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The Economist y los titulares domésticos

Escribir titulares es también un arte, hecho que sale a relucir por estos lares con mayor frecuencia de la que sería deseable. Y lo es, sobre todo, habida cuenta de la tradicional e ibérica maldición sobre los idiomas y de la no menos tradicional e ibérica costumbre de comprar el periódico porque regalan el último deuvedé de algún director de esos que considera que enseñar una teta en el momento oportuno, en el no oportuno o, sencillamente, en todo momento, suple la falta de argumento y de oficio al tiempo que justifica las subvenciones. Sin tetas no hay paraíso, como ya sabemos.

But I digress. El caso es que sale uno en una mañana de viernes a hacerse con la película, perdón, con el periódico, y de paso con los sudokus o los cursos de inglés de regalo o la colección de recetas para hacer en cinco minutos, sin esfuerzo alguno, con ingredientes de andar por casa y por un módico precio una milhojas de pétalos de rosa con reducción de membrillo aromatizado con jengibre, sobre un lecho de verduras frescas salteadas, rociadas con una reducción de Pedro Ximénez y adornadas con bolitas de caviar. Algo así. Recetas para la clase obrera de chaqueta de pana, en definitiva, que uno sabe bien que el periódico que compra es de los suyos. Casi de la casa.

En fin, que embutido en el chándal y con el periódico felizmente comprado (ser uno de los 2.598.800 da al menos para eso, que ya es algo) se planta uno en casa y se pone a hojear aquel engendro, fundamentalmente en busca de los pasatiempos. Y como quien no quiere la cosa, en una de esas vueltas de hoja, sus ojos pasan por encima de un titular que asegura:

‘The Economist’ defiende que España esté en la cita del G-20

“¡Ajá!”, se dice uno, a quien eso de que las dos primeras palabras estén en inglés le parece así como muy prestigioso, muy oportuno, muy a tono con la nueva y recién hallada vocación internacional de España. “Las publicaciones del mundo entero saliendo a defendernos. Si es que el presi tenía razón.” Un vistazo a la primera frase de la noticia basta para confirmarlo:

“España tiene algo que decir en cualquier debate sobre las finanzas mundiales”, afirma el semanario británico The Economist…

Se sonríe uno, congratulándose por tan acertada elección de presidente como la que hizo este nuestro país hace unos meses, adelantándose a la revolución de Obama. “Ay”, se dice con cierta mirada condescendiente pero –ahora sí– empática, “si es que estos yanquis, los pobres, ha tardado en tomar ejemplo”. Seguro que lo próximo que haga Obama será proponer que todas las civilizaciones del mundo queden citadas dentro de unas semanas en algún lugar previamente designado para empezar a preparar un musical multirracial, multiétnico, multigenérico, multicorrecto y multicolor. Estreno previsto el 20 de enero, en el día anunciado del advenimiento cuya buena nueva nos fue dada a conocer por las revelaciones de Pepiño Blanco.

Vuelvo a irme por las ramas, ay de mí, qué dispersión, pero es que son tantas las buenas noticias y es tanta la esperanza… El caso es que si uno, en una rareza estadística, va más allá de esa primera frase y continúa leyendo, puede que se le ensombrezca algo el entrecejo, porque entonces resulta que descubre que esos ingleses –la perfidia de Albión, ya se sabe– andan por ahí diciendo que nuestro presi ha mostrado “escaso interés en el mundo más allá de España”. Y no sólo eso:

Pero [el semanario] no ahorra críticas: “La historia quizás juzgará que Zapatero tenía razón al oponerse a la guerra de Irak. Pero [su política exterior] se ha parecido más a los lamentos de una ONG que a la búsqueda del interés nacional de un país que quiere ser tratado como líder mundial”.

Claro que para eso hay que llegar a la última línea de la noticia, que ya es mucho suponer, porque la carrera hacia el sudoku y la programación de la tele para esta tarde suele ser vertiginosa, y los titulares desfilan a gran velocidad ante los ojos del ávido lector (sí, bueno: lee titulares, ¿no?) y, en fin, que no da tiempo, no hay tiempo para todo, cuán corta es la vida. En realidad, aun en el improbable caso de que uno se lea la noticia, la conclusión final es clara: a ella apunta el titular, cuya función es precisamente la de resaltar el centro de la noticia: ‘The Economist’ nos apoya, y aunque pueda deslizar alguna pequeña reprobación para que no los tachen de acríticos, el entusiasmo es evidente. Al fin y al cabo, han dedicado un editorial entero a defender que España, y con ella su presi, tienen que estar.

Y ¡ay, queridos amigos!, en la versión digital de la noticia ni un mal enlace a este editorial que tan encarnizadamente nos defiende. Y eso de ponerse a buscar, y encima en inglés… En fin, que no. Y menos mal, porque podría uno llevarse un serio disgusto. Y aun varios:

There are in fact few things in life so wounding to self-esteem as to be excluded from a gathering where you think you rightly belong. In an attempt to avoid such a fate, José Luis Rodríguez Zapatero, Spain’s prime minister, has cast dignity aside and importuned all and sundry with a request to be invited to a conference on November 15th to discuss reforms to the international financial system.

[…] But if Spain is too easily overlooked, it is partly Mr Zapatero’s fault. He is one of Europe’s few successful politicians of the left. Underestimated by his opponents at home, he was re-elected to a second term earlier this year. But he has shown little interest in the world beyond Spain. In this parochialism he faithfully represents a country where decentralisation has brought benefits but narrowed political horizons. That does not reduce its potential cost.

El remate es sin duda lo más disgustoso entre tanto disgusto. Tanta difamación escuece, y aquí mejor prescindir de las negritas porque habría que aplicarlas por doquier:

In contrasting ways both of his predecessors, Felipe González and José María Aznar, carved out a role for Spain as an important actor in Europe and as a bridge to the Americas. History may judge that Mr Zapatero was right to oppose the war in Iraq. But under him and his foreign minister, Miguel Angel Moratinos, Spain’s foreign policy has resembled the pleadings of an NGO rather than the cool-headed pursuit of national interest by a country which wants to be treated as a world leader. In his first term, Mr Zapatero’s main initiative was a worthy but nebulous “Alliance of Civilisations”. In his second term he has set as a goal the worldwide abolition of the death penalty.

Mr Zapatero has proved himself a skilled political tactician. But he has shown no willingness to lead his Socialist Party out of its politically correct comfort zone. If Spain’s remarkable success is not now to be followed by stagnation and limited international relevance, he will have to do so.

Y de todo esto, lo que queda en casa es que hay por ahí entre los forasteros un semanario que proclama que España ha de estar. Como diría Forges (según me recordaba alguien hace poco), y nunca mejor dicho: País.

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La izquierda española frente a las difamaciones de los técnicos

En la Segunda República, cuando el partido socialista proponía medidas de reforma agraria, hubo varias voces disonantes que advirtieron del peligro de realizar este tipo de cambios sin atender a estudios previos sobre la capacidad económica de la tierra para servir de medio de vida a las personas a las que se le quería repartir (en caso de distribuir lotes) o a las que se quería asentar (en caso de colectivizaciones). Algunas de estas voces se encontraban entre las más solventes del propio socialismo: personas como Julián Besteiro avisaron del riesgo que se corría de sumir al país en la miseria si se le condenaba, desde una mentalidad anti-industrial, a ser perpetuamente agrícola.

Pero los informes técnicos que alertaban acerca de la situación provenían sobre todo de agentes como las cámaras agrícolas y de comercio o los notarios. En ningún momento se prestó atención a este tipo de estudios; del mismo modo, fue frecuente la negativa a permitir que hubiese técnicos que inspeccionasen las tierras para informar de la viabilidad económica de la reforma, y se insistió en que al frente de las colectividades se colocase a sindicalistas en lugar de a expertos.

No es tan inexplicable como puede parecer: al fin y al cabo, los informes los habían elaborado agentes al servicio de la reacción. Los técnicos eran los instrumentos de una oscura artimaña de la patronal. Por lo demás, los altos ideales morales de la reforma agraria no podían verse comprometidos por nimiedades de carácter técnico. Se iba a cambiar el rumbo de la Historia, y en semejante tesitura es difícil suponer que las comadronas de un nuevo mundo fuesen a detenerse ante las limitaciones que imponían la realidad y la lógica económicas. Entre otros resultados, acabarían repartiéndose lotes de tamaño ínfimo con la pretensión de que alimentasen a unidades familiares completas: en ocasiones, hablamos de 2,5 hectáreas. De dehesa, para más inri.

Sobre esta insensata actitud de desdén hacia el estudio científico y concreto de los problemas escribía en 1937 Clara Campoamor:

Los partidos españoles de extrema izquierda han hecho ostentación, a menudo, de un profundo desprecio por la técnica en todos los campos, al menos por la técnica “burguesa”, la única que lógicamente podía existir en el país en el momento de la llegada de la República. Bastaba, en su opinión, con poseer la fe y el entusiasmo revolucionario para poder ocupar cualquier cargo en el gobierno.
Este desprecio no dejó de manifestarse en el momento de la lucha [en la Guerra Civil].
El gobierno esperaba vencer al movimiento militar gracias al fervor republicano y revolucionario de los trabajadores.

Efectivamente, también durante la Guerra Civil el bando republicano fue víctima de su propia fe en el pueblo y de su desprecio por los requisitos reales de un enfrentamiento bélico. Vicente Rojo explicaría así la derrota republicana:

(…) hemos sido nosotros los que le hemos dado [al bando sublevado] la superioridad en todos los órdenes, económico, diplomático, industrial, orgánico, social, financiero, marítimo, aéreo, humano, material y técnico (…); y se la hemos dado porque no hemos sabido organizarnos, administrarnos y subordinarnos a un fin y a una autoridad.

Setenta años después y memoria histórica mediante, seguimos sin aprender. Las advertencias acerca de los efectos que tendría ciertas medidas del gobierno eran, de nuevo, artimañas de la patronal. O de la oposición.

Era mentira que con los cheques-regalo para los jóvenes fueran a subir los precios de los alquileres.

Era mentira, también, que los 400 euros fueran un inútil derroche de dinero que detraía fondos para otras medidas más sensatas. O que una medida tan pretendidamente progresista e hiperprogresiva no fuera a beneficiar a los más pobres.

Era mentira que para que la Ley de Dependencia sirviera de algo hicieran falta medios suficientes para su adecuada implantación. Es de suponer, opina una servidora, que el recorte de los beneficiarios de esta medida en Andalucía (al margen de lo que indica la propia ley) se habrá debido a una falta de recursos y no a la maldad intrínseca de la Junta.

Nada de esto era verdad. Artimañas todo.

La España plural y laica o esta España mía, esta España nuestra… (lalala)

En medio de una crisis —perdón: desaceleración— económica (*). En un momento en que el gobierno y el heroico juez Garzón han tenido a bien darse cuenta de lo que todos los demás ya sabíamos, y ANV ya no es “izquierda abertzale” sino sencillamente ETA. Cuando aquello que el general gallego llamaba “la pertinaz sequía” está lanzando a las diversas autonomías de España –perdón, del Estado Español– unas a la yugular de otras. Con Ibarretxe aún amenazando con un referéndum ilegal y el gobierno paralizado ante las amenazas y apostando, cómo no, por eso que ellos llaman diálogo. Con la justicia gravemente atascada, el paro creciendo, los precios en aumento, y el nada menor perrito piloto de la financiación autonómica aún pendiente.

En mitad de todas las circunstancias descritas y recién iniciada una legislatura que promete ser difícil, parece ser que el gobierno ya ha decidido cuál va a ser el gran asunto de los próximos años: lo que ellos llaman avance en la laicidad del Estado.

El esquema se repite: tener entretenida a la oposición, que sin lugar a dudas entrará al trapo (en cuanto dejen de pelearse entre sí); situarse –mediáticamente hablando– frente a lo más retrógrado de una Iglesia católica a la que ya se había amenazado con tomar represalias por “pedir el voto para el PP” (una cuestión de firmes e inapelables principios, como se ve); sacar partido del anticlericalismo emocional que en este país tanto se confunde con el laicismo y que tiene casi tantos adeptos como el sentimiento antiamericano; y aparecer como los grandes defensores de la separación entre Iglesia y Estado.

Claro que para ello habrá que obviar que Zapatero aumentó la financiación que recibe la Iglesia por parte del Estado y, lo que es más grave, que este nuevo avance laico es más que probable que no consista en retirarle privilegios a la Iglesia, sino en hacer concesiones similares a otras confesiones.

Por ejemplo, a las que –y esto ya no está feo, lo malo es lo de los obispos– piden el voto para “partidos progresistas”.

Viva pues el Progreso. O su reinterpretación progre, aunque nada tengan que ver una cosa y otra. Y si no, alguien tendrá que explicar qué definición se le ha acabado dando a la palabra progresista para que una entidad como la Junta Islámica la haga suya.

Que empiece el espectáculo. Y en cuanto a los verdaderos problemas, que inventen ellos, ¿no? Aquí, a lo nuestro, que es hacer la Revolución.

(*) – La imagen del primer enlace, vía La Buena Prensa

Castaño oscuro

“Los españoles se merecen un gobierno que no les mienta.”

Alfredo Pérez Rubalcaba
13 de marzo de 2004

En consecuencia, como no se dan las condiciones establecidas, el presidente del Gobierno ha ordenado “suspender todas las iniciativas para desarrollar ese diálogo”.

Comunicado de Moncloa
30 de diciembre de 2006

Además, [Zapatero] ha afirmado que le produce “gran tristeza” que el PP haya dado credibilidad a la información publicada por Gara en la que asegura que el PSOE mantuvo contactos con el entorno de Batasuna antes de llegar al Gobierno, y ha asegurado que es “radical y absolutamente falso” que el partido “autorizara, conociera o promoviera” relaciones “no ya con ETA, por supuesto, ni con Batasuna”.

El País
20 de mayo de 2007

El Secretario de Organización del PSOE, José Blanco, ha anunciado que el proceso de paz está roto “porque así lo ha querido la banda terrorista ETA” y ha reiterado la posición de los socialistas “con violencia no hay diálogo y sin diálogo no hay proceso”. En su opinión “la voluntad de diálogo de ETA ha quedado enterrada bajo los escombros de Barajas”.

PSOE
2 de enero de 2007

Los contactos continuaron con una situación ya muy deteriorada, muy deteriorada. Y fue debido al deseo de instancias internacionales. Al ver que tenían toda la buena voluntad de que pudiera verse la luz al final del túnel, de que aquello no fuera el fin… Pero la verdad es que había ya muy pocas posibilidades”.

El Mundo. Entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero
13 de enero de 2008

Democracia virtual

Regreso al fin. Y lo hago cumpliendo con el deber patrio de confirmarles a ustedes lo que todos sospechábamos: el avance de las nuevas tecnologías es ya imparable (sí, como Andalucía, donde hemos perdido la cuenta ya de por qué modernización vamos). En efecto, rudimentarias se antojan ya las antaño novedosas tácticas de convocatorias multitudinarias vía SMS, e incluso los entrañables vídeos de los sectores juveniles (tan dinámicos, ya se sabe) de algunos partidos desprenden olor a naftalina ante lo que se nos viene encima. Los ilusos que quisimos mantener contra viento y marea la esperanza de que todo fuese una moda pasajera no podemos ya sino rendirnos a la evidencia: la innovación se ha puesto definitivamente al servicio de la política. Debería ser al revés, pensarán ustedes. Ya. Como tantas cosas.
No hace mucho que algunos asistíamos atónitos a la ofensiva multimedia de los socialistas, que durante unas semanas parecieron dispuestos a practicar un bombardeo de saturación a base de vídeos, a cual más repleto de brillantes ideas y de profundas reflexionez. No quedó ahí la cosa –que seguramente tampoco había empezado ahí–, y a día de hoy las plataformas tecnológicas de los candidatos han ido cobrando cuerpo. El PP, ni corto ni perezoso, no ha querido quedarse atrás. Incluso Llamazares se nos aparece en algún que otro rincón de la red, aunque –eso sí– siempre de forma algo más original. Siempre más cercano a la calle, diríase.
Dios –o cualquier otro alto poder, en su defecto– me libre de oponerme a los avances y andar preconizando las virtudes del atraso y el terruño, que para eso ya están otros. Pero a nadie se le oculta que la tecnología, como todo, puede utilizarse en defensa de cualquier idea. Desde la más valiosa hasta la más deleznable. Por poder, puede incluso utilizarse en defensa de la nada. Que Internet esté hoy al alcance de cualquiera es, en potencia, un arma al servicio de la sociedad civil. Pero sucede que existe una condición sine qua non para el desarrollo pleno –o incluso parcial– de ese potencial. Exacto, lo adivinaron: la existencia de tal sociedad civil.
No es el caso, evidentemente, de modo que tanto progreso cibernético ha terminado inevitablemente por convertirse en arma predilecta de los partidos. Al fin y al cabo, llega a todo el mundo y –lo que es más– presenta una ventaja nada despreciable: la capacidad de provocar la —democratiquísima— ilusión de que existe una interacción entre la persona de a pie y el partido o candidato, al tiempo que mantiene y promueve la más absoluta pasividad por parte del ciudadano. Lo tiene todo, pues. Y visto lo visto, la tecnología va a estar supeditada al mismo fin al que lo está ya desde hace tiempo la enseñanza: la propagación sistemática de la estupidez y la vacuidad. Ningún otro nombre cabe dar a la estulticia y puerilidad que nos trasmiten los candidatos desde sus páginas oficiales.
Lo de Llamazares, al fin y al cabo, es residual, y dada su nula relevancia en el panorama político puede permitirse –él y nosotros– mayor cantidad –y calidad– de papanatadas que el resto, sin que a los ciudadanos vaya a afectarnos demasiado. Además, está haciendo amigos, que falta que le hace: ya lleva 938, dice MySpace.
Más preocupantes resultan las páginas de Rajoy y Zapatero. Desde el PP se ve que no han sabido –o no han querido, o no se les ha ocurrido siquiera– optimizar la página para exploradores distintos de Internet Explorer. Ay, Marianico, Marianico, que llegas con retraso y aún se te nota: incluso ese diseño pretendidamente moderno pero excesivamente recargado te delata. Para compensar, el candidato nos otorga el privilegio de entrar en su despacho y comprobar con sorpresa que nuestro hombre en Génova es fan de los Beatles, The Police y –atención– Nacha Pop, que le gustan Garci y Amenábar y que entre otras cosas lee, o quiere que creamos que lee, La Democracia en América. Esto último podría salvarlo, si no fuera porque todo en la página lo desmiente. No en vano, el candidato del Partido Popular nos cuenta que él es mucho más campechano de lo que la gente se cree. Igualitarismo a la baja, al fin y al cabo.
Tampoco tiene precio José Luis, cuyo afán por acercarse al votante lo lleva a grados equiparables de ridículo. En una sección titulada Sus gestos, el Presi viene a contarnos lo mucho que quiere a sus fans y cuánto le emocionan los aplausos (el calor de la gente, lo llama él), vuelve a asegurarnos contra toda evidencia que todo se puede decir con una sonrisa y hasta nos obsequia con una foto de sus pies (?). Estos, los de la mirada positiva, sí han creado una página que se puede visualizar con exploradores alternativos (por lo menos con Firefox). Los errores aquí son de otro tipo, y estriban fundamentalmente en la imprudencia de volver a contarnos cosas que ya en su día provocaron reacciones de justa indignación o incredulidad. Sí, ya se sabe: que hablen de ti, aunque sea bien. Pero qué desazón provoca que la política se haya convertido en eso, y que un presidente con la trayectoria de Zapatero pueda seguir permitiéndose el fallo garrafal de acompañar su imagen de un pie de foto en el que nos despeja las dudas: No me canso de negociar, dice. Lo más grave es que resulta difícilmente creíble que pueda deberse a un error de cálculo. En efecto, lo verdaderamente descorazonador es pensar que detrás de esa foto está la convicción de que a semejante filosofía puede sacársele rédito. Electoral.
Alta política. Bienvenidos a España.

De política, ensoñaciones y elegancia

El libro es de 1970. A quien analiza Revel en estos párrafos es a la izquierda francesa. La traducción es mía (y por tanto mala) y apresurada (y por tanto peor). Pese a todo ello, cuarenta años después y unos paralelos más al sur, lo que dice sigue dando bastante que pensar.

Resulta sorprendente que la mayoría de los comentaristas de izquierdas no parezcan hacer distinción entre las soluciones que tienen alguna posibilidad de materializarse y aquellas que no tienen ninguna […] Todo ciudadano [es] sin duda libre de lamentarse de que las posibilidades politicas se [limiten a una determinada] elección [entre dos opciones], pero no de imaginar que pueda haber otra en ese preciso instante […] En cuanto a la abstención, no puede de ninguna manera pasar por neutralidad, porque en materia electoral es patente que la abstención no es nunca neutra y que beneficia siempre a un candidato u otro […] La política consiste en reaccionar ante una situación real y no en establecer paralelismos, en plano de igualdad, entre las soluciones realizables y los deseos irrealizables. Si nos dan a elegir entre pasta y patatas, puntualizando que no hay nada más en la carta, no es cuestión de decir que preferimos el caviar. La disyuntiva planteada es entre pasta y patatas, y no otra. Se puede soñar con coyunturas en las que los alimentos ofrecidos fueran más agradables, pero ese sueño no equivale a una acción que se corresponda con la realidad dada. Actuar es decidirse en función de la realidad y no en función de posibilidades que se hallan fuera de la misma. Sin duda esta realidad es a veces mediocre, pero en el momento dado es precisamente a esta mediocridad a la que hay que saber hacer frente. Uno puede proponerse propiciar para el futuro una alternativa distinta, es decir, esforzarse en transformar la alternativa que uno preferiría en una posibilidad concreta de elección. Pero lo que puede valer como proyecto de acción para el futuro no exime de una elección efectiva ante la realidad presente. Si uno se sitúa en ese sistema de apreciación, en el que existen dos hipótesis que pueden –ambas– ser verificadas, y si deja de una vez de compararlas con otras hipótesis que no tienen de manera inmediata esa posibilidad, se ve constreñido a evaluar las ventajas e inconvenientes respectivos de las diversas soluciones concretas en el contexto de los hechos. Porque en política no es decisión alguna el decidirse en función o en favor de aquello que no presenta ninguna posibilidad de suceder. En otras palabras: una solución política realizable ofrece siempre inconvenientes. Si se la descarta bajo este pretexto, no nos quedaremos nunca con solución alguna.
Cuando se examinan los diversos móviles que dictan las preferencias de la izquierda francesa, se percibe que muchos en su seno se deciden menos en función de lo que puede hacerse que en función de lo que resulta de buen tono pensar. Dicho de otra forma: la izquierda no se decide en términos de poder, sino más bien en términos de elegancia programática. La cualidad esencial de un objetivo no es para ella el de ser accesible, sino el de ser digno de estima y el de ser tal que aquel que desea alcanzar dicho objetivo merezca ser estimado. Quien hubiese propuesto la abolición de la esclavitud en el año 200 antes de Cristo habría sido sin duda alguien digno de estima, pero no habría sido un político. Ciertamente, hacía falta gente que condenase en el plano moral la esclavitud, aunque no tuviese en aquel momento ninguna posibilidad de ser abolida, para que pudiese llegar a serlo algún día en un futuro lejano. Pero si esa misma gente, en una consulta electoral o en cualquier otra coyuntura política decisiva, se hubiera negado a elegir entre un déspota o un demócrata pretextando que tanto el uno como el otro serían representantes de una sociedad esclavista, seguramente habrían contribuido más a retrasar que a acercar la eventual liberación final de los esclavos. La política no puede ser el arte del futuro si no sabe ser antes el del presente.

Siguen despertando desdén y recelos entre los bienpensantes el pragmatismo y la conciencia de los límites que impone la realidad. No pocos consideran que son patrimonio exclusivo de la gente de derechas. Creo —no soy la única— que cabría reivindicar todo lo contrario: si un método no maximalista es más susceptible de obtener resultados, aunque sean parciales, que la aspiración a volver el mundo cabeza abajo de un día para otro (que ya sabemos en la mayoría de los casos dónde suele quedar), ¿cuál de las dos actitudes es realmente más progresista? Decía alguien en la radio el otro día que la política no consiste en tener excelentes ideas, sino en hacer que las buenas ideas den resultados aceptables.
Quizá a esto se refería Zapatero cuando dijo que el poder no le cambiaría. Creo que lo dijo en serio, y mucho me temo que no mintió. El poder puede corromper y pudrir hasta los huesos, pero también tiene –o debería tener– otro efecto: el de sentar al soñador frente al mundo real, cara a cara, y obligarle a aceptar los límites –de la realidad– y las limitaciones –propias– a la hora de cambiarla. Creo que a nuestro presidente el poder no lo ha corrompido, pero me temo que tampoco le ha enseñado nada. Sigue instalado en la pureza. Creyendo que todo se puede decir con una sonrisa, y que basta con tener como objetivo la Arcadia feliz para encaminar al país hacia la misma.
No es sólo que las buenas intenciones estén sobrevaloradas. Es que además a los resultados tranquilos y a los avances paulatinos les ocurre lo contrario. Aun así, prefiero quedarme –en palabras prestadas– con la modestia de la esperanza frente a la grandilocuencia de la utopía.


La abajo firmante

CONTRATO ÚNICO INDEFINIDO

UN CONTRATO PARA EMPLEARLOS A TODOS. Firma por el contrato único contra la dualidad y la precariedad en el mercado de trabajo.


A diferencia de la memoria, que se confirma y refuerza a sí misma,
la Historia incita al desencanto
con el mundo.
(Tony Judt)


Quien dice Historia dice sacrilegio.
(Tzvetan Todorov)


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La imagen de cabecera, Old Machinery, es de DHester y se distribuye bajo licencia Creative Commons.

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