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Holocausto y culpa

Traduzco aproximada y parcialmente la carta de una adolescente alemana a propósito de la cuestión de la memoria del Holocausto.

¿Qué podemos hacer?
Aprendí sobre el Holocausto en el colegio en Alemania. Nos contaron lo que pasó, fuimos al campo de concentración de Dachau y a Berlín. Sé lo que pasó y siempre he pensado que es terrible. Pero cuando vine de intercambio a los Estados Unidos hace nueve meses empecé a pensar más en el tema y a intentar comprenderlo (…)
Una cosa de la que me he dado cuenta es que lo único que la mayoría de los americanos conocen de Alemania es a Hitler. A menudo me preguntaban, incluso algunos profesores, si soy nazi, si lo son mis padres o si odio a los judíos. Esto me entristecía y avergonzaba. Todo esto es alemán y no puedo cambiarlo, lo sé. ¿Pero cómo puedo sentirme culpable por algo que no es culpa mía? No puedo cambiar lo que ocurrió en el pasado, pero puedo intentar que no vuelva a ocurrir, aunque (…) nunca se puede enseñar lo suficiente sobre el Holocausto como para asegurar que no se repetirá jamás.
Fui con un amigo alemán al Museo del Holocausto de Washington D.C. Es un magnífico museo y conocimos a un soldado americano que estuvo destinado en Alemania y a una joven judía cuya familia logró escapar del Holocausto. El museo no es un lugar en el que puedas sentirte orgulloso de ser alemán. Me sentí avergonzada y deprimida, pero me ayudó que tanto el soldado como la chica judía me tratasen muy amigablemente, con amabilidad y respeto, porque entendieron que no es culpa nuestra. Ambos estaban interesados en saber cómo se enfrenta Alemania, y en especial su generación más joven, a su triste Historia (…)
Sólo tengo diecisiete años; mi abuela diría que qué sabré yo de la vida. He disfrutado mucho de mi año en los Estados Unidos y espero que al menos los americanos que conocí a lo largo de este tiempo no piensen ya que todos los alemanes son nazis ni tengan mala opinión de Alemania.
Agradezco tantísimo que el señor Marzynski no perdiera toda esperanza en Alemania. Sólo lo vi durante una hora en Frontline, pero me sentí como si lo conociera de toda la vida. Un hombre muy agradable.
No me importa si eres judío o cristiano o musulmán. No me importa si eres blanco o negro. En todos los lugares del mundo hay gente buena y gente que no lo es tanto.
Julia Leibold
Munich, Alemania

La negrita es mía. Me resulta terrible la desesperación que parecen traslucir las palabras de alguien que no puede tener la culpa de algo ocurrido hace más de sesenta años. Pero más allá de esta tristeza, me pregunto si alguien se ha parado a pensar en las consecuencias de determinadas políticas de la memoria.
¿Dónde está el límite entre el conocimiento de la propia Historia y el traspaso de la culpa de generación en generación? ¿Es lícito hacer que se herede la culpa? Es sabido que dicha sensación puede generar diversas reacciones, pocas de ellas positivas, algunas de ellas peligrosas: desde el distanciamiento emocional y la frialdad hacia el tema hasta brotes de agresividad resultantes de una sensación de acoso. Que toda una generación en todo un país se sienta perseguida y señalada con el dedo por el simple hecho de haber nacido en Alemania con posterioridad al Holocausto no parece la mejor forma de remediar lo que en cualquier caso es por completo irremediable. No parece la mejor forma de contrarrestar el hecho de que hace medio siglo todo un pueblo en todo un continente fuese efectivamente [ojo: no pretendo establecer comparaciones grotescas: en este caso no era una sensación, sino una realidad] perseguido hasta la exterminación. En cualquier caso, crear culpables que no lo son no creo que contribuya a la empatía con las víctimas. Posiblemente sirva para todo lo contrario.
Tal vez me equivoque. Pero asusta preguntarse si a veces, con las mejores intenciones*, no estamos creando monstruos y sembrando tempestades futuras.

Aquí algunas lecturas de interés sobre esta “tercera generación” de alemanes y su complicada relación con el Holocausto. Es decir: con sus padres, con sus abuelos y con su país.

(* – Cada vez estoy más convencida de que las buenas intenciones habría que hacérselas mirar. A ver si van a ser contagiosas.)

Pasado imperfecto

Ando leyendo estos días diversos textos bastante críticos para con la intelectualidad francesa del último medio siglo. Se trata de cosas que han caído en mis manos como por casualidad, pero que no han tardado mucho en despertarme un fuerte interés por el asunto. La dimensión histórica del mismo, sin duda fascinante, no lo es menos que los paralelismos que vienen a la mente y que pueden invitar a la reflexión acerca de situaciones que ni siquiera son análogas ni comparables, pero que en ocasiones presentan similitudes en algunos aspectos.

“El mito inicial de posguerra sostenía que si bien la resistencia combativa podía tal vez haber sido una minoría, contó con el apoyo y la ayuda de la ‘masa de la nación’, unida en su deseo de lograr la derrota de los alemanes. Sólo Laval, Pétain y sus esbirros tuvieron otros sentimientos y actuaron de otro modo. Ésta era la postura oficial de los comunistas. De ello se hicieron eco en gran medida los gaullistas, quienes insistieron a su vez en que la resistencia había sido un reflejo natural de una nación fiel a sus tradiciones históricas; se resaltó de manera especial la ‘insurrección’ del verano de 1944 como ‘una marejada popular que sobrepasó en sus dimensiones todas las revueltas similares que se dieron en nuestro pasado’. Aunque desde el principio hubo algunos que reconocieron lo pequeña y reducida que había sido la resistencia, su voz quedó ahogada por el coro de la mutua admiración. En un libro publicado en 1945, Louis Parrot escribió acerca del ‘heroísmo puro’ de Aragon y de su mujer, Elsa Triolet, así como del ‘coraje audaz’ de Paul Éluard, y del ‘juego sutil y peligroso’ que desplegó Jean-Paul Sartre al practicar la ‘clandestinidad abierta’ ante las propias narices de las autoridades de la ocupación. Todo esto es morralla, cómo no, pero al menos es morralla de signo ecuménico: todos habían sido buenos.”
Tony Judt, Pasado imperfecto (Taurus. Madrid, 2007)

Pensaba al leer esto en los omnipresentes casos de amnesia colectiva o de tergiversación histórica, y en la tendencia contrapuesta que constituye esa insistencia tal vez excesivamente machacona en hacer culpables de determinadas tragedias o crímenes a generaciones posteriores que ni siquiera estaban vivas cuando aquéllos tuvieron lugar. Cuando se habla de estas cosas, se tiende a pensar en políticas oficiales o gubernamentales de la memoria y muy especialmente en los casos en los que éstas se imponen flagrantemente por encima de cualesquiera otras memorias e incluso de los hechos históricos contrastados. Cabe recordar, a estas alturas del discurso, que equiparar Historia y Memoria es caer en el disparate –amén de suponer, en el caso del historiador, una grave irresponsabilidad–.
Pero el olvido colectivo, o la reivindicación de una memoria parcial, tergiversada o incompleta, no es patrimonio exclusivo de las maquinarias de poder. No lo es la mitificación de la propia historia, como tampoco lo es la insistencia en lo trágico. Y quizá sean los casos en los que no se trata de una política oficial sino de una tendencia psicológica subyacente y “ciudadana” los más preocupantes de todos. De las cosas que interiorizamos es más difícil darse cuenta, y por ende mucho más complejo rebatirlas. Me viene a la mente el complejo de culpa de los jóvenes alemanes, personas de mi generación que a día de hoy no sólo se avergüenzan de la historia reciente de su país (algo bastante comprensible) sino que llegan a sentirse de algún modo responsables de aquello. O tal vez manchados por una carga genética defectuosa. Esto no sólo es injusto y bastante poco saludable, sino que puede resultar a la postre bastante peligroso al constituir previsiblemente un caldo de cultivo de reacciones extremas en sentido opuesto en el momento en que cunda el hartazgo.
En el otro extremo de la balanza está la idealización de la propia historia, ya sea la de un país, un colectivo, un partido o un bando. El texto ya citado acerca de la intelectualidad francesa es un caso bastante obvio, como lo es la tendencia aún generalizada entre muchos franceses a tachar el colaboracionismo de minoritario y anormal y glorificar al resistente y heroico pueblo galo.
Tenemos también buenos ejemplos patrios, a un lado y a otro. La Historia oficial franquista era eso, una Historia oficial, y sería difícil calibrar qué porcentaje de la población llegó a creérsela. Pero está escrita, es desmontable sin grandes esfuerzos y a día de hoy creo que pocas personas sensatas tienen interiorizado ese cuento, por más que Pío Moa y compañía se dediquen a resucitarlo con tan escaso criterio interpretativo como deontológico.
En el otro extremo está lo que nos cuentan de la República, que parte en demasiados casos del error fundamental del que hablábamos antes: la confusión entre Historia y memoria. No pretendo entrar en discusiones sobre leyes de memoria histórica y debates domésticos por el estilo, aunque adelanto que no me cabe la menor duda de que la gente –toda la gente– tiene derecho a saber en qué fosa común está aquel familiar asesinado hace sesenta años. Pero voy a otra cosa: a esa imagen de la Segunda República, reivindicada como el modelo en el cual basar la actual democracia, que tan a menudo olvida que aquel régimen, dotado –eso sí– de toda la legitimidad exigible, fue de todo menos democrático en su espíritu (no necesariamente en sus formas), entre otras cosas porque fue patrimonializada desde sus inicios por un único grupo. Olvidamos también demasiado fácilmente la constante lucha entre fracciones y la absoluta irreponsabilidad política de demasiados dirigentes, como olvidamos lo absurdo que resulta identificar al Partido Comunista –que veía en el régimen burgués un mero paso previo que además había que instrumentalizar para sus fines revolucionarios– con la República. Tan absurdo como identificarla con los movimientos de signo anarquista, que por naturaleza no podían defender una república (ni ninguna otra forma de Estado) más que, en el mejor de los casos, como mal menor. Olvidamos también que personajes como Largo Caballero estaban llamando abiertamente a la guerra civil desde antes de las elecciones de febrero de 1936.
Olvidamos, en suma, demasiadas cosas, quizá porque es reconfortante pensar que alguna vez hubo algo más parecido a lo que hubiésemos querido que aquello que efectivamente tuvimos durante cuarenta años. Y quizá el mayor problema de todos sea que tendemos a confundir las buenas intenciones con la realidad. Y a creérnoslo.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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La imagen de cabecera, Old Machinery, es de DHester y se distribuye bajo licencia Creative Commons.

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