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Justicia incompleta y transiciones

En las últimas semanas, una serie de acontecimientos han vuelto a sacar a la palestra pública la cuestión de la memoria histórica y, en paralelo, la de la transición a la democracia que se produjo a la muerte del dictador Francisco Franco. La muerte de Manuel Fraga, primero, hizo arder las redes sociales con reproches a su actividad política durante el régimen. Poco después, ha sido la celebración de los juicios al juez Baltasar Garzón la que ha ahondado en la resurrección de un debate que, desde hace ya un tiempo, había quedado en buena parte sepultado bajo la evidencia de que España tenía cuestiones más urgentes a las que atender: la centralidad del debate en torno a cuestiones económicas, la sangrante realidad de un contingente de más de cinco millones de parados (y los que vienen) y la apabullante sucesión de derrotas electorales del Partido Socialista dan fe de que, en tiempos de crisis, la gente está poco dispuesta a perderse en disquisiciones sobre el pasado que poco aportan al futuro.

Ahora, el debate ha vuelto a abrirse. Le auguro, en realidad, una corta vida como asunto de discusión pública (pese a los esfuerzos sistemáticos de El País y de ciertos sectores políticos por convertir la supuesta “persecución” del juez Garzón en gran prioridad informativa), pero no dejan de constituir motivo de reflexión algunas de las cosas que se leen estos días. El tema es amplio y daría mucho de sí, pero no es mi intención abordarlo en profundidad. Para quien quiera una información ponderada desde el punto de vista jurídico sobre el asunto de Garzón, dejo un par de enlaces sobre el juicio por declararse competente para investigar los crímenes del franquismo y sobre el de las escuchas ilegales: ambos se alejan tanto del linchamiento de la figura como de su exaltación como héroe, ateniéndose a los aspectos de derecho que deberían en puridad constituir el núcleo de cualquier análisis serio de la cuestión. Sobre la figura de Fraga, hay en Voddler un documental bastante interesante (junto con otro sobre Carrillo) y, de lo aparecido en la prensa, el artículo de Santos Juliá me llamó especialmente la atención por su capacidad de análisis de un personaje político de indudable relevancia en nuestra historia reciente.

Por lo que a este apunte respecta, es evidente que estos acontecimientos recientes han provocado una resurrección de ese mecanismo por el que ciertos sectores políticos y de opinión vinculan la reivindicación de la llamada memoria histórica a una deslegitimación de la transición a la democracia: el penúltimo ejemplo de este discurso lo tenemos en este artículo firmado por Gaspar Llamazares (en el que, por lo demás, se mezclan churras con merinas con una soltura abracadabrante). El discurso asumido por estos sectores en lo tocante a la transición es que durante el proceso se llegó a un vergonzoso pacto de silencio a través del cual los españoles olvidaron -impulsados tan sólo por el miedo- la guerra civil y los cuarenta años de dictadura y decidieron dejar en la estacada a sus víctimas.

En realidad, desmentir esta acusación es tan sencillo como recordar que desde que se inició el proceso se tomaron medidas de resarcimiento de las víctimas y de anulación de la realidad legal de la dictadura; del mismo modo, cualquier búsqueda de bibliografía sobre la guerra civil publicada en España entre, por ejemplo, 1970 y 1985 da fe de que ni mucho menos se sepultó bajo capas de silencio la historia reciente del país. Y nada de esto prejuzga, por lo demás, la pertinencia o no de las medidas de la famosa Ley de Memoria Histórica: algunas de ellas, de hecho, presentan pocas objeciones pese a su vinculación a un discurso no siempre propicio al tratamiento desapasionado del tema y a pesar de que, a la vuelta de los años, ha resultado evidente que la ley no preveía una dotación suficiente de recursos económicos para hacer efectivas buena parte de las medidas que se proponían. En última instancia, queda claro que hay discursos que venden y que el papel lo aguanta todo: otra cosa, me temo, es la realidad.

En cualquier caso, es evidente que desde un punto de vista maximalista y de aspiración a una justicia completa (aquello de fiat iustitia et pereat mundus, por recordar un libro que ya les referí aquí hace un tiempo), quienes esgrimen este discurso tienen razón en que no se hizo una justicia completa. Los crímenes del franquismo quedaron impunes, reza el argumento, y esto nos convierte en un país con un terrible déficit democrático. Lo primero es cierto; lo segundo, en cambio, resulta más bien dudoso. De hecho, no es nada descabellado sospechar que el carácter conciliatorio de la transición está precisamente en la base del relativo éxito (con todas las pegas que se le pueden poner) del proceso. En relación con esto, se hacen a veces comparaciones que difícilmente se sostienen, como la que contrapone la situación española a los juicios y la desnazificación que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial en Alemania; o la que equipara la situación argentina a la española buscando la condena de esta última por no haber juzgado a los asesinos. En el primer caso, parece que se olvida con una facilidad desconcertante que en el proceso medió una guerra entre Estados (no un conflicto civil) y que fueron precisamente las potencias ocupantes las que llevaron a cabo los juicios de Nuremberg que, por lo demás, tuvieron un carácter más ejemplarizante que global; la desnazificación nunca fue completa ni, de hecho, habría sido viable que lo fuera. Respecto al caso argentino, hay una diferencia elemental entre una dictadura de siete años cuyos agentes ejecutores estaban aún muy vivos a su término y un régimen cuya duración se extendió durante cuatro décadas y en el que la temporalización de la intensidad de la violencia represiva es fundamental para comprender su evolución. Equiparar los años de la posguerra con la década de los sesenta sólo puede ser fruto de la ignorancia o de un discurso voluntariamente torticero. Tampoco es lo mismo, por lo demás, un golpe de estado exitoso que llevó inmediatamente a la instauración de la dictadura que uno fracasado que llevó a tres años de guerra civil en los que unos y otros cometieron crímenes (añado que, sobre la violencia del bando republicano, ha aparecido una novedad bibliográfica que parece interesante).

En última instancia, el asunto –como casi todo en política– es cuestión de prioridades. La literatura sobre el tema es muy amplia, pero en líneas generales se han señalado algunos puntos comunes a procesos de transición y pacificación exitosos tras un periodo de conflicto civil, así como los ingredientes del éxito para el establecimiento de un régimen democrático partiendo de uno autoritario. Obviaré aquí, aunque son de una importancia fundamental, los condicionantes económicos y de estructuras sociales, pero hay que apuntar al menos que la existencia de una amplia clase media fue un factor decisivo en la democratización del país. En cuanto al ámbito de la reconciliación, es oportuno recordar algunos de los ingredientes recurrentes en procesos exitosos. Aparte de la discusión pública del pasado –y la hubo, se diga lo que se diga–, suele acompañar a estos procesos una reescritura de ciertas identidades (una oposición clandestina, perseguida e ilegal que pasa a gobernar el país; ministros de la dictadura que pasan a convertirse en demócratas, de corazón y de toda la vida; o un ejército salvapatrias que se convierte simplemente en garante del orden constitucional sometido al poder civil) y toda una serie de gestos y proclamas simbólicos de esos que la transición tuvo a raudales; pero, sobre todo, el que parece ser el ingrediente más importante es precisamente una justicia incompleta y simbólica que tantos le reprochan ahora a nuestra transición. Sigo aquí a Long y Brecke:

(…) justice was meted out, but never in full measure. This fact may be lamentable, even tragic, from certain legal or moral perspectives, yet it is consistent with the requisites of restoring social order (…) Full judicial accountability was inhibited by the possibility of a back-lash by a still powerful military or other group involved in civil violence that could endanger the larger process of restoration of peace. (…) Instead, the decision was often made to draw a line under past human rights violations in the name of national reconciliation. (…) Disturbing as it may be, people appear to be able to tolerate a substantial amount of injustice wrought by amnesty in the name of social peace. One commentator acknowledged that in choosing between them, “people will take a high degree of peace and some imperfect realization of justice”.

En el caso del franquismo, cabe añadir que la longevidad de la dictadura hacía muy difícil incluso una justicia meramente simbólica o ejemplarizante, por el motivo obvio de que el dictador murió en la cama y sus principales colaboradores o bien habían desaparecido o estaban a punto de hacerlo; me refiero, claro, a quienes tomaron parte en su construcción durante las etapas iniciales, que son aquellas en las que realmente cabe hablar de crímenes de guerra o de lesa humanidad. Todo ello por no hablar de que, habiéndose producido una guerra civil tan plagada de escenas espantosas, habría sido difícil caminar en esa dirección sin acabar juzgando a personajes como Carrillo por sus responsabilidades en las sacas de Paracuellos. Ni una cosa ni la otra creo que hubieran aportado mucho: más bien, todo lo contrario. Al final, volvemos a lo que algunos sectores parecen olvidar con extraordinaria facilidad, que es que en política todo son trade-offs: comparar los procesos políticos reales con cuadraturas del círculo que sólo existen en nuestra mentes denota, ante todo, el infantilismo de ciertas concepciones.

Franquismo sociológico

A DISTANCIA / ALFONSO LAZO
El Mundo, viernes 16 de mayo de 2008

Basta comparar la cartelería política de la Alemania nazi con los carteles de la Rusia estalinista para darse cuenta de la profunda semejanza que existe entre los regímenes de partido único y control social. Si borramos la hoz y el martillo de los soviéticos y la esvástica de los alemanes resulta imposible distinguir la propaganda de unos y otros. El franquismo, en su primera época, también imitaba la plástica de los estados totalitarios; luego, ya no hubo necesidad: se había convertido en un sistema que contaba con el respaldo pasivo de una mayoría de españoles cuya actitud era no meterse en nada siempre que hubiera sol, turismo y Rocío. Al régimen de Franco lo desmontaron entre unos pocos, entonces se sumaron las multitudes.

En aquellos tiempos alguien me decía: “Yo no me meto en política, así que nadie me va a meter en la cárcel. Hablo con mis amigos de lo que quiero, no doy conferencias, no escribo, leo pocos libros; qué me importa la censura. Soy funcionario y tengo un sueldo aceptable, mejor no correr riesgos con cambios de partidos y alternancia.” Pero otros se ahogaban por falta de libertad. En 1970, a un profesor de la Universidad de Sevilla fueron a buscarlo en las aulas dos policías; el decano, que era un franquista confeso y una excelente persona, le echó un capote; la policía se marchó y el profesor continuó con sus clases. Hoy acaba de saber que en Andalucía existen listas negras y él está en una: no van a invitarlo más a dar conferencias eruditas a cargo de cierto organismo público. Una cosa parecida comentaba hace poco en este periódico el actor Roberto Quintana a quien desde el CAT avisaron: “Te hemos querido contratar, pero no daban permiso”. Ahora, exiliado en Madrid, Quintana dice: “También estuve en una lista negra”.

El franquismo controlaba mucho más que la cultura; intervino la economía entera. A imitación de la Italia mussoliniana existía el INI: empresas públicas ruinosas que la democracia cerró. Recientes estadísticas han puesto de manifiesto las enormes pérdidas que sufre la red de empresas dependientes de la Junta. El Observatorio Económico de Andalucía asegura: “Tenemos unas empresas públicas que asumen funciones de la Administración General sin que por ello esta última adelgace”. Tampoco adelgazan los sindicatos. Con Franco eran sindicatos verticales: oficiales, obligatorios y subvencionados; nunca le montaron una huelga al Generalísimo. A Felipe González, Comisiones Obreras y UGT le organizaron tres, y otra a José María Aznar. ¿Podemos imaginar siquiera una huelga general contra el presidente Chaves? Que en Andalucía los sindicatos verticales, ahora llamados mayoritarios, apuntalen la política de la Consejería de Educación lo dice todo sobre el control de la Junta. Nunca hubo en España régimen más intervencionista que el de Franco. Salvo el andaluz, porque una cosa es la intervención de un gobierno en defensa de los débiles y otra distinta querer controlarlo todo, desde los Colegios de Arquitectos al Consejo Audiovisual. José Solís, dicharachero ministro de Sindicatos, era muy aplaudido cuando visitaba las fábricas. Una vez ante un grupo de trabajadores aseguró que en su cuenta corriente sólo tenía 25.000 pesetas. Me recuerda algo.

Los tics del lenguaje oficial de hoy traen cosas a la memoria. Según Manuel Gracia, portavoz del PSOE en el Parlamento andaluz, “el 99% de los militantes está de acuerdo con que Chaves siga, y no digo el 100% por aquello de la mayoría a la búlgara”. El 99%: qué entenderá por mayoría búlgara mi amigo Gracia. La consejera de Salud tampoco se queda corta: “Las denuncias sobre las listas de espera serían legítimas si se hiciesen para mejorar la sanidad pública, no para erosionarla”. Hace 40 años el régimen lo llamaba crítica constructiva. Como repetía el Caudillo, no debemos confundir libertad y libertinaje.

Si hemos de caer, que sea a la salida del sol

Hoy le cedo la palabra a la voz de la sabiduría. Con ustedes, Don Alfonso Lazo:

Decálogo insumiso

El Mundo, Ed. Andalucía, 11 de enero de 2008 / Página 29

En tiempos de turbación no hacer mudanza, decía Ignacio de Loyola y gustaba de repetir José Rodríguez de la Borbolla. Pero cuando las aguas se estancan conviene removerlas para que no amenacen con pudrirlo todo. He aquí algunas sencillas reglas de vida que sin demasiadas pretensiones –consejos que los más viejos se permiten dar a los amigos más jóvenes a comienzos de un nuevo año– pueden ayudar a la necesaria tarea de oxigenación:
Ama la insumisión. El insumiso respeta y reconoce la excelencia, sea en los de arriba o en los de abajo y, al mismo tiempo, se rebela contra la mediocridad venga ésta del poder o de la plebe.
No adores a falsos dioses. La democracia es el menos malo de los sistemas políticos conocidos, pero ni es Dios ni es infalible. El haber ganado unas elecciones no garantiza la bondad o la verdad. Después del escrutinio el derecho a la crítica y al cambio siguen vigentes. El partido sacro que nunca se equivoca es invención leninista.
No dudes en hacer público lo que piensas, aunque te encuentres en minoría. Nada tan patético como el papel irresoluto y tornadizo de Rosita la pastelera: hoy dices blanco; mañana, negro por pánico a que te tilden de derechas, y de esta manera únicamente consigues poner en evidencia tu cobardía.
A fuerza de repetidas las palabras pierden su sentido original. El franquismo llamaba “comunista” a toda la oposición clandestina, y ser comunista se convirtió en timbre de gloria. De modo que no te importe tampoco ser llamado reaccionario, porque hoy quienes lo hacen suelen estar al servicio del poder establecido: conservadores temerosos de perder prebendas y privilegios. También Stalin insultaba a Trotsky llamándole aristócrata.
Recupera aquello que usurpan los que se dan a sí mismos el título de izquierda: la Ilustración, el progreso, las libertades. Los amigos de Chávez, de Castro, de la teocracia iraní y de los nacionalismos prehistóricos ya no pueden reclamar una herencia semejante.
Concédete de vez en cuando el placer de
epatar a la progresía. Nada resulta tan regocijante como escandalizar la seriedad de los dogmáticos. Existe un amplio catálogo de blasfemias adecuadas: admirar a los Estados Unidos, defender el derecho a la vida del Estado de Israel, llamar intelectual al Papa Ratzinger o –escándalo de los escándalos para la política que dicen de género– regalar pelotas a los niños y muñecas a las niñas. Incluso puedes permitirte la asistencia a esas enormes manifestaciones de masa que tanto irritan a los que estaban convencidos de que la calle era suya.
Tienes todo el derecho del mundo para pecar contra la fe en el “cambio climático provocado por el hombre”. Dogma de la Iglesia Verde que el poder político utiliza a fin de aterrorizar a la sociedad. Gente aterrorizada es gente manipulada.
Combate la prepotencia perdiéndole el respeto. Cuanto más sabios son los hombres tanta menos importancia dan a las formas; mientras que los mediocres en el poder inventan protocolos y extreman la majestad. Los hombres de categoría son más frívolos, es decir, más tolerantes. A la muerte de Sacha Guitry se dijo: nos enseñó que la frivolidad puede ser una virtud.
Cuando tu insumisión te pese, recuerda el relato de Alfonso Daudet. El lobo se come a la cabra del señor Seguin, pero al alba, después de que la cabra luchara toda la noche. Si hemos de caer, que sea a la salida del sol.
Por último, no consultes los oráculos: las encuestas siempre se equivocan.
Y como en todo decálogo, también estos diez mandamientos se encierran en dos: ama la libertad sobre todas las cosas, y ten el valor de hacer frente a una rampante corrección política que seca los cerebros alienados y emotivos.

Conocimiento de causa

Comenta Javier Marías una estadística que revela que los habitantes de este país son los que menos se interesan por la política en Europa, pero, al mismo tiempo, los más dados a salir a la calle a manifestarse… por cuestiones en teoría políticas. Curiosa paradoja, o tal vez no sea ni tan curioso ni tan paradójico, al menos teniendo en cuenta que las manifestaciones españolas suelen ser movilizaciones orquestradas por los principales partidos o grupos de interés afines a los mismos, más que protestas coherentes y sensatas organizadas por una sociedad civil activa y fuerte, cosa que bien sabemos que no tenemos. La otra modalidad de manifestación es la manifa antisistema, a menudo tan divertida, si se mira con cierto distanciamiento, con ese batiburrillo de lemas, consignas, eslóganes y simbología que tiende a presentar. También en ésta es decisiva la acción de partidos y sindicatos, aunque a menudo sean minoritarios o sencillamente absurdos, como esa ridícula incongruencia que es, desde su mismo nombre, el Sindicato de Estudiantes.
El caso es que, con alguna honrosa excepción, desinformación y movilización suelen ir de la mano, más que nada porque lo que en este país llamamos movilizarse suele ser más bien traducible por ser movilizado, o utilizado o instrumentalizado, en beneficio de unos u otros. Sin ánimo de generalizar (las excepciones no son pocas, pero las cosas como son: tampoco son lo más habitual), no es infrecuente que la gente que más prensa lee y más informada se mantiene sea la más escéptica ante cualquier convocatoria de manifestación, mientras que la gente que sólo coge un periódico para resolver los sudokus y reírse con las viñetas es a menudo la primera en acudir a la mani de esta tarde (de los suyos, que serán unos u otros según la persona) a corear eslóganes facilones y superficiales. Cierto es que los eslóganes son simples y simplificadores por naturaleza, y que resulta difícilmente evitable que lo que se corea en una manifestación no lo sea, por las características mismas del acto; lo que pasa es que no es lo mismo corear un eslogan a sabiendas de que es facilón y con el respaldo de una convicción íntima basada en un amplio conjunto de lecturas, informaciones y reflexiones previas, que gritar sin más eslóganes que suenan bonitos y le dan caña al enemigo (hablamos de “culturas políticas” más propensas a identificar enemigos que simples adversarios, desgraciadamente, y así nos va).
Y así, tenemos lo que nos merecemos. Manifestaciones con cuyo lema uno estaría en principio de acuerdo, pero a las que se resiste a ir porque no quiere ser un instrumento para nadie o porque estar ahí es ser identificado con una parafernalia en la que no se reconoce en absoluto, ya sean banderas con el aguilucho o la enseña de la II República, vociferaciones contra la homosexualidad o camisetas del Che, o esos coros que demuestran la falta de cultura democrática de unos y de otros. O esas peregrinas convocatorias antitodo que mezclan sin complejo alguno churras con merinas, y en las que los gritos contra el cambio climático aparecen asociados a eso que llaman antifascismo, éste a la oposición a los acuerdos de Bolonia y todo salpimentado con los clásicos: OTAN no, bases fuera (eso sí que es actualidad), un genérico no a la guerra –que por lo visto no se aplica a la guerrilla, será que ese diminutivo lo cambia todo– o los gritos a favor de la legalización del cannabis.
Pero en fin. Que la gente se desahogue, que eso es sano. Se descarga adrenalina, se suda, se ventea un poco la ira y después siempre caen unas cervecitas para celebrar el éxito de convocatoria y nos vamos a casa con la conciencia limpia. Y al día siguiente sí que toca, contra la costumbre habitual, mirar los periódicos. A ver si hemos salido en alguna foto, y quedamos para la posteridad en las hemerotecas.

Aquí cabe añadir una reflexión más amplia: en España nos ha gustado esto de la democracia (al menos para los nuestros) porque nos permite todas estas cosas, y nunca se nos caen de la boca nuestros inalienables derechos ciudadanos. Pero parece habérsenos olvidado que todo derecho conlleva un deber, y que lo que lo convierte a uno en un ciudadano activo no es el salir con frecuencia a tapar la calle, sino el saber en primer lugar por qué tapan la calle unos u otros, y qué ha ocurrido antes en los despachos para que eso sea así. Y luego se decide, y uno se suma o no a las convocatorias, y sale o no sale de su casa, o incluso convoca por sí mismo (impensable, ¿eh?) en unión con otra serie de ciudadanos responsables y comprometidos con quien comparta inquietudes o reivindicaciones. Con eso que llaman, y nunca mejor dicho, conocimiento de causa.

Por cierto, y ya que estamos en estas fechas, Feliz Navidad a todos. Les dejo una viñeta festiva a juego con esta entrada.

Democracia virtual

Regreso al fin. Y lo hago cumpliendo con el deber patrio de confirmarles a ustedes lo que todos sospechábamos: el avance de las nuevas tecnologías es ya imparable (sí, como Andalucía, donde hemos perdido la cuenta ya de por qué modernización vamos). En efecto, rudimentarias se antojan ya las antaño novedosas tácticas de convocatorias multitudinarias vía SMS, e incluso los entrañables vídeos de los sectores juveniles (tan dinámicos, ya se sabe) de algunos partidos desprenden olor a naftalina ante lo que se nos viene encima. Los ilusos que quisimos mantener contra viento y marea la esperanza de que todo fuese una moda pasajera no podemos ya sino rendirnos a la evidencia: la innovación se ha puesto definitivamente al servicio de la política. Debería ser al revés, pensarán ustedes. Ya. Como tantas cosas.
No hace mucho que algunos asistíamos atónitos a la ofensiva multimedia de los socialistas, que durante unas semanas parecieron dispuestos a practicar un bombardeo de saturación a base de vídeos, a cual más repleto de brillantes ideas y de profundas reflexionez. No quedó ahí la cosa –que seguramente tampoco había empezado ahí–, y a día de hoy las plataformas tecnológicas de los candidatos han ido cobrando cuerpo. El PP, ni corto ni perezoso, no ha querido quedarse atrás. Incluso Llamazares se nos aparece en algún que otro rincón de la red, aunque –eso sí– siempre de forma algo más original. Siempre más cercano a la calle, diríase.
Dios –o cualquier otro alto poder, en su defecto– me libre de oponerme a los avances y andar preconizando las virtudes del atraso y el terruño, que para eso ya están otros. Pero a nadie se le oculta que la tecnología, como todo, puede utilizarse en defensa de cualquier idea. Desde la más valiosa hasta la más deleznable. Por poder, puede incluso utilizarse en defensa de la nada. Que Internet esté hoy al alcance de cualquiera es, en potencia, un arma al servicio de la sociedad civil. Pero sucede que existe una condición sine qua non para el desarrollo pleno –o incluso parcial– de ese potencial. Exacto, lo adivinaron: la existencia de tal sociedad civil.
No es el caso, evidentemente, de modo que tanto progreso cibernético ha terminado inevitablemente por convertirse en arma predilecta de los partidos. Al fin y al cabo, llega a todo el mundo y –lo que es más– presenta una ventaja nada despreciable: la capacidad de provocar la —democratiquísima— ilusión de que existe una interacción entre la persona de a pie y el partido o candidato, al tiempo que mantiene y promueve la más absoluta pasividad por parte del ciudadano. Lo tiene todo, pues. Y visto lo visto, la tecnología va a estar supeditada al mismo fin al que lo está ya desde hace tiempo la enseñanza: la propagación sistemática de la estupidez y la vacuidad. Ningún otro nombre cabe dar a la estulticia y puerilidad que nos trasmiten los candidatos desde sus páginas oficiales.
Lo de Llamazares, al fin y al cabo, es residual, y dada su nula relevancia en el panorama político puede permitirse –él y nosotros– mayor cantidad –y calidad– de papanatadas que el resto, sin que a los ciudadanos vaya a afectarnos demasiado. Además, está haciendo amigos, que falta que le hace: ya lleva 938, dice MySpace.
Más preocupantes resultan las páginas de Rajoy y Zapatero. Desde el PP se ve que no han sabido –o no han querido, o no se les ha ocurrido siquiera– optimizar la página para exploradores distintos de Internet Explorer. Ay, Marianico, Marianico, que llegas con retraso y aún se te nota: incluso ese diseño pretendidamente moderno pero excesivamente recargado te delata. Para compensar, el candidato nos otorga el privilegio de entrar en su despacho y comprobar con sorpresa que nuestro hombre en Génova es fan de los Beatles, The Police y –atención– Nacha Pop, que le gustan Garci y Amenábar y que entre otras cosas lee, o quiere que creamos que lee, La Democracia en América. Esto último podría salvarlo, si no fuera porque todo en la página lo desmiente. No en vano, el candidato del Partido Popular nos cuenta que él es mucho más campechano de lo que la gente se cree. Igualitarismo a la baja, al fin y al cabo.
Tampoco tiene precio José Luis, cuyo afán por acercarse al votante lo lleva a grados equiparables de ridículo. En una sección titulada Sus gestos, el Presi viene a contarnos lo mucho que quiere a sus fans y cuánto le emocionan los aplausos (el calor de la gente, lo llama él), vuelve a asegurarnos contra toda evidencia que todo se puede decir con una sonrisa y hasta nos obsequia con una foto de sus pies (?). Estos, los de la mirada positiva, sí han creado una página que se puede visualizar con exploradores alternativos (por lo menos con Firefox). Los errores aquí son de otro tipo, y estriban fundamentalmente en la imprudencia de volver a contarnos cosas que ya en su día provocaron reacciones de justa indignación o incredulidad. Sí, ya se sabe: que hablen de ti, aunque sea bien. Pero qué desazón provoca que la política se haya convertido en eso, y que un presidente con la trayectoria de Zapatero pueda seguir permitiéndose el fallo garrafal de acompañar su imagen de un pie de foto en el que nos despeja las dudas: No me canso de negociar, dice. Lo más grave es que resulta difícilmente creíble que pueda deberse a un error de cálculo. En efecto, lo verdaderamente descorazonador es pensar que detrás de esa foto está la convicción de que a semejante filosofía puede sacársele rédito. Electoral.
Alta política. Bienvenidos a España.

Democracia y democrátas

A los españoles se nos llena la boca de democracia, pero últimamente me pregunto cómo es posible que exista tal cosa en un país en el que prácticamente no hay demócratas. Peco de exageración, lo sé, pero aun así he de confesar que la realidad no deja por ello de ser desalentadora y en ocasiones desconcertante. Nuestra clase política es el principal escaparate de esto que describo, y quizá un día como el del miércoles pueda servir de paradigma, con un partido en la oposición que se desmarca sin desmarcarse de la conspiranoia que según dicen ahora nunca han apoyado; un presidente del gobierno que programa para un día con noticia-bomba ya prevista su comparecencia ante el congreso por los socavones de Barcelona; una ministra de fomento incapaz de fomentar nada que no sea el desastre y que sin embargo se niega a dimitir y se pasea por Sevilla por las mismas fechas aproximadas en que descarrila el maravillosamente inútil tranvía de millones de euros que nos ha puesto nuestro alcalde (si no se podía inaugurar el metro habría que inaugurar alguna otra cosa, entiéndanlo).
Pero decía Ortega algo así como que el problema de España no es político, o no lo es únicamente; venía a decir, aunque más elegantemente y con mayor profundidad, algo parecido a aquello de que tenemos lo que nos merecemos. Los políticos serían si acaso un espejo: el problema es el país. Aunque me alejo lo que puedo de la tentación fatalista de creer en un mal específicamente español o de reivindicar el ibérico “Spain is different”, lo cierto es que a veces entran dudas: la calle es un lugar terrible. Resulta que asiste una a un ciclo de conferencias sobre Cuba y esta vez (pero no todas: aún recuerdo a Raúl Rivero) tiene suerte y todo se desarrolla con absoluta normalidad –y puede disfrutar, dicho sea de paso, de interesantísimas reflexiones–, pero en cuanto se abre la mano al diálogo con una mesa redonda empiezan los saltos a la yugular y un comportamiento ligeramente menos cívico y razonable de lo que gustaría en ámbitos académicos. No es que ocurriese nada especialmente grave, pero la Universidad, algunos deberían recordarlo, no es un patio de vecinos. A la salida alguien me comentaba que si ciertamente tenemos una derecha pedestre, no cabía duda de que acabábamos de ver en acción a esa izquierda “asilvestrada” tan nuestra. Y una termina suspirando y sale de allí pensando que está hasta las narices de progres.
Pero regresa a la calle y se topa con un grupo de pequeñuelos imberbes de quince añitos que a las once de la noche y sin mediar provocación alguna deciden de pronto dedicarse a la noble y productiva actividad de agredir verbalmente, insultar a voces y proferir a gritos que quien aquí escribe es una progre (literal). Por la sencilla razón de que… iba en bici. [Como leen. A la velocidad aproximada de un caracol. Sin pedir siquiera el paso a nadie, porque –consciente de que no iba por un carril bici, inexistente en ese lugar en particular– resultaba preferible y más educado limitarse a ir a la misma velocidad de la gente que por allí caminaba. Para no molestar.]
Llevaba bici, así que soy una progre. O iba a unas conferencias sobre el futuro de Cuba, así que lo mismo soy agente de la CIA (¡¿qué es eso de pensar que Cuba tiene futuro?! A quién se le ocurre).
Llegué a casa y encendí la radio: se hablaba de las grandes noticias del día y, como de costumbre, cada cual lanzaba sus platos contra la cabeza del adversario. Tuve un momento de desconsuelo: tal vez los políticos no estén tan alejados de la realidad como tiendo a pensar.

Hasta la bandera

No le perdono a la derecha que se haya adueñado de la idea de España, ni a la izquierda que se lo haya permitido.

Arturo Pérez-Reverte

Ante tanta guerra de banderas, una no puede dejar de preguntarse cuánto tiene realmente de artificial el debate –por más que Zapatero diga que lo es– y cuánto hay de verdades de fondo en lo que dicen unos y otros. Y de verdades a medias, claro. Y de mentiras descaradas.
Para alguien a quien las banderas no le importan demasiado, este tema parece sacado de quicio y de entrada habría que darles la razón a quienes dicen que todo esto es un invento del PP para arremeter contra el gobierno. Una excusa más. Pero ocurre que la reflexión pausada y sin prejuicios lleva a la mente por otros derroteros.
Dejando aparte la afición de cada cual a las banderas, agradecería que alguien me explicase por qué el gobierno de todos los españoles se resigna a dejar que no se cumplan las leyes (me refiero, claro está, a aquella maravillosa intervención de Bermejo) que exigen que la bandera nacional ondee con el resto en todos los ayuntamientos. Se pregunta una también por qué no se ven nunca banderas españolas en manifestaciones izquierdosas, mientras que es de lo más frecuente verlas de la Cuba dictatorial, de la ya extinta URSS –también muy democrática, como todos sabemos– o de aquel régimen que se implantó en el solar patrio y que, buenas voluntades aparte, tuvo el dudoso buen gusto de ser patrimonializado por los primeros que en él ocuparon el poder –de algunos de los cuales, por cierto, también cabría dudar en lo que respectaba a su talante democrático–. Si es tan habitual que se porten todas estas enseñas en actos reivindicativos, determinada izquierda tendrá que dejar de alegar que es que no le gusta todo lo que implican las banderas. Habrá que pensar que lo que no le gusta es lo que implica la bandera española.
Y entonces volvemos a lo de siempre. El argumento peregrino de que es que “esa es la bandera de Franco” descalifica de entrada a quien lo usa, porque semejante incapacidad de abstracción –sí, son los mismos colores: ¿y qué?– ante lo que no es más que un trozo de tela no dice demasiado en favor de nadie. Connotaciones sentimentales aparte –que las hay y son todo lo legítimas que es cualquier sentimiento, pero que no deberían estar en la base de actitudes políticas–, lo cierto es que la bandera constitucional representa al país y al conjunto de sus ciudadanos. Que optemos por no llevarla me parece muy respetable: de hecho, a mí difícilmente se me verá con una, porque no soy de las que andan reivindicando lo obvio. Salvo que un día me canse, claro. O que un día lo obvio deje de parecer tan obvio, como parece que ocurre en determinados círculos. Porque igual de respetable debería ser la opción de portar la bandera nacional; desde luego, lo que no se entiende es que en sí misma la enseña constituya un síntoma de ultraderechismo o de quién sabe qué terribles dolencias psíquicas, siempre según la misma gente que opina que son maravillosas algunas de las otras telas de colores ya mencionadas, a las que cabría sumar las ya cansinas senyera e ikurrina. (Nótese que mantengo la grafía de los idiomas respectivos, no vaya a ser que me acusen de fascista intransigente.)
La derecha se ha adueñado de la bandera, se dice. No deja de ser cierto, como lo es que Rajoy y sus compañeros de partido están aprovechando el tema para tener un reproche más que hacerle al gobierno. Pero he dicho que están aprovechando el tema, no que lo estén creando. Porque si es cierto lo anterior, no lo es menos que cierta izquierda parece tenerle alergia a la palabra España y a sus símbolos constitucionales, y que a juzgar no ya por la existencia o no de grandes gestos patrióticos (que son lo de menos), sino directamente por algunas de sus políticas concretas, el Partido Socialista Obrero Español quizá sea de todo menos Español (también es de risa aquello de que es Socialista y Obrero, pero bueno). O que al menos esto cabe opinar de quienes ahora mismo lo representan (sí, dicho sea de paso: creo que hay otro PSOE; lo que no sé es dónde está escondido). ¿Hasta qué punto es lícito quejarse de que la derecha ha patrimonializado los símbolos nacionales, si la izquierda los ha despreciado?
Lo malo es que la cosa no se queda en los símbolos. Los símbolos, al fin y al cabo, son lo de menos. Y conste –tal como andan las cosas, hay que dejar estas cosas claras– que cuando hablo de España no me refiero a ese ente trascendental que una gran parte de la derecha identifica con el nombre (como una gran parte de la izquierda identifica otras banderas con otras nociones trascendentales: no tiene más sentido una cosa que la otra, ni es menos dañina). Cuando hablo de España me refiero a la nación de ciudadanos. Aquel invento de la Revolución Francesa. Aquello que en un pasado ni siquiera tan lejano era tan de izquierdas.
Qué tiempos aquellos.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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