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Justicia incompleta y transiciones

En las últimas semanas, una serie de acontecimientos han vuelto a sacar a la palestra pública la cuestión de la memoria histórica y, en paralelo, la de la transición a la democracia que se produjo a la muerte del dictador Francisco Franco. La muerte de Manuel Fraga, primero, hizo arder las redes sociales con reproches a su actividad política durante el régimen. Poco después, ha sido la celebración de los juicios al juez Baltasar Garzón la que ha ahondado en la resurrección de un debate que, desde hace ya un tiempo, había quedado en buena parte sepultado bajo la evidencia de que España tenía cuestiones más urgentes a las que atender: la centralidad del debate en torno a cuestiones económicas, la sangrante realidad de un contingente de más de cinco millones de parados (y los que vienen) y la apabullante sucesión de derrotas electorales del Partido Socialista dan fe de que, en tiempos de crisis, la gente está poco dispuesta a perderse en disquisiciones sobre el pasado que poco aportan al futuro.

Ahora, el debate ha vuelto a abrirse. Le auguro, en realidad, una corta vida como asunto de discusión pública (pese a los esfuerzos sistemáticos de El País y de ciertos sectores políticos por convertir la supuesta “persecución” del juez Garzón en gran prioridad informativa), pero no dejan de constituir motivo de reflexión algunas de las cosas que se leen estos días. El tema es amplio y daría mucho de sí, pero no es mi intención abordarlo en profundidad. Para quien quiera una información ponderada desde el punto de vista jurídico sobre el asunto de Garzón, dejo un par de enlaces sobre el juicio por declararse competente para investigar los crímenes del franquismo y sobre el de las escuchas ilegales: ambos se alejan tanto del linchamiento de la figura como de su exaltación como héroe, ateniéndose a los aspectos de derecho que deberían en puridad constituir el núcleo de cualquier análisis serio de la cuestión. Sobre la figura de Fraga, hay en Voddler un documental bastante interesante (junto con otro sobre Carrillo) y, de lo aparecido en la prensa, el artículo de Santos Juliá me llamó especialmente la atención por su capacidad de análisis de un personaje político de indudable relevancia en nuestra historia reciente.

Por lo que a este apunte respecta, es evidente que estos acontecimientos recientes han provocado una resurrección de ese mecanismo por el que ciertos sectores políticos y de opinión vinculan la reivindicación de la llamada memoria histórica a una deslegitimación de la transición a la democracia: el penúltimo ejemplo de este discurso lo tenemos en este artículo firmado por Gaspar Llamazares (en el que, por lo demás, se mezclan churras con merinas con una soltura abracadabrante). El discurso asumido por estos sectores en lo tocante a la transición es que durante el proceso se llegó a un vergonzoso pacto de silencio a través del cual los españoles olvidaron -impulsados tan sólo por el miedo- la guerra civil y los cuarenta años de dictadura y decidieron dejar en la estacada a sus víctimas.

En realidad, desmentir esta acusación es tan sencillo como recordar que desde que se inició el proceso se tomaron medidas de resarcimiento de las víctimas y de anulación de la realidad legal de la dictadura; del mismo modo, cualquier búsqueda de bibliografía sobre la guerra civil publicada en España entre, por ejemplo, 1970 y 1985 da fe de que ni mucho menos se sepultó bajo capas de silencio la historia reciente del país. Y nada de esto prejuzga, por lo demás, la pertinencia o no de las medidas de la famosa Ley de Memoria Histórica: algunas de ellas, de hecho, presentan pocas objeciones pese a su vinculación a un discurso no siempre propicio al tratamiento desapasionado del tema y a pesar de que, a la vuelta de los años, ha resultado evidente que la ley no preveía una dotación suficiente de recursos económicos para hacer efectivas buena parte de las medidas que se proponían. En última instancia, queda claro que hay discursos que venden y que el papel lo aguanta todo: otra cosa, me temo, es la realidad.

En cualquier caso, es evidente que desde un punto de vista maximalista y de aspiración a una justicia completa (aquello de fiat iustitia et pereat mundus, por recordar un libro que ya les referí aquí hace un tiempo), quienes esgrimen este discurso tienen razón en que no se hizo una justicia completa. Los crímenes del franquismo quedaron impunes, reza el argumento, y esto nos convierte en un país con un terrible déficit democrático. Lo primero es cierto; lo segundo, en cambio, resulta más bien dudoso. De hecho, no es nada descabellado sospechar que el carácter conciliatorio de la transición está precisamente en la base del relativo éxito (con todas las pegas que se le pueden poner) del proceso. En relación con esto, se hacen a veces comparaciones que difícilmente se sostienen, como la que contrapone la situación española a los juicios y la desnazificación que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial en Alemania; o la que equipara la situación argentina a la española buscando la condena de esta última por no haber juzgado a los asesinos. En el primer caso, parece que se olvida con una facilidad desconcertante que en el proceso medió una guerra entre Estados (no un conflicto civil) y que fueron precisamente las potencias ocupantes las que llevaron a cabo los juicios de Nuremberg que, por lo demás, tuvieron un carácter más ejemplarizante que global; la desnazificación nunca fue completa ni, de hecho, habría sido viable que lo fuera. Respecto al caso argentino, hay una diferencia elemental entre una dictadura de siete años cuyos agentes ejecutores estaban aún muy vivos a su término y un régimen cuya duración se extendió durante cuatro décadas y en el que la temporalización de la intensidad de la violencia represiva es fundamental para comprender su evolución. Equiparar los años de la posguerra con la década de los sesenta sólo puede ser fruto de la ignorancia o de un discurso voluntariamente torticero. Tampoco es lo mismo, por lo demás, un golpe de estado exitoso que llevó inmediatamente a la instauración de la dictadura que uno fracasado que llevó a tres años de guerra civil en los que unos y otros cometieron crímenes (añado que, sobre la violencia del bando republicano, ha aparecido una novedad bibliográfica que parece interesante).

En última instancia, el asunto –como casi todo en política– es cuestión de prioridades. La literatura sobre el tema es muy amplia, pero en líneas generales se han señalado algunos puntos comunes a procesos de transición y pacificación exitosos tras un periodo de conflicto civil, así como los ingredientes del éxito para el establecimiento de un régimen democrático partiendo de uno autoritario. Obviaré aquí, aunque son de una importancia fundamental, los condicionantes económicos y de estructuras sociales, pero hay que apuntar al menos que la existencia de una amplia clase media fue un factor decisivo en la democratización del país. En cuanto al ámbito de la reconciliación, es oportuno recordar algunos de los ingredientes recurrentes en procesos exitosos. Aparte de la discusión pública del pasado –y la hubo, se diga lo que se diga–, suele acompañar a estos procesos una reescritura de ciertas identidades (una oposición clandestina, perseguida e ilegal que pasa a gobernar el país; ministros de la dictadura que pasan a convertirse en demócratas, de corazón y de toda la vida; o un ejército salvapatrias que se convierte simplemente en garante del orden constitucional sometido al poder civil) y toda una serie de gestos y proclamas simbólicos de esos que la transición tuvo a raudales; pero, sobre todo, el que parece ser el ingrediente más importante es precisamente una justicia incompleta y simbólica que tantos le reprochan ahora a nuestra transición. Sigo aquí a Long y Brecke:

(…) justice was meted out, but never in full measure. This fact may be lamentable, even tragic, from certain legal or moral perspectives, yet it is consistent with the requisites of restoring social order (…) Full judicial accountability was inhibited by the possibility of a back-lash by a still powerful military or other group involved in civil violence that could endanger the larger process of restoration of peace. (…) Instead, the decision was often made to draw a line under past human rights violations in the name of national reconciliation. (…) Disturbing as it may be, people appear to be able to tolerate a substantial amount of injustice wrought by amnesty in the name of social peace. One commentator acknowledged that in choosing between them, “people will take a high degree of peace and some imperfect realization of justice”.

En el caso del franquismo, cabe añadir que la longevidad de la dictadura hacía muy difícil incluso una justicia meramente simbólica o ejemplarizante, por el motivo obvio de que el dictador murió en la cama y sus principales colaboradores o bien habían desaparecido o estaban a punto de hacerlo; me refiero, claro, a quienes tomaron parte en su construcción durante las etapas iniciales, que son aquellas en las que realmente cabe hablar de crímenes de guerra o de lesa humanidad. Todo ello por no hablar de que, habiéndose producido una guerra civil tan plagada de escenas espantosas, habría sido difícil caminar en esa dirección sin acabar juzgando a personajes como Carrillo por sus responsabilidades en las sacas de Paracuellos. Ni una cosa ni la otra creo que hubieran aportado mucho: más bien, todo lo contrario. Al final, volvemos a lo que algunos sectores parecen olvidar con extraordinaria facilidad, que es que en política todo son trade-offs: comparar los procesos políticos reales con cuadraturas del círculo que sólo existen en nuestra mentes denota, ante todo, el infantilismo de ciertas concepciones.

La izquierda española frente a las difamaciones de los técnicos

En la Segunda República, cuando el partido socialista proponía medidas de reforma agraria, hubo varias voces disonantes que advirtieron del peligro de realizar este tipo de cambios sin atender a estudios previos sobre la capacidad económica de la tierra para servir de medio de vida a las personas a las que se le quería repartir (en caso de distribuir lotes) o a las que se quería asentar (en caso de colectivizaciones). Algunas de estas voces se encontraban entre las más solventes del propio socialismo: personas como Julián Besteiro avisaron del riesgo que se corría de sumir al país en la miseria si se le condenaba, desde una mentalidad anti-industrial, a ser perpetuamente agrícola.

Pero los informes técnicos que alertaban acerca de la situación provenían sobre todo de agentes como las cámaras agrícolas y de comercio o los notarios. En ningún momento se prestó atención a este tipo de estudios; del mismo modo, fue frecuente la negativa a permitir que hubiese técnicos que inspeccionasen las tierras para informar de la viabilidad económica de la reforma, y se insistió en que al frente de las colectividades se colocase a sindicalistas en lugar de a expertos.

No es tan inexplicable como puede parecer: al fin y al cabo, los informes los habían elaborado agentes al servicio de la reacción. Los técnicos eran los instrumentos de una oscura artimaña de la patronal. Por lo demás, los altos ideales morales de la reforma agraria no podían verse comprometidos por nimiedades de carácter técnico. Se iba a cambiar el rumbo de la Historia, y en semejante tesitura es difícil suponer que las comadronas de un nuevo mundo fuesen a detenerse ante las limitaciones que imponían la realidad y la lógica económicas. Entre otros resultados, acabarían repartiéndose lotes de tamaño ínfimo con la pretensión de que alimentasen a unidades familiares completas: en ocasiones, hablamos de 2,5 hectáreas. De dehesa, para más inri.

Sobre esta insensata actitud de desdén hacia el estudio científico y concreto de los problemas escribía en 1937 Clara Campoamor:

Los partidos españoles de extrema izquierda han hecho ostentación, a menudo, de un profundo desprecio por la técnica en todos los campos, al menos por la técnica “burguesa”, la única que lógicamente podía existir en el país en el momento de la llegada de la República. Bastaba, en su opinión, con poseer la fe y el entusiasmo revolucionario para poder ocupar cualquier cargo en el gobierno.
Este desprecio no dejó de manifestarse en el momento de la lucha [en la Guerra Civil].
El gobierno esperaba vencer al movimiento militar gracias al fervor republicano y revolucionario de los trabajadores.

Efectivamente, también durante la Guerra Civil el bando republicano fue víctima de su propia fe en el pueblo y de su desprecio por los requisitos reales de un enfrentamiento bélico. Vicente Rojo explicaría así la derrota republicana:

(…) hemos sido nosotros los que le hemos dado [al bando sublevado] la superioridad en todos los órdenes, económico, diplomático, industrial, orgánico, social, financiero, marítimo, aéreo, humano, material y técnico (…); y se la hemos dado porque no hemos sabido organizarnos, administrarnos y subordinarnos a un fin y a una autoridad.

Setenta años después y memoria histórica mediante, seguimos sin aprender. Las advertencias acerca de los efectos que tendría ciertas medidas del gobierno eran, de nuevo, artimañas de la patronal. O de la oposición.

Era mentira que con los cheques-regalo para los jóvenes fueran a subir los precios de los alquileres.

Era mentira, también, que los 400 euros fueran un inútil derroche de dinero que detraía fondos para otras medidas más sensatas. O que una medida tan pretendidamente progresista e hiperprogresiva no fuera a beneficiar a los más pobres.

Era mentira que para que la Ley de Dependencia sirviera de algo hicieran falta medios suficientes para su adecuada implantación. Es de suponer, opina una servidora, que el recorte de los beneficiarios de esta medida en Andalucía (al margen de lo que indica la propia ley) se habrá debido a una falta de recursos y no a la maldad intrínseca de la Junta.

Nada de esto era verdad. Artimañas todo.

Dos versiones de la Raza

Raza (1942), aquella película de Sáenz de Heredia producida con apoyo del Estado franquista y basada en un libro que el propio Franco había escribo bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, es sin duda uno de los documentos históricos más interesantes y curiosos que nos ha dejado el Franquismo. En más de un sentido, es también uno de los más divertidos, aunque sólo sea por lo burdo de las técnicas propagandísticas, bastante menos refinadas que las de ahora (o que algunas de las de ahora, porque ciertos vídeos de esos que circulan por Internet no está muy claro si estarían a su altura).

Quien más y quien menos sabe de la existencia de la que fue “la peli de Franco”; lo que parece ser menos conocido es el hecho de que existieron dos versiones de la misma. En efecto, uno de los ejercicios más reveladores que se pueden realizar en el análisis de Raza –que es tanto como decir del régimen al que pretendía legitimar– es la comparación con su segunda versión. Espíritu de una raza, estrenada en 1950, no contiene respecto a la película original grandes cambios; a primera vista, de hecho, las modificaciones son casi imperceptibles. Sin embargo, existen, y aunque sean pequeñas son altamente significativas.

Oficialmente, según las explicaciones de Sáenz de Heredia, el cambio de título se hizo a petición de los empresarios argentinos encargados de su distribución en este país en 1950; la película fue enviada a Argentina con el nombre modificado y, a su vuelta a España, se puso en marcha un reestreno en el que se hacía uso del nuevo título y se introducían una serie de mutilaciones:

Se reestrenó, efectivamente, con ese título, que no me parece adecuado, ni tampoco las mutilaciones que a la película se le hicieron. Pero claro, eran para servir…, eran otros momentos.

Efectivamente, eran otros momentos. La nueva versión, impulsada no se sabe bien por quién, corrió a cargo de NO-DO, el nuevo organismo responsable de la propaganda cinematográfica del franquismo. Las escenas que se eliminaron fueron cortadas en las salas de montaje de este organismo, mientras que los cambios en los diálogos se disimularon haciendo un doblaje íntegramente nuevo para que no se notaran las diferencias en las voces. A los actores de 1941 no se les pidió su participación en este doblaje, que fue realizado por el equipo de dobladores de la Metro Goldwyn Mayer en Barcelona. Según el testimonio del hijo de José Nieto, a los actores se les diría más tarde que Franco nunca había estado satisfecho con la versión anterior.

A partir de 1950 no se exhibiría ninguna copia de la versión primera; es posible que el negativo original, que no ha sido localizado hasta el momento, se destruyese. Sin embargo, en 1993 la Filmoteca Española localizó una copia de nitrato de Raza, procedente de un cine ambulante. Se encontraba en muy mal estado, pero fue suficiente para comprobar la importancia de los cambios entre la película original y Espíritu de una raza. Se inició entonces la búsqueda en otros países, y en 1995 se localizó en la Filmoteca de Berlín, procedente de archivos de la UFA (Universum Film AG) que habían permanecido en la antigua RDA, el negativo íntegro de Raza.

Comprender las modificaciones que se realizaron requiere atender a los cambios en la situación internacional que se habían sucedido entre el estreno de Raza en 1942 y la segunda versión de ésta en 1950. No en vano, el estreno original tuvo lugar en un momento en el que tanto Franco como sus consejeros creían segura la victoria del Eje; con el desenlace final del conflicto –e incluso antes de este– las circunstancias cambiaron, y Franco se transmutaría entonces en el más firme aliado de Occidente contra el comunismo.

Pese al maquillaje, las democracias internacionales someterían al régimen a aislamiento en un principio, por más que quepa preguntarse hasta qué punto esa actitud se llevó hasta sus últimas consecuencias La no inclusión en Naciones Unidas, la retirada de embajadores y, más tarde, la imposibilidad de acceder al Plan Marshall, dejaban al país en una situación que exigía la puesta en marcha de una nueva escenografía. Las manifestaciones de adhesión en la plaza de Oriente ante el aislamiento diplomático, la Ley de Sucesión e, incluso, el ofrecimiento de una división de soldados que Franco hizo a los Estados Unidos para luchar en Corea se enmarcan en esta reinterpretación del régimen, para el que tan providencial resultó la Guerra Fría. Los años cincuenta se inician con un acercamiento cada vez más claro del coloso americano a la España franquista. Ya a finales de los cuarenta había habido claras señales de que las relaciones mejoraban (la visita de una misión militar estadounidense, el préstamo de veinticinco millones de dólares, y el fondeamiento de la flota de los Estados Unidos en El Ferrol); y precisamente a partir de 1950, año en que se estrena Espíritu de una raza, la ONU levanta la condena al régimen y empieza a producirse su ingreso paulatino en organismos internacionales (la FAO ese mismo año, la OMS en 1951, la UNESCO en 1952), que culminaría con la entrada como miembro de pleno derecho de Naciones Unidas en 1955.

En en este marco en el que hay que inscribir los cambios que se realizaron en la segunda versión de Raza. Una de las primeras tareas consistió, obviamente, en eliminar o mitigar sus contenidos fascistizantes, presentes sobre todo en las referencias a Falange. Según Román Gubern, el mismo cambio del título a Espíritu de una raza sirve ya para atenuar las connotaciones fascistas, al introducir un término de origen religioso. Podría ser, pero, en cualquier caso, hay cambios mucho más palpables en este sentido. Sin ir más lejos, en los títulos de crédito de Espíritu de una raza, el espectador se encuentra con que estos se han eliminado en su mayor parte. Según Ferrán Alberich, este cambio se hizo con el fin exclusivo de introducir el nuevo rótulo explicativo: hubo que acortar los títulos de crédito porque la duración de los mismos venía limitada por la duración de la música. Sin embargo, esta explicación se desmiente sola, puesto que en esta segunda versión la banda sonora ya no es la misma: han desaparecido las notas del Cara al Sol que se oían al iniciarse los títulos de crédito de la primera versión.

No es ésta la única referencia falangista que se elimina: brillan por su ausencia los saludos fascistas y los gritos de ¡Arriba España!. Asimismo, se elimina la escena en la que dos soldados cantan en la trinchera una jota dedicada a la Falange –véase el vídeo–, y los planos de archivo de aviones bombardeando Bilbao. En el desfile final, desaparecen los planos del retrato de José Antonio y de los obreros colocando la imagen de Franco en las calles de Madrid tras la entrada de los nacionales.

Lo que antes era fascista ahora es firmemente anticomunista: el general comunista que acusaba a Pedro Churruca –el antagonista de la película– de traición ya no le recrimina el no ser un auténtico antifascista sino un auténtico comunista. Este cambio en particular es la síntesis de todos los restantes: así, el bando nacional ya no es fascista y el gran enemigo, a su vez, queda reducido al comunismo.

La insistencia anticomunista es, de hecho, muchísimo más evidente en esta nueva versión. El rótulo nuevo que se le coloca a Espíritu de una raza reza así:

La historia que vais a presenciar no es un producto de la imaginación. Es historia pura, veraz y casi universal, que puede vivir cualquier pueblo que no se resigne a perecer en las catástrofes que el comunismo provoca.

Esto sirve, en la reescritura de la Historia que acompaña al lavado de cara de régimen, para presentar la guerra civil, en el contexto de la Guerra Fría, como el primer combate contra el comunismo, haciendo aparecer al Franquismo como precursor o visionario de la lucha de la posguerra.

En esta línea, hay también algunos cambios menos perceptibles pero no menos significativos. En el juicio de José, lo que en Raza era una acción vil y antiespañola se designará con el nombre mucho más politizado de revolución española, que remite claramente al comunismo. Asimismo, en su discurso final, Pedro Churruca ya no habla de materialistas sordos u hombres huecos, sino de comunistas bárbaros y ateos.

La cosa no queda ahí, puesto que para acercarse del todo a los fines perseguidos era necesario eliminar a su vez a otros enemigos: los que ahora se quería que fueran amigos. Se echan en falta, por tanto, las alusiones a la masonería en las escenas referentes a la Guerra de Cuba. Y por supuesto, ha desaparecido el papel que desempeñaban los Estados Unidos como potencia extranjera instigadora de la pérdida colonial.

Si no la han visto, no se la pierdan. Y si pueden comparar, mejor aún.

Uno: el brikindans

El debate sobre los nombres de calles que hacen referencia a personajes del franquismo es complejo, y nunca había sido intención de quien escribe entrar en él, por las múltiples aristas que presenta y por la propia incapacidad para formarse una opinión tajante al respecto. Sin embargo, un rápido buceo por las noticias del día no deja otra opción, siquiera sea por aquello de dar una apariencia de seriedad a esta entrada inspirada por una mamarrachada más de cuantas a diario protagoniza la llamada clase política de este país aún conocido como España.
En tanto en cuanto se considera que dar el nombre de alguien a una calle constituye un homenaje al personaje en cuestión, en principio el asunto parece admitir poca discusión: a cualquier demócrata le parecerá inadmisible caminar por una calle que lleve el nombre del Caudillo o de cualquiera de sus colaboradores. El problema, como siempre, es que las cosas no son necesariamente tan sencillas.
De un lado, y entra aquí la deformación profesional (preprofesional, más bien), porque los nombres de las calles son también Historia. Historia viva, si se quiere. Quitar todos los rótulos franquistas no va a borrar cuarenta años de nuestra Historia, por más que algunos parezcan empeñarse en ello. Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos, y a veces una se pregunta si es mejor o peor tener de ello un recordatorio. A ningún historiador –a nadie, en realidad– debería escapársele lo mucho que nos dicen los nombres de nuestros espacios públicos sobre nuestro pasado: no sólo sobre la época en que vivieron los personajes, ideas o lugares que aparecen en los azulejos, sino también y muy especialmente sobre el momento en que se pusieron. Valgan como ejemplo aquellas avenidas bautizadas en conmemoración de los XXV años de paz tan celebrados por el Régimen–y no sólo: no olvidemos lo mucho que le gustaba esa paz a Víctor Manuel–, de las que ignoro si quedará alguna; pero también las infinitas vías de nombre más reciente, las de la Constitución o, más pintorescamente, las avenidas de la Mujer Trabajadora o las calles Asociación de Vecinos (no me lo estoy inventando). Y sin tanto tinte sociológico –pero también–, el hispalense Parque de María Luisa, que como cualquier sevillanito de a pie debería saber lleva ese nombre por algo. El caso es que cuando uno pasea por Sevilla puede preguntarse aún por qué esos jardines se llaman así, o qué importancia tuvieron en su días las asociaciones de vecinos para llegar a darle nombre a una calle (dejando aparte aquello de que el santoral y el repertorio se agotan). Pero ya no tendrá ocasión de interrogarse acerca de esa avenida que a una servidora siempre le suscitó de pequeña una enorme intriga, y que sólo años después –cuando ya no existía, o no como tal– acertó a desentrañar: Héroes de Toledo, se llamaba. La avenida en cuestión hoy lleva el nombre de Hytasa: Hilaturas y Tejidos Andaluces, S.A. Ante esto, me concederán que las dudas que aquí presento sobre lo que ganamos con el cambio son cuanto menos legítimas.
El otro problema, como suele ocurrir, es el de los límites. O el de los criterios. Hay casos evidentes, las avenidas del Caudillo y otras semejantes. Pero poco después empieza la confusión, y empieza precisamente porque la Historia está ahí y porque no hay manera de borrarla. Porque un hombre como Adolfo Suárez era quien era antes de ser quien todos recuerdan. Porque los alcaldes de cuarenta años de dictadura obviamente no fueron democráticamente elegidos, pero tal vez pese a ello fueran buenos alcaldes, o no lo fueran malos, o qué sé yo. Porque hay ediles socialistas con un historial en Falange. O desde otra óptica, porque está muy bien condenar sin paliativos a los líderes del alzamiento, pero qué me dicen ustedes de personajes como Largo Caballero y su apología de la Guerra Civil. Un botón como muestra de lo que podría convertirse en una lista interminable y en un debate estéril y agotador. Tengo familia en la calle Carlos Marx, que a muchos podría no hacerle gracia, imagino.

En fin, lo que al menos sirve de consuelo es saber que nuestros políticos mantienen vivo el interés por analizar con rigor todas las espinosas cuestiones que suscita este asunto, y que al menos cuando se cambien los nombres se hará desechando lo que fuimos por un reflejo fiel de lo que somos: bienvenidos a la calle Chiki-Chiki.

Lo que les decía. Historia viva.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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La imagen de cabecera, Old Machinery, es de DHester y se distribuye bajo licencia Creative Commons.

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