Posts Tagged 'prensa'

Reflexiones sueltas sobre violencia doméstica

En la tarde de ayer, Toni Cantó publicó en Twitter una serie de cifras sobre violencia de género y denuncias falsas que le había proporcionado la asociación FederGen (Federación de Afectados por las Leyes de Género). Muy pronto quedó claro que los datos no se correspondían con la realidad, y a las cuatro horas el diputado pidió disculpas. Como es habitual, el asunto pronto se convirtió en El Tema de Conversación de la tarde-noche, en uno de esos ciclos que habitualmente duran un máximo de un par de días y luego se esfuman hasta ser sustituidos por la siguiente barbaridad que suelte algún político, el último meme rocambolesco o los comentarios relativos al Partido del Siglo de cada fin de semana. En cualquier caso, y más allá de Cantó, todo ello dio lugar a bastantes conversaciones sobre la cuestión de la llamada “violencia de género”*.

Si introduzco eso de “llamada” en la frase anterior, es por algo. La denominación se corresponde con una determinada conceptualización de la violencia doméstica dirigida contra la mujer, y con la presunción de que existe un mecanismo causal: la construcción social de las identidades de género (masculino y femenino) que establece una jerarquía basada en el principio de dominación masculino. Dicho en otras palabras, estamos ante la idea, ampliamente asumida en el discurso mediático y político dominantes, de que la violencia doméstica contra la mujer se produce como consecuencia del machismo. En esta idea se basan todas nuestras políticas en el ámbito de la violencia contra la mujer, tanto las desplegadas a través de campañas publicitarias que se dirigen fundamentalmente a atacar planteamientos machistas como la aprobación de legislación que establece una discriminación penal para los mismos delitos en función de si estos los comete un hombre o una mujer.

Sin embargo, y pese a los recursos invertidos y a la centralidad de este problema en la agenda política y mediática, resulta inquietante comprobar que, año tras año, la incidencia de este tipo de violencia no parece disminuir.

Fuente: FEDEA. Datos del Instituto de la Mujer.

La Ley Integral contra la Violencia de Género se aprobó a finales de 2004, hace más de ocho años. Desde entonces, no se observa ninguna tendencia significativa (ni positiva ni negativa) en la evolución de los datos. No es, tampoco, el primer esfuerzo que se hace en esta materia en España. En este estado de cosas, parece no sólo legítimo, sino necesario y perentorio, plantearse si existe la posibilidad de que nos hayamos equivocado en el diagnóstico y estemos, por ello, aplicando políticas ineficaces. En principio, uno pensaría que quienes más activamente denuncian la violencia contra la mujer serían los primeros en cuestionar la eficacia de las políticas y los planteamientos actuales. Sin embargo, esto no sucede. No sólo eso, sino que existe un considerable tabú (que a menudo se traduce en autocensura) en esta delicada cuestión, dado que manifestar una posición crítica supone exponerse a ser tachado de machista, “falto de sensibilidad” y otras lindezas. Resulta francamente misterioso que quienes más preocupados dicen estar por la violencia que sufren las mujeres sean quienes menos interés tienen en examinar si nuestras políticas están errando el tiro.

Como sabrá el lector, carezco de las credenciales para hacer un diagnóstico sobre las causas del maltrato hacia la mujer; las intuiciones que tengo son eso, meras intuiciones. Ahora bien: ello no implica que no pueda someter a escrutinio la explicación oficial, particularmente cuando las políticas que de ella se derivan no parecen surtir efecto. Yendo al origen, parece pertinente cuestionar la presunta relación causal entre machismo y violencia doméstica contra la mujer. Es esa relación, que se da por hecha, la que está en la raíz misma de que hablemos de “violencia machista” o “violencia de género”. Para examinarla, me he tomado un ratito para cruzar algunos datos en la cutre-gráfica que sigue:

Captura de pantalla 2013-02-26 a las 22.56.11

En la escala horizontal se encuentra el Índice de Potenciación de Género (datos de 2006, páginas 367 y siguientes), que mide el nivel de participación de las mujeres en la sociedad a través de varios indicadores. Así, aunque hay otras medidas posibles y cuantificar el machismo es un asunto complejo, nos ofrece al menos una primera aproximación; a mayor sea el valor de este índice, presumiblemente será menor el machismo. En el eje vertical, el número de mujeres asesinadas por sus parejas por cada millón de mujeres mayores de 14 años (también 2006, página 88). Los países los he elegido, básicamente, en función de la disponibilidad de datos y procurando que no se trate de culturas demasiado ajenas a la nuestra. Como podéis comprobar en la gráfica, y a tenor de esta aproximación, no parece que haya una correlación clara entre ambos fenómenos. Aunque no he elaborado una gráfica, ocurre algo similar con el Índice de Desarrollo de Género. Huelga decir que nada de esto excluye que el machismo pueda ser un factor entre otros muchos; después de todo, es poco probable que el fenómeno sea unicausal. Ahora bien, la centralidad del machismo, tomado como elemento explicativo prácticamente único, parece que la ponen en duda los datos de los que disponemos. Esto es algo que, como mínimo, debería hacernos reflexionar.

Por último, quería añadir un par de apuntes. El primero es relativo a la cuestión de las falsas denuncias. La conclusión que saco tras hacer algunas búsquedas es que no tenemos, a día de hoy, datos fiables sobre esta cuestión. Ayer se difundió mucho en Twitter un informe de la Fiscal de Sala Delegada Coordinadora contra la Violencia sobre la Mujer, junto con la conclusión de que sólo un 0,014% de las denuncias son falsas. Sin embargo, un simple vistazo a la metodología empleada para detectar qué denuncias son falsas deja claro que el informe tiene un valor nulo a la hora de medir la incidencia del fenómeno. La Fiscal asegura que el alto porcentaje de casos sobreseídos o sin condena se ha interpretado erróneamente como señal de que se trataba de denuncias falsas, cuando en muchos casos se trata más bien de ausencia de pruebas. Hasta aquí, el argumento puede sostenerse; el problema estriba en que, a continuación, se viene a sugerir que para lo que  hacen falta pruebas es para aseverar que una denuncia ha sido falsa. El rasero es curioso, como lo es la metodología (véanla ustedes: páginas 642 y siguientes). La única conclusión que creo posible extraer, a día de hoy, es que sencillamente no estamos en condiciones de dar datos sobre el grado de incidencia de las denuncias falsas. Como otros, este es un tema que probablemente merezca nuestra atención, ya sea por la necesidad de desmentir o de confirmar de forma convincente la existencia y/o extensión del fenómeno. Para dilucidar si este es un problema que debe preocuparnos, se impone la necesidad de contar con estudios serios y datos fidedignos.

El segundo y último apunte se refiere a la relevancia mediática del asunto. Prácticamente no hay semana en que no nos desayunemos alguna mañana con una noticia sobre una mujer asesinada. Ello sugiere que existe un desequilibrio considerable entre la incidencia estadística de la violencia doméstica hacia la mujer y su presencia mediática en comparación con otras muchas tragedias. En 2011, murieron asesinadas por sus parejas 66 mujeres. El mismo año, hubo 1088 fallecidos en accidentes de tráfico. Por otra parte, la incidencia de la violencia sobre la mujer en España es relativamente baja en comparación con los países de nuestro entorno. Aunque nada de ello detrae de la importancia del problema, sí que lleva a preguntarse si la alarma social generada en torno a este asunto se corresponde con la incidencia real del fenómeno, y si un país como España tiene motivos para esa autoflagelación colectiva a la que tan dados somos.

* He obviado durante todo este post mis objeciones lingüísticas y estéticas a este horrendo anglicismo, pero declaro solemnemente, y para que conste en acta, que no las olvido 🙂

(Aviso: dado que este debate es sensible y a menudo genera reacciones no del todo civilizadas, no tendré reparo alguno en borrar cualquier comentario que pretenda abordar este asunto con un ad hominem.)

Anuncios

Periodismo serio

La semana pasada fue noticia la desaparición (ya anunciada) de la versión en papel del diario Público. Sobre las causas se han escrito e insinuado cosas que van desde el análisis de sus resultados en comparación con otros medios al victimismo más impúdico y frívolo. Muchos han lamentado la desaparición de un medio que, al parecer, constituía el paradigma del buen hacer periodístico –con sus “rigurosos y documentados análisis”– y del compromiso con unos ideales progresistas.

Más de uno se preguntará si esa última frase no contiene un oxímoron: si el compromiso ideológico es realmente compatible con la seriedad que debería presidir el análisis periodístico. El debate es arduo –es posible que hasta cierto punto lo sea–, pero, en el caso de Público, la duda parece más que legítima. Tampoco es esto nada nuevo, desde luego: el otro día publicaba Intereconomía una selección de las portadas más llamativas de Público. Echándole un vistazo, cualquiera que tenga una idea mínimamente seria sobre qué ha de ser el periodismo levantaría las cejas ante más de una de las flamantes aperturas con que nos ha deleitado en los últimos años el diario progresista (?) por excelencia; y ello al margen de la ironía que resulta de que sea precisamente Intereconomía quien denuncie el sensacionalismo, la falta de rigor o la ideologización de un medio de comunicación. País.

En cualquier caso, el digital aún subsiste y en la madrugada de ayer nos ofreció una vez más la ocasión de comprobar qué se entiende en esa bendita casa por periodismo serio. Tras anunciar a bombo y platillo que se preparaba una exclusiva internacional, poco después de la una aparecía en el portal un especial dedicado a las últimas revelaciones de Wikileaks. Lo que Ignacio Escolar llama “la última gran exclusiva de Wikileaks” parte del robo por parte de Anonymous de millones de correos electrónicos de la compañía de inteligencia Stratfor. Con mayores conocimientos sobre el tema que yo, ya ha habido quien se ha encargado de señalar que el bombazo no es tal cosa y que Stratfor dista mucho de ser la CIA, como algunos quieren dar a entender. Mención aparte merece el que desde ciertos sectores se aplauda con entusiasmo el robo no ya de los correos electrónicos de los empleados de la compañía, sino de los datos de las tarjetas de crédito de sus clientes –entre los que se incluyen periodistas para los que Stratfor es una fuente más de información–.

Dejando a un lado la gravedad que pueden revestir estas acciones, y la opinión que a cada cual les merezcan quienes las llevan a cabo, lo que resulta casi cómico es el tratamiento que hace Público de la información. En ocasiones, parecería que el diario se empeña en ser su propia caricatura. De entrada, el anunciar como una gran exclusiva algo que parece cualquier cosa menos eso ya resulta poco apropiado en un medio que, en teoría, aspira a un mínimo de rigor; no obstante, puede resultar comprensible como estrategia comercial. Sí: da risa, pero aceptemos barco.

Más hilarante resulta la selección de la información y la forma en que se jerarquiza su importancia. El hecho de que, teniendo a su disposición millones de correos electrónicos de consultores de inteligencia, el diario escoja para llevarlos en portada con grandes titulares los chascarrillos de algunos de ellos sobre el pelo de Aznar (sic) resulta difícil de explicar. Incluso sabiendo que el lector medio de Público considera al ex presidente el gran Satán, una quiere pensar que no carecerá de una capacidad mínima de discernimiento que le permita darse cuenta de que eso no es una noticia y de que su amado diario, básicamente, toma a su público por idiotas. Los comentarios, no obstante, evidencian que igual pensar esto es pecar de optimismo.

Más simpático aún: el mismo redactor que tanto énfasis hace en el pelo de Aznar –cuya “mayor aportación (…) a los analistas de la CIA en la sombra fue… ¡una lección de peluquería!”–, y que destaca que los analistas (uno de ellos, aunque eso no lo dice) lo etiquetan de hardcore e ideologizado, olvida misteriosamente un correo del mismo hilo en el que uno de los empleados responde al calificativo:

Also, I don’t think he is ideological or necessarily hardline. I would argue that about half of all Spaniards definitely agree with him. The problem with Spain is that half of the country is worried about external threats coming over from North Africa and the other half thinks that the biggest threat is Madrid.

No se trata de una apreciación que merezca ser noticia, desde luego: tampoco lo son las que sí recoge Público. Pero para un artículo en el que el redactor prácticamente se limita a citar uno tras otro los correos de un breve hilo en el que los empleados de Stratfor no dicen nada que merezca ser elevado más allá del chismorreo, resulta llamativo que el único omitido sea precisamente este. Es un error extendido (y garrafal) creer que la propaganda y la manipulación se basan en la mentira: mucho más efectiva es la propaganda que, sin mentir, hace una selección deliberadamente torticera y one-sided de la información. Por recordar brevemente a Kahneman, está comprobado que quienes sólo tienen información que favorezca una determinada interpretación de los hechos no sólo se decantan automáticamente por la misma sin pararse a pensar en que puede haber más (WYSIATI), sino que de forma sistemática muestran un grado de convicción muchísimo mayor que quienes han sido expuestos a argumentos e informaciones contrapuestos.

Por último, y en un nuevo y abracadabrante rizo al rizo, resulta asombrosa la estrategia de sacar una serie de noticias, calificarlas de gran exclusiva, dedicarles un especial en un lugar destacado (sin comentarios, por cierto, sobre ese diseño que recuerda a la portada de una novela mala de espías), y hacer todo esto aseverando al mismo tiempo que las fuentes en las que basan tan impactante revelación de informaciones reservadas no valen nada:

Los mails a los que ha tenido acceso WikiLeaks revelan los métodos trabajo de Stratfor. La empresa cuenta con cientos de informadores por el mundo que envían sus “secretos” a sus contactos en la empresa. Estos lavan la cara a la información recibida y la presentan a los analistas en la sede de la compañía en Texas, añadiendo en su informe la credibilidad que dan a la fuente y a la documentación recibida.

En los correos se puede apreciar cómo la calidad de las fuentes de las que presume Stratfor son interesadas y poco fiables. La propia empresa lo sabe, como consta en los mails que se mandan entre ellos los analistas y Friedman, el máximo responsable y creador de Stratfor: “El problema con las fuentes de los analistas es que están poco cualificadas. Esto supone que no podamos evaluar la situación con claridad”.

La CIA en la sombra. Ya.

El periodismo patrio, sin duda, ha perdido un referente. Aunque no sepamos muy bien de qué.

Conocimiento de causa

Comenta Javier Marías una estadística que revela que los habitantes de este país son los que menos se interesan por la política en Europa, pero, al mismo tiempo, los más dados a salir a la calle a manifestarse… por cuestiones en teoría políticas. Curiosa paradoja, o tal vez no sea ni tan curioso ni tan paradójico, al menos teniendo en cuenta que las manifestaciones españolas suelen ser movilizaciones orquestradas por los principales partidos o grupos de interés afines a los mismos, más que protestas coherentes y sensatas organizadas por una sociedad civil activa y fuerte, cosa que bien sabemos que no tenemos. La otra modalidad de manifestación es la manifa antisistema, a menudo tan divertida, si se mira con cierto distanciamiento, con ese batiburrillo de lemas, consignas, eslóganes y simbología que tiende a presentar. También en ésta es decisiva la acción de partidos y sindicatos, aunque a menudo sean minoritarios o sencillamente absurdos, como esa ridícula incongruencia que es, desde su mismo nombre, el Sindicato de Estudiantes.
El caso es que, con alguna honrosa excepción, desinformación y movilización suelen ir de la mano, más que nada porque lo que en este país llamamos movilizarse suele ser más bien traducible por ser movilizado, o utilizado o instrumentalizado, en beneficio de unos u otros. Sin ánimo de generalizar (las excepciones no son pocas, pero las cosas como son: tampoco son lo más habitual), no es infrecuente que la gente que más prensa lee y más informada se mantiene sea la más escéptica ante cualquier convocatoria de manifestación, mientras que la gente que sólo coge un periódico para resolver los sudokus y reírse con las viñetas es a menudo la primera en acudir a la mani de esta tarde (de los suyos, que serán unos u otros según la persona) a corear eslóganes facilones y superficiales. Cierto es que los eslóganes son simples y simplificadores por naturaleza, y que resulta difícilmente evitable que lo que se corea en una manifestación no lo sea, por las características mismas del acto; lo que pasa es que no es lo mismo corear un eslogan a sabiendas de que es facilón y con el respaldo de una convicción íntima basada en un amplio conjunto de lecturas, informaciones y reflexiones previas, que gritar sin más eslóganes que suenan bonitos y le dan caña al enemigo (hablamos de “culturas políticas” más propensas a identificar enemigos que simples adversarios, desgraciadamente, y así nos va).
Y así, tenemos lo que nos merecemos. Manifestaciones con cuyo lema uno estaría en principio de acuerdo, pero a las que se resiste a ir porque no quiere ser un instrumento para nadie o porque estar ahí es ser identificado con una parafernalia en la que no se reconoce en absoluto, ya sean banderas con el aguilucho o la enseña de la II República, vociferaciones contra la homosexualidad o camisetas del Che, o esos coros que demuestran la falta de cultura democrática de unos y de otros. O esas peregrinas convocatorias antitodo que mezclan sin complejo alguno churras con merinas, y en las que los gritos contra el cambio climático aparecen asociados a eso que llaman antifascismo, éste a la oposición a los acuerdos de Bolonia y todo salpimentado con los clásicos: OTAN no, bases fuera (eso sí que es actualidad), un genérico no a la guerra –que por lo visto no se aplica a la guerrilla, será que ese diminutivo lo cambia todo– o los gritos a favor de la legalización del cannabis.
Pero en fin. Que la gente se desahogue, que eso es sano. Se descarga adrenalina, se suda, se ventea un poco la ira y después siempre caen unas cervecitas para celebrar el éxito de convocatoria y nos vamos a casa con la conciencia limpia. Y al día siguiente sí que toca, contra la costumbre habitual, mirar los periódicos. A ver si hemos salido en alguna foto, y quedamos para la posteridad en las hemerotecas.

Aquí cabe añadir una reflexión más amplia: en España nos ha gustado esto de la democracia (al menos para los nuestros) porque nos permite todas estas cosas, y nunca se nos caen de la boca nuestros inalienables derechos ciudadanos. Pero parece habérsenos olvidado que todo derecho conlleva un deber, y que lo que lo convierte a uno en un ciudadano activo no es el salir con frecuencia a tapar la calle, sino el saber en primer lugar por qué tapan la calle unos u otros, y qué ha ocurrido antes en los despachos para que eso sea así. Y luego se decide, y uno se suma o no a las convocatorias, y sale o no sale de su casa, o incluso convoca por sí mismo (impensable, ¿eh?) en unión con otra serie de ciudadanos responsables y comprometidos con quien comparta inquietudes o reivindicaciones. Con eso que llaman, y nunca mejor dicho, conocimiento de causa.

Por cierto, y ya que estamos en estas fechas, Feliz Navidad a todos. Les dejo una viñeta festiva a juego con esta entrada.

El País y los amigos de Zapatero

Cuando se ve amenazado un monopolio pasan estas cosas:

Por amigos de Zapatero pasan varios de los más destacados accionistas, directivos y promotores de la cadena de televisión La Sexta, de la que es accionista la productora Mediapro, cuyo presidente, Jaume Roures, promueve el periódico Público, de próxima aparición. Felipe González también lanzó un mensaje sobre este asunto en el homenaje a Polanco cuando recordó cómo se deshizo de los ‘periódicos del Gobierno’. ‘No quería tenerlos. Me parecía una contradicción en sus términos’, señaló.
(…)
Roures es también el principal promotor del periódico Público. El proyecto de dicho diario le fue presentado a Zapatero hace ya bastantes meses, como ha admitido el propio presidente en círculos íntimos. Zapatero, aseguran fuentes próximas a él, ve ‘con simpatía’ la llegada de un periódico que esté ‘más a la izquierda que EL PAÍS’. ‘Si Zapatero quiere, el periódico saldrá; y, si no quiere, no saldrá’, aseguraban a comienzos de año algunas fuentes próximas a Moncloa. El jefe del Gobierno niega tener semejante influencia.

Berlin Smith enlazaba hace un par de días al artículo en cuestión, que no tiene desperdicio. Parece que los chicos de El País se están poniendo nerviosos, que los beneficios peligran y que eso está repercutiendo en su línea editorial e informativa. Ya hace unos días que los titulares y editoriales del periódico de los intelectuales sorprenden por su tono de inusitada dureza en lo que respecta a Zapatero y a sus ministros –y ministras, seamos paritarios–.
Qué ironía que El País hable de los “periódicos del gobierno” como si el rollo no fuera con ellos. La estrategia parece consistir en acusar de antemano a Público de hacer exactamente aquello que El País lleva haciendo de manera sistemática en los últimos tiempos (creo que antes era más serio, o eso quisiera pensar). No me cabe la menor duda, a la vista de la publicidad de Público que he visto hasta el momento, de que efectivamente las cualidades que El País le está atribuyendo serán las que finalmente muestre. Lo que choca es, por una parte, que un medio de referencia se permita hacer semejantes juicios antes aún de que la publicación vea la luz –sí, todos lo pensamos, pero una cosa es una tertulia de sobremesa en la cafetería de la esquina y otra el periódico de mayor tirada de España: cuestión de deontología–. Por otra, llama la atención, aunque quizá a estas alturas no debiera, el grado de hipocresía manifestado. Debe ser algo así como esa “hipocresía de la oposición” que la Cadena Ser lleva una legislatura entera afanada en sacar a la luz.
Cosas veredes, Sancho.

Nacionalistas españoles

El periódico de los intelectuales nos informa de que el Partido Popular y –atención– Ciutadans son formaciones nacionalistas. Eso sí, nacionalistas “del polo opuesto”. Pase, dado que no tienen ninguno real, que este argumento falaz sea esgrimido constantemente por los nacionalistas periféricos en su desesperada búsqueda de razones que utilizar contra quienes defienden la existencia de una España basada no en esencias nacionales preexistentes sino en la soberanía de los ciudadanos y en la búsqueda de la mayor igualdad posible de derechos y deberes. Pero volvemos a tener que soportar la tendencia a la desinformación y a la tergiversación de la realidad que cada día parece hacerse más presente en las páginas del rotativo más prestigioso de España (y probablemente, pese a todo, el de mayor calidad–lo cual da una idea de cómo es el resto).

En el polo nacionalista opuesto, los partidos que rechazan no sólo la independencia de Cataluña sino su vigente Estatuto de Autonomía, el PP y Ciutadans-Partido de la Ciudadanía, se han lanzado en las últimas semanas a campañas de denuncia de la desespañolización de Cataluña. Que encuentran eco, sobre todo, fuera de Cataluña. Su principal caballo de batalla es la política lingüística, sobre la que presionan permanentemente para frenar cualquier avance de la presencia social del catalán. Con ocasión de la Diada del Onze de Setembre han resucitado otro clásico, la guerra de banderas.

El redactor de este reportaje y la persona –sea quien sea– responsable de permitir su publicación deberían, como presuntos periodistas (la presunción de inocencia en algunos casos se impone por su propio peso), leer un poco. Nadie, ni siquiera el PP, aunque muchos en su seno puedan pensar cosas así, parece defender hoy día que España se base en unas esencias nacionales preexistentes y anteriores a cualquier pacto social, ni que lo que nos convierte en españoles sea el jamón, el flamenco y los toros, olé. Que yo sepa, lo que nos hace españoles es aquel invento llamado Constitución, aquello de la soberanía nacional. Ser español es una cuestión de DNI, independientemente del idioma que uno hable con los amigos, de que le guste u odie la bandera nacional, de que salga de tapas o prefiera la comida japonesa, de que se emocione o no escuchando el himno o de que en su lista de aficiones se encuentren o no las grandes tradiciones patrias. Nos hacen españoles los derechos, las libertades y los deberes que compartimos con otros cuarenta y dos millones de españoles, más allá de sentimentalismos bobalicones que pueden ser muy legítimos en otros ámbitos, pero que no pintan nada en el de la política. Nadie en ese bando que El País considera “nacionalista español” defiende que los españoles tengamos un determinado Rh. Y España, hasta donde yo sé, no anda reivindicando su Lebensraum. A los “nacionalistas españoles” de los que habla El País no se les oyen cosas como ésta:

“(…) Cataluña como país, como nación, no es un invento. Es una realidad histórica, de materia y de espíritu, de cuerpo y alma, de sentimiento y de institución. Que viene de lejos. Cataluña no es fruto de ninguna Constitución ni de ningún pacto político ni de ningún programa electoral. Viene de mucho más lejos y de más hondo. No es ninguna abstracción. Por lo tanto, no es Cataluña la que ha de adaptarse a una Constitución, sino la Constitución, la que sea, la que debe adaptarse a Cataluña y respetarla”.

Por otra parte, señores, no quieran engañarnos: a nadie le preocupa la presencia social del catalán, ni que ésta avance o retroceda. De hecho, no somos pocos los que consideraríamos bastante positivo que el catalán avanzase –de verdad– socialmente, y no a base de imposiciones institucionales y leyes de depuración lingüística. Lo que preocupa es el retroceso del español en los espacios institucionales y públicos. La imposibilidad de escolarizar a un niño en español. Y, por otra parte, el hecho de que una parte de los jóvenes catalanes –y en esto me baso en la experiencia personal más que en las estadísticas– no dominen del todo el español. Lo cual, por cierto, les hace un flaco favor. Y si no, salgan ustedes de su cantón e intenten hablar catalán por el mundo.
Pensar que en el periódico español de referencia aún no han aprendido la distinción entre la nación entendida como un conjunto de ciudadanos libres y soberanos y ese peligroso invento que es la nación romántica, basada en quién sabe qué atributos raciales, culturales o lingüísticos, resulta preocupante. Pero no sé si lo es más pensar que conocen perfectamente la diferencia y prefieren pasarla por alto.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


Únete a otros 11 seguidores




La imagen de cabecera, Old Machinery, es de DHester y se distribuye bajo licencia Creative Commons.

A %d blogueros les gusta esto: