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Dos versiones de la Raza

Raza (1942), aquella película de Sáenz de Heredia producida con apoyo del Estado franquista y basada en un libro que el propio Franco había escribo bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, es sin duda uno de los documentos históricos más interesantes y curiosos que nos ha dejado el Franquismo. En más de un sentido, es también uno de los más divertidos, aunque sólo sea por lo burdo de las técnicas propagandísticas, bastante menos refinadas que las de ahora (o que algunas de las de ahora, porque ciertos vídeos de esos que circulan por Internet no está muy claro si estarían a su altura).

Quien más y quien menos sabe de la existencia de la que fue “la peli de Franco”; lo que parece ser menos conocido es el hecho de que existieron dos versiones de la misma. En efecto, uno de los ejercicios más reveladores que se pueden realizar en el análisis de Raza –que es tanto como decir del régimen al que pretendía legitimar– es la comparación con su segunda versión. Espíritu de una raza, estrenada en 1950, no contiene respecto a la película original grandes cambios; a primera vista, de hecho, las modificaciones son casi imperceptibles. Sin embargo, existen, y aunque sean pequeñas son altamente significativas.

Oficialmente, según las explicaciones de Sáenz de Heredia, el cambio de título se hizo a petición de los empresarios argentinos encargados de su distribución en este país en 1950; la película fue enviada a Argentina con el nombre modificado y, a su vuelta a España, se puso en marcha un reestreno en el que se hacía uso del nuevo título y se introducían una serie de mutilaciones:

Se reestrenó, efectivamente, con ese título, que no me parece adecuado, ni tampoco las mutilaciones que a la película se le hicieron. Pero claro, eran para servir…, eran otros momentos.

Efectivamente, eran otros momentos. La nueva versión, impulsada no se sabe bien por quién, corrió a cargo de NO-DO, el nuevo organismo responsable de la propaganda cinematográfica del franquismo. Las escenas que se eliminaron fueron cortadas en las salas de montaje de este organismo, mientras que los cambios en los diálogos se disimularon haciendo un doblaje íntegramente nuevo para que no se notaran las diferencias en las voces. A los actores de 1941 no se les pidió su participación en este doblaje, que fue realizado por el equipo de dobladores de la Metro Goldwyn Mayer en Barcelona. Según el testimonio del hijo de José Nieto, a los actores se les diría más tarde que Franco nunca había estado satisfecho con la versión anterior.

A partir de 1950 no se exhibiría ninguna copia de la versión primera; es posible que el negativo original, que no ha sido localizado hasta el momento, se destruyese. Sin embargo, en 1993 la Filmoteca Española localizó una copia de nitrato de Raza, procedente de un cine ambulante. Se encontraba en muy mal estado, pero fue suficiente para comprobar la importancia de los cambios entre la película original y Espíritu de una raza. Se inició entonces la búsqueda en otros países, y en 1995 se localizó en la Filmoteca de Berlín, procedente de archivos de la UFA (Universum Film AG) que habían permanecido en la antigua RDA, el negativo íntegro de Raza.

Comprender las modificaciones que se realizaron requiere atender a los cambios en la situación internacional que se habían sucedido entre el estreno de Raza en 1942 y la segunda versión de ésta en 1950. No en vano, el estreno original tuvo lugar en un momento en el que tanto Franco como sus consejeros creían segura la victoria del Eje; con el desenlace final del conflicto –e incluso antes de este– las circunstancias cambiaron, y Franco se transmutaría entonces en el más firme aliado de Occidente contra el comunismo.

Pese al maquillaje, las democracias internacionales someterían al régimen a aislamiento en un principio, por más que quepa preguntarse hasta qué punto esa actitud se llevó hasta sus últimas consecuencias La no inclusión en Naciones Unidas, la retirada de embajadores y, más tarde, la imposibilidad de acceder al Plan Marshall, dejaban al país en una situación que exigía la puesta en marcha de una nueva escenografía. Las manifestaciones de adhesión en la plaza de Oriente ante el aislamiento diplomático, la Ley de Sucesión e, incluso, el ofrecimiento de una división de soldados que Franco hizo a los Estados Unidos para luchar en Corea se enmarcan en esta reinterpretación del régimen, para el que tan providencial resultó la Guerra Fría. Los años cincuenta se inician con un acercamiento cada vez más claro del coloso americano a la España franquista. Ya a finales de los cuarenta había habido claras señales de que las relaciones mejoraban (la visita de una misión militar estadounidense, el préstamo de veinticinco millones de dólares, y el fondeamiento de la flota de los Estados Unidos en El Ferrol); y precisamente a partir de 1950, año en que se estrena Espíritu de una raza, la ONU levanta la condena al régimen y empieza a producirse su ingreso paulatino en organismos internacionales (la FAO ese mismo año, la OMS en 1951, la UNESCO en 1952), que culminaría con la entrada como miembro de pleno derecho de Naciones Unidas en 1955.

En en este marco en el que hay que inscribir los cambios que se realizaron en la segunda versión de Raza. Una de las primeras tareas consistió, obviamente, en eliminar o mitigar sus contenidos fascistizantes, presentes sobre todo en las referencias a Falange. Según Román Gubern, el mismo cambio del título a Espíritu de una raza sirve ya para atenuar las connotaciones fascistas, al introducir un término de origen religioso. Podría ser, pero, en cualquier caso, hay cambios mucho más palpables en este sentido. Sin ir más lejos, en los títulos de crédito de Espíritu de una raza, el espectador se encuentra con que estos se han eliminado en su mayor parte. Según Ferrán Alberich, este cambio se hizo con el fin exclusivo de introducir el nuevo rótulo explicativo: hubo que acortar los títulos de crédito porque la duración de los mismos venía limitada por la duración de la música. Sin embargo, esta explicación se desmiente sola, puesto que en esta segunda versión la banda sonora ya no es la misma: han desaparecido las notas del Cara al Sol que se oían al iniciarse los títulos de crédito de la primera versión.

No es ésta la única referencia falangista que se elimina: brillan por su ausencia los saludos fascistas y los gritos de ¡Arriba España!. Asimismo, se elimina la escena en la que dos soldados cantan en la trinchera una jota dedicada a la Falange –véase el vídeo–, y los planos de archivo de aviones bombardeando Bilbao. En el desfile final, desaparecen los planos del retrato de José Antonio y de los obreros colocando la imagen de Franco en las calles de Madrid tras la entrada de los nacionales.

Lo que antes era fascista ahora es firmemente anticomunista: el general comunista que acusaba a Pedro Churruca –el antagonista de la película– de traición ya no le recrimina el no ser un auténtico antifascista sino un auténtico comunista. Este cambio en particular es la síntesis de todos los restantes: así, el bando nacional ya no es fascista y el gran enemigo, a su vez, queda reducido al comunismo.

La insistencia anticomunista es, de hecho, muchísimo más evidente en esta nueva versión. El rótulo nuevo que se le coloca a Espíritu de una raza reza así:

La historia que vais a presenciar no es un producto de la imaginación. Es historia pura, veraz y casi universal, que puede vivir cualquier pueblo que no se resigne a perecer en las catástrofes que el comunismo provoca.

Esto sirve, en la reescritura de la Historia que acompaña al lavado de cara de régimen, para presentar la guerra civil, en el contexto de la Guerra Fría, como el primer combate contra el comunismo, haciendo aparecer al Franquismo como precursor o visionario de la lucha de la posguerra.

En esta línea, hay también algunos cambios menos perceptibles pero no menos significativos. En el juicio de José, lo que en Raza era una acción vil y antiespañola se designará con el nombre mucho más politizado de revolución española, que remite claramente al comunismo. Asimismo, en su discurso final, Pedro Churruca ya no habla de materialistas sordos u hombres huecos, sino de comunistas bárbaros y ateos.

La cosa no queda ahí, puesto que para acercarse del todo a los fines perseguidos era necesario eliminar a su vez a otros enemigos: los que ahora se quería que fueran amigos. Se echan en falta, por tanto, las alusiones a la masonería en las escenas referentes a la Guerra de Cuba. Y por supuesto, ha desaparecido el papel que desempeñaban los Estados Unidos como potencia extranjera instigadora de la pérdida colonial.

Si no la han visto, no se la pierdan. Y si pueden comparar, mejor aún.

Política exterior, economía y Realpolitik. Franco y los aliados

Hoy toca un poquito de Historia…

Nos guste más o menos, es obvia la estrecha relación existente entre economía y relaciones internacionales. Aun huyendo de reduccionismos marxistas que atribuyan todo el devenir histórico a las estructuras económicas, no hay duda de que estas juegan un papel fundamental en la política exterior de los Estados y, en un sentido más amplio, en la actividad política en general. Gabriel Tortella sostiene que la economía no es ningún deus ex machina, y trabaja con la tesis de que la esfera política tiene su propia dinámica, que en el corto plazo resulta decisiva, mientras que los cambios políticos profundos vienen determinados por la evolución económica. Se suscriba o no esta teoría, interesa resaltar que en cualquier caso la relación entre ambos campos es innegable. Por otra parte, esto no deja de ser evidente habida cuenta de que la división no obedece más que a consideraciones de carácter pragmático y convencional, destinadas a facilitar el estudio de la realidad acotando sus límites. Pero la realidad es una y caprichosa, y no se presta fácilmente a divisiones.
Estas observaciones generales resultan esclarecedoras si se aplican a lo que Tusell consideró la cuestión verdaderamente más importante desde el punto de vista historiográfico respecto del Franquismo, es decir, los factores que posibilitan explicar que el régimen se sostuviese durante cuarenta años. En este sentido, el contexto internacional y la economía, inextricablemente ligados como están, son claves necesarias para la comprensión del fenómeno. Más allá de los méritos o deméritos que quepa atribuir a los diplomáticos franquistas y al resto de hombres del régimen, de la inteligencia o justicia con la que se comportase –o no– este en lo relativo a la represión y el mantenimiento del orden público, de la valoración que merezcan sus relaciones con la Iglesia o la política educativa puesta en marcha por el poder; más allá de toda la serie de factores que, concatenados y entrelazados, definen y explican la evolución histórica de cualquier sistema político, lo cierto es que un factor ajeno al control del régimen, como era la situación internacional que comenzó a perfilarse a partir de la Segunda Guerra Mundial, habría de resultar decisivo a la hora de perpetuar en el poder a Franco. A su vez, la evolución económica de la España franquista, favorecida por las condiciones internacionales de la Guerra Fría, afianzó el apoyo sociológico al régimen, contribuyendo también a su perduración.

El esquema sintético de lo ocurrido en la inmediata posguerra mundial sostiene que, tras la rendición de las potencias del Eje, el régimen franquista aparecía como el último reducto del fascismo recién derrotado, lo cual propició una política de aislamiento internacional del régimen. Esta afirmación genérica es válida, pero es también incompleta y matizable. Es cierto que en estos años de reorganización del orden mundial se puso en marcha con respecto a España una política combinada de gestos diplomáticos y medidas reales de presión; otra cosa bien distinta es calibrar la intensidad y duración reales de esta política.
En la Conferencia de San Francisco de junio de 1945, en la que se aprobó la Carta de las Naciones Unidas, la delegación mexicana presentó una moción que en definitiva iba encaminada al aislamiento internacional de la España franquista. Esta moción era en buena medida resultado de las gestiones realizadas por la Junta Española de Liberación, máxima representación del gobierno republicano en el exilio en México, ante el Ministro de Relaciones Exteriores de este país. Los republicanos consiguieron que el delegado mexicano en San Francisco, Luis Quintanilla, presentase la moción que lleva su nombre, cuyo contenido estipulaba la imposibilidad de que formasen parte de la Organización de las Naciones Unidas países con regímenes que hubiesen sido establecidos con ayuda de las naciones del Eje. La moción Quintanilla, aprobada por aclamación, iniciaba una ofensiva contra el régimen que se vería ratificada en Potsdam cuando Stalin, Truman y Attlee declarasen en su comunicado final que el gobierno español,

establecido con ayuda de las potencias del Eje, no posee, en razón de sus orígenes, de su carácter y de su estrecha relación con los países agresores, las cualidades necesarias para justificar su admisión en las Naciones Unidas.

Daba así comienzo lo que dio en conocerse como la “cuestión española”, que en años sucesivos habría de convertirse en asunto frecuente de discusión en el seno de las Naciones Unidas. En febrero de 1946, la Asamblea General aprobaba en Londres, a propuesta de Panamá, su Resolución 32 (I), que condenaba expresamente el régimen franquista por no representar al pueblo español y solicitaba a los países miembros que en sus relaciones con Madrid se atuviesen al espíritu de la Carta de la ONU. En abril, Francia cerraba su frontera con España tras la ejecución por parte del régimen franquista de un grupo de guerrilleros. Unos días más tarde, el país galo hacía una declaración conjunta con estadounidenses e ingleses, según la cual España no podría esperar relaciones cordiales con los antiguos aliados contra el fascismo mientras perviviese el régimen de Franco.
Por añadidura, ese mismo año se crearía en el Consejo de Seguridad un subcomité específico para examinar si España constituía una amenaza para la paz y la seguridad mundiales. Fueron Francia, la URSS, Polonia y Australia los principales países instigadores de esta medida. Los Estados Unidos enviaron al subcomité un memorándum en el que se afirmaba que la economía española se encontraba demasiado debilitada como para suponer una amenaza; así, el subcomité no decidió finalmente que el régimen fuese un peligro internacional, aunque sí instó en su dictamen final a la ruptura de relaciones diplomáticas con España. La Resolución 39 (I) de la Asamblea General, aprobada el 12 de diciembre de 1946 con 34 votos a favor, 6 en contra y 13 abstenciones, declaraba que la ONU estaba

convencida de que el gobierno fascista de Franco en España, que fue impuesto por la fuerza al pueblo español, con la ayuda de las potencias del Eje, y que prestó considerable apoyo material a esas potencias durante la contienda, no representa al pueblo español y que su continuado dominio de España hace imposible que ese pueblo participe con los de las Naciones Unidas en los asuntos internacionales.

En consecuencia, recomendaba

prohibir al gobierno de Franco pertenecer a los organismos internacionales creados por las Naciones Unidas o relacionados con ellos [y] que todos los Estados Miembros retiren inmediatamente sus embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en Madrid.

El año 1946 se cerraba así con una dura condena internacional al régimen y con las medidas de repudio diplomático descritas. Pero la cosa no quedaría en una mera exhibición de gestos: mucho más importante a efectos reales resultó la exclusión de España del Plan Marshall. De hecho, la recomendación de la Resolución 39 (I) tendría entre sus consecuencias la de retardar cualquier posibilidad de ayuda económica procedente de Washington, lo cual contribuiría al deterioro de una economía que desde el final de la Guerra Civil encontraba enormes dificultades para sostenerse. En efecto, el gobierno americano había detenido toda forma de ayuda exterior al régimen, negándose a conceder créditos oficiales y prohibiendo que se vendiesen a compradores españoles excedentes de propiedad pública, al tiempo que los entes gubernamentales estadounidenses reducían al mínimo la adquisición de productos españoles. Ello había provocado la retracción del crédito privado y de las exportaciones a España, hechos que vinieron a sumarse al impacto de una cosecha catastrófica y a la circunstancia de que el país había agotado prácticamente las existencias de carburantes líquidos, agravándose el problema por unos retrasos en el suministro de fueloil y gasoil americanos. Así, la situación económica española era francamente crítica en los momentos en que se ofreció a Europa el Plan Marshall.
No es de extrañar que el régimen viese en el Plan de Recuperación Europea la posibilidad de reincorporarse al mundo exterior y la de salir del atolladero económico en que se hallaba. En efecto, desde Madrid se veía en el Plan la posibilidad de España de participar en la reconstrucción europea y por tanto en la distribución de materias y productos intercambiables. Se podría así reactivar el comercio con la parte de Alemania ocupada por los aliados occidentales; acceder a créditos en dólares en una época en que estos eran un bien escaso; adquirir los productos alimentarios de los que tan necesitado estaba el país; importar bienes de equipo; y facilitar en definitiva la recuperación económica y las relaciones comerciales con otros países europeos. Al mismo tiempo, la inclusión en el Plan Marshall minaría las bases del aislamiento diplomático y la actividad de los adversarios del régimen en el seno de la ONU y supondría, es evidente, una clara mejora en las relaciones con los Estados Unidos.
No habría de ser así. Al cabo de un complejo proceso en el que los diplomáticos españoles intentaron gestionar por vías indirectas la inclusión del país en el Plan, las esperanzas del régimen se vieron defraudas al mostrarse los Estados Unidos dispuestos a ello sólo en caso de no tropezar con oposición entre el resto de los países europeos receptores de ayuda. A pesar del exitoso acercamiento de la diplomacia española a países como la Portugal de Salazar, lo cierto es que la mayoría de los futuros beneficiarios del Plan Marshall, y muy significativamente Inglaterra y Francia, no se mostraron dispuestos a colaborar. Así pues, España quedaría definitivamente excluida del maná que habría supuesto la ayuda americana.
Franceses e ingleses mostraron su oposición a la inclusión del país en el Plan de Recuperación, pero lo cierto es que ambos reanudarían ese mismo año sus relaciones comerciales con la España de Franco: en febrero, Francia reabría la frontera con España. Unos meses más tardes, sendos acuerdos comerciales con galos y británicos rompían el cerco exterior: este, en sus manifestaciones más extremas, había durado poco más de año y medio.
En realidad, ni siquiera durante ese tiempo había sido total: en efecto, las amistosas relaciones con la Argentina de Juan Domingo Perón habían deparado al régimen una importantísima ayuda económica ya en 1946. El 30 de octubre de aquel año, España y Argentina firmaban un Convenio Comercial y de Pagos, en virtud del cual España recibía un crédito de 350 millones de pesos destinado a comprar a Argentina 400.000 toneladas de trigo, 120.000 de maíz y otros alimentos y materias primas. Además, Argentina adquiriría corcho, plomo, aceite y manufacturas a precios muy beneficiosos para España.
En lo que respecta a la actitud de ingleses y franceses, la ruptura del cerco comercial por parte de ambos evidenciaba que se habían impuesto en ambos países consideraciones de interés nacional por encima de la repugnancia ideológica que pudieran sentir hacia el régimen franquista. En efecto, tras la Resolución 39 (I) los británicos hicieron todo lo posible por evitar la imposición de sanciones económicas a España, conscientes como eran de que un bloqueo podría comprometer gravemente su propia recuperación. Para el Reino Unido eran esenciales diversas exportaciones de frutas españolas, así como el abastecimiento de potasio y muy especialmente de piritas, ingredientes necesarios para el programa de fertilizantes que el gobierno británico se proponía poner en marcha. Y sobre todo, los británicos compraban a España tres materias primas que habría sido muy difícil sustituir: mineral de hierro para la industria metalúrgica, resina sólida y corcho. A esto se sumaban las relaciones financieras entre ambos países, habida cuenta de las reservas de libras esterlinas que España acumulaba, de los créditos que el país adeudaba al mercado bancario inglés y de la necesidad de asegurar un futuro óptimo a las inversiones inglesas en España. Por otra parte, los cálculos del Economic Intelligence Department parecían augurar que el régimen podría ser capaz de aguantar aun a pesar de producirse un bloqueo que en tal caso resultaría fútil, máxime teniendo en cuenta la ayuda argentina. Estos planteamientos explican la firma de un acuerdo monetario para regular el comercio entre ambos países.
También los franceses tenían fuertes intereses en España, donde las inversiones galas representaban en 1946 la mitad de la inversión extranjera. Además, el cierre de la frontera estaba suponiendo importantes pérdidas en la balanza comercial francesa, que llegaban a la cuantía de 300 millones de pesetas; por añadidura, había impuesto la necesidad de prescindir de determinados alimentos y bebidas tradicionalmente importados de España y la pérdida de un comprador importante de los fosfatos y minerales procedentes del Magreb. Aún más importante era la necesidad de colocar en el mercado español su producción industrial. La conveniencia de reabrir la frontera y de suscribir un acuerdo comercial, tal como se hizo en 1947, era evidente.
El aislamiento internacional, por tanto, no fue nunca completo, y ya en 1947 su existencia resultaba bastante dudosa. Sin embargo, a estas alturas los principales países europeos –a pesar de los acuerdos económicos– aún se mostraban lo suficientemente reacios a mantener relaciones normales con España como para impedir, como de hecho hicieron, su inclusión en el Plan Marshall. El Franquismo se vería por tanto obligado a resistir un poco más. Pero las tornas estaban a punto de cambiar.
En ese cambio de tornas entran la guerra de Corea y las consideraciones estratégicas para un plan de defensa occidental en los momentos más calientes de la Guerra Fría, y los consiguientes pactos de Madrid para la instalación de bases militares estadounidenses en España. Y una ayuda económica que sentó las bases para la puesta en marcha del Plan de Estabilización y para el desarrollismo de los sesenta. Y una España que, viendo mejoradas sus condiciones materiales de vida, no se puede decir exactamente –por más que algunos se empeñen ahora en contarnos lo antifranquista que era este país– que se desviviese por aquello tan abstracto y lejano de la libertad.
Las verdades sobre el ser humano son a veces bastante feas. Pero ahí están.

[Para saber más cabe recomendar, entre otros muchos, a Ángel Viñas y Florentino Portero.]


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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