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Justicia incompleta y transiciones

En las últimas semanas, una serie de acontecimientos han vuelto a sacar a la palestra pública la cuestión de la memoria histórica y, en paralelo, la de la transición a la democracia que se produjo a la muerte del dictador Francisco Franco. La muerte de Manuel Fraga, primero, hizo arder las redes sociales con reproches a su actividad política durante el régimen. Poco después, ha sido la celebración de los juicios al juez Baltasar Garzón la que ha ahondado en la resurrección de un debate que, desde hace ya un tiempo, había quedado en buena parte sepultado bajo la evidencia de que España tenía cuestiones más urgentes a las que atender: la centralidad del debate en torno a cuestiones económicas, la sangrante realidad de un contingente de más de cinco millones de parados (y los que vienen) y la apabullante sucesión de derrotas electorales del Partido Socialista dan fe de que, en tiempos de crisis, la gente está poco dispuesta a perderse en disquisiciones sobre el pasado que poco aportan al futuro.

Ahora, el debate ha vuelto a abrirse. Le auguro, en realidad, una corta vida como asunto de discusión pública (pese a los esfuerzos sistemáticos de El País y de ciertos sectores políticos por convertir la supuesta “persecución” del juez Garzón en gran prioridad informativa), pero no dejan de constituir motivo de reflexión algunas de las cosas que se leen estos días. El tema es amplio y daría mucho de sí, pero no es mi intención abordarlo en profundidad. Para quien quiera una información ponderada desde el punto de vista jurídico sobre el asunto de Garzón, dejo un par de enlaces sobre el juicio por declararse competente para investigar los crímenes del franquismo y sobre el de las escuchas ilegales: ambos se alejan tanto del linchamiento de la figura como de su exaltación como héroe, ateniéndose a los aspectos de derecho que deberían en puridad constituir el núcleo de cualquier análisis serio de la cuestión. Sobre la figura de Fraga, hay en Voddler un documental bastante interesante (junto con otro sobre Carrillo) y, de lo aparecido en la prensa, el artículo de Santos Juliá me llamó especialmente la atención por su capacidad de análisis de un personaje político de indudable relevancia en nuestra historia reciente.

Por lo que a este apunte respecta, es evidente que estos acontecimientos recientes han provocado una resurrección de ese mecanismo por el que ciertos sectores políticos y de opinión vinculan la reivindicación de la llamada memoria histórica a una deslegitimación de la transición a la democracia: el penúltimo ejemplo de este discurso lo tenemos en este artículo firmado por Gaspar Llamazares (en el que, por lo demás, se mezclan churras con merinas con una soltura abracadabrante). El discurso asumido por estos sectores en lo tocante a la transición es que durante el proceso se llegó a un vergonzoso pacto de silencio a través del cual los españoles olvidaron -impulsados tan sólo por el miedo- la guerra civil y los cuarenta años de dictadura y decidieron dejar en la estacada a sus víctimas.

En realidad, desmentir esta acusación es tan sencillo como recordar que desde que se inició el proceso se tomaron medidas de resarcimiento de las víctimas y de anulación de la realidad legal de la dictadura; del mismo modo, cualquier búsqueda de bibliografía sobre la guerra civil publicada en España entre, por ejemplo, 1970 y 1985 da fe de que ni mucho menos se sepultó bajo capas de silencio la historia reciente del país. Y nada de esto prejuzga, por lo demás, la pertinencia o no de las medidas de la famosa Ley de Memoria Histórica: algunas de ellas, de hecho, presentan pocas objeciones pese a su vinculación a un discurso no siempre propicio al tratamiento desapasionado del tema y a pesar de que, a la vuelta de los años, ha resultado evidente que la ley no preveía una dotación suficiente de recursos económicos para hacer efectivas buena parte de las medidas que se proponían. En última instancia, queda claro que hay discursos que venden y que el papel lo aguanta todo: otra cosa, me temo, es la realidad.

En cualquier caso, es evidente que desde un punto de vista maximalista y de aspiración a una justicia completa (aquello de fiat iustitia et pereat mundus, por recordar un libro que ya les referí aquí hace un tiempo), quienes esgrimen este discurso tienen razón en que no se hizo una justicia completa. Los crímenes del franquismo quedaron impunes, reza el argumento, y esto nos convierte en un país con un terrible déficit democrático. Lo primero es cierto; lo segundo, en cambio, resulta más bien dudoso. De hecho, no es nada descabellado sospechar que el carácter conciliatorio de la transición está precisamente en la base del relativo éxito (con todas las pegas que se le pueden poner) del proceso. En relación con esto, se hacen a veces comparaciones que difícilmente se sostienen, como la que contrapone la situación española a los juicios y la desnazificación que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial en Alemania; o la que equipara la situación argentina a la española buscando la condena de esta última por no haber juzgado a los asesinos. En el primer caso, parece que se olvida con una facilidad desconcertante que en el proceso medió una guerra entre Estados (no un conflicto civil) y que fueron precisamente las potencias ocupantes las que llevaron a cabo los juicios de Nuremberg que, por lo demás, tuvieron un carácter más ejemplarizante que global; la desnazificación nunca fue completa ni, de hecho, habría sido viable que lo fuera. Respecto al caso argentino, hay una diferencia elemental entre una dictadura de siete años cuyos agentes ejecutores estaban aún muy vivos a su término y un régimen cuya duración se extendió durante cuatro décadas y en el que la temporalización de la intensidad de la violencia represiva es fundamental para comprender su evolución. Equiparar los años de la posguerra con la década de los sesenta sólo puede ser fruto de la ignorancia o de un discurso voluntariamente torticero. Tampoco es lo mismo, por lo demás, un golpe de estado exitoso que llevó inmediatamente a la instauración de la dictadura que uno fracasado que llevó a tres años de guerra civil en los que unos y otros cometieron crímenes (añado que, sobre la violencia del bando republicano, ha aparecido una novedad bibliográfica que parece interesante).

En última instancia, el asunto –como casi todo en política– es cuestión de prioridades. La literatura sobre el tema es muy amplia, pero en líneas generales se han señalado algunos puntos comunes a procesos de transición y pacificación exitosos tras un periodo de conflicto civil, así como los ingredientes del éxito para el establecimiento de un régimen democrático partiendo de uno autoritario. Obviaré aquí, aunque son de una importancia fundamental, los condicionantes económicos y de estructuras sociales, pero hay que apuntar al menos que la existencia de una amplia clase media fue un factor decisivo en la democratización del país. En cuanto al ámbito de la reconciliación, es oportuno recordar algunos de los ingredientes recurrentes en procesos exitosos. Aparte de la discusión pública del pasado –y la hubo, se diga lo que se diga–, suele acompañar a estos procesos una reescritura de ciertas identidades (una oposición clandestina, perseguida e ilegal que pasa a gobernar el país; ministros de la dictadura que pasan a convertirse en demócratas, de corazón y de toda la vida; o un ejército salvapatrias que se convierte simplemente en garante del orden constitucional sometido al poder civil) y toda una serie de gestos y proclamas simbólicos de esos que la transición tuvo a raudales; pero, sobre todo, el que parece ser el ingrediente más importante es precisamente una justicia incompleta y simbólica que tantos le reprochan ahora a nuestra transición. Sigo aquí a Long y Brecke:

(…) justice was meted out, but never in full measure. This fact may be lamentable, even tragic, from certain legal or moral perspectives, yet it is consistent with the requisites of restoring social order (…) Full judicial accountability was inhibited by the possibility of a back-lash by a still powerful military or other group involved in civil violence that could endanger the larger process of restoration of peace. (…) Instead, the decision was often made to draw a line under past human rights violations in the name of national reconciliation. (…) Disturbing as it may be, people appear to be able to tolerate a substantial amount of injustice wrought by amnesty in the name of social peace. One commentator acknowledged that in choosing between them, “people will take a high degree of peace and some imperfect realization of justice”.

En el caso del franquismo, cabe añadir que la longevidad de la dictadura hacía muy difícil incluso una justicia meramente simbólica o ejemplarizante, por el motivo obvio de que el dictador murió en la cama y sus principales colaboradores o bien habían desaparecido o estaban a punto de hacerlo; me refiero, claro, a quienes tomaron parte en su construcción durante las etapas iniciales, que son aquellas en las que realmente cabe hablar de crímenes de guerra o de lesa humanidad. Todo ello por no hablar de que, habiéndose producido una guerra civil tan plagada de escenas espantosas, habría sido difícil caminar en esa dirección sin acabar juzgando a personajes como Carrillo por sus responsabilidades en las sacas de Paracuellos. Ni una cosa ni la otra creo que hubieran aportado mucho: más bien, todo lo contrario. Al final, volvemos a lo que algunos sectores parecen olvidar con extraordinaria facilidad, que es que en política todo son trade-offs: comparar los procesos políticos reales con cuadraturas del círculo que sólo existen en nuestra mentes denota, ante todo, el infantilismo de ciertas concepciones.

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Dos versiones de la Raza

Raza (1942), aquella película de Sáenz de Heredia producida con apoyo del Estado franquista y basada en un libro que el propio Franco había escribo bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, es sin duda uno de los documentos históricos más interesantes y curiosos que nos ha dejado el Franquismo. En más de un sentido, es también uno de los más divertidos, aunque sólo sea por lo burdo de las técnicas propagandísticas, bastante menos refinadas que las de ahora (o que algunas de las de ahora, porque ciertos vídeos de esos que circulan por Internet no está muy claro si estarían a su altura).

Quien más y quien menos sabe de la existencia de la que fue “la peli de Franco”; lo que parece ser menos conocido es el hecho de que existieron dos versiones de la misma. En efecto, uno de los ejercicios más reveladores que se pueden realizar en el análisis de Raza –que es tanto como decir del régimen al que pretendía legitimar– es la comparación con su segunda versión. Espíritu de una raza, estrenada en 1950, no contiene respecto a la película original grandes cambios; a primera vista, de hecho, las modificaciones son casi imperceptibles. Sin embargo, existen, y aunque sean pequeñas son altamente significativas.

Oficialmente, según las explicaciones de Sáenz de Heredia, el cambio de título se hizo a petición de los empresarios argentinos encargados de su distribución en este país en 1950; la película fue enviada a Argentina con el nombre modificado y, a su vuelta a España, se puso en marcha un reestreno en el que se hacía uso del nuevo título y se introducían una serie de mutilaciones:

Se reestrenó, efectivamente, con ese título, que no me parece adecuado, ni tampoco las mutilaciones que a la película se le hicieron. Pero claro, eran para servir…, eran otros momentos.

Efectivamente, eran otros momentos. La nueva versión, impulsada no se sabe bien por quién, corrió a cargo de NO-DO, el nuevo organismo responsable de la propaganda cinematográfica del franquismo. Las escenas que se eliminaron fueron cortadas en las salas de montaje de este organismo, mientras que los cambios en los diálogos se disimularon haciendo un doblaje íntegramente nuevo para que no se notaran las diferencias en las voces. A los actores de 1941 no se les pidió su participación en este doblaje, que fue realizado por el equipo de dobladores de la Metro Goldwyn Mayer en Barcelona. Según el testimonio del hijo de José Nieto, a los actores se les diría más tarde que Franco nunca había estado satisfecho con la versión anterior.

A partir de 1950 no se exhibiría ninguna copia de la versión primera; es posible que el negativo original, que no ha sido localizado hasta el momento, se destruyese. Sin embargo, en 1993 la Filmoteca Española localizó una copia de nitrato de Raza, procedente de un cine ambulante. Se encontraba en muy mal estado, pero fue suficiente para comprobar la importancia de los cambios entre la película original y Espíritu de una raza. Se inició entonces la búsqueda en otros países, y en 1995 se localizó en la Filmoteca de Berlín, procedente de archivos de la UFA (Universum Film AG) que habían permanecido en la antigua RDA, el negativo íntegro de Raza.

Comprender las modificaciones que se realizaron requiere atender a los cambios en la situación internacional que se habían sucedido entre el estreno de Raza en 1942 y la segunda versión de ésta en 1950. No en vano, el estreno original tuvo lugar en un momento en el que tanto Franco como sus consejeros creían segura la victoria del Eje; con el desenlace final del conflicto –e incluso antes de este– las circunstancias cambiaron, y Franco se transmutaría entonces en el más firme aliado de Occidente contra el comunismo.

Pese al maquillaje, las democracias internacionales someterían al régimen a aislamiento en un principio, por más que quepa preguntarse hasta qué punto esa actitud se llevó hasta sus últimas consecuencias La no inclusión en Naciones Unidas, la retirada de embajadores y, más tarde, la imposibilidad de acceder al Plan Marshall, dejaban al país en una situación que exigía la puesta en marcha de una nueva escenografía. Las manifestaciones de adhesión en la plaza de Oriente ante el aislamiento diplomático, la Ley de Sucesión e, incluso, el ofrecimiento de una división de soldados que Franco hizo a los Estados Unidos para luchar en Corea se enmarcan en esta reinterpretación del régimen, para el que tan providencial resultó la Guerra Fría. Los años cincuenta se inician con un acercamiento cada vez más claro del coloso americano a la España franquista. Ya a finales de los cuarenta había habido claras señales de que las relaciones mejoraban (la visita de una misión militar estadounidense, el préstamo de veinticinco millones de dólares, y el fondeamiento de la flota de los Estados Unidos en El Ferrol); y precisamente a partir de 1950, año en que se estrena Espíritu de una raza, la ONU levanta la condena al régimen y empieza a producirse su ingreso paulatino en organismos internacionales (la FAO ese mismo año, la OMS en 1951, la UNESCO en 1952), que culminaría con la entrada como miembro de pleno derecho de Naciones Unidas en 1955.

En en este marco en el que hay que inscribir los cambios que se realizaron en la segunda versión de Raza. Una de las primeras tareas consistió, obviamente, en eliminar o mitigar sus contenidos fascistizantes, presentes sobre todo en las referencias a Falange. Según Román Gubern, el mismo cambio del título a Espíritu de una raza sirve ya para atenuar las connotaciones fascistas, al introducir un término de origen religioso. Podría ser, pero, en cualquier caso, hay cambios mucho más palpables en este sentido. Sin ir más lejos, en los títulos de crédito de Espíritu de una raza, el espectador se encuentra con que estos se han eliminado en su mayor parte. Según Ferrán Alberich, este cambio se hizo con el fin exclusivo de introducir el nuevo rótulo explicativo: hubo que acortar los títulos de crédito porque la duración de los mismos venía limitada por la duración de la música. Sin embargo, esta explicación se desmiente sola, puesto que en esta segunda versión la banda sonora ya no es la misma: han desaparecido las notas del Cara al Sol que se oían al iniciarse los títulos de crédito de la primera versión.

No es ésta la única referencia falangista que se elimina: brillan por su ausencia los saludos fascistas y los gritos de ¡Arriba España!. Asimismo, se elimina la escena en la que dos soldados cantan en la trinchera una jota dedicada a la Falange –véase el vídeo–, y los planos de archivo de aviones bombardeando Bilbao. En el desfile final, desaparecen los planos del retrato de José Antonio y de los obreros colocando la imagen de Franco en las calles de Madrid tras la entrada de los nacionales.

Lo que antes era fascista ahora es firmemente anticomunista: el general comunista que acusaba a Pedro Churruca –el antagonista de la película– de traición ya no le recrimina el no ser un auténtico antifascista sino un auténtico comunista. Este cambio en particular es la síntesis de todos los restantes: así, el bando nacional ya no es fascista y el gran enemigo, a su vez, queda reducido al comunismo.

La insistencia anticomunista es, de hecho, muchísimo más evidente en esta nueva versión. El rótulo nuevo que se le coloca a Espíritu de una raza reza así:

La historia que vais a presenciar no es un producto de la imaginación. Es historia pura, veraz y casi universal, que puede vivir cualquier pueblo que no se resigne a perecer en las catástrofes que el comunismo provoca.

Esto sirve, en la reescritura de la Historia que acompaña al lavado de cara de régimen, para presentar la guerra civil, en el contexto de la Guerra Fría, como el primer combate contra el comunismo, haciendo aparecer al Franquismo como precursor o visionario de la lucha de la posguerra.

En esta línea, hay también algunos cambios menos perceptibles pero no menos significativos. En el juicio de José, lo que en Raza era una acción vil y antiespañola se designará con el nombre mucho más politizado de revolución española, que remite claramente al comunismo. Asimismo, en su discurso final, Pedro Churruca ya no habla de materialistas sordos u hombres huecos, sino de comunistas bárbaros y ateos.

La cosa no queda ahí, puesto que para acercarse del todo a los fines perseguidos era necesario eliminar a su vez a otros enemigos: los que ahora se quería que fueran amigos. Se echan en falta, por tanto, las alusiones a la masonería en las escenas referentes a la Guerra de Cuba. Y por supuesto, ha desaparecido el papel que desempeñaban los Estados Unidos como potencia extranjera instigadora de la pérdida colonial.

Si no la han visto, no se la pierdan. Y si pueden comparar, mejor aún.

Uno: el brikindans

El debate sobre los nombres de calles que hacen referencia a personajes del franquismo es complejo, y nunca había sido intención de quien escribe entrar en él, por las múltiples aristas que presenta y por la propia incapacidad para formarse una opinión tajante al respecto. Sin embargo, un rápido buceo por las noticias del día no deja otra opción, siquiera sea por aquello de dar una apariencia de seriedad a esta entrada inspirada por una mamarrachada más de cuantas a diario protagoniza la llamada clase política de este país aún conocido como España.
En tanto en cuanto se considera que dar el nombre de alguien a una calle constituye un homenaje al personaje en cuestión, en principio el asunto parece admitir poca discusión: a cualquier demócrata le parecerá inadmisible caminar por una calle que lleve el nombre del Caudillo o de cualquiera de sus colaboradores. El problema, como siempre, es que las cosas no son necesariamente tan sencillas.
De un lado, y entra aquí la deformación profesional (preprofesional, más bien), porque los nombres de las calles son también Historia. Historia viva, si se quiere. Quitar todos los rótulos franquistas no va a borrar cuarenta años de nuestra Historia, por más que algunos parezcan empeñarse en ello. Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos, y a veces una se pregunta si es mejor o peor tener de ello un recordatorio. A ningún historiador –a nadie, en realidad– debería escapársele lo mucho que nos dicen los nombres de nuestros espacios públicos sobre nuestro pasado: no sólo sobre la época en que vivieron los personajes, ideas o lugares que aparecen en los azulejos, sino también y muy especialmente sobre el momento en que se pusieron. Valgan como ejemplo aquellas avenidas bautizadas en conmemoración de los XXV años de paz tan celebrados por el Régimen–y no sólo: no olvidemos lo mucho que le gustaba esa paz a Víctor Manuel–, de las que ignoro si quedará alguna; pero también las infinitas vías de nombre más reciente, las de la Constitución o, más pintorescamente, las avenidas de la Mujer Trabajadora o las calles Asociación de Vecinos (no me lo estoy inventando). Y sin tanto tinte sociológico –pero también–, el hispalense Parque de María Luisa, que como cualquier sevillanito de a pie debería saber lleva ese nombre por algo. El caso es que cuando uno pasea por Sevilla puede preguntarse aún por qué esos jardines se llaman así, o qué importancia tuvieron en su días las asociaciones de vecinos para llegar a darle nombre a una calle (dejando aparte aquello de que el santoral y el repertorio se agotan). Pero ya no tendrá ocasión de interrogarse acerca de esa avenida que a una servidora siempre le suscitó de pequeña una enorme intriga, y que sólo años después –cuando ya no existía, o no como tal– acertó a desentrañar: Héroes de Toledo, se llamaba. La avenida en cuestión hoy lleva el nombre de Hytasa: Hilaturas y Tejidos Andaluces, S.A. Ante esto, me concederán que las dudas que aquí presento sobre lo que ganamos con el cambio son cuanto menos legítimas.
El otro problema, como suele ocurrir, es el de los límites. O el de los criterios. Hay casos evidentes, las avenidas del Caudillo y otras semejantes. Pero poco después empieza la confusión, y empieza precisamente porque la Historia está ahí y porque no hay manera de borrarla. Porque un hombre como Adolfo Suárez era quien era antes de ser quien todos recuerdan. Porque los alcaldes de cuarenta años de dictadura obviamente no fueron democráticamente elegidos, pero tal vez pese a ello fueran buenos alcaldes, o no lo fueran malos, o qué sé yo. Porque hay ediles socialistas con un historial en Falange. O desde otra óptica, porque está muy bien condenar sin paliativos a los líderes del alzamiento, pero qué me dicen ustedes de personajes como Largo Caballero y su apología de la Guerra Civil. Un botón como muestra de lo que podría convertirse en una lista interminable y en un debate estéril y agotador. Tengo familia en la calle Carlos Marx, que a muchos podría no hacerle gracia, imagino.

En fin, lo que al menos sirve de consuelo es saber que nuestros políticos mantienen vivo el interés por analizar con rigor todas las espinosas cuestiones que suscita este asunto, y que al menos cuando se cambien los nombres se hará desechando lo que fuimos por un reflejo fiel de lo que somos: bienvenidos a la calle Chiki-Chiki.

Lo que les decía. Historia viva.

El referente europeo (I): España y la idea de Europa hasta la Guerra Civil

Las estadísticas nos dicen que España, a día de hoy, es uno de los países más europeístas del continente. Al fin y al cabo, ya se sabe que íbamos a ser “los primeros con Europa”. Al margen de aquel desastre, lo cierto es que en pocos países goza la idea de la construcción europea de tan buena fama como tiene en España, quitando algunos grupúsculos situados por lo general en los extremos del espectro político. En el imaginario colectivo español, el referente europeo no deja de ser un referente de todo aquello que es moderno, señal de progreso y ejemplo de todo aquello que sería deseable. Sin embargo, este lenguaje político es a la vez viejo y nuevo: viejo en que sus orígenes se remontan bastante atrás; nuevo en tanto en cuanto –y esto es lo extraordinario– forma parte, ahora sí, de un consenso básico compartido –en mayor o menor medida, con mayor o menor entusiasmo, desde un mayor o menor conocimiento de causa– por un porcentaje muy alto de la sociedad española. Como ocurre con la construcción de otros referentes simbólicos tendentes a conseguir un cierto grado de cohesión (otros dirían reconociliación) nacional, este cambio parece fraguarse entre los grupos de oposición del tardofranquismo y por parte de las clases dirigentes durante los años de la Transición y los primeros gobiernos democráticos. Resulta, pues –aunque a los pipiolos se nos olvide a menudo– que no siempre estuvo ahí.
De hecho, una idea recurrente de la cultura política española contemporánea ha sido –y sigue siendo– la del retraso del país frente al resto del continente europeo y su incapacidad para adaptarse a las tendencias predominantes en este. Esta percepción, fuente de tantas amargas quejas de que seguimos siendo África, con frecuencia vino en el pasado acompañada de una voluntad de aislamiento o recogimiento con respecto a Europa. Este retraso, que sólo en parte es legendario –pues todo tópico tiene un fundamento real– se ha explicado en ocasiones aludiendo a la expansión extraeuropea de España como factor causante de su despreocupación por los asuntos del continente. Así, la atención dedicada desde la Edad Moderna a las colonias americanas habría propiciado una tendencia española, manifiesta hasta hace escasas décadas, a mantenerse al margen del orden europeo. A este análisis viene a sumarse un cierto determinismo geográfico, que ve en España un área fronteriza en virtud de su situación periférica respecto al núcleo del continente, convirtiendo a la Península en una zona predestinada al aislamiento, una especie de espacio difuso situado entre África y Europa, sin llegar a ser claramente ninguna de las dos cosas. La idea no es sólo española: un viajero europeo del XIX como Gautier sentenciaba a mediados de aquel siglo que la Península, que linda con África, como Grecia con Asia, no está hecha para las costumbres europeas. Y remachaba, no sin cierto sentido del humor: con más de treinta grados de temperatura, las constituciones se funden o estallan.
Aunque no es del todo descartable ninguno de los factores explicativos apuntados –y la Historia a menudo es demasiado compleja como para pretender reducirla a una mera sucesión de causalidades claramente delimitadas–, es posible que haya que atender a otras circunstancias para comprender mejor la tendencia española al ostracismo –matizable, por otra parte– en lo que respecta al marco europeo. En efecto, otras interpretaciones sostienen que, más que de estos factores, el retraimiento español respecto a Europa fue consecuencia de la decadencia sufrida por el país desde mediada la Edad Moderna, y muy marcadamente ya a partir del siglo XVIII. El hecho real de esta pérdida de peso específico y el impacto psicológico de dos siglos de guerra se unirían así a la forja por parte de las potencias competidoras de la célebre leyenda negra que convirtió a España, según Sánchez Albornoz, en la gran calumniada de la Historia. Por otra parte, Europa nunca tuvo una consideración especialmente positiva entre los españoles. Crespo MacLennan apunta que para España Europa fue, primero, una serie de provincias a las que gobernar, luego, un campo de batalla y, finalmente, el lugar donde vivían sus enemigos.
Entrando en la Edad Contemporánea, es necesario señalar que el retraimiento con respecto a Europa no fue total en el siglo XIX. De hecho, los avatares y las idas y venidas de la construcción –que a la postre cabría calificar de defectuosa– del Estado liberal en España no sólo no son ajenos a lo que estaba ocurriendo en Europa, sino que en buena medida tienen en el referente europeo un eje principal. En efecto, la lucha decimonónica entre valores liberales y tradicionalismo presenta un grado importante de identificación con lo que en suma habría sido una pugna entre el ideal de la europeización y la aspiración de conservar las más puras esencias españolas frente a esta invasión extranjera que era la modernidad. Se mire por donde se mire, y al margen de los resultados finales, las corrientes que se enfrentan sin darse tregua durante buena parte del siglo español no son otras que las que estaban en lucha en prácticamente todo el continente.
En cualquier caso, lo cierto es que desde tiempos de los Reyes Católicos, la construcción de la identidad nacional española vino en buena parte marcada por la identificación del catolicismo como el más importante elemento aglutinante en las etapas iniciales de la formación del Estado-nación español. Así, ser buen español equivalía a ser buen católico, ecuación que el liberalismo español no alcanzó nunca a deshacer. En este sentido, el fracaso del Estado moderno en la construcción de un discurso identitario se vio reforzado por un uso inadecuado de la enseñanza como instrumento para la forja de ciudadanos. Dejada esta en manos de la Iglesia católica, la construcción de la identidad resultó siempre incompleta y sustituyó la creación de una conciencia ciudadana por la de una comunidad de creyentes.
Si a esta circunstancia se suma el impacto de la Guerra de Independencia, se comprende bien la pugna nacional entre los partidarios de una modernización a la europea y los valedores de la identidad católica tradicional de los españoles. En efecto, ya para finales del siglo XVIII el influjo de la Ilustración había convertido en asunto esencial del debate político el centrado en la conveniencia de adaptar las instituciones y la vida política nacionales a las predominantes en el resto de Europa. Las diversas percepciones de las ideas ilustradas, que eran vistas por algunos como la panacea para el progreso civilizado y por otros como una amenaza herética venida del extranjero, vendrían a reforzarse a partir del enfrentamiento bélico y la victoria contra las tropas invasoras francesas. El apoyo de los afrancesados al gobierno bonapartista vendría a la postre a reafirmar entre los grupos más tradicionalistas la convicción de que la modernización europeizante defendida por algunos constituía una traición a lo español.
El desastre del 98 vino a agudizar el enfrentamiento entre “casticismo” y “europeísmo” en un momento histórico en el que una España decadente buscaba ansiosa recetas para su regeneración. El duro golpe que supuso para la conciencia nacional la pérdida de las últimas posesiones coloniales fue para algunos intelectuales un revulsivo que les llevaría a buscar una cura a las enfermedades de un país abatido y decadente, discurso este último que vino a ser el predominante tras producirse el desastre. Pero no toda la intelectualidad miraría hacia Europa como forma de sacar al país de su abatimiento; en efecto, en las disputas intelectuales de principios del siglo pasado volverían a enfrentarse la percepción europeísta y la casticista, tal vez ahora intensificadas por la premura de encontrar un remedio para una España doliente.
El proyecto de europeización de Joaquín Costa hay que entenderlo en este contexto. En realidad, su idea de una catarsis fundamentada en la europeización del país se remontaba a los últimos años del siglo XIX, algo antes de producirse la debacle del 98. Sin embargo, será a partir de este momento crucial para la conciencia colectiva cuando Costa dé rienda suelta al proyecto en un “Mensaje y Programa de la Cámara Agrícola del Alto Aragón” publicado en El Liberal el 13 de noviembre de 1898. En este texto se recoge un programa de reconstitución y europeización de España, que tras semejante desastre debía proceder una total rectificación de su historia: era necesario fundar de nuevo España. A partir del desastre, la europeización aparecía como una necesidad acuciante intensificada por la conciencia vívida de una aceleración del tiempo histórico que hacía más necesario que nunca el salto hacia la modernidad, identificada con todo lo que representaba Europa. Ante la temible perspectiva de una africanización, era necesario

[…] lanzar al país, sin reparar en temeridad de más o de menos, no ya a gran velocidad, sino a una velocidad vertiginosa, con la esperanza, siquiera remota, de alcanzar en su carrera a Europa y de brindar un consuelo en los pocos años que le quedan de vida a la generación actual […]
La mayor de las batallas aún no la hemos perdido; la estamos perdiendo. Vivimos aún en pleno Cavite y en pleno Santiago de Cuba. Todavía se admite diferencia entre nosotros y Marruecos; pero dentro de poco, si nuestro letargo se prolonga, Europa nos mirará desde tan lejos que ya no advertirá diferencia, clasificándonos a las dos como tribus mediocres, estorbo en el camino de la civilización […]
[Se trata de] rehacer o refundir al español en el molde del europeo.

Frente a esta percepción de lo europeo como solución al problema español se situaría la de Ángel Ganivet, articulada en torno a una metafísica tradicional del alma española. En Ganivet la mirada se volvía hacia el interior, hacia el misticismo que para él constituía lo esencial del carácter español. La religión española se contraponía así a Europa, que el autor identificaba con el ansia egoísta de apropiación, el materialismo anti-humano y anti-natural; el espíritu moderno, en cuyo fondo anida el mercantilismo más despiadado, que se va apoderando, como la enfermedad verdaderamente para la muerte, de todo lo que toca, destruyéndolo como el caballo de Atila, sin dejar nada con vida a su paso. La España de Ganivet se oponía radicalmente a la civilización europea, que en última instancia se vería forzada a recurrir a los españoles para que estos le mostrasen la fuerza moral y espiritual de la España eterna, virgen y madre.
En ningún lado como en la disputa entre Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset es tan evidente la confrontación a principios del siglo XX de estas dos visiones polarizadas de lo que necesitaba España para sanarse. En efecto, Unamuno fue portador de un discurso que entroncaría en buena medida con el de Ganivet, centrado como estaba en la españolización como cura. Aunque en sus primeros escritos el literato se decantaba por una apertura de España a las influencias europeas, terminaría por dejar atrás estas convicciones en virtud de la identificación de la civilización europea con una mentalidad dogmática excesivamente centrada en el cientifismo y en lo material. Oponiéndose a los modernizadores europeos, Unamuno proclamaría que cuanto más pensaba en la cuestión mayor repugnancia sentía hacia los principios fundamentales del espíritu europeo moderno, la ortodoxia científica y sus métodos y tendencias: declarando que él no se sentía ni europeo ni moderno, atribuiría el hecho a una incapacidad intrínseca de los españoles, derivada de su profunda espiritualidad, para integrar en su mentalidad colectiva los conceptos de la modernidad europea. El alma nacional del español estaría representada en la figura literaria del Quijote, con su idealismo y su fe utópica en la inmortalidad, creencias que constituían el único consuelo posible para los españoles y que se veían amenazadas por el racionalismo importado de Europa. ¡Que inventen ellos!, sentenciaría ante quienes habían convertido la tecnología y la ciencia, el mundo material, en objeto de veneración.
Ortega y Gasset negaría de raíz la validez de esta visión, convirtiéndose en defensor del europeísmo más categórico, el que veía a España como problema y Europa como solución. El patriotismo del dolor de Ortega equivalía a la necesidad de señalar el atraso de España para así poder percibir el contraste que presentaba con la modernidad europea, cuya racionalidad científica, lejos de constituir la amenaza que en ella veía Unamuno, habría de erigirse en única posibilidad de salvación del país. Sin embargo, el pensamiento de Ortega es algo más complejo que la reivindicación costista de la salvación a través de la europeización; en efecto, Ortega consideraba urgente la regeneración de España e identificaba este proceso con el de europeización. Pero había en el filósofo un proyecto más amplio, tendente no sólo a europeizar España sino también a españolizar Europa: era la integración de ambas realidades lo que perseguía. Se complementaba esto con su análisis, en La rebelión de las masas y en la Meditación sobre Europa, de la posibilidad y la necesidad de una unificación europea como forma de vertebrar el continente en torno a la idea liberal, frente a los totalitarismos de entreguerras. Ortega aparece así en buena medida como un crisol en el que se recoge no sólo la herencia de Costa, sino también –consciente o inconscientemente– la de Ganivet y la de su gran adversario, Unamuno. Al mismo tiempo, anuncia una preocupación por la integración de Europa que en el mundo surgido de la Paz de Versalles empezaba a aflorar tímidamente en el continente en la forma aún primitiva del paneuropeísmo y en un ambiente de entendimiento personificado en Aristide Briand y Gustav Streseman. Este tiempo de paz, no obstante, era aún frágil y habría de quebrarse con la Segunda Guerra Mundial y los hechos que la precedieron.
De estos proyectos participaría en cierta medida la Segunda República, en la que pudo haber cristalizado definitivamente lo que ha venido en conocerse como una nueva Edad de Plata de la cultura española, que en las primeras décadas del siglo y pese al desastre –o quizá precisamente por el revulsivo que este supuso– resultaba prometedora. En efecto, la República contó inicialmente en su haber con la participación activa de un buen número de intelectuales, entre los que se contaba el propio Ortega, cofundador con Pérez de Ayala y el Doctor Marañón de la Agrupación al Servicio de la República. Este reflejo de una voluntad de modernización en lo científico y en lo intelectual tendría sus paralelos en la intensa actividad desarrollada en materia de política exterior, dada la firme intención de Azaña de superar el retraimiento de España con respecto a la realidad europea y mundial. La República llevó a cabo una actividad sin precedentes que buscaba fomentar la cooperación entre las democracias europeas y el mantenimiento de la paz en el continente. Asimismo, fue protagonista de una actividad diplomática importante en la Sociedad de Naciones, en la que la gran figura española sería Salvador de Madariaga, más tarde personaje clave del europeísmo español en el exilio.
No obstante, buena parte de la célebre intelectualidad republicana sufriría un paulatino desengaño respecto a las posibilidades de futuro que ofrecía el régimen a medida que la evolución de este se llenaba de grietas y fracturas, y el estallido de la Guerra Civil pondría fin definitivamente a esta trayectoria prometedora de la cultura española y de lo que podría haber sido en última instancia un acercamiento a Europa, definitivamente frustrado hasta décadas más tarde por tres años de contienda fratricida y por la posterior construcción de un Estado autoritario, encerrado en sí mismo y reivindicador de lo tradicional frente a la amenaza de la modernidad. Se cortaba así, junto con muchas otras, la esperanza de una España más cercana a Europa.

(Más en Julio Crespo MacLennan, José María Beneyto, Pablo Jáuregui o Antonio Moreno Juste, entre otros.)

Política exterior, economía y Realpolitik. Franco y los aliados

Hoy toca un poquito de Historia…

Nos guste más o menos, es obvia la estrecha relación existente entre economía y relaciones internacionales. Aun huyendo de reduccionismos marxistas que atribuyan todo el devenir histórico a las estructuras económicas, no hay duda de que estas juegan un papel fundamental en la política exterior de los Estados y, en un sentido más amplio, en la actividad política en general. Gabriel Tortella sostiene que la economía no es ningún deus ex machina, y trabaja con la tesis de que la esfera política tiene su propia dinámica, que en el corto plazo resulta decisiva, mientras que los cambios políticos profundos vienen determinados por la evolución económica. Se suscriba o no esta teoría, interesa resaltar que en cualquier caso la relación entre ambos campos es innegable. Por otra parte, esto no deja de ser evidente habida cuenta de que la división no obedece más que a consideraciones de carácter pragmático y convencional, destinadas a facilitar el estudio de la realidad acotando sus límites. Pero la realidad es una y caprichosa, y no se presta fácilmente a divisiones.
Estas observaciones generales resultan esclarecedoras si se aplican a lo que Tusell consideró la cuestión verdaderamente más importante desde el punto de vista historiográfico respecto del Franquismo, es decir, los factores que posibilitan explicar que el régimen se sostuviese durante cuarenta años. En este sentido, el contexto internacional y la economía, inextricablemente ligados como están, son claves necesarias para la comprensión del fenómeno. Más allá de los méritos o deméritos que quepa atribuir a los diplomáticos franquistas y al resto de hombres del régimen, de la inteligencia o justicia con la que se comportase –o no– este en lo relativo a la represión y el mantenimiento del orden público, de la valoración que merezcan sus relaciones con la Iglesia o la política educativa puesta en marcha por el poder; más allá de toda la serie de factores que, concatenados y entrelazados, definen y explican la evolución histórica de cualquier sistema político, lo cierto es que un factor ajeno al control del régimen, como era la situación internacional que comenzó a perfilarse a partir de la Segunda Guerra Mundial, habría de resultar decisivo a la hora de perpetuar en el poder a Franco. A su vez, la evolución económica de la España franquista, favorecida por las condiciones internacionales de la Guerra Fría, afianzó el apoyo sociológico al régimen, contribuyendo también a su perduración.

El esquema sintético de lo ocurrido en la inmediata posguerra mundial sostiene que, tras la rendición de las potencias del Eje, el régimen franquista aparecía como el último reducto del fascismo recién derrotado, lo cual propició una política de aislamiento internacional del régimen. Esta afirmación genérica es válida, pero es también incompleta y matizable. Es cierto que en estos años de reorganización del orden mundial se puso en marcha con respecto a España una política combinada de gestos diplomáticos y medidas reales de presión; otra cosa bien distinta es calibrar la intensidad y duración reales de esta política.
En la Conferencia de San Francisco de junio de 1945, en la que se aprobó la Carta de las Naciones Unidas, la delegación mexicana presentó una moción que en definitiva iba encaminada al aislamiento internacional de la España franquista. Esta moción era en buena medida resultado de las gestiones realizadas por la Junta Española de Liberación, máxima representación del gobierno republicano en el exilio en México, ante el Ministro de Relaciones Exteriores de este país. Los republicanos consiguieron que el delegado mexicano en San Francisco, Luis Quintanilla, presentase la moción que lleva su nombre, cuyo contenido estipulaba la imposibilidad de que formasen parte de la Organización de las Naciones Unidas países con regímenes que hubiesen sido establecidos con ayuda de las naciones del Eje. La moción Quintanilla, aprobada por aclamación, iniciaba una ofensiva contra el régimen que se vería ratificada en Potsdam cuando Stalin, Truman y Attlee declarasen en su comunicado final que el gobierno español,

establecido con ayuda de las potencias del Eje, no posee, en razón de sus orígenes, de su carácter y de su estrecha relación con los países agresores, las cualidades necesarias para justificar su admisión en las Naciones Unidas.

Daba así comienzo lo que dio en conocerse como la “cuestión española”, que en años sucesivos habría de convertirse en asunto frecuente de discusión en el seno de las Naciones Unidas. En febrero de 1946, la Asamblea General aprobaba en Londres, a propuesta de Panamá, su Resolución 32 (I), que condenaba expresamente el régimen franquista por no representar al pueblo español y solicitaba a los países miembros que en sus relaciones con Madrid se atuviesen al espíritu de la Carta de la ONU. En abril, Francia cerraba su frontera con España tras la ejecución por parte del régimen franquista de un grupo de guerrilleros. Unos días más tarde, el país galo hacía una declaración conjunta con estadounidenses e ingleses, según la cual España no podría esperar relaciones cordiales con los antiguos aliados contra el fascismo mientras perviviese el régimen de Franco.
Por añadidura, ese mismo año se crearía en el Consejo de Seguridad un subcomité específico para examinar si España constituía una amenaza para la paz y la seguridad mundiales. Fueron Francia, la URSS, Polonia y Australia los principales países instigadores de esta medida. Los Estados Unidos enviaron al subcomité un memorándum en el que se afirmaba que la economía española se encontraba demasiado debilitada como para suponer una amenaza; así, el subcomité no decidió finalmente que el régimen fuese un peligro internacional, aunque sí instó en su dictamen final a la ruptura de relaciones diplomáticas con España. La Resolución 39 (I) de la Asamblea General, aprobada el 12 de diciembre de 1946 con 34 votos a favor, 6 en contra y 13 abstenciones, declaraba que la ONU estaba

convencida de que el gobierno fascista de Franco en España, que fue impuesto por la fuerza al pueblo español, con la ayuda de las potencias del Eje, y que prestó considerable apoyo material a esas potencias durante la contienda, no representa al pueblo español y que su continuado dominio de España hace imposible que ese pueblo participe con los de las Naciones Unidas en los asuntos internacionales.

En consecuencia, recomendaba

prohibir al gobierno de Franco pertenecer a los organismos internacionales creados por las Naciones Unidas o relacionados con ellos [y] que todos los Estados Miembros retiren inmediatamente sus embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en Madrid.

El año 1946 se cerraba así con una dura condena internacional al régimen y con las medidas de repudio diplomático descritas. Pero la cosa no quedaría en una mera exhibición de gestos: mucho más importante a efectos reales resultó la exclusión de España del Plan Marshall. De hecho, la recomendación de la Resolución 39 (I) tendría entre sus consecuencias la de retardar cualquier posibilidad de ayuda económica procedente de Washington, lo cual contribuiría al deterioro de una economía que desde el final de la Guerra Civil encontraba enormes dificultades para sostenerse. En efecto, el gobierno americano había detenido toda forma de ayuda exterior al régimen, negándose a conceder créditos oficiales y prohibiendo que se vendiesen a compradores españoles excedentes de propiedad pública, al tiempo que los entes gubernamentales estadounidenses reducían al mínimo la adquisición de productos españoles. Ello había provocado la retracción del crédito privado y de las exportaciones a España, hechos que vinieron a sumarse al impacto de una cosecha catastrófica y a la circunstancia de que el país había agotado prácticamente las existencias de carburantes líquidos, agravándose el problema por unos retrasos en el suministro de fueloil y gasoil americanos. Así, la situación económica española era francamente crítica en los momentos en que se ofreció a Europa el Plan Marshall.
No es de extrañar que el régimen viese en el Plan de Recuperación Europea la posibilidad de reincorporarse al mundo exterior y la de salir del atolladero económico en que se hallaba. En efecto, desde Madrid se veía en el Plan la posibilidad de España de participar en la reconstrucción europea y por tanto en la distribución de materias y productos intercambiables. Se podría así reactivar el comercio con la parte de Alemania ocupada por los aliados occidentales; acceder a créditos en dólares en una época en que estos eran un bien escaso; adquirir los productos alimentarios de los que tan necesitado estaba el país; importar bienes de equipo; y facilitar en definitiva la recuperación económica y las relaciones comerciales con otros países europeos. Al mismo tiempo, la inclusión en el Plan Marshall minaría las bases del aislamiento diplomático y la actividad de los adversarios del régimen en el seno de la ONU y supondría, es evidente, una clara mejora en las relaciones con los Estados Unidos.
No habría de ser así. Al cabo de un complejo proceso en el que los diplomáticos españoles intentaron gestionar por vías indirectas la inclusión del país en el Plan, las esperanzas del régimen se vieron defraudas al mostrarse los Estados Unidos dispuestos a ello sólo en caso de no tropezar con oposición entre el resto de los países europeos receptores de ayuda. A pesar del exitoso acercamiento de la diplomacia española a países como la Portugal de Salazar, lo cierto es que la mayoría de los futuros beneficiarios del Plan Marshall, y muy significativamente Inglaterra y Francia, no se mostraron dispuestos a colaborar. Así pues, España quedaría definitivamente excluida del maná que habría supuesto la ayuda americana.
Franceses e ingleses mostraron su oposición a la inclusión del país en el Plan de Recuperación, pero lo cierto es que ambos reanudarían ese mismo año sus relaciones comerciales con la España de Franco: en febrero, Francia reabría la frontera con España. Unos meses más tardes, sendos acuerdos comerciales con galos y británicos rompían el cerco exterior: este, en sus manifestaciones más extremas, había durado poco más de año y medio.
En realidad, ni siquiera durante ese tiempo había sido total: en efecto, las amistosas relaciones con la Argentina de Juan Domingo Perón habían deparado al régimen una importantísima ayuda económica ya en 1946. El 30 de octubre de aquel año, España y Argentina firmaban un Convenio Comercial y de Pagos, en virtud del cual España recibía un crédito de 350 millones de pesos destinado a comprar a Argentina 400.000 toneladas de trigo, 120.000 de maíz y otros alimentos y materias primas. Además, Argentina adquiriría corcho, plomo, aceite y manufacturas a precios muy beneficiosos para España.
En lo que respecta a la actitud de ingleses y franceses, la ruptura del cerco comercial por parte de ambos evidenciaba que se habían impuesto en ambos países consideraciones de interés nacional por encima de la repugnancia ideológica que pudieran sentir hacia el régimen franquista. En efecto, tras la Resolución 39 (I) los británicos hicieron todo lo posible por evitar la imposición de sanciones económicas a España, conscientes como eran de que un bloqueo podría comprometer gravemente su propia recuperación. Para el Reino Unido eran esenciales diversas exportaciones de frutas españolas, así como el abastecimiento de potasio y muy especialmente de piritas, ingredientes necesarios para el programa de fertilizantes que el gobierno británico se proponía poner en marcha. Y sobre todo, los británicos compraban a España tres materias primas que habría sido muy difícil sustituir: mineral de hierro para la industria metalúrgica, resina sólida y corcho. A esto se sumaban las relaciones financieras entre ambos países, habida cuenta de las reservas de libras esterlinas que España acumulaba, de los créditos que el país adeudaba al mercado bancario inglés y de la necesidad de asegurar un futuro óptimo a las inversiones inglesas en España. Por otra parte, los cálculos del Economic Intelligence Department parecían augurar que el régimen podría ser capaz de aguantar aun a pesar de producirse un bloqueo que en tal caso resultaría fútil, máxime teniendo en cuenta la ayuda argentina. Estos planteamientos explican la firma de un acuerdo monetario para regular el comercio entre ambos países.
También los franceses tenían fuertes intereses en España, donde las inversiones galas representaban en 1946 la mitad de la inversión extranjera. Además, el cierre de la frontera estaba suponiendo importantes pérdidas en la balanza comercial francesa, que llegaban a la cuantía de 300 millones de pesetas; por añadidura, había impuesto la necesidad de prescindir de determinados alimentos y bebidas tradicionalmente importados de España y la pérdida de un comprador importante de los fosfatos y minerales procedentes del Magreb. Aún más importante era la necesidad de colocar en el mercado español su producción industrial. La conveniencia de reabrir la frontera y de suscribir un acuerdo comercial, tal como se hizo en 1947, era evidente.
El aislamiento internacional, por tanto, no fue nunca completo, y ya en 1947 su existencia resultaba bastante dudosa. Sin embargo, a estas alturas los principales países europeos –a pesar de los acuerdos económicos– aún se mostraban lo suficientemente reacios a mantener relaciones normales con España como para impedir, como de hecho hicieron, su inclusión en el Plan Marshall. El Franquismo se vería por tanto obligado a resistir un poco más. Pero las tornas estaban a punto de cambiar.
En ese cambio de tornas entran la guerra de Corea y las consideraciones estratégicas para un plan de defensa occidental en los momentos más calientes de la Guerra Fría, y los consiguientes pactos de Madrid para la instalación de bases militares estadounidenses en España. Y una ayuda económica que sentó las bases para la puesta en marcha del Plan de Estabilización y para el desarrollismo de los sesenta. Y una España que, viendo mejoradas sus condiciones materiales de vida, no se puede decir exactamente –por más que algunos se empeñen ahora en contarnos lo antifranquista que era este país– que se desviviese por aquello tan abstracto y lejano de la libertad.
Las verdades sobre el ser humano son a veces bastante feas. Pero ahí están.

[Para saber más cabe recomendar, entre otros muchos, a Ángel Viñas y Florentino Portero.]

El fascista de Aznar

Las dificultades de definición del fascismo derivan, entre otras cosas, de su propia falta de coherencia interna: el fascismo no es una ideología monolítica y comprehensiva a la manera del marxismo, ni ofrece como hace éste una interpretación completa y concordante (más con sus propios postulados que con la realidad histórica en el caso de Marx, pero ésa es otra cuestión) del mundo, de la Historia y del progreso. Tampoco tiene un programa del todo definido, o al menos resulta difícil extraer los rasgos comunes de los diversos fenómenos que han sido calificados de fascistas; aquí, por cierto, cabe un criterio restrictivo o uno más lato, pero desde luego lo que no cabe es andar calificando de fascista a toda la derecha habida y por haber. Por otra parte, estamos ante ideologías cuyo principio fundamental es la negación: el fascismo es ante todo anti. Anticapitalista, antiliberal, anticomunista. También es ante todo praxis, y está poco respaldado por un corpus teórico previo y propio (esto no quiere decir que no tuviera ideólogos, pero creo que no llegó nunca a elaboraciones con una argumentación filosófica comparable siquiera a la del marxismo –no siendo en absoluto equivalentes, por cierto, complejidad filosófica y bondad intrínseca–).
Dicho esto, es comprensible que los intentos que se han hecho de definir el fascismo correspondan más bien a “listados” de características que se le pueden atribuir. Entre los trabajos más importantes realizados en este ámbito estarían los ya clásicos de Stanley Payne, en particular su obra de 1980 Fascism: Comparison and Definition, aunque obviamente sobre este tema se ha seguido escribiendo, teorizando e interpretando, y el debate historiográfico no parece que se vaya a cerrar nunca del todo. Lo que tampoco parece, no obstante, es que las aportaciones de Payne vayan a perder su valor. Payne elabora una lista (de hecho, un cuadro) en la que establece una descripción tipológica del fascismo. Me parece que puede constituir un interesante objeto de reflexión este listado, a la vista tanto de algunas noticias recientes como –y esto es quizá más importante porque lo tenemos en casita– de ciertas acusaciones que oímos habitualmente en labios de una izquierda autoproclamada que no se sabe muy bien cuán alejada está del propio Chávez.
Tomemos a Payne y juguemos sencillamente a un divertido juego. El deporte es sano, ¿no? Pues venga: Aznar vs. Chávez. Suena el silbato:

A. Las negaciones fascistas:

– Antiliberalismo: Chávez 1 – 0 Aznar

– Anticomunismo: Chávez 1 – 1 Aznar

– Anticonservadurismo: Chávez 2 – 1 Aznar

B. Ideología y Objetivos:

– Creación de un nuevo Estado nacionalista autoritario, no basado únicamente en principios ni modelos tradicionales: Chávez 3 – 1 Aznar

Aclaro los motivos de esta puntuación: el fascista de Aznar, dejando aparte sus errores y las “actitudes” políticas de las que se puede discrepar, no subvirtió nunca el orden constitucional español, ni se colocó por encima de la lógica y la matemática parlamentaria, ni protagonizó un intento de golpe de Estado. Chávez no sé cuántas reformas constitucionales lleva ya, y su tendencia a perpetuarse en el poder es notoria. El fascista de Aznar limitó sus mandatos a ocho años. Y lo cumplió.

– Organización de algún tipo nuevo de estructura económica nacional integrada, regulada y pluriclasicista, se llamara nacionalcorporativa, nacionalsocialista o nacionalsindicalista: Chávez 4 – 1 Aznar

Ninguno de los dos encaja del todo aquí, pero creo que es obvio que la intensa regulación económica de Chávez lo hace mucho más (aunque no sea pluriclasicista) que el liberalismo económico del aznarato. Le otorgo el punto, pues.

– El objetivo del imperio o de un cambio radical en la relación de la nación con otras potencias. Chávez 5 – 2 Aznar

Las puntuaciones concedidas (un punto para cada) no se atienen del todo a mis propias opiniones al respecto, pero las dejo así en atención a quienes dicen (olvidando la política del propio Felipe González –OTAN de entrada no–) que el alineamiento con Estados Unidos y la postura proatlántica en general rompía con los tradicionales postulados de las relaciones exteriores de España. Esto es sumamente discutible, pero aceptemos barco. En cuanto a Chávez, su voluntad manifiesta de ser líder de un cambio regional y sus notorias excentricidades (por así llamarlas) en política exterior creo que le hacen acreedor sin duda de este bien merecido punto.

– Defensa específica de un credo idealista y voluntarista, que normalmente implicaba una tentativa de realizar una nueva forma de cultura secular, moderna y autodeterminada: Chávez 6 – 2 Aznar

Jugamos de nuevo al “a ver quién se parece más”. Chávez no creo que sea idealista, pero abusa constantemente de la cuestión de la cultura del subcontinente latinoamericano y de su independencia –léase autodeterminación, ¿no?– respecto a los malvados imperialistas; también habla de un “socialismo del siglo XXI” que tiene mucho de esta retórica de lo nuevo, de un cierto renacer.

C. Estilo y organización:

– Importancia de la estructura estética de los mítines, los símbolos y la coreografía política, con insistencia en los aspectos románticos o místicos: Chávez 7 – 2 Aznar

¿Les suenan esas camisetas rojas? ¿Ese tono exaltado?

– Tentativa de movilización de las masas, con militarización de las relaciones y el estilo políticos y con el objetivo de una milicia de masas del partido: Chávez 8 – 2 Aznar (creo que no harán falta explicaciones).

– Evaluación positiva y uso de la violencia, o disposición al uso de ésta: Chávez 9 – 3 Aznar

Aquí vuelvo a hacer una concesión; creo que hay cosas que son cualitativamente distintas, pero sin ánimo de entrar en largas disquisiciones al respecto concederé que ambos líderes han estado más que dispuestos al uso de la violencia. (Por otra parte, ¿qué Estado no lo está? Aquí es donde entraríamos en las diferencias cualitativas, pero eso para otro día.)

– Extrema insistencia en el principio masculino y la dominación masculina, al mismo tiempo que se defendía la visión orgánica de la sociedad: dejemos el marcador sin cambios.

Podría defenderse, puestos a defender, que ambos son machistas, o que no lo es ninguno. A falta de políticas concretas –que se me ocurran de entrada– que respalden un argumento u otro, y a pesar de que a mí me parece claramente que Chávez va de macho, los dejo a los dos sin puntos. Todo sea por la concordia.

– Exaltación de la juventud sobre las otras fases de la vida, con hincapié en el conflicto entre generaciones, por lo menos al efectuar la transformación política inicial: de nuevo sin cambios (aunque tal vez me falten datos), pero creo que el culto a la juventud es lamentablemente algo bastante extendido por todo el mundo hoy día. Como si la juventud fuera un valor en sí mismo. En esto caemos quizá todos, aunque no a la manera de los fascismos.

-Tendencia específica a un estilo de mando personal, autoritario y carismático, tanto si al principio el mando es en cierta medida electivo como si no lo es: Chávez 10 – 3 Aznar

Goleada de Chávez, pues. En fin, entenderán ustedes que no pretendo que se tome esto demasiado en serio, y que en buena medida no es más que un juego, una salida tal vez simpática y facilona. Pero creo que el listado de Payne, pese a que yo lo haya masacrado, da mucho que pensar. Creo también, y esto es clave, que Chávez no es un fascista: a estas alturas, tiene una demasiado claro que el término no debe aplicarse a la ligera, pero ése precisamente es el problema de lo que está haciendo Huguito. Que no es fascista, repito, pero que desde luego se acerca más a la definición de fascismo que nuestro denostado y doméstico Aznar. Tampoco hace falta acusar a Chávez –erróneamente– de fascista: argumentos contra él hay de sobra. Algunos dirán que también contra Aznar; yo creo que sí, que los hay. Pero también creo que no son tantos, o no tan buenos. Chávez lo está demostrando a diario, pero más que sus diatribas reitero que me preocupan los iluminados líderes de una izquierda española (pero plurinacional, ¿eh?) que según parece no ha abierto en su vida un libro de Historia. Quizá sí hayan devorado muchos de memoria histórica, claro. Pero convendrán conmigo en que eso… Eso es otra cosa.

La media memoria

La memoria lo que busca es la legitimación del presente. Yo creo que es mejor asumir nuestro pasado entero que ponernos delante de un espejo y decir “no, a ver, si me pongo de perfil así yo creo que no estoy mal (…)”

La afirmación no es mía, obviamente, pero nos lo decían el otro día en clase y viene al pelo.
José Antonio Parejo es investigador y profesor en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla. El Aula de la Memoria Histórica es un organismo dependiente del Ayuntamiento de la misma ciudad (casualmente, para bien o para mal, la mía). Si ponemos a estos dos actores frente a frente, diríase a priori que el más autorizado a hablar de Historia debería ser el historiador. No es cuestión de depositar una fe desmedida en la universidad española, ni siquiera en el gremio de los historiadores, en el que habrá de todo. Pero, puestos a elegir, y tratándose de reconstruir la Historia, parecería más digno de confianza un trabajo de investigación, basado en la recogida de datos, que las afirmaciones de los políticos y sus organismos, basadas en la recogida de votos.
En días recientes los acontecimientos parece que han puesto de relieve las consecuencias perversas de dejar la Historia en manos de políticos al tiempo que se confunden –me temo que a conciencia, al menos en algunos casos– conceptos tan distintos y en ocasiones enfrentados como Historia y memoria. No creo que sea necesario argumentar algo que, por otra parte, es una obviedad. Lo señala certeramente el protagonista de los hechos:

El concepto mismo [de memoria histórica] es una aberración, porque una cosa es la memoria y otra muy distinta es la Historia. La memoria tiende a olvidar los malos recuerdos, pero eso no ocurre con la Historia, que tiene que remitirse a los hechos históricos. Lo que parece que se pretende aquí es mezclar las dos cosas y reescribir la historia de España, en ese episodio concreto, de acuerdo a un planteamiento determinado.

El planteamiento, claro, del Aula de la Memoria Histórica y de lo que en definitiva es el espíritu mismo de esta recuperación que nos venden, basada en una distinción neta y maniquea entre buenos y malos y (lo que es peor, porque las valoraciones son personales) en una ocultación deliberada de la realidad de lo que fue una de las etapas más inestables, violentas y dramáticas de nuestra Historia reciente. Hablo, claro está, de la Segunda República, ese paraíso perdido tan añorado por muchos que no tuvieron la mala suerte de padecerlo ni han tenido de momento la sana intención de poner en duda una memoria creada por cualquiera menos por historiadores. No digamos ya de ponerse en duda a sí mismos. Las “convicciones firmes” a veces tienen estos efectos, pero los libros suelen ser un buen antídoto.
El efecto de todo esto tiene un nombre: censura. Cuando el Aula de la Memoria Histórica encarga a Parejo un libro sobre la Falange en Andalucía y concretamente en Sevilla, éste comete el error de revelar en el mismo algo tan escandoloso y políticamente incorrecto como lo siguiente:

No era un partido de señoritos, compuesto exclusivamente por gente de derechas, sino que, como se demuestra en los archivos, la Falange era un partido interclasista, con un componente de obreros muy importante durante la República.

A partir de aquí, la publicación del libro queda aplazada e inexplicablemente demorada, hasta que finalmente se le dice a su autor a las claras que convendría que modificase algunos aspectos del libro “porque hay opiniones y frases que suponen un trato de favor a la Falange”.
Sobrarían los comentarios, pero no me resisto. La censura es preocupante, pero en algún que otro sentido tal vez sea aún más triste pensar que los señores encargados de una cosa que hacen llamar Aula de la Memoria Histórica puedan ser tan ignorantes. Digo esto porque dos y dos suelen sumar cuatro. Falange era un partido fascista, en el sentido no restrictivo del término. Y resulta que el fascismo, como sabe cualquiera cuya formación histórica vaya más allá de lo que aporta la LOGSE, cuenta entre sus principales características este interclasismo. Me extrañaría, pero es posible (no lo sé) que este libro constituya la primera constatación científica del fenómeno en Andalucía o incluso de su aplicabilidad a Falange en general, pero a grandes rasgos no es un gran descubrimiento en el contexto de la caracterización de los fascismos. A poco que se sepa algo de Historia, no es una sorpresa. Antes al contrario. De modo que, señores, si van ustedes a dirigir un Aula de la Memoria Histórica, estaría bien que no practicasen la censura. Pero, si han de hacerlo, por lo menos aprendan antes Historia. Aunque sea para no hacer el ridículo más de lo estrictamente necesario.

La noticia y una entrevista a Parejo aparecieron ayer, cinco de noviembre, en la edición impresa de El Mundo / Andalucía, página veintinueve. Aquí se recoge una versión; notablemente resumida, pero algo es algo.

Todavía me dirán que es que esto lo cuenta El Mundo. Esos fachas. Cómo va a ser verdad.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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