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Reflexiones sueltas sobre violencia doméstica

En la tarde de ayer, Toni Cantó publicó en Twitter una serie de cifras sobre violencia de género y denuncias falsas que le había proporcionado la asociación FederGen (Federación de Afectados por las Leyes de Género). Muy pronto quedó claro que los datos no se correspondían con la realidad, y a las cuatro horas el diputado pidió disculpas. Como es habitual, el asunto pronto se convirtió en El Tema de Conversación de la tarde-noche, en uno de esos ciclos que habitualmente duran un máximo de un par de días y luego se esfuman hasta ser sustituidos por la siguiente barbaridad que suelte algún político, el último meme rocambolesco o los comentarios relativos al Partido del Siglo de cada fin de semana. En cualquier caso, y más allá de Cantó, todo ello dio lugar a bastantes conversaciones sobre la cuestión de la llamada “violencia de género”*.

Si introduzco eso de “llamada” en la frase anterior, es por algo. La denominación se corresponde con una determinada conceptualización de la violencia doméstica dirigida contra la mujer, y con la presunción de que existe un mecanismo causal: la construcción social de las identidades de género (masculino y femenino) que establece una jerarquía basada en el principio de dominación masculino. Dicho en otras palabras, estamos ante la idea, ampliamente asumida en el discurso mediático y político dominantes, de que la violencia doméstica contra la mujer se produce como consecuencia del machismo. En esta idea se basan todas nuestras políticas en el ámbito de la violencia contra la mujer, tanto las desplegadas a través de campañas publicitarias que se dirigen fundamentalmente a atacar planteamientos machistas como la aprobación de legislación que establece una discriminación penal para los mismos delitos en función de si estos los comete un hombre o una mujer.

Sin embargo, y pese a los recursos invertidos y a la centralidad de este problema en la agenda política y mediática, resulta inquietante comprobar que, año tras año, la incidencia de este tipo de violencia no parece disminuir.

Fuente: FEDEA. Datos del Instituto de la Mujer.

La Ley Integral contra la Violencia de Género se aprobó a finales de 2004, hace más de ocho años. Desde entonces, no se observa ninguna tendencia significativa (ni positiva ni negativa) en la evolución de los datos. No es, tampoco, el primer esfuerzo que se hace en esta materia en España. En este estado de cosas, parece no sólo legítimo, sino necesario y perentorio, plantearse si existe la posibilidad de que nos hayamos equivocado en el diagnóstico y estemos, por ello, aplicando políticas ineficaces. En principio, uno pensaría que quienes más activamente denuncian la violencia contra la mujer serían los primeros en cuestionar la eficacia de las políticas y los planteamientos actuales. Sin embargo, esto no sucede. No sólo eso, sino que existe un considerable tabú (que a menudo se traduce en autocensura) en esta delicada cuestión, dado que manifestar una posición crítica supone exponerse a ser tachado de machista, “falto de sensibilidad” y otras lindezas. Resulta francamente misterioso que quienes más preocupados dicen estar por la violencia que sufren las mujeres sean quienes menos interés tienen en examinar si nuestras políticas están errando el tiro.

Como sabrá el lector, carezco de las credenciales para hacer un diagnóstico sobre las causas del maltrato hacia la mujer; las intuiciones que tengo son eso, meras intuiciones. Ahora bien: ello no implica que no pueda someter a escrutinio la explicación oficial, particularmente cuando las políticas que de ella se derivan no parecen surtir efecto. Yendo al origen, parece pertinente cuestionar la presunta relación causal entre machismo y violencia doméstica contra la mujer. Es esa relación, que se da por hecha, la que está en la raíz misma de que hablemos de “violencia machista” o “violencia de género”. Para examinarla, me he tomado un ratito para cruzar algunos datos en la cutre-gráfica que sigue:

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En la escala horizontal se encuentra el Índice de Potenciación de Género (datos de 2006, páginas 367 y siguientes), que mide el nivel de participación de las mujeres en la sociedad a través de varios indicadores. Así, aunque hay otras medidas posibles y cuantificar el machismo es un asunto complejo, nos ofrece al menos una primera aproximación; a mayor sea el valor de este índice, presumiblemente será menor el machismo. En el eje vertical, el número de mujeres asesinadas por sus parejas por cada millón de mujeres mayores de 14 años (también 2006, página 88). Los países los he elegido, básicamente, en función de la disponibilidad de datos y procurando que no se trate de culturas demasiado ajenas a la nuestra. Como podéis comprobar en la gráfica, y a tenor de esta aproximación, no parece que haya una correlación clara entre ambos fenómenos. Aunque no he elaborado una gráfica, ocurre algo similar con el Índice de Desarrollo de Género. Huelga decir que nada de esto excluye que el machismo pueda ser un factor entre otros muchos; después de todo, es poco probable que el fenómeno sea unicausal. Ahora bien, la centralidad del machismo, tomado como elemento explicativo prácticamente único, parece que la ponen en duda los datos de los que disponemos. Esto es algo que, como mínimo, debería hacernos reflexionar.

Por último, quería añadir un par de apuntes. El primero es relativo a la cuestión de las falsas denuncias. La conclusión que saco tras hacer algunas búsquedas es que no tenemos, a día de hoy, datos fiables sobre esta cuestión. Ayer se difundió mucho en Twitter un informe de la Fiscal de Sala Delegada Coordinadora contra la Violencia sobre la Mujer, junto con la conclusión de que sólo un 0,014% de las denuncias son falsas. Sin embargo, un simple vistazo a la metodología empleada para detectar qué denuncias son falsas deja claro que el informe tiene un valor nulo a la hora de medir la incidencia del fenómeno. La Fiscal asegura que el alto porcentaje de casos sobreseídos o sin condena se ha interpretado erróneamente como señal de que se trataba de denuncias falsas, cuando en muchos casos se trata más bien de ausencia de pruebas. Hasta aquí, el argumento puede sostenerse; el problema estriba en que, a continuación, se viene a sugerir que para lo que  hacen falta pruebas es para aseverar que una denuncia ha sido falsa. El rasero es curioso, como lo es la metodología (véanla ustedes: páginas 642 y siguientes). La única conclusión que creo posible extraer, a día de hoy, es que sencillamente no estamos en condiciones de dar datos sobre el grado de incidencia de las denuncias falsas. Como otros, este es un tema que probablemente merezca nuestra atención, ya sea por la necesidad de desmentir o de confirmar de forma convincente la existencia y/o extensión del fenómeno. Para dilucidar si este es un problema que debe preocuparnos, se impone la necesidad de contar con estudios serios y datos fidedignos.

El segundo y último apunte se refiere a la relevancia mediática del asunto. Prácticamente no hay semana en que no nos desayunemos alguna mañana con una noticia sobre una mujer asesinada. Ello sugiere que existe un desequilibrio considerable entre la incidencia estadística de la violencia doméstica hacia la mujer y su presencia mediática en comparación con otras muchas tragedias. En 2011, murieron asesinadas por sus parejas 66 mujeres. El mismo año, hubo 1088 fallecidos en accidentes de tráfico. Por otra parte, la incidencia de la violencia sobre la mujer en España es relativamente baja en comparación con los países de nuestro entorno. Aunque nada de ello detrae de la importancia del problema, sí que lleva a preguntarse si la alarma social generada en torno a este asunto se corresponde con la incidencia real del fenómeno, y si un país como España tiene motivos para esa autoflagelación colectiva a la que tan dados somos.

* He obviado durante todo este post mis objeciones lingüísticas y estéticas a este horrendo anglicismo, pero declaro solemnemente, y para que conste en acta, que no las olvido 🙂

(Aviso: dado que este debate es sensible y a menudo genera reacciones no del todo civilizadas, no tendré reparo alguno en borrar cualquier comentario que pretenda abordar este asunto con un ad hominem.)

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A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
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(Tony Judt)


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(Tzvetan Todorov)


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