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Conocimiento de causa

Comenta Javier Marías una estadística que revela que los habitantes de este país son los que menos se interesan por la política en Europa, pero, al mismo tiempo, los más dados a salir a la calle a manifestarse… por cuestiones en teoría políticas. Curiosa paradoja, o tal vez no sea ni tan curioso ni tan paradójico, al menos teniendo en cuenta que las manifestaciones españolas suelen ser movilizaciones orquestradas por los principales partidos o grupos de interés afines a los mismos, más que protestas coherentes y sensatas organizadas por una sociedad civil activa y fuerte, cosa que bien sabemos que no tenemos. La otra modalidad de manifestación es la manifa antisistema, a menudo tan divertida, si se mira con cierto distanciamiento, con ese batiburrillo de lemas, consignas, eslóganes y simbología que tiende a presentar. También en ésta es decisiva la acción de partidos y sindicatos, aunque a menudo sean minoritarios o sencillamente absurdos, como esa ridícula incongruencia que es, desde su mismo nombre, el Sindicato de Estudiantes.
El caso es que, con alguna honrosa excepción, desinformación y movilización suelen ir de la mano, más que nada porque lo que en este país llamamos movilizarse suele ser más bien traducible por ser movilizado, o utilizado o instrumentalizado, en beneficio de unos u otros. Sin ánimo de generalizar (las excepciones no son pocas, pero las cosas como son: tampoco son lo más habitual), no es infrecuente que la gente que más prensa lee y más informada se mantiene sea la más escéptica ante cualquier convocatoria de manifestación, mientras que la gente que sólo coge un periódico para resolver los sudokus y reírse con las viñetas es a menudo la primera en acudir a la mani de esta tarde (de los suyos, que serán unos u otros según la persona) a corear eslóganes facilones y superficiales. Cierto es que los eslóganes son simples y simplificadores por naturaleza, y que resulta difícilmente evitable que lo que se corea en una manifestación no lo sea, por las características mismas del acto; lo que pasa es que no es lo mismo corear un eslogan a sabiendas de que es facilón y con el respaldo de una convicción íntima basada en un amplio conjunto de lecturas, informaciones y reflexiones previas, que gritar sin más eslóganes que suenan bonitos y le dan caña al enemigo (hablamos de “culturas políticas” más propensas a identificar enemigos que simples adversarios, desgraciadamente, y así nos va).
Y así, tenemos lo que nos merecemos. Manifestaciones con cuyo lema uno estaría en principio de acuerdo, pero a las que se resiste a ir porque no quiere ser un instrumento para nadie o porque estar ahí es ser identificado con una parafernalia en la que no se reconoce en absoluto, ya sean banderas con el aguilucho o la enseña de la II República, vociferaciones contra la homosexualidad o camisetas del Che, o esos coros que demuestran la falta de cultura democrática de unos y de otros. O esas peregrinas convocatorias antitodo que mezclan sin complejo alguno churras con merinas, y en las que los gritos contra el cambio climático aparecen asociados a eso que llaman antifascismo, éste a la oposición a los acuerdos de Bolonia y todo salpimentado con los clásicos: OTAN no, bases fuera (eso sí que es actualidad), un genérico no a la guerra –que por lo visto no se aplica a la guerrilla, será que ese diminutivo lo cambia todo– o los gritos a favor de la legalización del cannabis.
Pero en fin. Que la gente se desahogue, que eso es sano. Se descarga adrenalina, se suda, se ventea un poco la ira y después siempre caen unas cervecitas para celebrar el éxito de convocatoria y nos vamos a casa con la conciencia limpia. Y al día siguiente sí que toca, contra la costumbre habitual, mirar los periódicos. A ver si hemos salido en alguna foto, y quedamos para la posteridad en las hemerotecas.

Aquí cabe añadir una reflexión más amplia: en España nos ha gustado esto de la democracia (al menos para los nuestros) porque nos permite todas estas cosas, y nunca se nos caen de la boca nuestros inalienables derechos ciudadanos. Pero parece habérsenos olvidado que todo derecho conlleva un deber, y que lo que lo convierte a uno en un ciudadano activo no es el salir con frecuencia a tapar la calle, sino el saber en primer lugar por qué tapan la calle unos u otros, y qué ha ocurrido antes en los despachos para que eso sea así. Y luego se decide, y uno se suma o no a las convocatorias, y sale o no sale de su casa, o incluso convoca por sí mismo (impensable, ¿eh?) en unión con otra serie de ciudadanos responsables y comprometidos con quien comparta inquietudes o reivindicaciones. Con eso que llaman, y nunca mejor dicho, conocimiento de causa.

Por cierto, y ya que estamos en estas fechas, Feliz Navidad a todos. Les dejo una viñeta festiva a juego con esta entrada.

El fascista de Aznar

Las dificultades de definición del fascismo derivan, entre otras cosas, de su propia falta de coherencia interna: el fascismo no es una ideología monolítica y comprehensiva a la manera del marxismo, ni ofrece como hace éste una interpretación completa y concordante (más con sus propios postulados que con la realidad histórica en el caso de Marx, pero ésa es otra cuestión) del mundo, de la Historia y del progreso. Tampoco tiene un programa del todo definido, o al menos resulta difícil extraer los rasgos comunes de los diversos fenómenos que han sido calificados de fascistas; aquí, por cierto, cabe un criterio restrictivo o uno más lato, pero desde luego lo que no cabe es andar calificando de fascista a toda la derecha habida y por haber. Por otra parte, estamos ante ideologías cuyo principio fundamental es la negación: el fascismo es ante todo anti. Anticapitalista, antiliberal, anticomunista. También es ante todo praxis, y está poco respaldado por un corpus teórico previo y propio (esto no quiere decir que no tuviera ideólogos, pero creo que no llegó nunca a elaboraciones con una argumentación filosófica comparable siquiera a la del marxismo –no siendo en absoluto equivalentes, por cierto, complejidad filosófica y bondad intrínseca–).
Dicho esto, es comprensible que los intentos que se han hecho de definir el fascismo correspondan más bien a “listados” de características que se le pueden atribuir. Entre los trabajos más importantes realizados en este ámbito estarían los ya clásicos de Stanley Payne, en particular su obra de 1980 Fascism: Comparison and Definition, aunque obviamente sobre este tema se ha seguido escribiendo, teorizando e interpretando, y el debate historiográfico no parece que se vaya a cerrar nunca del todo. Lo que tampoco parece, no obstante, es que las aportaciones de Payne vayan a perder su valor. Payne elabora una lista (de hecho, un cuadro) en la que establece una descripción tipológica del fascismo. Me parece que puede constituir un interesante objeto de reflexión este listado, a la vista tanto de algunas noticias recientes como –y esto es quizá más importante porque lo tenemos en casita– de ciertas acusaciones que oímos habitualmente en labios de una izquierda autoproclamada que no se sabe muy bien cuán alejada está del propio Chávez.
Tomemos a Payne y juguemos sencillamente a un divertido juego. El deporte es sano, ¿no? Pues venga: Aznar vs. Chávez. Suena el silbato:

A. Las negaciones fascistas:

– Antiliberalismo: Chávez 1 – 0 Aznar

– Anticomunismo: Chávez 1 – 1 Aznar

– Anticonservadurismo: Chávez 2 – 1 Aznar

B. Ideología y Objetivos:

– Creación de un nuevo Estado nacionalista autoritario, no basado únicamente en principios ni modelos tradicionales: Chávez 3 – 1 Aznar

Aclaro los motivos de esta puntuación: el fascista de Aznar, dejando aparte sus errores y las “actitudes” políticas de las que se puede discrepar, no subvirtió nunca el orden constitucional español, ni se colocó por encima de la lógica y la matemática parlamentaria, ni protagonizó un intento de golpe de Estado. Chávez no sé cuántas reformas constitucionales lleva ya, y su tendencia a perpetuarse en el poder es notoria. El fascista de Aznar limitó sus mandatos a ocho años. Y lo cumplió.

– Organización de algún tipo nuevo de estructura económica nacional integrada, regulada y pluriclasicista, se llamara nacionalcorporativa, nacionalsocialista o nacionalsindicalista: Chávez 4 – 1 Aznar

Ninguno de los dos encaja del todo aquí, pero creo que es obvio que la intensa regulación económica de Chávez lo hace mucho más (aunque no sea pluriclasicista) que el liberalismo económico del aznarato. Le otorgo el punto, pues.

– El objetivo del imperio o de un cambio radical en la relación de la nación con otras potencias. Chávez 5 – 2 Aznar

Las puntuaciones concedidas (un punto para cada) no se atienen del todo a mis propias opiniones al respecto, pero las dejo así en atención a quienes dicen (olvidando la política del propio Felipe González –OTAN de entrada no–) que el alineamiento con Estados Unidos y la postura proatlántica en general rompía con los tradicionales postulados de las relaciones exteriores de España. Esto es sumamente discutible, pero aceptemos barco. En cuanto a Chávez, su voluntad manifiesta de ser líder de un cambio regional y sus notorias excentricidades (por así llamarlas) en política exterior creo que le hacen acreedor sin duda de este bien merecido punto.

– Defensa específica de un credo idealista y voluntarista, que normalmente implicaba una tentativa de realizar una nueva forma de cultura secular, moderna y autodeterminada: Chávez 6 – 2 Aznar

Jugamos de nuevo al “a ver quién se parece más”. Chávez no creo que sea idealista, pero abusa constantemente de la cuestión de la cultura del subcontinente latinoamericano y de su independencia –léase autodeterminación, ¿no?– respecto a los malvados imperialistas; también habla de un “socialismo del siglo XXI” que tiene mucho de esta retórica de lo nuevo, de un cierto renacer.

C. Estilo y organización:

– Importancia de la estructura estética de los mítines, los símbolos y la coreografía política, con insistencia en los aspectos románticos o místicos: Chávez 7 – 2 Aznar

¿Les suenan esas camisetas rojas? ¿Ese tono exaltado?

– Tentativa de movilización de las masas, con militarización de las relaciones y el estilo políticos y con el objetivo de una milicia de masas del partido: Chávez 8 – 2 Aznar (creo que no harán falta explicaciones).

– Evaluación positiva y uso de la violencia, o disposición al uso de ésta: Chávez 9 – 3 Aznar

Aquí vuelvo a hacer una concesión; creo que hay cosas que son cualitativamente distintas, pero sin ánimo de entrar en largas disquisiciones al respecto concederé que ambos líderes han estado más que dispuestos al uso de la violencia. (Por otra parte, ¿qué Estado no lo está? Aquí es donde entraríamos en las diferencias cualitativas, pero eso para otro día.)

– Extrema insistencia en el principio masculino y la dominación masculina, al mismo tiempo que se defendía la visión orgánica de la sociedad: dejemos el marcador sin cambios.

Podría defenderse, puestos a defender, que ambos son machistas, o que no lo es ninguno. A falta de políticas concretas –que se me ocurran de entrada– que respalden un argumento u otro, y a pesar de que a mí me parece claramente que Chávez va de macho, los dejo a los dos sin puntos. Todo sea por la concordia.

– Exaltación de la juventud sobre las otras fases de la vida, con hincapié en el conflicto entre generaciones, por lo menos al efectuar la transformación política inicial: de nuevo sin cambios (aunque tal vez me falten datos), pero creo que el culto a la juventud es lamentablemente algo bastante extendido por todo el mundo hoy día. Como si la juventud fuera un valor en sí mismo. En esto caemos quizá todos, aunque no a la manera de los fascismos.

-Tendencia específica a un estilo de mando personal, autoritario y carismático, tanto si al principio el mando es en cierta medida electivo como si no lo es: Chávez 10 – 3 Aznar

Goleada de Chávez, pues. En fin, entenderán ustedes que no pretendo que se tome esto demasiado en serio, y que en buena medida no es más que un juego, una salida tal vez simpática y facilona. Pero creo que el listado de Payne, pese a que yo lo haya masacrado, da mucho que pensar. Creo también, y esto es clave, que Chávez no es un fascista: a estas alturas, tiene una demasiado claro que el término no debe aplicarse a la ligera, pero ése precisamente es el problema de lo que está haciendo Huguito. Que no es fascista, repito, pero que desde luego se acerca más a la definición de fascismo que nuestro denostado y doméstico Aznar. Tampoco hace falta acusar a Chávez –erróneamente– de fascista: argumentos contra él hay de sobra. Algunos dirán que también contra Aznar; yo creo que sí, que los hay. Pero también creo que no son tantos, o no tan buenos. Chávez lo está demostrando a diario, pero más que sus diatribas reitero que me preocupan los iluminados líderes de una izquierda española (pero plurinacional, ¿eh?) que según parece no ha abierto en su vida un libro de Historia. Quizá sí hayan devorado muchos de memoria histórica, claro. Pero convendrán conmigo en que eso… Eso es otra cosa.

Democracia y democrátas

A los españoles se nos llena la boca de democracia, pero últimamente me pregunto cómo es posible que exista tal cosa en un país en el que prácticamente no hay demócratas. Peco de exageración, lo sé, pero aun así he de confesar que la realidad no deja por ello de ser desalentadora y en ocasiones desconcertante. Nuestra clase política es el principal escaparate de esto que describo, y quizá un día como el del miércoles pueda servir de paradigma, con un partido en la oposición que se desmarca sin desmarcarse de la conspiranoia que según dicen ahora nunca han apoyado; un presidente del gobierno que programa para un día con noticia-bomba ya prevista su comparecencia ante el congreso por los socavones de Barcelona; una ministra de fomento incapaz de fomentar nada que no sea el desastre y que sin embargo se niega a dimitir y se pasea por Sevilla por las mismas fechas aproximadas en que descarrila el maravillosamente inútil tranvía de millones de euros que nos ha puesto nuestro alcalde (si no se podía inaugurar el metro habría que inaugurar alguna otra cosa, entiéndanlo).
Pero decía Ortega algo así como que el problema de España no es político, o no lo es únicamente; venía a decir, aunque más elegantemente y con mayor profundidad, algo parecido a aquello de que tenemos lo que nos merecemos. Los políticos serían si acaso un espejo: el problema es el país. Aunque me alejo lo que puedo de la tentación fatalista de creer en un mal específicamente español o de reivindicar el ibérico “Spain is different”, lo cierto es que a veces entran dudas: la calle es un lugar terrible. Resulta que asiste una a un ciclo de conferencias sobre Cuba y esta vez (pero no todas: aún recuerdo a Raúl Rivero) tiene suerte y todo se desarrolla con absoluta normalidad –y puede disfrutar, dicho sea de paso, de interesantísimas reflexiones–, pero en cuanto se abre la mano al diálogo con una mesa redonda empiezan los saltos a la yugular y un comportamiento ligeramente menos cívico y razonable de lo que gustaría en ámbitos académicos. No es que ocurriese nada especialmente grave, pero la Universidad, algunos deberían recordarlo, no es un patio de vecinos. A la salida alguien me comentaba que si ciertamente tenemos una derecha pedestre, no cabía duda de que acabábamos de ver en acción a esa izquierda “asilvestrada” tan nuestra. Y una termina suspirando y sale de allí pensando que está hasta las narices de progres.
Pero regresa a la calle y se topa con un grupo de pequeñuelos imberbes de quince añitos que a las once de la noche y sin mediar provocación alguna deciden de pronto dedicarse a la noble y productiva actividad de agredir verbalmente, insultar a voces y proferir a gritos que quien aquí escribe es una progre (literal). Por la sencilla razón de que… iba en bici. [Como leen. A la velocidad aproximada de un caracol. Sin pedir siquiera el paso a nadie, porque –consciente de que no iba por un carril bici, inexistente en ese lugar en particular– resultaba preferible y más educado limitarse a ir a la misma velocidad de la gente que por allí caminaba. Para no molestar.]
Llevaba bici, así que soy una progre. O iba a unas conferencias sobre el futuro de Cuba, así que lo mismo soy agente de la CIA (¡¿qué es eso de pensar que Cuba tiene futuro?! A quién se le ocurre).
Llegué a casa y encendí la radio: se hablaba de las grandes noticias del día y, como de costumbre, cada cual lanzaba sus platos contra la cabeza del adversario. Tuve un momento de desconsuelo: tal vez los políticos no estén tan alejados de la realidad como tiendo a pensar.

Hasta la bandera

No le perdono a la derecha que se haya adueñado de la idea de España, ni a la izquierda que se lo haya permitido.

Arturo Pérez-Reverte

Ante tanta guerra de banderas, una no puede dejar de preguntarse cuánto tiene realmente de artificial el debate –por más que Zapatero diga que lo es– y cuánto hay de verdades de fondo en lo que dicen unos y otros. Y de verdades a medias, claro. Y de mentiras descaradas.
Para alguien a quien las banderas no le importan demasiado, este tema parece sacado de quicio y de entrada habría que darles la razón a quienes dicen que todo esto es un invento del PP para arremeter contra el gobierno. Una excusa más. Pero ocurre que la reflexión pausada y sin prejuicios lleva a la mente por otros derroteros.
Dejando aparte la afición de cada cual a las banderas, agradecería que alguien me explicase por qué el gobierno de todos los españoles se resigna a dejar que no se cumplan las leyes (me refiero, claro está, a aquella maravillosa intervención de Bermejo) que exigen que la bandera nacional ondee con el resto en todos los ayuntamientos. Se pregunta una también por qué no se ven nunca banderas españolas en manifestaciones izquierdosas, mientras que es de lo más frecuente verlas de la Cuba dictatorial, de la ya extinta URSS –también muy democrática, como todos sabemos– o de aquel régimen que se implantó en el solar patrio y que, buenas voluntades aparte, tuvo el dudoso buen gusto de ser patrimonializado por los primeros que en él ocuparon el poder –de algunos de los cuales, por cierto, también cabría dudar en lo que respectaba a su talante democrático–. Si es tan habitual que se porten todas estas enseñas en actos reivindicativos, determinada izquierda tendrá que dejar de alegar que es que no le gusta todo lo que implican las banderas. Habrá que pensar que lo que no le gusta es lo que implica la bandera española.
Y entonces volvemos a lo de siempre. El argumento peregrino de que es que “esa es la bandera de Franco” descalifica de entrada a quien lo usa, porque semejante incapacidad de abstracción –sí, son los mismos colores: ¿y qué?– ante lo que no es más que un trozo de tela no dice demasiado en favor de nadie. Connotaciones sentimentales aparte –que las hay y son todo lo legítimas que es cualquier sentimiento, pero que no deberían estar en la base de actitudes políticas–, lo cierto es que la bandera constitucional representa al país y al conjunto de sus ciudadanos. Que optemos por no llevarla me parece muy respetable: de hecho, a mí difícilmente se me verá con una, porque no soy de las que andan reivindicando lo obvio. Salvo que un día me canse, claro. O que un día lo obvio deje de parecer tan obvio, como parece que ocurre en determinados círculos. Porque igual de respetable debería ser la opción de portar la bandera nacional; desde luego, lo que no se entiende es que en sí misma la enseña constituya un síntoma de ultraderechismo o de quién sabe qué terribles dolencias psíquicas, siempre según la misma gente que opina que son maravillosas algunas de las otras telas de colores ya mencionadas, a las que cabría sumar las ya cansinas senyera e ikurrina. (Nótese que mantengo la grafía de los idiomas respectivos, no vaya a ser que me acusen de fascista intransigente.)
La derecha se ha adueñado de la bandera, se dice. No deja de ser cierto, como lo es que Rajoy y sus compañeros de partido están aprovechando el tema para tener un reproche más que hacerle al gobierno. Pero he dicho que están aprovechando el tema, no que lo estén creando. Porque si es cierto lo anterior, no lo es menos que cierta izquierda parece tenerle alergia a la palabra España y a sus símbolos constitucionales, y que a juzgar no ya por la existencia o no de grandes gestos patrióticos (que son lo de menos), sino directamente por algunas de sus políticas concretas, el Partido Socialista Obrero Español quizá sea de todo menos Español (también es de risa aquello de que es Socialista y Obrero, pero bueno). O que al menos esto cabe opinar de quienes ahora mismo lo representan (sí, dicho sea de paso: creo que hay otro PSOE; lo que no sé es dónde está escondido). ¿Hasta qué punto es lícito quejarse de que la derecha ha patrimonializado los símbolos nacionales, si la izquierda los ha despreciado?
Lo malo es que la cosa no se queda en los símbolos. Los símbolos, al fin y al cabo, son lo de menos. Y conste –tal como andan las cosas, hay que dejar estas cosas claras– que cuando hablo de España no me refiero a ese ente trascendental que una gran parte de la derecha identifica con el nombre (como una gran parte de la izquierda identifica otras banderas con otras nociones trascendentales: no tiene más sentido una cosa que la otra, ni es menos dañina). Cuando hablo de España me refiero a la nación de ciudadanos. Aquel invento de la Revolución Francesa. Aquello que en un pasado ni siquiera tan lejano era tan de izquierdas.
Qué tiempos aquellos.

Iba a hablar de otra cosa

Izquierda y derecha. Sigue habiendo quien lagrimea, se exalta o se emociona ante estas palabras, quien cree que en sí mismas son portadoras de valores universales que, en la mayoría de los casos, llevan implícitas la superioridad o inferioridad moral de unos u otros. Sigue existiendo, tal vez predominando, la tendencia a deslegimitar a las personas acusándolas de rojas o de fachas, en muchos casos sin tener más que una noción vaga y distorsionada de lo que fueron -¿son?- el comunismo y el fascismo. La ignorancia facilita que se utilicen con tanta ligereza los términos.
Pero más allá del insulto, e incluso en los ámbitos menos sospechosos de incultura, siguen siendo palabras mágicas, el abracadabra de la política, la adscripción definitiva. En el caso de los rojos, para algunos basta declararse de izquierdas para serlo; otros exigen que se acredite la buena conducta antes de obtener el marchamo de calidad izquierdista (siendo ellos por lo general quienes lo expiden). En unos y en otros, la moderación frecuentemente es acogida como tibieza, el escepticismo como cinismo. Lo que parece que nadie se plantea es de qué izquierda y de qué derecha hablamos. Qué esconden –si es que esconden algo– estos cartelitos identificativos, sean impuestos desde fuera o autoasignados.
En realidad, aunque resulten obsoletas, las etiquetas sí siguen teniendo una función, derivada precisamente de la eficacia de las connotaciones que encierran: la movilización y captación de lo que podríamos llamar el voto ideológico, que en ocasiones se solapa con el voto útil pero que no necesariamente confluye con éste en todos los casos. Cuando hablo de voto ideológico, o ideologizado, me refiero al voto que se rige por el principio de la etiqueta. No se puede votar a la derecha, cualquier cosa con tal de que no salgan estos rojos. En un sentido o en el otro, recuerda demasiado al cuento de Pedro y el lobo. Alguien me comentaba el otro día que en el fondo eso es un residuo de franquismo sociológico; habría que indagar en esa teoría, pero como ni la expresión ni la idea son mías me limitaré a dejarlo caer.
Imagino que debe haber estudios sobre la capacidad de las palabras para despertar sentimientos, hacer bullir la sangre, acelerar el corazón o intensificar la actividad de los lacrimales. Está extendida hoy día la crítica y la ridiculación de aquella exaltación –por poner un ejemplo– del Volk alemán por parte de los nazis y de sus antecesores nacionalistas románticos (cómo me recuerda esto a otras cosas, por cierto; pero eso lo dejamos para otro día). Es lógica la crítica –no tanto la ridiculización–, dado que desde la razón y el sentido común resulta difícil asumir, por más que conozcamos los mecanismos psicológicos, el poder hipnótico de términos como pueblo, voluntad o raza. Lo que no deja de sorprender es que muchos de los que critican a quienes se dejaron –¿dejan?– manipular por aquellas palabras siguen siendo esclavos, en su percepción e interpretación de la realidad, del uso interesado que ahora se hace de dos términos hoy día tan carentes de sentido –en la escena política del mundo occidental– como derecha e izquierda. Quienes no pueden o no quieren entender que resulte compatible elegir a Sarkozy antes que a Zapatero, a Rosa Aguilar antes que a Javier Arenas, a Gallardón antes que a Maragall, a Ibarra antes que a Rajoy y a Josep Piqué antes que a Carod Rovira. Quienes se echan las manos a la cabeza por la hegemonía del Partido Popular en Madrid pero aceptan con absoluta complacencia que en Andasulía tengamos partido único.
Como leí en un artículo de Don Alfonso Lazo:

“Olvidemos de una vez abstractas etiquetas partidarias y miremos las personas, que nada tienen de abstractas y pueden ser medidas y pesadas. Indaguemos si llevan consigo alguna moral, ya sea laica o religiosa; si poseen principios que no piensan romper; si hacen trampas en el juego y están dispuestos a ganar la partida ‘como sea’.”

Es un insulto a la inteligencia del ciudadano que los partidos piensen que basta con “definirse ideológicamente” para tener ganados de entrada unos cuantos millones de votos, o con “definir ideológicamente” al adversario para hacérselos perder. Lo peor es que el insulto sale de nosotros mismos, y a nosotros vuelve como un bumerán.

Yo me había propuesto hablar de esa cuadratura del círculo que van a tener que ser los presupuestos del Estado dadas las maravillosas innovaciones a las que han dado lugar las reformas estatutarias de la presente legislatura. Ustedes sabrán entender cómo he acabado desviándome del tema y en estos derroteros. Dudo que sea casualidad. ¿Cómo era aquello de la igualdad, señor Zapatero?


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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