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Daniel Kahneman y el método histórico

En su reciente Thinking, Fast and Slow, Daniel Kahneman pasa revista a los atajos heurísticos de los que el ser humano se vale para dar respuestas fáciles a preguntas difíciles. Uno de los principios clave que recorre la obra es lo que Kahneman llama WYSIATI, acrónimo de la frase what you see is all there is. La idea, en síntesis, es que tendemos a dar respuestas basadas única y exclusivamente en la información que tenemos a mano, sin tener en cuenta que los datos de los que no tenemos constancia podrían modificar sustancialmente nuestro análisis. Lo que ves es todo lo que hay, o no hay más que lo que ves.

La trampa es tanto más perniciosa cuanto que nuestro cerebro tiende a privilegiar y a considerar más válidas las explicaciones que percibe como coherentes y sin matices. Así, cuando nos encontramos con datos aislados, construimos casi automáticamente una narrativa en la que encajamos la información de la que disponemos, lo que será más fácil de hacer cuanta menor sea nuestra información. De este modo, de una información fragmentaria e incompleta nace un discurso explicativo que rápidamente damos por bueno. Y lo que es más: como juzgamos la solidez de una explicación por su coherencia, nuestro nivel de confianza será mayor en la medida en que nuestros datos sean incompletos. Dicho de otra forma, resulta que, cuanta menos información tengamos para sustentar nuestro análisis, más convencidos estaremos de estar en lo cierto:

It is the consistency of the information that matters for a good story, not its completeness. Indeed, you will often find that knowing little makes it easier to fit everything you know into a coherent pattern.

Las implicaciones son bastante evidentes cuando uno piensa en la facilidad con la que ciertos todólogos dan opiniones tajantes sobre asuntos de los que no tienen más que un conocimiento muy superficial (y ello en el mejor de los casos); cuando repara en la convicción con la que muchos se hacen eco de memes desinformados y demagógicos que inundan las redes sociales día sí y día también; o cuando observa la facilidad con la que se arregla el mundo desde la barra de un bar con soluciones fáciles a problemas extraordinariamente complejos. No hará falta señalar, por cierto, que la tendencia a proporcionar una información limitada y seleccionada está muy presente en aquellos medios de comunicación cuya línea editorial tiene poco de análisis y mucho de ideología, ya que no es casualidad que la fe de quienes se adscriben a determinadas posturas ideológicas sea más inamovible cuanto mayor parezca la coherencia interna de su concepción del mundo.

Para quien, además, se dedica de manera profesional a las ciencias sociales, estas cuestiones no dejan de suscitar cierto desasosiego. Cuando uno pasa la vida enterrado entre documentos, intentando reconstruir los hechos a partir de la información que proporcionan los papeles de un archivo e insertarlos en una narrativa de conjunto coherente y convincente, es imposible que lo que plantea Kahneman no lleve a una conciencia reforzada de los riesgos que implica la metodología que emplean los historiadores. Al fin y al cabo, estamos ante una actividad en la que la información es forzosamente fragmentaria y en la que, además, es imprescindible hacer una selección.

Los riesgos que esto entraña, desde luego, no resultan novedosos para cualquiera que se haya dedicado alguna vez a la investigación histórica, puesto que incluso quien no ha teorizado o pensado en ello de forma consciente procederá con algún grado de cautela cuando se enfrenta al desquiciante –y maravilloso– mundo de los archivos, a poco que se trate de alguien con una cierta formación, honradez intelectual y sentido común. Con todo, no deja de resultar inquietante comprobar que no sólo estamos construyendo narraciones a partir de datos incompletos, sino que estaremos más seguros de nuestras hipótesis en la medida en que hayamos analizado un número menor de datos; más preocupante aún es comprender que esto no es necesariamente fruto de una voluntad de ofrecer explicaciones torticeras. Sencillamente, es así como funciona nuestro cerebro: cuanto menos sabemos, menos dudamos. Sobreponerse a la tentación de las explicaciones sencillas y las soluciones fáciles exige, por tanto, algo más que buena voluntad: es necesaria una disciplina férrea y la voluntad y capacidad para preguntarse constante e incansablemente qué y cuánto puede ser que no sepamos.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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La imagen de cabecera, Old Machinery, es de DHester y se distribuye bajo licencia Creative Commons.

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