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Justicia incompleta y transiciones

En las últimas semanas, una serie de acontecimientos han vuelto a sacar a la palestra pública la cuestión de la memoria histórica y, en paralelo, la de la transición a la democracia que se produjo a la muerte del dictador Francisco Franco. La muerte de Manuel Fraga, primero, hizo arder las redes sociales con reproches a su actividad política durante el régimen. Poco después, ha sido la celebración de los juicios al juez Baltasar Garzón la que ha ahondado en la resurrección de un debate que, desde hace ya un tiempo, había quedado en buena parte sepultado bajo la evidencia de que España tenía cuestiones más urgentes a las que atender: la centralidad del debate en torno a cuestiones económicas, la sangrante realidad de un contingente de más de cinco millones de parados (y los que vienen) y la apabullante sucesión de derrotas electorales del Partido Socialista dan fe de que, en tiempos de crisis, la gente está poco dispuesta a perderse en disquisiciones sobre el pasado que poco aportan al futuro.

Ahora, el debate ha vuelto a abrirse. Le auguro, en realidad, una corta vida como asunto de discusión pública (pese a los esfuerzos sistemáticos de El País y de ciertos sectores políticos por convertir la supuesta “persecución” del juez Garzón en gran prioridad informativa), pero no dejan de constituir motivo de reflexión algunas de las cosas que se leen estos días. El tema es amplio y daría mucho de sí, pero no es mi intención abordarlo en profundidad. Para quien quiera una información ponderada desde el punto de vista jurídico sobre el asunto de Garzón, dejo un par de enlaces sobre el juicio por declararse competente para investigar los crímenes del franquismo y sobre el de las escuchas ilegales: ambos se alejan tanto del linchamiento de la figura como de su exaltación como héroe, ateniéndose a los aspectos de derecho que deberían en puridad constituir el núcleo de cualquier análisis serio de la cuestión. Sobre la figura de Fraga, hay en Voddler un documental bastante interesante (junto con otro sobre Carrillo) y, de lo aparecido en la prensa, el artículo de Santos Juliá me llamó especialmente la atención por su capacidad de análisis de un personaje político de indudable relevancia en nuestra historia reciente.

Por lo que a este apunte respecta, es evidente que estos acontecimientos recientes han provocado una resurrección de ese mecanismo por el que ciertos sectores políticos y de opinión vinculan la reivindicación de la llamada memoria histórica a una deslegitimación de la transición a la democracia: el penúltimo ejemplo de este discurso lo tenemos en este artículo firmado por Gaspar Llamazares (en el que, por lo demás, se mezclan churras con merinas con una soltura abracadabrante). El discurso asumido por estos sectores en lo tocante a la transición es que durante el proceso se llegó a un vergonzoso pacto de silencio a través del cual los españoles olvidaron -impulsados tan sólo por el miedo- la guerra civil y los cuarenta años de dictadura y decidieron dejar en la estacada a sus víctimas.

En realidad, desmentir esta acusación es tan sencillo como recordar que desde que se inició el proceso se tomaron medidas de resarcimiento de las víctimas y de anulación de la realidad legal de la dictadura; del mismo modo, cualquier búsqueda de bibliografía sobre la guerra civil publicada en España entre, por ejemplo, 1970 y 1985 da fe de que ni mucho menos se sepultó bajo capas de silencio la historia reciente del país. Y nada de esto prejuzga, por lo demás, la pertinencia o no de las medidas de la famosa Ley de Memoria Histórica: algunas de ellas, de hecho, presentan pocas objeciones pese a su vinculación a un discurso no siempre propicio al tratamiento desapasionado del tema y a pesar de que, a la vuelta de los años, ha resultado evidente que la ley no preveía una dotación suficiente de recursos económicos para hacer efectivas buena parte de las medidas que se proponían. En última instancia, queda claro que hay discursos que venden y que el papel lo aguanta todo: otra cosa, me temo, es la realidad.

En cualquier caso, es evidente que desde un punto de vista maximalista y de aspiración a una justicia completa (aquello de fiat iustitia et pereat mundus, por recordar un libro que ya les referí aquí hace un tiempo), quienes esgrimen este discurso tienen razón en que no se hizo una justicia completa. Los crímenes del franquismo quedaron impunes, reza el argumento, y esto nos convierte en un país con un terrible déficit democrático. Lo primero es cierto; lo segundo, en cambio, resulta más bien dudoso. De hecho, no es nada descabellado sospechar que el carácter conciliatorio de la transición está precisamente en la base del relativo éxito (con todas las pegas que se le pueden poner) del proceso. En relación con esto, se hacen a veces comparaciones que difícilmente se sostienen, como la que contrapone la situación española a los juicios y la desnazificación que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial en Alemania; o la que equipara la situación argentina a la española buscando la condena de esta última por no haber juzgado a los asesinos. En el primer caso, parece que se olvida con una facilidad desconcertante que en el proceso medió una guerra entre Estados (no un conflicto civil) y que fueron precisamente las potencias ocupantes las que llevaron a cabo los juicios de Nuremberg que, por lo demás, tuvieron un carácter más ejemplarizante que global; la desnazificación nunca fue completa ni, de hecho, habría sido viable que lo fuera. Respecto al caso argentino, hay una diferencia elemental entre una dictadura de siete años cuyos agentes ejecutores estaban aún muy vivos a su término y un régimen cuya duración se extendió durante cuatro décadas y en el que la temporalización de la intensidad de la violencia represiva es fundamental para comprender su evolución. Equiparar los años de la posguerra con la década de los sesenta sólo puede ser fruto de la ignorancia o de un discurso voluntariamente torticero. Tampoco es lo mismo, por lo demás, un golpe de estado exitoso que llevó inmediatamente a la instauración de la dictadura que uno fracasado que llevó a tres años de guerra civil en los que unos y otros cometieron crímenes (añado que, sobre la violencia del bando republicano, ha aparecido una novedad bibliográfica que parece interesante).

En última instancia, el asunto –como casi todo en política– es cuestión de prioridades. La literatura sobre el tema es muy amplia, pero en líneas generales se han señalado algunos puntos comunes a procesos de transición y pacificación exitosos tras un periodo de conflicto civil, así como los ingredientes del éxito para el establecimiento de un régimen democrático partiendo de uno autoritario. Obviaré aquí, aunque son de una importancia fundamental, los condicionantes económicos y de estructuras sociales, pero hay que apuntar al menos que la existencia de una amplia clase media fue un factor decisivo en la democratización del país. En cuanto al ámbito de la reconciliación, es oportuno recordar algunos de los ingredientes recurrentes en procesos exitosos. Aparte de la discusión pública del pasado –y la hubo, se diga lo que se diga–, suele acompañar a estos procesos una reescritura de ciertas identidades (una oposición clandestina, perseguida e ilegal que pasa a gobernar el país; ministros de la dictadura que pasan a convertirse en demócratas, de corazón y de toda la vida; o un ejército salvapatrias que se convierte simplemente en garante del orden constitucional sometido al poder civil) y toda una serie de gestos y proclamas simbólicos de esos que la transición tuvo a raudales; pero, sobre todo, el que parece ser el ingrediente más importante es precisamente una justicia incompleta y simbólica que tantos le reprochan ahora a nuestra transición. Sigo aquí a Long y Brecke:

(…) justice was meted out, but never in full measure. This fact may be lamentable, even tragic, from certain legal or moral perspectives, yet it is consistent with the requisites of restoring social order (…) Full judicial accountability was inhibited by the possibility of a back-lash by a still powerful military or other group involved in civil violence that could endanger the larger process of restoration of peace. (…) Instead, the decision was often made to draw a line under past human rights violations in the name of national reconciliation. (…) Disturbing as it may be, people appear to be able to tolerate a substantial amount of injustice wrought by amnesty in the name of social peace. One commentator acknowledged that in choosing between them, “people will take a high degree of peace and some imperfect realization of justice”.

En el caso del franquismo, cabe añadir que la longevidad de la dictadura hacía muy difícil incluso una justicia meramente simbólica o ejemplarizante, por el motivo obvio de que el dictador murió en la cama y sus principales colaboradores o bien habían desaparecido o estaban a punto de hacerlo; me refiero, claro, a quienes tomaron parte en su construcción durante las etapas iniciales, que son aquellas en las que realmente cabe hablar de crímenes de guerra o de lesa humanidad. Todo ello por no hablar de que, habiéndose producido una guerra civil tan plagada de escenas espantosas, habría sido difícil caminar en esa dirección sin acabar juzgando a personajes como Carrillo por sus responsabilidades en las sacas de Paracuellos. Ni una cosa ni la otra creo que hubieran aportado mucho: más bien, todo lo contrario. Al final, volvemos a lo que algunos sectores parecen olvidar con extraordinaria facilidad, que es que en política todo son trade-offs: comparar los procesos políticos reales con cuadraturas del círculo que sólo existen en nuestra mentes denota, ante todo, el infantilismo de ciertas concepciones.

Uno: el brikindans

El debate sobre los nombres de calles que hacen referencia a personajes del franquismo es complejo, y nunca había sido intención de quien escribe entrar en él, por las múltiples aristas que presenta y por la propia incapacidad para formarse una opinión tajante al respecto. Sin embargo, un rápido buceo por las noticias del día no deja otra opción, siquiera sea por aquello de dar una apariencia de seriedad a esta entrada inspirada por una mamarrachada más de cuantas a diario protagoniza la llamada clase política de este país aún conocido como España.
En tanto en cuanto se considera que dar el nombre de alguien a una calle constituye un homenaje al personaje en cuestión, en principio el asunto parece admitir poca discusión: a cualquier demócrata le parecerá inadmisible caminar por una calle que lleve el nombre del Caudillo o de cualquiera de sus colaboradores. El problema, como siempre, es que las cosas no son necesariamente tan sencillas.
De un lado, y entra aquí la deformación profesional (preprofesional, más bien), porque los nombres de las calles son también Historia. Historia viva, si se quiere. Quitar todos los rótulos franquistas no va a borrar cuarenta años de nuestra Historia, por más que algunos parezcan empeñarse en ello. Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos, y a veces una se pregunta si es mejor o peor tener de ello un recordatorio. A ningún historiador –a nadie, en realidad– debería escapársele lo mucho que nos dicen los nombres de nuestros espacios públicos sobre nuestro pasado: no sólo sobre la época en que vivieron los personajes, ideas o lugares que aparecen en los azulejos, sino también y muy especialmente sobre el momento en que se pusieron. Valgan como ejemplo aquellas avenidas bautizadas en conmemoración de los XXV años de paz tan celebrados por el Régimen–y no sólo: no olvidemos lo mucho que le gustaba esa paz a Víctor Manuel–, de las que ignoro si quedará alguna; pero también las infinitas vías de nombre más reciente, las de la Constitución o, más pintorescamente, las avenidas de la Mujer Trabajadora o las calles Asociación de Vecinos (no me lo estoy inventando). Y sin tanto tinte sociológico –pero también–, el hispalense Parque de María Luisa, que como cualquier sevillanito de a pie debería saber lleva ese nombre por algo. El caso es que cuando uno pasea por Sevilla puede preguntarse aún por qué esos jardines se llaman así, o qué importancia tuvieron en su días las asociaciones de vecinos para llegar a darle nombre a una calle (dejando aparte aquello de que el santoral y el repertorio se agotan). Pero ya no tendrá ocasión de interrogarse acerca de esa avenida que a una servidora siempre le suscitó de pequeña una enorme intriga, y que sólo años después –cuando ya no existía, o no como tal– acertó a desentrañar: Héroes de Toledo, se llamaba. La avenida en cuestión hoy lleva el nombre de Hytasa: Hilaturas y Tejidos Andaluces, S.A. Ante esto, me concederán que las dudas que aquí presento sobre lo que ganamos con el cambio son cuanto menos legítimas.
El otro problema, como suele ocurrir, es el de los límites. O el de los criterios. Hay casos evidentes, las avenidas del Caudillo y otras semejantes. Pero poco después empieza la confusión, y empieza precisamente porque la Historia está ahí y porque no hay manera de borrarla. Porque un hombre como Adolfo Suárez era quien era antes de ser quien todos recuerdan. Porque los alcaldes de cuarenta años de dictadura obviamente no fueron democráticamente elegidos, pero tal vez pese a ello fueran buenos alcaldes, o no lo fueran malos, o qué sé yo. Porque hay ediles socialistas con un historial en Falange. O desde otra óptica, porque está muy bien condenar sin paliativos a los líderes del alzamiento, pero qué me dicen ustedes de personajes como Largo Caballero y su apología de la Guerra Civil. Un botón como muestra de lo que podría convertirse en una lista interminable y en un debate estéril y agotador. Tengo familia en la calle Carlos Marx, que a muchos podría no hacerle gracia, imagino.

En fin, lo que al menos sirve de consuelo es saber que nuestros políticos mantienen vivo el interés por analizar con rigor todas las espinosas cuestiones que suscita este asunto, y que al menos cuando se cambien los nombres se hará desechando lo que fuimos por un reflejo fiel de lo que somos: bienvenidos a la calle Chiki-Chiki.

Lo que les decía. Historia viva.

La media memoria

La memoria lo que busca es la legitimación del presente. Yo creo que es mejor asumir nuestro pasado entero que ponernos delante de un espejo y decir “no, a ver, si me pongo de perfil así yo creo que no estoy mal (…)”

La afirmación no es mía, obviamente, pero nos lo decían el otro día en clase y viene al pelo.
José Antonio Parejo es investigador y profesor en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla. El Aula de la Memoria Histórica es un organismo dependiente del Ayuntamiento de la misma ciudad (casualmente, para bien o para mal, la mía). Si ponemos a estos dos actores frente a frente, diríase a priori que el más autorizado a hablar de Historia debería ser el historiador. No es cuestión de depositar una fe desmedida en la universidad española, ni siquiera en el gremio de los historiadores, en el que habrá de todo. Pero, puestos a elegir, y tratándose de reconstruir la Historia, parecería más digno de confianza un trabajo de investigación, basado en la recogida de datos, que las afirmaciones de los políticos y sus organismos, basadas en la recogida de votos.
En días recientes los acontecimientos parece que han puesto de relieve las consecuencias perversas de dejar la Historia en manos de políticos al tiempo que se confunden –me temo que a conciencia, al menos en algunos casos– conceptos tan distintos y en ocasiones enfrentados como Historia y memoria. No creo que sea necesario argumentar algo que, por otra parte, es una obviedad. Lo señala certeramente el protagonista de los hechos:

El concepto mismo [de memoria histórica] es una aberración, porque una cosa es la memoria y otra muy distinta es la Historia. La memoria tiende a olvidar los malos recuerdos, pero eso no ocurre con la Historia, que tiene que remitirse a los hechos históricos. Lo que parece que se pretende aquí es mezclar las dos cosas y reescribir la historia de España, en ese episodio concreto, de acuerdo a un planteamiento determinado.

El planteamiento, claro, del Aula de la Memoria Histórica y de lo que en definitiva es el espíritu mismo de esta recuperación que nos venden, basada en una distinción neta y maniquea entre buenos y malos y (lo que es peor, porque las valoraciones son personales) en una ocultación deliberada de la realidad de lo que fue una de las etapas más inestables, violentas y dramáticas de nuestra Historia reciente. Hablo, claro está, de la Segunda República, ese paraíso perdido tan añorado por muchos que no tuvieron la mala suerte de padecerlo ni han tenido de momento la sana intención de poner en duda una memoria creada por cualquiera menos por historiadores. No digamos ya de ponerse en duda a sí mismos. Las “convicciones firmes” a veces tienen estos efectos, pero los libros suelen ser un buen antídoto.
El efecto de todo esto tiene un nombre: censura. Cuando el Aula de la Memoria Histórica encarga a Parejo un libro sobre la Falange en Andalucía y concretamente en Sevilla, éste comete el error de revelar en el mismo algo tan escandoloso y políticamente incorrecto como lo siguiente:

No era un partido de señoritos, compuesto exclusivamente por gente de derechas, sino que, como se demuestra en los archivos, la Falange era un partido interclasista, con un componente de obreros muy importante durante la República.

A partir de aquí, la publicación del libro queda aplazada e inexplicablemente demorada, hasta que finalmente se le dice a su autor a las claras que convendría que modificase algunos aspectos del libro “porque hay opiniones y frases que suponen un trato de favor a la Falange”.
Sobrarían los comentarios, pero no me resisto. La censura es preocupante, pero en algún que otro sentido tal vez sea aún más triste pensar que los señores encargados de una cosa que hacen llamar Aula de la Memoria Histórica puedan ser tan ignorantes. Digo esto porque dos y dos suelen sumar cuatro. Falange era un partido fascista, en el sentido no restrictivo del término. Y resulta que el fascismo, como sabe cualquiera cuya formación histórica vaya más allá de lo que aporta la LOGSE, cuenta entre sus principales características este interclasismo. Me extrañaría, pero es posible (no lo sé) que este libro constituya la primera constatación científica del fenómeno en Andalucía o incluso de su aplicabilidad a Falange en general, pero a grandes rasgos no es un gran descubrimiento en el contexto de la caracterización de los fascismos. A poco que se sepa algo de Historia, no es una sorpresa. Antes al contrario. De modo que, señores, si van ustedes a dirigir un Aula de la Memoria Histórica, estaría bien que no practicasen la censura. Pero, si han de hacerlo, por lo menos aprendan antes Historia. Aunque sea para no hacer el ridículo más de lo estrictamente necesario.

La noticia y una entrevista a Parejo aparecieron ayer, cinco de noviembre, en la edición impresa de El Mundo / Andalucía, página veintinueve. Aquí se recoge una versión; notablemente resumida, pero algo es algo.

Todavía me dirán que es que esto lo cuenta El Mundo. Esos fachas. Cómo va a ser verdad.

Holocausto y culpa

Traduzco aproximada y parcialmente la carta de una adolescente alemana a propósito de la cuestión de la memoria del Holocausto.

¿Qué podemos hacer?
Aprendí sobre el Holocausto en el colegio en Alemania. Nos contaron lo que pasó, fuimos al campo de concentración de Dachau y a Berlín. Sé lo que pasó y siempre he pensado que es terrible. Pero cuando vine de intercambio a los Estados Unidos hace nueve meses empecé a pensar más en el tema y a intentar comprenderlo (…)
Una cosa de la que me he dado cuenta es que lo único que la mayoría de los americanos conocen de Alemania es a Hitler. A menudo me preguntaban, incluso algunos profesores, si soy nazi, si lo son mis padres o si odio a los judíos. Esto me entristecía y avergonzaba. Todo esto es alemán y no puedo cambiarlo, lo sé. ¿Pero cómo puedo sentirme culpable por algo que no es culpa mía? No puedo cambiar lo que ocurrió en el pasado, pero puedo intentar que no vuelva a ocurrir, aunque (…) nunca se puede enseñar lo suficiente sobre el Holocausto como para asegurar que no se repetirá jamás.
Fui con un amigo alemán al Museo del Holocausto de Washington D.C. Es un magnífico museo y conocimos a un soldado americano que estuvo destinado en Alemania y a una joven judía cuya familia logró escapar del Holocausto. El museo no es un lugar en el que puedas sentirte orgulloso de ser alemán. Me sentí avergonzada y deprimida, pero me ayudó que tanto el soldado como la chica judía me tratasen muy amigablemente, con amabilidad y respeto, porque entendieron que no es culpa nuestra. Ambos estaban interesados en saber cómo se enfrenta Alemania, y en especial su generación más joven, a su triste Historia (…)
Sólo tengo diecisiete años; mi abuela diría que qué sabré yo de la vida. He disfrutado mucho de mi año en los Estados Unidos y espero que al menos los americanos que conocí a lo largo de este tiempo no piensen ya que todos los alemanes son nazis ni tengan mala opinión de Alemania.
Agradezco tantísimo que el señor Marzynski no perdiera toda esperanza en Alemania. Sólo lo vi durante una hora en Frontline, pero me sentí como si lo conociera de toda la vida. Un hombre muy agradable.
No me importa si eres judío o cristiano o musulmán. No me importa si eres blanco o negro. En todos los lugares del mundo hay gente buena y gente que no lo es tanto.
Julia Leibold
Munich, Alemania

La negrita es mía. Me resulta terrible la desesperación que parecen traslucir las palabras de alguien que no puede tener la culpa de algo ocurrido hace más de sesenta años. Pero más allá de esta tristeza, me pregunto si alguien se ha parado a pensar en las consecuencias de determinadas políticas de la memoria.
¿Dónde está el límite entre el conocimiento de la propia Historia y el traspaso de la culpa de generación en generación? ¿Es lícito hacer que se herede la culpa? Es sabido que dicha sensación puede generar diversas reacciones, pocas de ellas positivas, algunas de ellas peligrosas: desde el distanciamiento emocional y la frialdad hacia el tema hasta brotes de agresividad resultantes de una sensación de acoso. Que toda una generación en todo un país se sienta perseguida y señalada con el dedo por el simple hecho de haber nacido en Alemania con posterioridad al Holocausto no parece la mejor forma de remediar lo que en cualquier caso es por completo irremediable. No parece la mejor forma de contrarrestar el hecho de que hace medio siglo todo un pueblo en todo un continente fuese efectivamente [ojo: no pretendo establecer comparaciones grotescas: en este caso no era una sensación, sino una realidad] perseguido hasta la exterminación. En cualquier caso, crear culpables que no lo son no creo que contribuya a la empatía con las víctimas. Posiblemente sirva para todo lo contrario.
Tal vez me equivoque. Pero asusta preguntarse si a veces, con las mejores intenciones*, no estamos creando monstruos y sembrando tempestades futuras.

Aquí algunas lecturas de interés sobre esta “tercera generación” de alemanes y su complicada relación con el Holocausto. Es decir: con sus padres, con sus abuelos y con su país.

(* – Cada vez estoy más convencida de que las buenas intenciones habría que hacérselas mirar. A ver si van a ser contagiosas.)

Pasado imperfecto

Ando leyendo estos días diversos textos bastante críticos para con la intelectualidad francesa del último medio siglo. Se trata de cosas que han caído en mis manos como por casualidad, pero que no han tardado mucho en despertarme un fuerte interés por el asunto. La dimensión histórica del mismo, sin duda fascinante, no lo es menos que los paralelismos que vienen a la mente y que pueden invitar a la reflexión acerca de situaciones que ni siquiera son análogas ni comparables, pero que en ocasiones presentan similitudes en algunos aspectos.

“El mito inicial de posguerra sostenía que si bien la resistencia combativa podía tal vez haber sido una minoría, contó con el apoyo y la ayuda de la ‘masa de la nación’, unida en su deseo de lograr la derrota de los alemanes. Sólo Laval, Pétain y sus esbirros tuvieron otros sentimientos y actuaron de otro modo. Ésta era la postura oficial de los comunistas. De ello se hicieron eco en gran medida los gaullistas, quienes insistieron a su vez en que la resistencia había sido un reflejo natural de una nación fiel a sus tradiciones históricas; se resaltó de manera especial la ‘insurrección’ del verano de 1944 como ‘una marejada popular que sobrepasó en sus dimensiones todas las revueltas similares que se dieron en nuestro pasado’. Aunque desde el principio hubo algunos que reconocieron lo pequeña y reducida que había sido la resistencia, su voz quedó ahogada por el coro de la mutua admiración. En un libro publicado en 1945, Louis Parrot escribió acerca del ‘heroísmo puro’ de Aragon y de su mujer, Elsa Triolet, así como del ‘coraje audaz’ de Paul Éluard, y del ‘juego sutil y peligroso’ que desplegó Jean-Paul Sartre al practicar la ‘clandestinidad abierta’ ante las propias narices de las autoridades de la ocupación. Todo esto es morralla, cómo no, pero al menos es morralla de signo ecuménico: todos habían sido buenos.”
Tony Judt, Pasado imperfecto (Taurus. Madrid, 2007)

Pensaba al leer esto en los omnipresentes casos de amnesia colectiva o de tergiversación histórica, y en la tendencia contrapuesta que constituye esa insistencia tal vez excesivamente machacona en hacer culpables de determinadas tragedias o crímenes a generaciones posteriores que ni siquiera estaban vivas cuando aquéllos tuvieron lugar. Cuando se habla de estas cosas, se tiende a pensar en políticas oficiales o gubernamentales de la memoria y muy especialmente en los casos en los que éstas se imponen flagrantemente por encima de cualesquiera otras memorias e incluso de los hechos históricos contrastados. Cabe recordar, a estas alturas del discurso, que equiparar Historia y Memoria es caer en el disparate –amén de suponer, en el caso del historiador, una grave irresponsabilidad–.
Pero el olvido colectivo, o la reivindicación de una memoria parcial, tergiversada o incompleta, no es patrimonio exclusivo de las maquinarias de poder. No lo es la mitificación de la propia historia, como tampoco lo es la insistencia en lo trágico. Y quizá sean los casos en los que no se trata de una política oficial sino de una tendencia psicológica subyacente y “ciudadana” los más preocupantes de todos. De las cosas que interiorizamos es más difícil darse cuenta, y por ende mucho más complejo rebatirlas. Me viene a la mente el complejo de culpa de los jóvenes alemanes, personas de mi generación que a día de hoy no sólo se avergüenzan de la historia reciente de su país (algo bastante comprensible) sino que llegan a sentirse de algún modo responsables de aquello. O tal vez manchados por una carga genética defectuosa. Esto no sólo es injusto y bastante poco saludable, sino que puede resultar a la postre bastante peligroso al constituir previsiblemente un caldo de cultivo de reacciones extremas en sentido opuesto en el momento en que cunda el hartazgo.
En el otro extremo de la balanza está la idealización de la propia historia, ya sea la de un país, un colectivo, un partido o un bando. El texto ya citado acerca de la intelectualidad francesa es un caso bastante obvio, como lo es la tendencia aún generalizada entre muchos franceses a tachar el colaboracionismo de minoritario y anormal y glorificar al resistente y heroico pueblo galo.
Tenemos también buenos ejemplos patrios, a un lado y a otro. La Historia oficial franquista era eso, una Historia oficial, y sería difícil calibrar qué porcentaje de la población llegó a creérsela. Pero está escrita, es desmontable sin grandes esfuerzos y a día de hoy creo que pocas personas sensatas tienen interiorizado ese cuento, por más que Pío Moa y compañía se dediquen a resucitarlo con tan escaso criterio interpretativo como deontológico.
En el otro extremo está lo que nos cuentan de la República, que parte en demasiados casos del error fundamental del que hablábamos antes: la confusión entre Historia y memoria. No pretendo entrar en discusiones sobre leyes de memoria histórica y debates domésticos por el estilo, aunque adelanto que no me cabe la menor duda de que la gente –toda la gente– tiene derecho a saber en qué fosa común está aquel familiar asesinado hace sesenta años. Pero voy a otra cosa: a esa imagen de la Segunda República, reivindicada como el modelo en el cual basar la actual democracia, que tan a menudo olvida que aquel régimen, dotado –eso sí– de toda la legitimidad exigible, fue de todo menos democrático en su espíritu (no necesariamente en sus formas), entre otras cosas porque fue patrimonializada desde sus inicios por un único grupo. Olvidamos también demasiado fácilmente la constante lucha entre fracciones y la absoluta irreponsabilidad política de demasiados dirigentes, como olvidamos lo absurdo que resulta identificar al Partido Comunista –que veía en el régimen burgués un mero paso previo que además había que instrumentalizar para sus fines revolucionarios– con la República. Tan absurdo como identificarla con los movimientos de signo anarquista, que por naturaleza no podían defender una república (ni ninguna otra forma de Estado) más que, en el mejor de los casos, como mal menor. Olvidamos también que personajes como Largo Caballero estaban llamando abiertamente a la guerra civil desde antes de las elecciones de febrero de 1936.
Olvidamos, en suma, demasiadas cosas, quizá porque es reconfortante pensar que alguna vez hubo algo más parecido a lo que hubiésemos querido que aquello que efectivamente tuvimos durante cuarenta años. Y quizá el mayor problema de todos sea que tendemos a confundir las buenas intenciones con la realidad. Y a creérnoslo.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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La imagen de cabecera, Old Machinery, es de DHester y se distribuye bajo licencia Creative Commons.

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