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Tu voto útil. UPyD (I)

Tu voto útil, dicen. Deben haber advertido en UPyD que un lema de campaña así se encara frontalmente con el que va a ser su principal enemigo electoral, que no es otro que el fenómeno mismo con el que según este eslogan pretenden identificarse.
A decir verdad, resulta difícil añadir algo de interés a lo que ya dicen ellos mismos sobre sus propuestas; al fin y al cabo, son casi las únicas, tomadas globalmente, que resultan coherentes y sensatas de cuantas se están planteando con vistas al próximo 9 de marzo. La palabra “globalmente” no se utiliza aquí con el sentido de “en general”: uno podría argumentar, aunque haría falta gran fuerza de voluntad para ello, que pese a algunas cuestiones menores –o mayores– las propuestas del PSOE o del PP resultan por lo general sensatas. Incluso podría intentar convencernos, tomadas de dos en dos o incluso de tres en tres, de que algunas de ellas son coherentes entre sí –esto sí que sería toda una manifestación de voluntad desiderativa, pero en fin–. Lo que difícilmente podría hacer es tomar la totalidad de las propuestas de cualquiera de los dos partidos y no identificar en ella un buen número de insensateces, ocurrencias de última hora, subastas al mejor postor y –sobre todo– absolutas incoherencias. De ejemplos están los periódicos llenos, y creo que no hará falta que una servidora tire personalmente de hemeroteca para probarlo.
De momento, UPyD parece otra cosa. No se trata de agarrarse a un clavo ardiendo, entiéndanme. Habrá en su seno personas de toda calaña –y se entiende, por cierto, que a cada cual puedan resultarles más o menos simpáticos los promotores del nuevo partido, pero contra las manías personales poco se puede hacer, sobre todo por lo mucho que tienen de viscerales–. Si llegan a tener algo de poder, cometerán errores, como todos; y es muy probable que la teoría y la práctica no se correspondan a la hora de la verdad. La realidad, ya se ha insistido en ello en reiteradas ocasiones, impone sus propios límites. Pero he ahí precisamente el quid de la cuestión, al hilo del cual vienen a la mente algunas reflexiones.

En primer lugar, urge rebatir una crítica insistente a UPyD que consiste en que no se definen “políticamente”. Debe entenderse que quienes esto dicen deben referirse más bien a una [in]definición ideológica. Francamente, no alcanzo a entener qué aportaría el atribuirse una etiqueta de este tipo: todo lo que dicen es política, y de momento parece política bien traída, sensata y necesaria. La política, al fin y al cabo, en ocasiones tiene que elevarse por encima de los debates habituales y coyunturales [por otra parte los únicos, prácticamente, habiéndose llegado a un acuerdo casi completo en todo lo demás, por más que los grandes partidos se empeñen en no reconocerlo] entre políticas ligeramente más o menos keynesianas –pero sólo ligeramente, porque aquí todos los gobiernos han hecho políticas neoliberales, y si no identifíquenme ustedes grandes diferencias entre Solbes y Rato–; actitudes más o menos multiculturales –tiene narices que esto se haya convertido en emblema de una izquierda obviamente mal entendida–; una política más o menos proclive a mantener los privilegios de la Iglesia –pero no olvidemos que pese a la palabrería ZP les ha llenado los bolsillos–; o una propensión mayor o menor a las llamadas políticas sociales.
En efecto, resulta desalentador comprobar que sigue habiendo quienes hablan de la articulación institucional y territorial del Estado y de la política antiterrorista como asuntos menores o como “dos cuestiones más” de entre todas las que cabría discutir. No lo son.
Porque no todas las cuestiones son igual de importantes y, sobre todo, porque algunas son anteriores a otras, o mejor dicho: porque algunas son instrumentos para otras, y no al revés. Para hacer política social, como para hacer política fiscal, económica, educativa o de género y génera; para lo que sea, realmente, son necesarias ante todo las instituciones. Por eso importa tanto la articulación territorial y administrativa de las mismas, y por eso un Estado de las autonomías asimétrico redunda indefectiblemente en que los ciudadanos reciban un trato asimétrico. Desigual. Quisiera saber en qué cabeza sensata que se pare un momento a reflexionar cabe la pretensión de que todos los miembros de todas las clases sociales de España tengan las mismas oportunidades reales en la vida –pretensión ciertamente idealista, pero que parece conveniente suscribir como horizonte de llegada– si previamente el país se ha dedicado a atomizar sus estructuras educativas en diecisiete administraciones y cada una baila al ritmo que quiere (ya saben, no es lo mismo la sardana que el flamenco).
Algo similar ocurre con la política antiterrorista. El terrorismo no es una lacra más, como el paro o los accidentes de carretera o –y habrá quien se indigne ante esta afirmación– las desigualdades socioeconómicas. Arcadi Espada ha teorizado mucho y bien sobre esta cuestión, que por otra parte resulta absolutamente intuitiva para quien no tenga la pretensión de plantear argumentos capciosos. Pero por apuntar tan sólo un par de cosas: el terrorismo no es como todas estas cosas, entre otras cuestiones, porque en cualquier ataque terrorista existen unos agentes claros y voluntarios (los conozcamos o no, hay unos culpables) y porque estos agentes persiguen precisamente influir sobre la vida política, cosa que no cabe decir de ninguna de las otras cuestiones señaladas. De hecho, contra el paro, contra los accidentes de carretera y contra las desigualdades sociales se puede luchar desde la política, en función de las prioridades de cada cual. Con el terrorismo ocurre a la inversa: es el terror el que le declara la guerra a la política. Y el término guerra tiene aquí tan sólo sentido metafórico: en absoluto hablamos de una “guerra” con dos “bandos”, como algunos quieren dar a entender. Hablamos de un grupo de asesinos y de una sociedad que vive constantemente amenazada por ellos, sea más o menos consciente de ello. No se puede hacer política en libertad cuando se vive bajo una constante amenaza. Y si el terrorismo es la negación de la política, resulta evidente que su final debe ser algo prioritario. Como la territorial, la política antiterrorista no es tan sólo una más.
Por hacer un uso totalmente desvirtuado de la –en ocasiones tan ilustrativa y, por qué no, tan divertida– terminología marxista, cabría apuntar como síntesis y en defensa de UPyD que plantean propuestas claras y coherentes en el orden de lo estructural, frente a las cuestiones coyunturales. Más sobre coyunturas, cálculos electorales, votos útiles y la influencia de todos ellos que parece advertirse en la configuración de un determinado paquete de propuestas, en próximas entregas. Si es que el cuerpo aguanta.

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Hasta la bandera

No le perdono a la derecha que se haya adueñado de la idea de España, ni a la izquierda que se lo haya permitido.

Arturo Pérez-Reverte

Ante tanta guerra de banderas, una no puede dejar de preguntarse cuánto tiene realmente de artificial el debate –por más que Zapatero diga que lo es– y cuánto hay de verdades de fondo en lo que dicen unos y otros. Y de verdades a medias, claro. Y de mentiras descaradas.
Para alguien a quien las banderas no le importan demasiado, este tema parece sacado de quicio y de entrada habría que darles la razón a quienes dicen que todo esto es un invento del PP para arremeter contra el gobierno. Una excusa más. Pero ocurre que la reflexión pausada y sin prejuicios lleva a la mente por otros derroteros.
Dejando aparte la afición de cada cual a las banderas, agradecería que alguien me explicase por qué el gobierno de todos los españoles se resigna a dejar que no se cumplan las leyes (me refiero, claro está, a aquella maravillosa intervención de Bermejo) que exigen que la bandera nacional ondee con el resto en todos los ayuntamientos. Se pregunta una también por qué no se ven nunca banderas españolas en manifestaciones izquierdosas, mientras que es de lo más frecuente verlas de la Cuba dictatorial, de la ya extinta URSS –también muy democrática, como todos sabemos– o de aquel régimen que se implantó en el solar patrio y que, buenas voluntades aparte, tuvo el dudoso buen gusto de ser patrimonializado por los primeros que en él ocuparon el poder –de algunos de los cuales, por cierto, también cabría dudar en lo que respectaba a su talante democrático–. Si es tan habitual que se porten todas estas enseñas en actos reivindicativos, determinada izquierda tendrá que dejar de alegar que es que no le gusta todo lo que implican las banderas. Habrá que pensar que lo que no le gusta es lo que implica la bandera española.
Y entonces volvemos a lo de siempre. El argumento peregrino de que es que “esa es la bandera de Franco” descalifica de entrada a quien lo usa, porque semejante incapacidad de abstracción –sí, son los mismos colores: ¿y qué?– ante lo que no es más que un trozo de tela no dice demasiado en favor de nadie. Connotaciones sentimentales aparte –que las hay y son todo lo legítimas que es cualquier sentimiento, pero que no deberían estar en la base de actitudes políticas–, lo cierto es que la bandera constitucional representa al país y al conjunto de sus ciudadanos. Que optemos por no llevarla me parece muy respetable: de hecho, a mí difícilmente se me verá con una, porque no soy de las que andan reivindicando lo obvio. Salvo que un día me canse, claro. O que un día lo obvio deje de parecer tan obvio, como parece que ocurre en determinados círculos. Porque igual de respetable debería ser la opción de portar la bandera nacional; desde luego, lo que no se entiende es que en sí misma la enseña constituya un síntoma de ultraderechismo o de quién sabe qué terribles dolencias psíquicas, siempre según la misma gente que opina que son maravillosas algunas de las otras telas de colores ya mencionadas, a las que cabría sumar las ya cansinas senyera e ikurrina. (Nótese que mantengo la grafía de los idiomas respectivos, no vaya a ser que me acusen de fascista intransigente.)
La derecha se ha adueñado de la bandera, se dice. No deja de ser cierto, como lo es que Rajoy y sus compañeros de partido están aprovechando el tema para tener un reproche más que hacerle al gobierno. Pero he dicho que están aprovechando el tema, no que lo estén creando. Porque si es cierto lo anterior, no lo es menos que cierta izquierda parece tenerle alergia a la palabra España y a sus símbolos constitucionales, y que a juzgar no ya por la existencia o no de grandes gestos patrióticos (que son lo de menos), sino directamente por algunas de sus políticas concretas, el Partido Socialista Obrero Español quizá sea de todo menos Español (también es de risa aquello de que es Socialista y Obrero, pero bueno). O que al menos esto cabe opinar de quienes ahora mismo lo representan (sí, dicho sea de paso: creo que hay otro PSOE; lo que no sé es dónde está escondido). ¿Hasta qué punto es lícito quejarse de que la derecha ha patrimonializado los símbolos nacionales, si la izquierda los ha despreciado?
Lo malo es que la cosa no se queda en los símbolos. Los símbolos, al fin y al cabo, son lo de menos. Y conste –tal como andan las cosas, hay que dejar estas cosas claras– que cuando hablo de España no me refiero a ese ente trascendental que una gran parte de la derecha identifica con el nombre (como una gran parte de la izquierda identifica otras banderas con otras nociones trascendentales: no tiene más sentido una cosa que la otra, ni es menos dañina). Cuando hablo de España me refiero a la nación de ciudadanos. Aquel invento de la Revolución Francesa. Aquello que en un pasado ni siquiera tan lejano era tan de izquierdas.
Qué tiempos aquellos.

Nacionalistas españoles

El periódico de los intelectuales nos informa de que el Partido Popular y –atención– Ciutadans son formaciones nacionalistas. Eso sí, nacionalistas “del polo opuesto”. Pase, dado que no tienen ninguno real, que este argumento falaz sea esgrimido constantemente por los nacionalistas periféricos en su desesperada búsqueda de razones que utilizar contra quienes defienden la existencia de una España basada no en esencias nacionales preexistentes sino en la soberanía de los ciudadanos y en la búsqueda de la mayor igualdad posible de derechos y deberes. Pero volvemos a tener que soportar la tendencia a la desinformación y a la tergiversación de la realidad que cada día parece hacerse más presente en las páginas del rotativo más prestigioso de España (y probablemente, pese a todo, el de mayor calidad–lo cual da una idea de cómo es el resto).

En el polo nacionalista opuesto, los partidos que rechazan no sólo la independencia de Cataluña sino su vigente Estatuto de Autonomía, el PP y Ciutadans-Partido de la Ciudadanía, se han lanzado en las últimas semanas a campañas de denuncia de la desespañolización de Cataluña. Que encuentran eco, sobre todo, fuera de Cataluña. Su principal caballo de batalla es la política lingüística, sobre la que presionan permanentemente para frenar cualquier avance de la presencia social del catalán. Con ocasión de la Diada del Onze de Setembre han resucitado otro clásico, la guerra de banderas.

El redactor de este reportaje y la persona –sea quien sea– responsable de permitir su publicación deberían, como presuntos periodistas (la presunción de inocencia en algunos casos se impone por su propio peso), leer un poco. Nadie, ni siquiera el PP, aunque muchos en su seno puedan pensar cosas así, parece defender hoy día que España se base en unas esencias nacionales preexistentes y anteriores a cualquier pacto social, ni que lo que nos convierte en españoles sea el jamón, el flamenco y los toros, olé. Que yo sepa, lo que nos hace españoles es aquel invento llamado Constitución, aquello de la soberanía nacional. Ser español es una cuestión de DNI, independientemente del idioma que uno hable con los amigos, de que le guste u odie la bandera nacional, de que salga de tapas o prefiera la comida japonesa, de que se emocione o no escuchando el himno o de que en su lista de aficiones se encuentren o no las grandes tradiciones patrias. Nos hacen españoles los derechos, las libertades y los deberes que compartimos con otros cuarenta y dos millones de españoles, más allá de sentimentalismos bobalicones que pueden ser muy legítimos en otros ámbitos, pero que no pintan nada en el de la política. Nadie en ese bando que El País considera “nacionalista español” defiende que los españoles tengamos un determinado Rh. Y España, hasta donde yo sé, no anda reivindicando su Lebensraum. A los “nacionalistas españoles” de los que habla El País no se les oyen cosas como ésta:

“(…) Cataluña como país, como nación, no es un invento. Es una realidad histórica, de materia y de espíritu, de cuerpo y alma, de sentimiento y de institución. Que viene de lejos. Cataluña no es fruto de ninguna Constitución ni de ningún pacto político ni de ningún programa electoral. Viene de mucho más lejos y de más hondo. No es ninguna abstracción. Por lo tanto, no es Cataluña la que ha de adaptarse a una Constitución, sino la Constitución, la que sea, la que debe adaptarse a Cataluña y respetarla”.

Por otra parte, señores, no quieran engañarnos: a nadie le preocupa la presencia social del catalán, ni que ésta avance o retroceda. De hecho, no somos pocos los que consideraríamos bastante positivo que el catalán avanzase –de verdad– socialmente, y no a base de imposiciones institucionales y leyes de depuración lingüística. Lo que preocupa es el retroceso del español en los espacios institucionales y públicos. La imposibilidad de escolarizar a un niño en español. Y, por otra parte, el hecho de que una parte de los jóvenes catalanes –y en esto me baso en la experiencia personal más que en las estadísticas– no dominen del todo el español. Lo cual, por cierto, les hace un flaco favor. Y si no, salgan ustedes de su cantón e intenten hablar catalán por el mundo.
Pensar que en el periódico español de referencia aún no han aprendido la distinción entre la nación entendida como un conjunto de ciudadanos libres y soberanos y ese peligroso invento que es la nación romántica, basada en quién sabe qué atributos raciales, culturales o lingüísticos, resulta preocupante. Pero no sé si lo es más pensar que conocen perfectamente la diferencia y prefieren pasarla por alto.

Integridad vs. integrismo

Leo aquí que Josu Jon Imaz se retira de la vida política tras su previsible derrota frente al sector fundamentalista del PNV. Más allá de que el nacionalismo sea en sí mismo un planteamiento irracional, no cabe duda de que la marcha de Imaz es una muestra más de las múltiples radicalizaciones que desde hace un tiempo se propagan por el espacio político español, afectando de manera creciente a casi todas las formaciones políticas y destrozando lenta pero eficazmente esa apuesta por el entendimiento que fue sin duda uno de los mayores logros de la Transición. La existencia de personajes moderados, aun en el seno de un partido que ya desde sus mismas bases ideológicas y fundacionales tendría pocas cosas positivas que aportar, no dejaba de ser ligeramente esperanzadora. Frente a los esperpentos a los que nos tienen acostumbrados Ibarretxe y sus correligionarios, resultaba saludable ver a alguien capaz de situar sus planteamientos dentro del marco de la legalidad y de un mínimo de responsabilidad política. Desgraciadamente, aquello no podía durar. Parece que en este país –del que también en esto forman parte los vascos, por cierto– sigue vigente la costumbre de condenar al aislamiento y la soledad a quienes no se suman a las pataletas de unos u otros.
Patada a patada, ya suman otro tanto. Acabarán ganando la partida.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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