búsqueda? Mientras no haya datos que ofrezcan realmente seguridad, ¿dónde está el límite? ¿Llenamos Andalucía de agujeros? Como la persona fría, calculadora y desprovista de humanidad que soy, me permito añadir una consideración bastante elemental: esto es dinero de todos (aunque algunos traduzcan eso por “de nadie”) y los recursos, como nos recuerdan los malvados economistas y pragmáticos de toda laya, no son ilimitados. Igual ha llegado el momento –igual llegó hace tiempo– de definir qué es razonable y qué no lo es. De decidir, en fin –si es que aún consideramos que la política tiene que ver esencialmente con eso–, qué es lo que consideramos prioritario.

Lo mejor, sin duda, el corolario: la Junta ya tiene su propia respuesta. Que la inversión no sea en vano: a falta de tumbas, “asociemos el lugar con el arte y la vanguardia”. Dinero público mediante.

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Nuevos aires

Chiaroscuro se traslada. Tal vez esto no sea más que una forma de obligarme a mí misma a escribir más a menudo: ya veremos si funciona, aunque ni puedo prometer ni prometo.

Cuando tengan ocasión, actualicen sus enlaces. Por favor y gracias, como dicen las madres.

El ejército, nuestra oenegé preferida

Los ejércitos nacionales son uno de los elementos más característicos del desarrollo de los modernos Estados-nación. En el caso español –un caso de construcción cuando menos imperfecta del Estado liberal–, el ejército ha tenido a lo largo de la contemporaneidad una evolución tan interesante como plagada de altibajos. Habiendo adquirido un enorme prestigio desde la victoria ante las tropas napoleónicas a principios del siglo XIX, los generales españoles se convertirían durante buena parte de la centuria en actores políticos fundamentales, portavoces de diversas versiones del liberalismo y causantes de numerosos cambios de gobierno: no en vano, el golpe de Estado español decimonónico ha pasado a la historiografía con un nombre propio, el de pronunciamiento. Biografías como las de Espartero o Narváez, grandes protagonistas de las luchas políticas de la época isabelina y líderes, respectivamente, del liberalismo progresista y moderado, dan fe de ello. Enzarzado como estaba en la lucha política, al ejército del XIX le faltó en cambio el convertirse en elemento de unidad nacional, en referente simbólico de la idea de España, a diferencia de lo ocurrido en otros países. Lo cierto es que sólo O’Donnell y la Unión Liberal harían algún intento de utilizar al Ejército como elemento de prestigio y con una finalidad creadora de conciencia nacional, aunque lo hicieran a través de expediciones de escasa fortuna y a veces un tanto rocambolescas.

En cualquier caso, este ejército, metido a actor político pero de mentalidad fundamentalmente liberal (valga la contradicción), protagonista clave incluso de revoluciones como la Gloriosa de 1868, experimentaría en el último tercio del siglo un cambio de mentalidad en el que influyeron diversos factores, pero en el que sin duda jugó un papel significativo la experiencia del desorden y la inestabilidad constantes del Sexenio, etapa demasiado breve como para que España pasara en esos años de un gobierno provisional a una monarquía democrática con rey extranjero a una república federal –cuyos gobiernos no duraban más de unos meses y con insurrección cantonal incluida– a una especie de indefinida y vaga república unitaria a la que finalmente pondría fin la restauración alfonsina. La penetración de la I Internacional en España, favorecida por el amplio marco de libertades de aquellos años, no fue en absoluto ajena a esto; como no lo fue, desde luego, el efecto de caja de resonancia que jugó la Comuna de París a la hora de decantar a buena parte de la clase política hacia posturas cada vez más convencidas de la necesidad de asegurar el orden, poner freno a una creciente conflictividad social cuya presencia en las calles era cada vez mayor, desconfiar de la participación política de las clases populares, y preservar y proteger la propiedad privada.

La Restauración vino a ofrecer una plasmación de todo ello. Con un diseño teórico inspirado en el ejemplo británico y un funcionamiento real que garantizaba la estabilidad a través del fraude electoral y las redes clientelares, el proyecto civilista y pragmático de Cánovas conseguiría durante el último cuarto del siglo XIX mantener alejados de la política a los militares. Sin embargo, el sistema entraría en crisis desde finales del siglo por motivos diversos. No es un factor menor, en este sentido, la aprobación del sufragio universal en 1890, que hacía más difícil el control electoral (no es lo mismo controlar a 800.000 electores que a cinco millones) y entre cuyas consecuencias cabe contar la necesidad de emplear para el sostenimiento del sistema dosis de violencia (en algunos casos más simbólica que física) que hasta entonces no habían hecho falta. En lo que respecta al ejército, la entrada en el siglo XX vino acompañada de cambios considerables y de un regreso a la política. Simbólicamente, el desastre del 98, del que los militares culparon a la irresponsabilidad de los políticos (idea que se mantendría durante largo tiempo: véase a título de ejemplo Raza), marcaba el inicio de unos largos años de crisis del sistema en los que el ejército iría cobrando un protagonismo creciente. El papel jugado por Alfonso XIII, los recelos militares ante los nacionalismos periféricos, el empleo creciente del ejército como fuerza de orden público ante la creciente conflictividad social y las campañas africanistas, unidos a incidentes como el del Cu Cut, eran una manifestación palpable del paulatino retorno de los militares a la arena política. El resultado final de todo aquello no puede ser más elocuente: poco hay que añadir, respecto al papel de los militares, sobre la dictadura de Primo de Rivera.

Para cuando se proclamó la II República, el ejército era ya un cuerpo de ideario profundamente conservador y que se veía a sí mismo como garante de la unidad de España. No resultan sorprendentes, por lo tanto, los constantes enfrentamientos entre los militares y las izquierdas –republicanas o no– durante esta etapa; tampoco la reforma militar de Azaña ayudó a la concordia. Respecto a las derechas, se retomaba la utilización del ejército como garante del orden público: ahí está la durísima represión lanzada contra los protagonistas de la llamada revolución de octubre del año 34. Y de nuevo sería el ejército o, para ser exactos, una facción del mismo, el que en 1936 pusiera fin a aquella experiencia. Respecto al franquismo, resulta evidente el papel fundamental jugado por las fuerzas armadas: aunque el régimen fuera más la dictadura de un militar que una dictadura militar propiamente, el ejército fue no sólo uno de sus mayores soportes, sino el pilar principal sobre el que se sostuvo durante sus cuatro décadas de duración. No fueron tan constantes las otras familias: Falange, convertida en partido único al tiempo que se la descabezaba y se la unificaba con el carlismo, quedó muy pronto relegada a un papel más simbólico que real al tiempo que los planteamientos falangistas se diluían en el indefinido magma que fue el Movimiento; la Iglesia, por su parte, dejó de prestar un apoyo monolítico, como mínimo, desde el Concilio Vaticano II, como lo prueban los enfrentamientos en su propio seno o el fenómeno de los curas obreros. Pero en 1975 el ejército seguía siendo, con muy escasas excepciones (léase la muy minoritaria Unión Militar Democrática), lo que había sido durante cuarenta años de régimen: garante del franquismo (sin Franco), de la unidad nacional, de los principios tradicionales y de la exclusión de los rojos de la vida política nacional.

No es extraño, por lo tanto, que las fuerzas armadas se convirtieran en uno de los principales problemas con los que se tuvo que lidiar durante la transición a la democracia. Dan buena cuenta de ello la actitud de la inmensa mayoría de los militares hacia Suárez y las diversas conspiraciones que hubo durante aquellos años, de las que el golpe del 23-F fue sin duda la de mayor trascendencia pública. Los esfuerzos por democratizar el ejército, a los que no fue ajena la integración en la OTAN –uno de cuyos propósitos era que las fuerzas armadas entrasen en contacto con sus homólogas de países de tradición democrática–, fueron una de las luchas más complejas en los años de la transición, con su continuación durante la etapa de consolidación democrática.

Los tiempos recientes han visto aparecer novedades en el horizonte, una de las cuales es una tendencia no exclusivamente española, pero tal vez particularmente arraigada aquí, a considerar que la guerra es, por definición, un instrumento ilegítimo. La necesidad de los gobiernos democráticos de adaptarse a esta postura simplista ampliamente asumida por la opinión pública occidental ha llevado a un uso cada vez más acentuado de eufemismos que hacen que ya no haya guerras, sino misiones de paz, y a la pretensión de convertir a los ejércitos en algo así como unas ONG cuyas principales funciones son la cooperación al desarrollo, las misiones de salvamento cuando suceden catástrofes naturales, y el reparto de agua y comida que tanto figura en los telediarios. El que los países occidentales, que, sin constituir el mejor de los mundos posibles, ofrecen sin duda a sus ciudadanos el mejor de los que ahora mismo existentes (en términos de libertades y de bienestar –¿hay otros?–), sean precisamente aquellos cuyos ciudanos menos dispuestos están a defender el sistema, no deja de ser una contradicción a la que un Occidente acomplejado y biempensante tendrá que hacer frente tarde o temprano.

Respecto al caso español, como de costumbre, nosotros ponemos la guinda: los políticos españoles han tenido, a lo largo de los dos últimos siglos, actitudes muy diversas hacia el ejército. Y España ha tenido ejércitos muy diferentes. Lo que nunca habíamos tenido, hasta ahora, es un Ministerio de Defensa pacifista. Un Ministerio cuyo ámbito de actuación no es otro que el de las accciones de guerra no puede no creer en la guerra. Y un gobierno dispuesto a pagar lo que se le pida por liberar a unos rehenes españoles debería, al menos, tener la decencia de enviar a continuación una operación militar bien diseñada, y con órdenes de actuar con toda la fuerza necesaria, a perseguir a los secuestradores hasta sus madrigueras.

Ahora me llamarán belicista.

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El placer está en tus manos

No, si al final va a resultar que una servidora era una visionaria. Nunca subestimes la capacidad de las administraciones púb[l]icas para sorprendernos.

Franco y el muro de Berlín

En marzo de 1976, Alexander Solzhenitsyn visitó España y protagonizó en TVE una entrevista que lo convertiría en blanco de muchas críticas, particularmente entre el antifranquismo prosoviético (que, afortunadamente, ni era todo el antifranquismo ni era toda la izquierda). En aquella entrevista, el novelista y disidente ruso realizó sus ya célebres declaraciones en las que comparaba el franquismo con el régimen soviético:

¿Saben ustedes lo que es una dictadura? (…) Los españoles son absolutamente libres para residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier lugar de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo en nuestro país. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska. Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme a tal o cual población (…)

Los españoles pueden salir libremente de su país para ir al extranjero (…) En nuestro país estamos como encarcelados. Paseando por Madrid y otras ciudades (…) más de una docena, he podido ver en los kioskos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros se verían inmediatamente docenas y docenas de manos tendidas luchando por procurárselos (…)

También he observado que en España uno puede utilizar libremente las fotocopiadoras (…) Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así en nuestro país.
En su país (dentro de ciertos límites, es cierto) se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años del poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladora (…)

Si nosotros gozásemos de la libertad que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos.

Más de veinte años después –hoy mismo–, el inefable líder político y gran intelectual español José Luis Rodríguez Zapatero, digno representante de la tendencia patria al Yo Yo Yo, ha realizado su propia comparación. Explica ZP que, cuando cayó el muro de Berlín, él

(…) tenía 29 años y España llevaba desde el año 1975 en un periodo de libertad y de democracia. Nosotros también habíamos tenido una caída reciente del muro, del muro propio, que durante 40 años tuvimos en España (…)

Fue un muro pesado, una losa muy dura para nuestra historia y por tanto sabíamos lo que significaba la libertad, lo teníamos muy vivo en la carne, en nuestra experiencia (…)

Dejando a un lado la ironía, lo cierto es que la frivolidad y el ombliguismo del presidente se vuelven en ocasiones insufribles. Precisamente por muchas de esas diferencias que ya puso de relieve Solzhenitsyn hace más de dos décadas –las mismas que algunos nunca le perdonaron–, la comparación es insostenible. Y si a las declaraciones del represaliado ruso tal vez cabría introducirles algún matiz, en cualquier caso podría alegar a su favor, y comprensiblemente, una experiencia personal terrible. No creo que quepa decir lo mismo de Zapatero, a quien precisamente lo que le tocó de vivir del franquismo, y muy de refilón, fue la etapa más suave: aquella que describía Solzhenitsyn. Basta, en fin, con saber un poco de historia, ser un poco prudente y tener la capacidad de entender que el mundo no gira en torno a uno. Pero me da a mí la impresión de que estos comentarios de Zapatero despertarán bastante menos atención entre la izquierda que aquella entrevista, de la que Juan Benet sacó su ignominiosa conclusión:

Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexander Solzhenitsyn, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexander Solzhenitsin no puedan salir de ellos.

Al final, parece que algunas cosas nunca cambian, y que las obsesiones de cada una de nuestras sectas son constantes e inamovibles. Tal vez esto sea en el fondo lo más preocupante (porque los presidentes pasan, pero otras cosas quedan): resulta sintomático del grado de atrincheramiento ideológico de este país el que una búsqueda en Google sobre aquel incidente dé fundamentalmente como resultado el hallazgo de un número considerable de páginas que citan a Pío Moa y se hacen eco de la interpretación según la cual este incidente sirve para retratar a toda la oposición al franquismo. Tan sintomático como el hecho de que, por el otro lado, lo que se encuentren sean comentarios tachando a Solzhenitsyn poco menos que del diablo en persona. Así, tal cual: de lo anecdótico a lo general, de un plumazo y sin mayores matices.

Afortunadamente, y conviene insistir sobre ello aunque sea para consolarnos, no todo el país era (ni es) así, como nos recuerda Jon Juaristi:

Solzhenitsyn, que era él mismo un resistente, no negó que el régimen de Franco fuera una dictadura. Simplemente, lo comparó con el soviético y puso de relieve las diferencias entre el franquismo y el régimen totalitario más largo que los tiempos han visto hasta la fecha. Ya entonces, a muchos que nos teníamos por antifranquistas, la distinción nos pareció razonable y oportuna. No estaba muy claro lo que esperábamos del posfranquismo, pero no queríamos una democracia popular.

País.

Anatomía de un instante

No es es el libro de un historiador, pero es un libro de historia, aunque no lo sea de historia académica. No es una investigación primaria, ni aporta datos nuevos ni consulta fuentes inéditas. Pero es una obra de historia, no obstante (aunque igual los eruditos me critican por decir esto), y no sólo por su temática, sino tal vez porque es, en lo esencial, un ejercicio de rigor. A pesar de lo mucho que parece prestarse a ello el asunto, no cae en rocambolescas teorías de la conspiración, trata los datos con seriedad y cautela y, aunque presenta hipótesis, las explica y aclara y no se aferra a ninguna de las más dudosas –aunque sean las suyas– ni las sostiene como si fueran grandes verdades irrebatibles. Como haría cualquier historiador honrado, plantea preguntas sin pretender engañarnos cuando no tiene las respuestas.

No es una novela, pero es el libro de un novelista, aunque lo sea de un novelista que ha hecho equilibrios muchas veces sobre esa fina línea que separa la ficción de la realidad. No es una ficción, no introduce narradores imaginarios ni personajes inventados ni datos irreales. Pero es la obra de un novelista, y no sólo porque sea trepidante –que lo es– ni porque la estructura del relato sea, en muchos sentidos, claramente literaria, sino tal vez porque es, en lo esencial, un ejercicio de imaginación. Dice Cercas que su libro no es un libro sobre el 23-F, sino un libro sobre un gesto, sobre el gesto de un Adolfo Suárez que se queda sentado mientras los golpistas disparan sus balas en el Congreso de los Diputados. Y es cierto que buena parte de la obra se dedica a analizar ese gesto, a ofrecer una interpretación (o varias) del mismo, erigiéndolo en símbolo o clave de los acontecimientos de aquel día y de los meses que vinieron antes y de lo que vino después. Esto es, evidentemente, un recurso literario. Y, dado que nadie puede estar dentro de la mente de otro, es también pura especulación y en absoluto verificable, aunque tampoco el autor pretende vendernos lo contrario.

Tal vez porque es las dos cosas a la vez y porque, sin embargo, Cercas no parece jugar a confundir una faceta con otra, tal vez por ello el resultado es un libro que engancha de inmediato y que induce a devorarlo de una sentada; es también una obra que provoca melancolía, probablemente porque huye de la frialdad absoluta del dato puro e intenta meterse en la mente y el alma de unos hombres a los que a menudo resulta difícil comprender. La sensibilidad literaria y la sensibilidad histórica se entrecruzan y a Cercas le han salido unas páginas que invitan un poco a la tristeza y un poco a la esperanza, porque nos sitúan ante el espejo (o ante uno de los muchos espejos) de lo que fuimos y de lo que, en gran medida, seguimos siendo.

Igual también por ser obra de un novelista que no olvida del todo su oficio (el oficio de contar, y de contar entreteniendo) aunque se ponga a escribir una crónica, el libro escapa por completo a esos dos males tan ampliamente difundidos en la historiografía española: de un lado, la tendencia a escribir tan sólo para un público de especialistas enfrascados en debates muchas veces estériles, que se nutre de un endiosado desprecio por todo lo que suene a divulgación (pero que luego no evita que nos lamentemos sin pudor de que nadie echa cuenta a los historiadores); de otro, esa especie de terror absoluto a escribir algo ameno, comprensible y –por qué no– que atrape al lector. Cercas es español y ha escrito un libro de historia, pero no es un historiador español y eso sin duda le ayuda a escapar a esos vicios en los que tan a menudo (aunque quiero pensar que cada vez menos) cae la historiografía patria.

He dicho que Anatomía de un instante es un ejercicio de rigor y a la vez un ejercicio de imaginación. Creo también que es, en muchos aspectos, un ejercicio de sentido común. Porque tiene la capacidad de huir de maniqueísmos, y me parece que eso no es nada fácil; desde luego, no es nada habitual. Porque, en la parte de la obra que corresponde al ejercicio de imaginación, Cercas parece saber como buen novelista y como simple ser humano que un personaje jamás se puede construir tan sólo a base de blanco o de negro, e intenta penetrar en las complejidades de esas personas que también son personajes (porque son historia) o de esos personajes históricos que a pesar de ello son personas. Pero también porque, tratándose de un libro que tiene uno de sus ejes fundamentales en el acercamiento a esa cosa tan extraña y tan fascinante y tan ajena muchas veces a nosotros que es el poder, Cercas plantea la política como el arte de lo posible, sin maximalismos absurdos y sin perder de vista que los ideales hay que hacerlos convivir con la realidad. Como él mismo dice, lo contrario es el Fiat iustitia et pereat mundus, idea-fuerza que muchos parecen haber hecho suya sin darse cuenta de que es un rasgo de soberbia tanto como lo es de egoísmo. Que se haga justicia aunque perezca el mundo, dicen, como si toda justicia no fuera a perecer con él.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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